LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 15
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15: página 15 15: página 15 La Dra.
Elena Vance observaba el mosaico de monitores en el búnker de la OMS.
Las imágenes de las cámaras de tráfico en el Quai du Mont-Blanc ya no mostraban una ciudad, sino un ecosistema de depredación simbiótica.
Lo que más le perturbaba no era la sangre, sino la falta de resistencia.
En las pantallas, la gente no huía de los infectados; se acercaban a ellos, atraídos por la atmósfera de calma sobrenatural y la promesa de un alivio químico que irradiaba de cada grupo de “Sinfónicos”.
—Doctora, el Ministerio de Defensa suizo solicita autorización para el despliegue del Protocolo de Contención de Nivel 5 —anunció un oficial de enlace.
Elena sabía lo que eso significaba.
En la epidemiología de desastres, el Nivel 5 no es una cuarentena; es una Exclusión Cinética.
Significa sellar los accesos de la ciudad con fuerza letal y, si es necesario, utilizar agentes incendiarios para eliminar la biomasa infectada.
—Si sellamos Ginebra ahora, condenamos a medio millón de personas a ser devoradas vivas por una sonrisa —dijo Elena, con la voz quebrada.
—Doctora —interrumpió el oficial, señalando una pantalla secundaria—, ya no es solo Ginebra.
Los datos de los nodos de telefonía móvil mostraban una dispersión radial.
Los infectados que habían escapado en los primeros minutos de la tarde ya estaban en Lausana, Annemasse y Nyon.
Científicamente, el TG-Alpha estaba demostrando una “Ventaja de Transmisión Pre-sintomática” perfecta.
Mientras el cuerpo aún era funcional y la mente aún podía operar un vehículo o comprar un billete de tren, el parásito forzaba al huésped a alejarse del epicentro a la máxima velocidad posible.
Era un algoritmo de dispersión biológica ejecutado a través de la infraestructura humana.
Elena vio una toma aérea de la estación de Cornavin.
Un grupo de soldados locales intentaba establecer un perímetro, pero su resolución se desmoronaba.
Al ver a los civiles sonriendo, ofreciéndoles comida o simplemente intentando abrazarlos, los soldados bajaban sus fusiles.
El parásito estaba usando el instinto de compasión como un arma de asedio.
—No podemos salvar Ginebra —sentenció Elena, cerrando los ojos.
Su mente científica, siempre buscando soluciones, se enfrentaba a un muro de imposibilidad biológica—.
Den la orden al ejército francés.
El tren del Dr.
Thorne no debe entrar en París.
Si ese tren llega a la Gare de Lyon, Francia se convertirá en un comedero antes de que amanezca.
Elena activó un mapa térmico global.
Europa, con su red de trenes de alta velocidad y sus fronteras invisibles, parpadeaba en naranja.
El continente era una red neuronal gigante, y el parásito de Thorne acababa de activar el primer impulso de una convulsión que no tendría fin.
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