LA NUEVA ERA - Capítulo 41
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Capítulo 41: La última práctica
El bosque nos envolvió como una pared viva. Caminábamos en fila, yo adelante, Lara cubriendo la retaguardia. Silvia y Ana en el medio, como habíamos aprendido después de tantas peleas.
No se escuchaba nada.
Ni pájaros. Ni insectos. Ni el crujido de animales escapando entre la maleza. Solo el viento susurrando entre las hojas secas y el golpe sordo de nuestras botas contra la tierra.
Demasiado silencio.
—No me gusta esto —dije, frenando un momento para escanear el entorno—. Está demasiado quieto.
Ana me miró, confundida.
—¿El bosque no es un lugar silencioso?
Lara negó con la cabeza, sus ojos recorriendo las sombras entre los árboles. La vi apretar el palo que usaba como bastón.
—Sí —respondió, con la voz baja que usábamos siempre cerca del peligro—. Pero no así. Con los mutantes sueltos, el silencio puede significar que hay algo más peligroso cerca. Algo que ahuyentó a los animales.
Asentí. Lara tenía razón. Y eso me heló la sangre más que cualquier ruido.
Silvia se acercó un paso, su mirada analítica escaneando el dosel de árboles.
—¿Vamos a tener que acampar? —preguntó. No era una queja. Era una constatación. El cielo se oscurecía rápido entre las copas.
—Sí —respondí—. No podemos seguir con poca luz.
En ese momento, un crujido detrás de nosotros nos hizo girar a todos.
Un zombi.
Solo uno. Salió de entre los arbustos arrastrando una pierna, la mandíbula colgando, los ojos blancos y vidriosos. No era un mutante. Solo un infectado común.
Pero atrás de él, entre las sombras, vi moverse otro. Y otro.
Silvia los contó antes que yo.
—Cuatro —susurró—. Vienen por el flanco izquierdo.
Lara ya había tomado posición. Su palo no era un bastón: era un arma. Lo giró en sus manos con la fluidez de quien había ensayado ese movimiento cientos de veces. La práctica en la cabaña no había sido en vano.
—Yo me encargo de los dos de la derecha —dijo, y no esperó respuesta.
Se lanzó hacia adelante.
El primer golpe fue un hachazo imaginario: el palo se clavó en la sien del zombi con un sonido seco y húmedo. Cayó. El segundo intentó morderla, pero ella lo esquivó con un giro rápido y le quebró la rodilla. El zombi se desplomó.
Lara no dudó. Le clavó la punta del palo en la nuca y siguió avanzando hacia los otros.
Yo ya estaba en movimiento.
El zombi más cercano a mí levantó los brazos, las uñas sucias y rotas. Lo tomé del cuello con ambas manos, usando su propio peso para estrellarlo contra un árbol. Un crujido de vértebras. Cayó.
Silvia y Ana se habían pegado a mi espalda, como habíamos ensayado. Ana sostenía su lanza de madera con manos firmes. Silvia tenía el cuchillo que Marcos le había dado en la cabaña.
No temblaban.
El último zombi intentó rodearnos. Ana lo vio primero.
—¡Ahí! —gritó, señalando.
El zombi corrió hacia nosotras. Ana se plantó, la lanza en alto. Cuando estuvo a un metro, clavó la punta en su pecho. El zombi forcejeó, pero Silvia lo terminó con un corte rápido en el cuello.
Cayó.
El silencio volvió. Pero ahora era un silencio distinto. No el silencio del miedo. El silencio del deber cumplido.
Lara regresó, secándose la sangre de la mejilla con el dorso de la mano.
—Cuatro —dijo, contando los cuerpos—. Los mismos que vimos. No hay más.
—Bien —respondí—. Busquemos un lugar para acampar. No quiero estar aquí cuando caiga la noche del todo.
Encontramos un claro, rodeado de árboles gruesos. No era perfecto, pero servía.
