LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 32
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32: página 32 32: página 32 Marc alcanzó los hangares de logística del nivel -3.
Sus botas chapoteaban en un fango oscuro que antes habían sido seres humanos; la reacción química de su suero era tan potente que el túnel detrás de él parecía haber sido barrido por un lanzallamas invisible.
Su piel nueva, que emergía bajo los jirones de la epidermis muerta, brillaba con una palidez fluorescente, una señal de la saturación de anticuerpos que su médula ósea estaba produciendo a un ritmo industrial.
Científicamente, Marc estaba experimentando una Glicólisis de Supervivencia.
Su cuerpo estaba consumiendo sus propias reservas de grasa y glucógeno para mantener la tormenta inmunológica.
Cada paso le costaba una agonía de calambres, pero el parásito dentro de él había sido reducido a escombros moleculares.
En el centro del hangar, un vehículo de transporte blindado “Panhard VPC” permanecía con el motor en ralentí.
No había conductores.
En su lugar, una familia entera —un hombre, una mujer y dos gemelos de apenas seis años— estaban sentados en el suelo alrededor del vehículo, entrelazados por los brazos en una espiral de carne.
Se habían cosido las manos unos a otros usando cables de cobre, creando un circuito de dolor y placer compartido.
—”¡Oh, Marc!
¡Eres el sol que quema nuestros ojos!” —exclamó el padre, cuya boca estaba permanentemente abierta porque los gemelos le habían cosido los labios a sus propias mejillas—.
“¡Ven a brillar con nosotros!
¡Queremos ser las sombras que tu luz proyecta!” Los gemelos se arrastraron hacia él, arrastrando a sus padres como una carga inerte.
Sus rostros estaban deformados por una alegría que les había roto los pómulos.
Marc no retrocedió.
Extendió la mano, y cuando el primer niño tocó sus dedos, no hubo un ataque.
Hubo una combustión.
La piel del niño se vaporizó al contacto.
El suero de Marc, actuando como un Catalizador de Lisis, provocó que las mitocondrias de las células infectadas del pequeño entraran en cortocircuito.
Marc observó con una frialdad nueva cómo el niño se deshacía; sus ojos estallaron en un vapor vítreo y sus costillas se quebraron hacia afuera mientras el parásito moría en una explosión micro-celular.
La madre, unida por los cables, empezó a disolverse también, gritando con una risa que se ahogaba en el humo de su propia carne fundida.
—”¡Gracias por…
la…
limpieza!” —logró articular la mujer mientras su rostro se convertía en un cráneo limpio en cuestión de segundos.
Marc subió al Panhard, cerrando la escotilla pesada.
El interior olía a desinfectante y metal, un refugio de la locura exterior.
En el panel de control, un mapa de Europa mostraba el “Gran Viaje”: una mancha roja que devoraba Alemania, Italia y España.
El epicentro, París, brillaba como una herida abierta.
Marc puso la mano sobre la palanca de cambios; su sudor dejó una marca blanca, una costra de sal química, sobre el cuero.
—Si soy el veneno —susurró Marc, viendo por el periscopio cómo los restos de la familia se convertían en una mancha negra sobre el cemento—, entonces voy a ser la dosis que te mate, Thorne.
El motor rugió, y el vehículo blindado salió disparado por la rampa de emergencia, aplastando a un grupo de ancianos que esperaban afuera con los brazos abiertos, listos para ser “purificados” por las ruedas de la máquina.
Marc ya no sentía lástima; solo sentía el calor de su sangre, una sangre que ahora era el fin de la esperanza de Thorne.
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