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LA NUEVA ERA - Capítulo 46

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Capítulo 46: El plan suicida

Juárez nos guió por un pasillo oscuro. No reconocía el lugar. Nunca había visto esa parte del hospital.

Llegamos a una puerta de metal. Juárez sacó unas llaves de su bolsillo, abrió, y entramos.

Era un garaje chico. Un auto viejo, cajas apiladas, herramientas colgadas en la pared.

Juárez abrió el baúl.

—Tomen —dijo.

Le dio a Lara una escopeta corta y una caja de cartuchos.

—Veinte balas. Hace mucho ruido, pero tiene potencia. Las modifiqué para que sean más dañinas.

Lara la miró. No sabía qué decir.

—Gracias —acertó a decir.

Juárez asintió. Después se giró hacia Silvia.

—Para vos —le entregó una pistola—. Treinta balas. No las desperdicies.

Silvia la tomó, la revisó con una mirada experta.

—¿Y para Ana?

Juárez ya tenía las balas en la mano.

—Quince. Más las que ya tienen. Con eso debería alcanzar.

Calculé rápido. La pistola que ya teníamos, más estas… estábamos mejor armados que nunca.

Juárez se acercó a mí.

Cuidadosamente, puso algo en mi palma.

Una granada.

No supe qué pensar.

—Vuelvan con vida —dijo Juárez, con la voz grave—. Yo ya vi mucha gente morir. No tengo familia. No tengo nada más que este hospital. Pero ustedes… me cayeron bien. De cierta forma.

Señaló a Silvia con la cabeza.

—Ella es muy molesta para trabajar. Se queja todo el tiempo. Pero es divertida.

Sonreí.

—Si, es una molestia.

Silvia puso los ojos en blanco.

—No soy una molestia —gruñó.

Lara y Ana se rieron. Yo también.

Juárez extendió la mano. La apreté.

Salimos.

El camino fue largo.

Nos escondíamos en casas abandonadas, detrás de autos chocados, entre los escombros. Evitábamos pelear. Cada bala contaba.

—Vamos a tardar —dije.

Nadie respondió. Sabían.

Caminando, no pude dejar de pensar en el niño del hospital. Ese chico que no se dejaba curar. El que gritaba que su papá iba a volver.

Una fe casi ciega, pensé.

—¿Tenés frío? —preguntó Lara, sacándome del recuerdo.

—No.

—El clima está refrescando —dijo Ana.

Silvia se rió.

—¿Preocuparse por el clima? Con todo lo que tenemos encima.

La vi. Me acordé de la cara que puso cuando Juárez se burló de ella. Me reí.

—Deja de mirarme así —dijo Silvia, enojada.

Lara y Ana sonrieron.

—Es lo más tranquilo que estuvimos en días —murmuró Ana.

—Sí —dijo Lara—. Una lástima que no dure.

Caminamos un rato más.

Ana se acercó a mí.

—¿Y si alguien sale herido? ¿Cómo lo trasladamos?

—Una camilla improvisada —respondí—. Con cualquier cosa. Una lona, un palo. Simple, pero efectiva.

Lara escuchó.

—No es mala idea. Los bomberos usan cosas así. Lo vi cuando era chica. Con mi hermana…

Bajó la mirada. No terminó la frase.

—Todo esto va a pasar —le dije—. Tranquila.

Ella no respondió. Solo siguió caminando.

Llegamos.

La central eléctrica se levantaba frente a nosotros como una muralla gris. Ventanas rotas. Puertas de metal medio abiertas.

Y zombis.

Muchos.

—Hay una horda —susurró Ana—. Son demasiados.

—No vamos a poder entrar por la puerta principal —dijo Silvia, calculando.

Entonces lo vi.

Un variante.

Más grande que los anteriores. Musculoso. Pero lo que me heló la sangre fue su piel. Negra. Dura. Como si tuviera un blindaje.

—Las balas no van a funcionar —dijo Lara.

—No —respondí—. Pero la granada, sí.

—¿Y cómo pensás darle de lleno? —preguntó Lara.

Sonreí.

—Confíen en mí. Yo me encargo del variante.

Silvia me mirá, confundida.

