LA NUEVA ERA - Capítulo 60
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Capítulo 60: La fuerza que no se ve
Silvia estaba en la azotea del hospital.
El viento le movía el pelo. El sol se escondía detrás de los edificios derrumbados, tiñendo el cielo de naranja y gris.
Pensaba.
Ana y Lara habían mejorado mucho. Ana en el laboratorio. Lara en el combate.
Pero ella… ella seguía igual.
Seguía sin poder hacer nada.
Nada cambia, pensó. Incluso cuando salí del orfanato. Todo eso no sirvió de mucho.
Recordó que nunca quiso ser científica. No realmente. Era la opción con más posibilidades. La más buena para tener una vida próspera.
No por vocación. Por supervivencia.
Reflexionó sobre sus decisiones. Todo lo que había hecho. Todo lo que había perdido. Todo lo que todavía faltaba en este nuevo mundo.
Solo quería seguir como estaba.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía libre.
Pero el miedo nunca desaparecía de su pecho. Estaba ahí. Siempre. Como una piedra que no podía soltar.
Metió las manos en los bolsillos.
Sus dedos tocaron algo.
La foto.
La del niño. La del padre. La que había tomado en la central eléctrica. Cuando el cuerpo del hombre estaba en el suelo y la foto asomaba en su bolsillo.
La apretó sin mirarla.
Bajó las escaleras.
Caminó por los pasillos del hospital en silencio.
Las baldosas crujían bajo sus pies. Las paredes descascaradas. El olor a remedios y a humedad.
Llegó a la sala donde estaban los niños.
Algunos jugaban con piedras pintadas. Otros miraban el techo. Otros dormían en colchones finos.
Uno de ellos estaba sentado contra la puerta.
Era él. El niño de la foto. El que había perdido a su padre en la central.
Él la vio. No se movió.
Silvia se acercó. Se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió él.
—¿Querés ver algo?
El niño negó con la cabeza.
—No —dijo—. Estoy esperando a mi papá.
Silvia sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué mantenés la fe de que va a regresar? —preguntó.
El niño la miró. Tenía los ojos claros. Fijos. No parpadeaba.
—Porque la fe y la voluntad no importan —dijo—. Eso es algo que solo las personas fuertes tienen.
Silvia se quedó en silencio.
—¿Esa es tu definición de fuerza? —preguntó.
El niño bajó la cabeza un momento. Después la levantó.
—Tal vez.
Silvia sacó la foto del bolsillo. Se la tendió.
El niño la miró. La tomó con las dos manos.
No dijo nada.
Se quedó en silencio.
Sabía lo que significaba.
Silvia lo observó. Esperaba verlo llorar. O quebrarse. O alejarse.
Pero él no estaba triste.
—¿No sentís lástima? —preguntó ella, sin poder evitarlo.
El niño apretó la foto contra su pecho.
—Sí —dijo—. Me duele un montón.
Hizo una pausa.
—Pero mi papá no quiere que me rinda.
Silvia lo miró.
No supo qué decir.
El niño se puso de pie. La foto en la mano.
—Gracias —dijo.
Y se fue caminando por el pasillo. Solo. Erguido.
Silvia se quedó en el suelo, mirándolo alejarse.
Y entendió algo que no había entendido antes.
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