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LA NUEVA ERA - Capítulo 42

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Capítulo 42: La llegada

Escuché su voz antes de sentir su mano en mi hombro.

—Marcos —susurró Silvia—. Despierta. No hagas ruido. Parece que hay zombis cerca. Todavía no salió el sol.

Me incorporé de inmediato. El instinto ya estaba despierto antes que yo.

—Lara. Ana —dije en voz baja, tocando sus hombros—. Arriba. Ahora.

Despertaron sin hacer ruido. Ya sabían cómo funcionaba esto.

Lara se puso en cuclillas a mi lado, sus ojos recorriendo las sombras entre los árboles.

—Los zombis comunes son fáciles de vencer —murmuró—. Pero si hay un mutante, eso ya es otro problema.

Ana se acercó, el miedo pintado en su cara.

—Y si hay más de uno, sería demasiado para nosotros —dijo, haciendo una pausa—. Además, Lara, tu pierna no está al cien por ciento.

Lara negó con la cabeza.

—Eso no importa ahora. Vamos.

Y empezó a correr. Las seguí sin pensarlo.

Corrimos entre los árboles, esquivando ramas bajas y troncos caídos. Mis piernas quemaban, pero no podíamos parar.

Ana iba detrás de mí, su respiración entrecortada. La escuché tropezar dos veces. La tercera, vi que se quedaba atrás.

Me di la vuelta, la agarré del brazo y la frené en seco.

—Ana, para —dije, mirando hacia atrás—. Los zombis ya están lejos. Podés calmarte. La idea era alejarnos, cambiar de dirección. Lo logramos.

Ana asintió sin hacer ruido. Sus ojos estaban vidriosos, pero no lloraba.

Lara se acercó, apoyando una mano en su hombro.

—¿Estás bien?

Ana no respondió. Solo caminó.

Seguimos avanzando. El sol empezaba a filtrarse entre los árboles, pero el bosque seguía igual de callado.

Después de caminar un rato, Silvia se sentó junto a Ana en un tronco caído.

—¿Estás bien? —le preguntó, pero no con el tono de Lara. Era un “bien” más profundo. El de “bien de verdad”.

Ana bajó la mirada.

—No lo sé —respondió, la voz quebrada—. Siento que estoy demasiado asustada. A pesar de que el grupo puede pelear bien… yo no. Me duele la cabeza. No es mi entorno. No puedo pensar en el aspecto de la cura, en cómo avanzar…

Hizo una pausa. La vi mirar a Marcos, después a Lara.

—Ellos… están más concentrados en sobrevivir que en encontrar una cura. Lo entiendo. Pero me siento sola en esto.

Silvia suspiró. Se acercó un poco más.

—Te entiendo —dijo—. Pero te voy a ser sincera. La cura, al principio… era solo algo superficial. Una esperanza. Marcos y Lara habían pasado por tanto que pensar que había una forma de curar a la gente era lo único que los mantenía en pie.

Ana levantó la vista.

—¿Y ahora?

—Ahora es diferente —respondió Silvia—. Ahora es real. Por vos.

Ana se quedó callada un largo rato.

—Tengo pesadillas —confesó, por fin—. Tengo miedo de estar sola.

—No lo vas a estar —dijo Silvia con firmeza—. Marcos, Lara y yo nunca te dejaríamos atrás. ¿Entendido?

Ana asintió. No dijo nada más. Pero vi cómo sus hombros se relajaban un poco.

Seguimos caminando.

Lara se acercó a mí.

—Ya estamos cerca —dijo.

Asentí, revisando el cielo.

—Llegaremos a la ciudad casi cuando se esté ocultando el sol.

Reanudamos la marcha. Ana y Silvia se miraron y continuaron caminando, una al lado de la otra.

El cansancio pesaba en mis huesos. No dije nada, pero las chicas también estaban agotadas.

—¿Cuánto hemos caminado? —preguntó Silvia.

Ana calculó mentalmente.

—Por lo menos seis horas. Unos cuarenta kilómetros.

Levanté la vista.

Y la vi.

Una reja de metal. Alta. Oxidada en algunos lugares, pero firme.

Sonreí.

Escalé primero, asegurándome de que no hubiera nada del otro lado. Cuando mis botas tocaron el suelo del otro lado, supe.

Por fin. La ciudad.

Me sentí renovado. Como si hubiera estado conteniendo la respiración durante días y recién ahora pudiera soltarla.

Las chicas escalaron detrás de mí. Las vi sonreír.

Hasta que Ana habló.

—¡Agáchense! —susurró con urgencia.

Las dos le hicieron caso al instante. Yo también.

—Casi se me olvida —dije, maldiciendo mi descuido—. Busquemos un lugar seguro. Ahora.

El resto del día fue un infierno silencioso.

Nos escondimos. Casa por casa. Edificio por edificio. Escuchando pasos, conteniendo la respiración, esperando que no nos encontraran.

Al caer la noche, encontramos un edificio con las puertas intactas.

Atrancamos la entrada con muebles, cajones, todo lo que pudimos mover.

Ana y Silvia escanearon el lugar. Habitación por habitación.

Cuando volvieron, asintieron.

—Está limpio —dijo Silvia.

—Las puertas están aseguradas —agregué, apoyando la espalda contra la pared.

Lara exhaló. Por fin. Se dejó caer al suelo, la cabeza contra la mochila.

Hice una pequeña fogata en el centro de la habitación, justo lo suficiente para calentar el ambiente sin que se viera desde afuera.

Me acosté. Las chicas se durmieron de inmediato. Las escuchaba respirar, un sonido que ya me era familiar. Casi doméstico.

Cerré los ojos.

Esto parece no tener fin, pensé.

Pero al menos no estamos solos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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