—¿Y nosotras?

—Ustedes tres se encargan de la horda. ¿Quedó claro?

Nadie dijo nada.

Me miraron como si estuviera loco.

Un plan suicida, pensé.

Pero era el único que tenía.

—Es una maldita locura —dijo Lara, mirándome fijo.

—Lo sé —respondí.

—Son demasiados. Y ese variante… nunca vi algo así.

Ana asintió, los ojos abiertos por el miedo.

—¿Estás seguro de esto, Marcos?

Silvia dio un paso al frente.

—Yo tampoco lo vi nunca. No sé qué podemos hacer.

No respondí. Me agaché y empecé a juntar lo que encontraba en el suelo. Palas de escoba rotas. Cuchillos de sierra oxidados. Un pedazo de caño.

Ana me miró como si estuviera perdiendo la cabeza.

—¿Vos pensás que nosotras podemos con esa horda solas?

—No —respondí, señalando hacia atrás—. Ahí hay una casa. ¿La ven?

Lara giró la cabeza.

—Sí. ¿Y?

—Van al segundo piso. Suben al techo. Desde ahí saltan a los contenedores de basura. Hay ropa, cartones, bolsas. Va a amortiguar la caída.

—¿Ese es el plan? —preguntó Silvia, incrédula—. ¿Saltar a un contenedor?

—La cantidad de zombis puede hacer que la casa se desmorone. Cuando caiga, ustedes ya tienen que estar arriba.

Lara negó con la cabeza.

—Es una apuesta. Peor que una apuesta. Es tirar los dados con la vida.

—Sí —dije—. Pero estoy seguro de que pueden hacerlo. Con todo lo que pasamos juntos… esta es la oportunidad perfecta. Si algo sale mal, corren. La ciudad no es tan grande. Pueden perderlos en el camino.

Lara y Silvia intercambiaron una mirada.

—¿Y vos? —preguntó Lara—. ¿Te dejamos solo?

—Voy a estar bien. Mi plan no puede fallar. Pero no les voy a dar más explicaciones.

Las tres se miraron. Suspiraron.

—Si algo sale raro —dijo Silvia—, se cancela la misión. ¿Entendido?

Asentí.

—Entendido.

—

Lara se puso en posición.

Corrió hacia la central eléctrica. Disparó.

El estruendo de la escopeta rompió el silencio. Varios zombis cayeron. El retroceso la sorprendió, pero no dejó de correr.

Ana y Silvia no perdieron tiempo. Encendieron la bocina de un auto abandonado. El ruido fue tremendo.

Todos los zombis normales giraron. Fueron hacia ellas.

Corrieron a toda velocidad.

En la central eléctrica solo quedó el variante.

No corrió, pensé. ¿Por qué no corrió?

Algo pasaba. Algo que no veía.

Pero no podía esperar.

Caminé hacia la puerta principal. Sin correr. Sin esconderme.

El variante me vio. Sus ojos negros se clavaron en los míos.

—Hola —dije, apretando la granada en mi mano.

Lara llegó a la casa. Escaló las paredes como pudo. Sus manos sangraban, pero no sintió nada.

—¡Rápido! —gritó Ana desde arriba.

Silvia la ayudó a subir. Abajo, los zombis golpeaban las paredes. La madera crujía.

—Gasté una bala —murmuró Lara, tendiéndose en el techo.

—Ya vas a ver —dijo Ana—. Esto no termina acá.

Silvia señaló hacia la central.

—Mirá. Marcos está entrando.

—Es un idiota —dijo Lara, pero no lo dijo con bronca. Lo dijo con miedo.

—¡Llegó a la casa! —gritó Ana—. ¡Rápido, rápido!

Saltaron.

El contenedor las recibió con un golpe seco. Cartones, ropa vieja, basura. Apestaba. Pero seguían vivas.

—Hay que moverse —dijo Silvia, levantándose—. Antes de que los zombis den la vuelta.

Lara miró hacia la central.

Espero que estés bien, Marcos, pensó.

No lo dijo en voz alta.

Lara se obligó a concentrarse. No puedo pensar en otra cosa, se dijo.

Se dio vuelta. Disparó.

