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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 18

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18: página 18 18: página 18 En Ginebra, la “revolución de la alegría” se había transformado en un paisaje de pesadilla silenciosa.

Marc, oculto tras el cristal reforzado de una librería en la Rue de la Confédération, observaba cómo la ciudad se consumía a sí misma.

La fase de euforia social estaba dando paso a la Fase de Agotamiento Metabólico.

Aquellos que habían sido infectados en las primeras horas mostraban ahora una transformación física que desafiaba la estética de la vida.

Científicamente, el cerebro humano puede entrar en un estado de Tormenta de Citoquinas cuando un patógeno lo sobreestimula.

El TG-Alpha, al agotar las reservas de dopamina y noradrenalina, forzaba al cuerpo a entrar en una fase de “reparación imposible”.

Los infectados ya no bailaban; caminaban con una rigidez espástica, sus músculos tensos hasta el punto de la ruptura fibrilar.

Sus rostros, aunque mantenían la mueca de una sonrisa, estaban pálidos, casi translúcidos, debido a que el parásito desviaba toda la sangre disponible hacia los centros de procesamiento neuronal.

—Están…

se están marchitando —susurró Marc, grabando con manos temblorosas.

Vio a un hombre joven colapsar en mitad de la calle.

No hubo gritos de auxilio.

La multitud a su alrededor, también infectada, se limitó a observarlo con una benevolencia vacía.

En la lógica del parásito, un huésped agotado es simplemente biomasa desechable.

Pero entonces ocurrió lo que Marc más temía: el canibalismo ya no era un acto de desespero individual, sino un Reciclaje Biológico Colectivo.

Dos mujeres se acercaron al hombre caído.

Con una calma metódica, casi ritual, empezaron a alimentarse.

No había el frenesí de un animal salvaje; lo hacían con una eficiencia mecánica, buscando los órganos internos más ricos en glucosa residual.

En la biología real, esto se asemeja a la necrofagia selectiva.

El parásito estaba asegurando que las proteínas de los “caídos” sirvieran para mantener la “Euforia” en los que aún podían caminar y propagar la cepa.

Marc sintió el olor en el aire: un aroma dulzón, como fruta podrida mezclada con amoníaco.

Era la Cetosis Traumática, el resultado de cuerpos quemando grasa y músculo a una velocidad suicida.

La ciudad de Ginebra, el símbolo del orden mundial, se había convertido en una granja de procesamiento orgánico donde la diferencia entre el depredador y la presa se borraba tras una sonrisa fija.

Marc comprendió que si no salía de allí esa noche, su propio cuerpo se convertiría en el combustible para la felicidad de alguien más.

La puerta de la librería crujió.

Alguien afuera estaba empujando con una fuerza que no debería tener un cuerpo tan demacrado.

El parásito había olido su miedo, y en este nuevo mundo, el miedo era la única cena que quedaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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