LA NUEVA ERA - Capítulo 71
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 71: El camino
Marcos no durmió bien. No podía. Su cuerpo estaba tranquilo, pero su mente no. Daba vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando los sonidos del hospital. Los pasos de alguna enfermera. El viento golpeando las ventanas rotas. El crujido de la madera.
Cuando el sol empezó a asomarse, se levantó. No quería despertar a las chicas todavía. Necesitaba un momento solo.
Salió al pasillo. El hospital estaba en silencio, pero no era el silencio de la noche. Era el silencio de la espera. Como si el edificio supiera que se iban.
Caminó hacia la azotea. Subió las escaleras despacio. Los escalones crujían bajo sus pies. La puerta de metal estaba entreabierta. El viento frío de la mañana le pegó en la cara.
El último amanecer, pensó.
Abajo, la ciudad seguía destruida. Los edificios derrumbados. Las calles vacías. Pero también veía las señales que Lara y Silvia habían dejado. Las sogas. Las marcas. Las rutas.
Dejamos algo acá, pensó. No todo fue pérdida.
Bajó a la habitación cuando el sol ya estaba más alto.
Lara ya estaba despierta. Sentada en la silla, los brazos cruzados, mirándolo.
—¿Dónde estabas?
—Azotea. Pensando.
—¿Listo?
Marcos dudó. La miró. Bajó la cabeza un momento. Después levantó la vista.
—¿En verdad querés acompañarme? —preguntó—. No garantizo la seguridad del grupo. No puedo ni garantizar la mía.
Lara sonrió. Se levantó.
—Te acompañaría hasta el infierno, Marcos. Además, vos solo ahora no podés hacer nada. Nos necesitás. Vamos, despertemos a las demás.
Silvia dormía en una sillita, con una manta enroscada en los pies. Ana estaba en la cama de al lado, abrazando una almohada.
Lara las despertó sin hacer mucho ruido. Un toque en el hombro. Un susurro.
—Vamos —dijo—. Es hora.
Silvia se frotó los ojos. Ana se quedó mirando el techo un momento, como si no quisiera levantarse.
Pero se levantaron.
Arreglaron sus cosas. Ana tenía preparado un maletín de experiencia para continuar con su búsqueda de la cura, y una mochila con cosas útiles.
Silvia preparó una mochila más elaborada, más acorde a la situación de viaje.
Lara ya tenía todo listo y solo quedaba esperar a las demás.
Bajaron al comedor. Samira ya estaba ahí, sirviendo comida en platos de metal. Los miraba con una sonrisa triste.
—Sentate —dijo—. El último desayuno.
Marcos se sentó. Las chicas también. Comieron en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de los que saben que algo se termina.
Samira se sentó con ellos.
—¿Van a volver? —preguntó.
Marcos la miró.
—No sé —respondió—. Si podemos, sí.
—No hace falta que prometan nada —dijo Samira—. Solo sepan que este lugar va a estar acá. Si algún día necesitan un refugio.
Marcos asintió.
Samira se levantó. Se secó una lágrima con el dorso de la mano. No dijo nada más.
Los niños se despidieron de Lara, Silvia y Ana. Sobre todo de Ana, que recibió un dibujo de cada uno.
Silvia recibió un abrazo y un dibujo del niño al que le había devuelto la foto.
Juárez los esperaba afuera.
La camioneta estaba estacionada en la entrada principal. Blanca. Manchas de óxido. Los neumáticos un poco gastados, pero firmes. La caja llena.
—Todo listo —dijo Juárez, señalando el vehículo—. Comida, agua, gasolina extra. Herramientas por si se pincha una rueda.
Marcos se acercó. Pasó la mano por la chapa fría.
—Gracias —dijo.
Juárez asintió.
—No me den las gracias. Hagan lo que tengan que hacer.
Se quedó un momento en silencio, mirando la camioneta. Después se giró y caminó hacia el hospital. No miró atrás.
Benites bajó la escalinata. Se paró frente a Marcos.
—El mapa está en el asiento del acompañante —dijo—. La ruta marcada. No se desvíen a menos que sea necesario. Hay zonas peligrosas.
—Lo sé —respondió Marcos.
Benites lo miró un momento. Después extendió la mano.
Marcos la estrechó.
—Cuídate —dijo Benites—. Y cuídalas.
—Voy a hacerlo.
Benites asintió. Se dio la vuelta. Entró al hospital.
Cuando estaban por subir a la camioneta, los chicos del hospital empezaron a asomarse por las ventanas. Primero uno. Después otro. Después varios.
El más chico, el de la foto, bajó la escalinata corriendo. Llevaba un papel en la mano.
Se paró frente a Marcos.
—Es para vos —dijo, dándole el papel.
Marcos lo abrió. Era un dibujo. El hospital. La camioneta. Cuatro figuras paradas al lado.
—Lo hice yo —dijo el chico.
Marcos lo miró. Quiso decir algo. No encontró las palabras. Solo le revolvió el pelo.
—Voy a cuidarlo —dijo.
El chico sonrió. Corrió a abrazarlo. Fue rápido. Un segundo. Después volvió a subir las escaleras.
Marcos guardó el dibujo en el bolsillo de su campera.
Marcos subió a la camioneta. Se puso al volante.
Lara se sentó a su lado. Silvia y Ana atrás.
El motor arrancó. El sonido ronco llenó el aire frío de la mañana.
Marcos miró por el espejo retrovisor.
El hospital seguía ahí. Con sus paredes agrietadas. Sus ventanas rotas. Sus escaleras de cemento gastadas.
Samira estaba en la puerta, con los brazos cruzados.
Benites asomaba por una ventana del primer piso.
Juárez estaba apoyado en la pared, los brazos cruzados también. Otra vez.
Los chicos agitaban las manos desde las ventanas. Algunos reían. Otros solo miraban.
Marcos tragó saliva.
—Vamos —dijo.
Apretó el acelerador.
La camioneta se movió despacio al principio. Después más rápido. Las ruedas levantaron polvo.
Marcos miró por el espejo una última vez.
El hospital se hacía más chico. Después más chico. Hasta que desapareció detrás de los edificios derrumbados.
Nadie habló.
El silencio duró unos minutos.
Después, Ana suspiró.
—¿Y ahora?
Marcos apretó el volante.
—Ahora a encontrar lo que vinimos a buscar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com