El estruendo de la escopeta llenó la calle. Un zombi cayó. Otro. Otro.

Silvia y Ana dispararon también. Las pistolas sonaban más agudo, más seco. Menos potencia, pero más rápidas.

Corrieron.

—Algo anda mal —dijo Silvia, mirando hacia atrás.

—¿Qué? —preguntó Lara, sin dejar de correr.

—Los zombis no paran de venir. Y este camino… nos está llevando a un callejón sin salida.

Ana lo vio. El muro al fondo. Las paredes altas a los costados.

Una trampa, pensó.

Se dio vuelta. Disparó. Un zombi. Dos. Tres.

Pero el tercero no cayó del todo. Se tambaleó. Siguió avanzando.

Ana se distrajo un segundo. El tiempo suficiente para que el zombi se acercara más de lo debido.

Lara reaccionó rápido. Le golpeó la cabeza con la culata de la escopeta. El zombi cayó.

—¡Silvia, ayuda a Ana! —gritó.

Silvia tomó a Ana del brazo. La tiró hacia adelante.

Lara disparó tres tiros seguidos. El retroceso la golpeaba el hombro. Le dolía. Esto va mal, pensó.

Silvia y Ana también estaban cansadas. Además… era la primera vez que peleaban con armas de fuego en serio. No en entrenamiento. En la vida real.

Lara siguió disparando. Cinco tiros más. Varios zombis cayeron. Pero no todos.

Ana sintió el golpe. Cuando cayó al suelo, su espalda golpeó contra el asfalto. Le dolió. Silvia la ayudó a levantarse.

—Corré —le dijo Silvia—. No te detengas.

Lara corrió hacia adelante. Ya no había plan. Ya no había nada. Solo correr y disparar.

Silvia se preparó. Apuntó. Disparó. Mató a los que venían por la izquierda.

Lara llegó hasta ella. Se pusieron espalda contra espalda.

Cada tiro eliminaba un zombi. A veces dos.

Ana se unió. El dolor en la espalda ardía, pero había que sobrevivir.

Las balas se agitaban en los cargadores. Cada vez quedaban menos.

Lara apretó el gatillo.

Nada.

¿Se trabó? Pensó. No. No puede ser.

Había disparado quince tiros. La escopeta estaba vacía.

—No me quedan balas —dijo Silvia, revisando su pistola.

—A mí tampoco —dijo Ana, con la voz quebrada.

Lara miró hacia atrás.

Los zombis seguían ahí. No tantos como al principio. Pero suficientes.

Tiró la escopeta al suelo.

Buscó algo. Cualquier cosa.

Un tubo de metal. Oxidado, pero firme. Lo levantó.

Silvia hizo lo mismo. Ana también.

El primer zombi se abalanzó.

Lara lo esquivó. Le clavó el tubo en la cabeza. No cayó. Silvia y Ana lo remataron con golpes en el cráneo hasta que dejó de moverse.

Otro zombi quiso morderla. Lara metió el tubo entre sus dientes. Empujó. El zombi forcejeó. Le descolocó una pierna con una patada. Soltó el tubo.

Un segundo para respirar. Después, el golpe final.

Otro zombi se abalanzó sobre Silvia. Lo detuvo con el tubo. Ana lo remató. Se lo clavó en la cabeza hasta que el metal crujió contra el hueso.

Golpes. Esquives. Caídas.

El sonido de los tubos contra los cráneos. El crujido de los huesos.

Después de unos minutos —¿cuántos? no sabía— Lara cayó de rodillas.

Cansada.

Lastimada.

Ana ya no podía seguir de pie. El dolor en la espalda era demasiado. Se apoyó contra la pared.

Silvia también se desplomó.

—Lo… lo conseguimos —dijo, con la respiración rota.

Después, se desmayó.

Lara se sentó contra la pared. Miró los cuerpos. Zombis muertos. Muchos. No todos los que había, pero suficientes.

Marcos, pensó. Tengo que ayudar a Marcos.

Pero no podía moverse. No todavía.

Cerró los ojos un momento.

Solo un momento, se dijo.

Hasta que yo y las chicas puedan ponerse de pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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