LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 42
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42: página 42 42: página 42 Marc bajó la mirada hacia la ballesta del Gris.
El frío en sus pulmones era como respirar agujas de vidrio.
—¿Por qué no hubo bombas?
—preguntó Marc, su voz apenas un susurro metálico—.
¿Por qué los silos nucleares no incineraron París cuando empezó la Euforia?
¿Dónde está la OTAN?
¿Dónde está Washington?
El líder de los Grises soltó una carcajada seca que hizo vibrar el plástico de su máscara.
—¿Bombas?
El parásito es más inteligente que un general de cinco estrellas, Marc.
No atacó las fronteras; atacó los comedores del Pentágono y los filtros de agua de la Casa Blanca.
El TG-Alpha tiene un Periodo de Incubación Silencioso.
Para cuando los satélites mostraron a la gente bailando en las calles de Europa, los hombres con los códigos de lanzamiento ya estaban alimentando a sus propios hijos con su propia carne, riendo mientras lo hacían.
Científicamente, se llamó la “Estrategia del Caballo de Troya Bioquímico”.
El parásito no induce el gore de inmediato.
Primero satura el cerebro con una sensación de “Propósito y Paz”.
Los líderes mundiales no vieron una amenaza; vieron una solución a las guerras y al odio.
Cuando Estados Unidos quiso reaccionar, el portaaviones Gerald R.
Ford ya se había convertido en una balsa de carne flotante en el Atlántico, con su tripulación fundida en una sola masa coralina que cantaba himnos al océano.
—El mundo no fue conquistado —continuó el Gris, bajando lentamente la ballesta al ver que Marc apenas podía mantenerse en pie—.
Fue seducido.
USA es ahora un continente de estatuas negras, igual que esto.
Intentaron un bombardeo químico sobre Nueva York en los primeros días, pero los pilotos se desviaron y lanzaron las cargas sobre el océano porque “los peces también merecían ser felices”.
El parásito reprograma el concepto de “objetivo militar”.
Marc se apoyó en el surtidor de gasolina.
La realidad era más atroz de lo que pensaba.
No había un ejército de salvación viniendo desde el oeste.
La humanidad “limpia” se reducía a pequeños grupos de Grises escondidos en los pliegues del mundo, viviendo como ratas para no sentir.
—Necesito llegar a los Alpes —dijo Marc, mostrando un mapa digital en su antebrazo que brillaba débilmente—.
Arishti dejó algo allí.
Una forma de dispersar la antitoxina de forma aérea.
Si puedo convertir mi sangre en una nube, puedo romper las esporas negras antes de que el mundo se convierta en una cantera de carbón.
El Gris lo miró fijamente.
Se acercó y, con un cuchillo, raspó un poco del sudor seco y cristalizado de la armadura de Marc.
El cristal siseó débilmente al contacto con el acero.
—Tu “cura” matará a millones más, Marc.
Los que están encistados en esas estatuas negras…
si los “limpias” ahora que sus cuerpos han sido reemplazados por carbono, se desmoronarán como arena.
Vas a terminar el trabajo de Thorne.
Vas a ser el enterrador de la especie humana.
—Prefiero un planeta de tumbas vacías que una colmena de esclavos felices —respondió Marc, sus ojos plateados brillando con una determinación necrótica.
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