LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 20
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20: página 20 20: página 20 La oscuridad de las alcantarillas de Ginebra no ofrecía el refugio que Marc esperaba; ofrecía una acústica deformada donde los ecos de la superficie se transformaban en susurros húmedos.
El hedor a excremento y agua estancada estaba siendo reemplazado por un aroma químico penetrante: la exhalación colectiva de los infectados que habían buscado el frescor del subsuelo para evitar el sobrecalentamiento de sus cuerpos.
A pocos metros de la entrada, Marc iluminó con su linterna una escena que le obligó a cubrirse la boca para no gritar.
En una de las repisas de mantenimiento, una mujer joven estaba sentada con las piernas cruzadas.
A su lado, un niño pequeño, de no más de cuatro años, permanecía extrañamente quieto.
El niño no tenía ojos; en su lugar, dos cavidades rosadas y limpias goteaban un fluido seroso.
La mujer sostenía los globos oculares en su mano, acariciándolos como si fueran perlas.
—Míralo, acércate —susurró la mujer, reconociendo su presencia sin siquiera girarse.
Su voz era un hilo de seda, cargado de una tristeza infinita pero resignada—.
Estaba tan asustado por la oscuridad…
Tenía tanto miedo de lo que no podía ver.
Ahora, por fin, tiene la paz que da el vacío.
Ya no necesita mirar para sufrir.
El niño, infectado por el contacto directo de la mujer, dejó escapar una risita aguda, un sonido cristalino que rebotó en las paredes de ladrillo.
No había dolor en su rostro, solo una expresión de gratitud vacía.
Científicamente, el TG-Alpha estaba utilizando los nervios ópticos del niño como una vía directa para extraer nutrientes específicos, forzando a la madre a realizar la “cirugía” para alimentar al parásito que ambos compartían.
—”Lo que te sobra de cuerpo, le falta a mi alma” —recitó la mujer, una de esas frases retorcidas que el parásito generaba al mezclar poesía con psicosis—.
“Ven, ayúdanos a ser más ligeros.
Un trozo de tu muslo podría hacernos volar a los tres”.
Marc se pegó a la pared opuesta, viendo cómo el agua de la alcantarilla corría teñida de un rosa pálido.
La sangre de los infectados, rica en proteínas y taquizoítos, estaba contaminando el sistema hídrico de la ciudad.
Era la “Siembra Hidrológica”.
Cada rata que bebiera, cada sistema de riego que se activara, se convertiría en un nuevo vector.
Más adelante, el túnel se ensanchaba.
Allí, la jerarquía de la infección se mostraba en su forma más grotesca.
Un grupo de “Sinfónicos” había recolectado a varios ancianos de un asilo cercano.
Los tenían dispuestos en círculo, como en una macabra reunión de té.
Una de las ancianas, cuya piel colgaba de sus brazos como cera derretida, le hablaba a un brazo amputado que sostenía con ternura.
—”Es mejor ser alimento que ser olvido” —dijo la anciana al ver pasar a Marc.
Su sonrisa dejó ver unas encías negras por la necrosis incipiente—.
“No corras, hijo.
Tus piernas solo sirven para alejarnos de la verdad.
Déjanos masticar tu velocidad para que podamos descansar juntos”.
El horror no era el ataque; era la invitación constante a una mutilación alegre.
Marc comprendió que el parásito no quería simplemente matar; quería desmantelar la arquitectura del ser humano, pieza por pieza, mientras el huésped daba las gracias por cada centímetro de carne perdido.
Aceleró el paso, sintiendo cómo el agua rosada le salpicaba las botas, sabiendo que en la oscuridad de Ginebra, la compasión era ahora el nombre que los monstruos le daban al hambre.
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