La Novia Sustituta del Alfa Furioso - Capítulo 16
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16: ¿El rey de quién?
16: ¿El rey de quién?
(LOCKE)
Corrine recoge un libro que estaba tirado en el suelo.
—Dos puñados más.
Tiene que tener siete pulgadas de profundidad.
—¿Cómo lo mido?
—la miro.
Me entrega una regla de inmediato y me quedo mirándola.
—¿La llevabas encima?
—¿Sí?
—responde con cautela.
Le dedico una última mirada antes de proceder a cavar el hoyo.
—Tienes que dejarlo nivelado.
—Está mirando por encima de mi hombro y eso me crispa los nervios.
—Déjame hacer lo que estoy haciendo.
—Pero no lo estás haciendo bien —se queja.
La miro por encima del hombro, incrédulo.
—¿Estoy en el suelo, cavándote un hoyo, y lo único que puedes hacer es criticar?
Se sonroja.
—Bueno, no.
No quería decirlo así.
—Entonces, cállate y déjame hacer esto.
Deja de ser quisquillosa, pero puedo sentir la ansiedad que emana de ella a mi espalda.
Solo estoy cavando en la tierra y, sin embargo, es lo más estresante que he hecho en todo el día.
Casi parece que está deseando apartarme de un tirón y empezar a hacerlo ella misma.
Frunzo el ceño al sentir su aliento en mi nuca.
Al levantar la cabeza, casi me golpeo contra su barbilla.
—Basta ya —le espeto—.
Ve para allá.
—Pero…
—Vete.
Se apresura a ir hacia donde señalo.
Aferrando el libro contra su pecho, me lanza miradas de odio.
Así que la reina se enfurruña.
Empiezo a preguntarme adónde ha ido a parar la mujer sumisa que conocí.
Gana confianza día a día.
¿Es porque ahora se siente segura aquí?
¿Es eso?
¿O es otra cosa?
Mientras saco más barro e intento cumplir las expectativas de mi pareja, me pregunto qué estoy haciendo.
Esta es la misma mujer a la que juré ignorar y arrinconar en una esquina del castillo, ¿no es así?
¿Por qué estoy aquí fuera, cavando un hoyo en mi jardín para ella?
Tengo mejores formas de perder el tiempo.
Sin embargo, por mucho que intento convencerme, la idea no cuaja.
Unos minutos después, me oigo decir: —¿Ves?
Ya está.
—Como no se mueve, suspiro—.
Ya puedes acercarte.
Prácticamente corre hacia mí y empieza a inspeccionar mi creación.
Para mi sorpresa y total indignación, me quita la regla y mide el hoyo.
—Como no sueltes esa cosa, Corrine…
—empiezo con tono amenazador.
La suelta rápidamente.
—Está bien.
Ahora solo tienes que cavar seis hoyos más alrededor del árbol.
Cuando me lanza una mirada expectante, le frunzo el ceño.
—¿Seis hoyos más?
¿Acaso parece que tengo tiempo para eso?
¡Que lo hagan los jardineros!
—Pero tú lo has hecho perfecto —dice con ansiedad—.
Lo arruinarán.
Haría falta ser más hombre que yo para admitir que sus palabras hinchan de orgullo a mi lobo.
Sin embargo, me pongo de pie.
—No.
No estoy aquí para perder el tiempo, y tú te vienes adentro conmigo.
Me estudia.
—Puedo hacerlo yo misma.
La idea de que se quede aquí fuera cavando hoyos me hace rechinar los dientes.
—Bien.
Ve a sentarte a alguna parte.
Para mi sorpresa, me hace caso.
Tardo una hora en cavar todos los hoyos.
Finalmente, la observo plantar las semillas y echarles un poco de agua antes de cubrirlas con tierra.
—No podemos echarles demasiada agua.
Se supone que solo hay que regarlas una vez y luego ver si crecen.
—¿Qué vas a hacer con las plantas si crecen?
—pregunto, limpiándome las manos en los pantalones.
Me lanza una mirada dubitativa.
—Estaba pensando que los agricultores podrían cultivarlas y las verduras podrían venderse.
Ayudaría a utilizar estas tierras que se están desaprovechando.
Es una verdura muy popular entre los lobos del mundo humano.
Estoy segura de que los lobos de este lado del Velo también la disfrutarían.
—¿Cómo sabes que son populares al otro lado del Velo?
—Visité el reino de los lobos en el mundo humano una vez, en lugar de la Princesa Ravenna.
El rey fue muy amable conmigo.
Se dio cuenta de mi interés por todo tipo de temas y me dio una gran selección de libros para leer.
Enarco las cejas.
—¿Hablas de Erik?
—Ella asiente.
—Parece que te cae bien.
Baja la vista hacia el libro de botánica que tiene en las manos.
—Me gusta aprender.
Los únicos libros que se me permitía leer en el castillo pertenecían a la Princesa Ravenna.
El Rey Erik me dejó leer sobre cosas que de verdad me parecían interesantes.
Una repentina oleada de celos me hace mirar el libro con el ceño fruncido.
—¿Estás en contacto con él?
Parece sorprendida por mi pregunta.
—¿Por qué iba a estarlo?
Su inocente pregunta me hace darme cuenta de que no entendió lo que Erik intentaba hacer cuando le regaló esos libros.
Vio lo que le gustaba y le hizo un regalo sobre ello.
Fue una declaración de su intención de cortejarla, si no me equivoco.
El pobre diablo debió de quedarse perplejo cuando ella no volvió a contactarlo después de su visita.
No sé si sentir lástima por el pobre tipo o irritarme porque consiguió llamar su atención.
Esquivando la pregunta de Corrine, le pregunto: —¿Te gustó visitar el mundo humano?
—No sé por qué siento tanta curiosidad por su viaje allí.
Me molesta.
Ella asiente y la veo sonreír ligeramente.
—Mi último día allí, el Rey Erik me llevó a una playa.
—Su rostro se ilumina con el recuerdo, y me sorprendo mirándola, observando cómo se arrugan las comisuras de sus ojos—.
Fuimos por la noche y el agua brillaba.
Más tarde descubrí que era un tipo especial de alga.
Nunca he visto nada parecido en las aguas del Este.
—Tenemos algo parecido aquí, si no mejor —resoplo con desdén.
No sé por qué siento la necesidad de superar a Erik, pero la idea de que Corrine esté impresionada por ese rey no me hace ninguna gracia—.
Te llevaré en unos días.
Ahora, entra.
Hace demasiado frío para ti.
Ella duda.
—Deberías llevar a Bella.
Parpadeo.
—¿Bella?
—La miro, desconcertado—.
¿Por qué diablos iba a llevar a Bella?
Mi pareja parece ansiosa.
—Ella lo apreciaría más.
Entrecierro los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.
—¿Por qué lo apreciaría ella más que tú?
¿Y por qué diablos debería importarme lo que ella aprecie?
Veo un atisbo de duda en su rostro.
—¿Porque es tu amante?
Por un momento, me quedo boquiabierto, la idea es tan ridícula que no sé qué pensar.
—¿Bella, mi amante?
¿Estás borracha?
—exijo—.
¿De dónde diablos has sacado semejante idea?
Como no responde, respiro hondo y mi voz se vuelve peligrosamente suave.
—¿Fue ella?
Se limita a apretar los labios.
Se me desencaja el rostro.
Voy a matar a esa mujer.
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