LA NUEVA ERA - Capítulo 47
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Capítulo 47: La huida
Lara se obligó a concentrarse. No puedo pensar en otra cosa, se dijo.
Se dio vuelta. Disparó.
El estruendo de la escopeta llenó la calle. Un zombi cayó. Otro. Otro.
Silvia y Ana dispararon también. Las pistolas sonaban más agudo, más seco. Menos potencia, pero más rápidas.
Corrieron.
—Algo anda mal —dijo Silvia, mirando hacia atrás.
—¿Qué? —preguntó Lara, sin dejar de correr.
—Los zombis no paran de venir. Y este camino… nos está llevando a un callejón sin salida.
Ana lo vio. El muro al fondo. Las paredes altas a los costados.
Una trampa, pensó.
Se dio vuelta. Disparó. Un zombi. Dos. Tres.
Pero el tercero no cayó del todo. Se tambaleó. Siguió avanzando.
Ana se distrajo un segundo. El tiempo suficiente para que el zombi se acercara más de lo debido.
Lara reaccionó rápido. Le golpeó la cabeza con la culata de la escopeta. El zombi cayó.
—¡Silvia, ayuda a Ana! —gritó.
Silvia tomó a Ana del brazo. La tiró hacia adelante.
Lara disparó tres tiros seguidos. El retroceso la golpeaba el hombro. Le dolía. Esto va mal, pensó.
Silvia y Ana también estaban cansadas. Además… era la primera vez que peleaban con armas de fuego en serio. No en entrenamiento. En la vida real.
Lara siguió disparando. Cinco tiros más. Varios zombis cayeron. Pero no todos.
Ana sintió el golpe. Cuando cayó al suelo, su espalda golpeó contra el asfalto. Le dolió. Silvia la ayudó a levantarse.
—Corré —le dijo Silvia—. No te detengas.
Lara corrió hacia adelante. Ya no había plan. Ya no había nada. Solo correr y disparar.
Silvia se preparó. Apuntó. Disparó. Mató a los que venían por la izquierda.
Lara llegó hasta ella. Se pusieron espalda contra espalda.
Cada tiro eliminaba un zombi. A veces dos.
Ana se unió. El dolor en la espalda ardía, pero había que sobrevivir.
Las balas se agitaban en los cargadores. Cada vez quedaban menos.
Lara apretó el gatillo.
Nada.
¿Se trabó? Pensó. No. No puede ser.
Había disparado quince tiros. La escopeta estaba vacía.
—No me quedan balas —dijo Silvia, revisando su pistola.
—A mí tampoco —dijo Ana, con la voz quebrada.
Lara miró hacia atrás.
Los zombis seguían ahí. No tantos como al principio. Pero suficientes.
Tiró la escopeta al suelo.
Buscó algo. Cualquier cosa.
Un tubo de metal. Oxidado, pero firme. Lo levantó.
Silvia hizo lo mismo. Ana también.
El primer zombi se abalanzó.
Lara lo esquivó. Le clavó el tubo en la cabeza. No cayó. Silvia y Ana lo remataron con golpes en el cráneo hasta que dejó de moverse.
Otro zombi quiso morderla. Lara metió el tubo entre sus dientes. Empujó. El zombi forcejeó. Le descolocó una pierna con una patada. Soltó el tubo.
Un segundo para respirar. Después, el golpe final.
Otro zombi se abalanzó sobre Silvia. Lo detuvo con el tubo. Ana lo remató. Se lo clavó en la cabeza hasta que el metal crujió contra el hueso.
Golpes. Esquives. Caídas.
El sonido de los tubos contra los cráneos. El crujido de los huesos.
Después de unos minutos —¿cuántos? no sabía— Lara cayó de rodillas.
Cansada.
Lastimada.
Ana ya no podía seguir de pie. El dolor en la espalda era demasiado. Se apoyó contra la pared.
Silvia también se desplomó.
—Lo… lo conseguimos —dijo, con la respiración rota.
Después, se desmayó.
Lara se sentó contra la pared. Miró los cuerpos. Zombis muertos. Muchos. No todos los que había, pero suficientes.
Marcos, pensó. Tengo que ayudar a Marcos.
Pero no podía moverse. No todavía.
Cerró los ojos un momento.
Solo un momento, se dijo.
Hasta que yo y las chicas puedan ponerse de pie.
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