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LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 21

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21: página 21 21: página 21 Marc alcanzó el final del colector principal, donde la luz de la luna se filtraba a través de una rejilla de ventilación masiva que daba a los jardines de la Promenade de la Treille.

Pero al intentar subir por la escalinata de cemento, el sonido de un canto coral, desafinado y lánguido, lo detuvo en seco.

No era un grito de guerra; era una canción de cuna distorsionada por docenas de gargantas secas.

Arriba, alrededor de la salida, los infectados habían formado un semicírculo.

No estaban al acecho; estaban esperando.

En el centro, una mujer en silla de ruedas, cuyas piernas habían sido despojadas de carne hasta el hueso para alimentar al grupo, presidía la escena con una corona de flores marchitas sobre su cabello ralo.

A su falda se aferraba un niño pequeño que masticaba rítmicamente un tendón humano, usándolo como un juguete de dentición.

—El miedo es una puerta que solo se abre desde adentro, —dijo la mujer de la silla de ruedas.

Sus ojos, lechosos y brillantes, se clavaron en la linterna de Marc—.

“Tu sangre es un río que busca desesperadamente el mar de nuestra calma.

No la desperdicies corriendo”.

Científicamente, este comportamiento reflejaba la “Sincronía de Enjambre”.

El TG-Alpha había eliminado la competencia individual por los recursos.

Los infectados compartían la biomasa; los más fuertes alimentaban a los más débiles para mantener la red de transmisión activa.

La mujer en la silla de ruedas no era una carga; era un nodo de procesamiento sensorial, protegida por los demás mientras su cerebro, liberado de la necesidad de caminar, se dedicaba exclusivamente a coordinar la “bienvenida” de nuevos huéspedes.

—”Pequeños dientes, grandes amores” —susurró el niño a sus pies, mirando hacia la oscuridad del túnel con una sonrisa que mostraba sus encías ensangrentadas—.

“Ven a jugar.

Mi madre dice que tu corazón late con un ritmo que nos daría música para todo el invierno”.

La lógica del parásito se volvía más retorcida a cada paso.

Los infectados habían empezado a decorar la salida con restos humanos: cintas hechas de intestinos delgados y “ofrendas” de dedos dispuestos en patrones geométricos.

Para ellos, era arte; para Marc, era la señal de que la humanidad había sido sustituida por algo que recordaba a la belleza, pero que olía a matadero.

Al notar que Marc no avanzaba, la mujer hizo un gesto suave con la mano.

Tres hombres demacrados, cuyos pechos mostraban las costillas debido al catabolismo muscular extremo, se deslizaron hacia el túnel.

No corrían como bestias; avanzaban con una elegancia fluida, casi coreografiada.

—”Tu fatiga es nuestro banquete, tu pánico nuestra oración” —entonaron los hombres al unísono, sus voces vibrando con una frecuencia que buscaba calmar el sistema nervioso de Marc—.

“Déjanos pelar tu angustia como quien pela una fruta madura.

Quédate quieto, querido.

Solo duele hasta que empiezas a amarnos”.

Marc comprendió que la rejilla era una trampa de feromonas.

El aire que subía de la alcantarilla estaba siendo saturado por el grupo de arriba para debilitar su voluntad antes del contacto físico.

El olor a cetosis y flores podridas era insoportable.

Con un gemido de pura desesperación, Marc dio media vuelta y se lanzó de nuevo a la corriente de agua rosada.

Prefería ahogarse en la mierda de Ginebra que permitir que ese niño le enseñara el significado de su “amor” con esos pequeños y afilados dientes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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