LA NUEVA ERA - Capítulo 61
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Capítulo 61: El límite de la ciencia
Ana por fin consiguió acceso a su laboratorio.
Se encerró. Comía solo para no desmayarse. Dormía solo para no morirse. Hacía sus tareas mínimas para que nadie la sacara.
Lara y Silvia lograron salir a explorar de nuevo. Consiguieron suministros. Pero Lara ya no actuaba sin importar las consecuencias. Aprendió. O al menos, eso parecía.
Los días pasaron.
La investigación y la fatiga me están agotando, escribió Ana en su cuaderno.
El cansancio me gana. Los dedos me duelen. Las manos me tiemblan.
Pero decido continuar.
159. Error sin resultado.
Un mes pasó.
Marcos todavía no da señales de vida.
La rata con habilidades de regeneración es una pieza clave para la investigación. Una de las ratas que he notado tardó más tiempo en transformarse. Eso me da esperanza. Voy bien.
Cerró el cuaderno. Lo volvió a abrir.
Marcos necesita despertar. Por eso cuando despierte, voy a estar lista. La investigación continúa sin descanso. Más fuerte que nunca.
Samira le dijo que lo estaba tomando muy a pecho. Benites se preocupó. Dijo que parecía que podía derrumbarse en cualquier minuto.
Lara y Silvia trataban de hacerla descansar de vez en cuando.
Pero Ana estaba tan cerca.
Pasó otro mes.
En la oscuridad del laboratorio, la cura se hizo cada vez más visible.
Una de las ratas pudo resistir el virus con éxito.
Otra rata pudo regenerar partes del cuerpo sin transformarse.
Esa esperanza hizo que Ana saliera del laboratorio corriendo.
Iba a buscar a Lara y a Silvia.
Pero en medio del pasillo, se desplomó.
Solo pudo sentir que su cuerpo no le respondía. La visión se le apagaba.
La cura está cerca, pensó. Pero todavía no es posible en humanos.
Sus ojos se abrieron.
Benites estaba ahí. Lara también. Silvia. Samira. Juárez.
Todos los niños del hospital estaban preocupados, mirando desde la puerta.
Ana quiso hablar. La garganta le ardía.
—Lo… lo conseguí —dijo, la voz quebrada.
El cansancio la ganó de nuevo.
Cerró los ojos.
Pero esta vez, no era una derrota.
Lara se acercó a Silvia.
—Voy a salir —dijo—. A buscar algunos libros para leerle a Marcos. Ana está descansando.
Silvia la miró. Sabía que no podía detenerla.
—Dejalo en mis manos —respondió—. Yo la cuido.
Lara asintió.
—Cuidate afuera —dijo Silvia.
—Siempre.
Lara empezó su recorrido. Sus movimientos eran rápidos, precisos. Los zombis intentaban alcanzarla, pero ella se movía por el terreno con una velocidad y fluidez increíble.
Ya conocía casi toda la ciudad.
Cada calle. Cada edificio. Cada escondite.
Encontró un camino que había preparado en una de sus búsquedas de recursos. Una ruta segura. Un atajo entre los escombros.
Mientras caminaba, pensaba.
Ojalá Ana despierte pronto, se dijo.
Benites había dicho que solo necesitaba descansar. Mucho reposo. Que despertaría en la tarde, si no se equivocaba.
¿Qué habrá descubierto? pensó Lara. Parecía tan contenta. Tan animada. Como si hubiera recuperado todas las fuerzas.
Pero después pensó en Marcos.
Marcos necesita un milagro.
Ya iba por su tercer mes en coma. Su cuerpo se había demacrado bastante. Benites dijo que sufriría mucho. Que no sabía si podría ver bien de un ojo. Que su cuerpo recibió demasiado daño. Eso no sanaría rápido.
Lara apretó los dientes.
Siguió caminando.
Llegó a una librería destruida. Los estantes estaban caídos. Los libros esparcidos por el suelo. Algunos quemados. Otros mojados. Pero algunos intactos.
Buscó entre los escombros.
Agarró varios.
Algunos de poesía. Algunos cuentos.
Le van a gustar, pensó.
En ese momento, un zombi apareció detrás de un estante.
Lara lo vio. No se inmutó.
El zombi se abalanzó. Ella lo esquivó con un giro rápido. Lo derivó con el hombro. Cayó al suelo. Agarró un palo de madera roto y lo acabó con un golpe seco.
Su velocidad y su fuerza eran mejores que cuando peleó con Marcos.
He mejorado, pensó, sin orgullo. Solo como un hecho.
Guardó los libros en la mochila.
Al llegar al hospital. Silvia estaba en la entrada.
—¿Ana? —preguntó Lara.
—Todavía no despierta —respondió Silvia—. Pero es temprano. Benites dijo que recién a la tarde.
Lara asintió. Se dirigió a la habitación de Marcos.
Entró. Cerró la puerta.
Se sentó en la silla de siempre. Sacó los libros. Los apoyó en la mesa de luz.
Abrió uno de poemas. Buscó una página al azar.
Comenzó a leer.
No sé si el viento sabe que existe,
pero mueve las hojas igual.
No sé si la lluvia sabe que moja,
pero empapa la tierra igual.
No sé si el corazón sabe que espera,
pero late igual.
No sé si vos sabés que estoy acá,
pero me quedo igual.
Cerró el libro. Se quedó en silencio.
Otro, pensó. Abrió otro libro.
El tiempo pasa lento cuando mirás el techo,
rápido cuando estás por perder algo.
El tiempo es una trampa.
Te hace creer que sobra,
hasta que ves que falta.
Te hace creer que podés esperar,
hasta que ya es tarde.
El tiempo no espera.
El tiempo no perdona.
El tiempo no mira a los ojos.
Pero vos me enseñaste que el tiempo,
si se comparte,
duele menos.
Cerró el segundo libro. Lo apoyó sobre sus piernas.
Uno más, pensó. El último.
A veces las palabras no alcanzan.
A veces el silencio es más fuerte.
A veces quedarse es más difícil que irse.
A veces hay que esperar sin saber.
A veces hay que creer sin ver.
A veces hay que sostener aunque duela.
Porque esperar también es hacer.
Porque creer también es luchar.
Porque quedarse también es ir hacia vos.
Lara cerró el libro. Lo dejó en la mesa.
Se quedó en silencio.
Miró a Marcos. Su respiración lenta. Su pecho subiendo y bajando.
—Ojalá escuches esto —dijo en voz baja.
Apoyó la cabeza en el borde de la cama.
Cerró los ojos.
Y se quedó ahí.
Un rato.
Un largo rato.
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