—Necesitamos fuego —dijo Silvia, frotándose los brazos. El frío empezaba a calar.
—Y agua —agregó Ana.
Asentí. Dejé mi mochila en el suelo y me arrodillé.
—Primero el fuego. Después el agua. Aprendí dos métodos con mi padre.
Saqué el cuchillo y busqué una piedra de sílex entre las rocas del claro. No era la mejor, pero serviría.
—Este es el primer método —dije, golpeando el cuchillo contra la piedra—. Chispa y yesca. La yesca puede ser hojarasca seca, corteza de abedul, o incluso hongos secos. Los hongos de yesca crecen en los árboles muertos. Si los secás bien, arden como pólvora.
Golpeé varias veces. Una chispa saltó. Después otra. Al cuarto golpe, la yesca empezó a humear.
Sople suavemente. Una llama diminuta, frágil, apareció entre mis manos.
—El problema —dije, alimentando el fuego con ramitas— es que encontrar sílex no es fácil. Y sin yesca seca, estás muerto. Por eso mi padre siempre decía que llevar encendedor o fósforos en una bolsa impermeable es prioridad.
Lara se acercó a la fogata, extendiendo las manos.
—¿Y el segundo método?
—Arco de fricción —respondí—. Se hace con un palo curvo, una cuerda y una tabla de madera blanda. El palo gira contra la tabla hasta que la fricción genera carbón, y ese carbón enciende la yesca.
—Suena a mucho trabajo —comentó Silvia.
—Lo es. Por eso siempre prefiero llevar algo encima.
El fuego creció. Las sombras bailaban en el borde del claro. Por ahora, estábamos a salvo.
—Ahora el agua —dije, sacando mi cantimplora.
Ana señaló un arroyo que cruzamos antes.
—¿La de ahí no sirve?
—No sin tratarla. El agua estancada o de río puede tener parásitos, bacterias, o incluso rastros del virus. Nadie sabe si el contagio pasa por agua, pero no voy a arriesgarme.
—¿Y cómo la purificamos? —preguntó Silvia.
—Hay varias formas. La más fácil es hervirla. Diez minutos de hervor y matás casi todo. Eso requiere fuego —señalé la fogata— y tiempo. Pero funciona.
—¿Otra forma? —preguntó Ana.
—El filtro de dos metros. Se usa en zonas rurales sin acceso a agua potable. Necesitás dos recipientes, uno arriba y otro abajo. En el de arriba ponés capas de tela, carbón vegetal triturado, arena fina y grava. El agua cae, se filtra, y sale más limpia abajo.
—¿Eso la purifica del todo? —preguntó Silvia, escéptica.
—No —admití—. El filtro saca sedimentos, microplásticos y algunas bacterias. Pero no mata los virus. Para eso tendrías que hervirla después, o usar un método químico.
—Entonces, ¿para qué sirve? —preguntó Lara.
—Para agua turbia, con barro o tierra. Si la única fuente es un charco, el filtro la vuelve potable. Pero insisto, no mata virus.
—¿Y los metales pesados? ¿Los saca? —preguntó Silvia.
—No. Para eso necesitarías carbón activado, no el carbón común de la fogata. El carbón activado se trata con químicos o vapor a altas temperaturas. Imposible de conseguir en un apocalipsis sin un laboratorio.
—¿Y las pastillas potabilizadoras? —preguntó Ana.
—Mejor que nada, pero no tenemos. Y si las tuvieras, el cloro no mata el Cryptosporidium ni la Giardia fácilmente. El yodo no es apto para embarazadas o problemas de tiroides.
—Conclusión —dijo Lara—: hervimos el agua y listo.
—Exacto. Por eso el fuego es lo primero.
Llené una olla pequeña con el agua del arroyo y la colgué sobre la fogata. Las burbujas empezaron a formarse en el fondo.
Mientras el agua hervía, el bosque seguía en silencio. Pero al menos teníamos luz. Y calor. Y la certeza de que, por esta noche, estábamos vivos.
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