LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 46
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46: página 46 46: página 46 Marc dejó atrás la gasolinera y a los Grises, hundiendo el acelerador del Panhard mientras el paisaje de la Alta Saboya se elevaba frente a él.
A medida que ganaba altitud, la “Lluvia Negra” de París se convertía en una nieve grisácea y aceitosa.
El termómetro del vehículo marcaba -12 grados centígrados, un frío que, paradójicamente, estabilizó su metabolismo.
Científicamente, el frío extremo actúa como un Crio-estabilizador Inmune.
La fiebre de Marc se mantuvo en un nivel manejable de 38 grados, permitiéndole recuperar la claridad mental, aunque su piel seguía crujiendo como porcelana vieja con cada movimiento.
Al llegar a la entrada del Túnel del Mont Blanc, el paso estaba bloqueado por una estructura que desafiaba la ingeniería humana.
Los “Ángeles de la Puerta” no eran estatuas de carbón inerte como las de las llanuras; eran Bio-centinelas de Altura.
Eran soldados de la Legión Extranjera cuyos cuerpos habían sido soldados a las paredes de roca del túnel.
Sus cajas torácicas habían sido abiertas y expandidas para funcionar como fuelles gigantes, filtrando el aire frío de la montaña para saturarlo con una variante de esporas adaptadas al hielo.
—”¡Detente, caminante de plata!” —Las voces de los centinelas resonaron a través de los sistemas de ventilación del túnel, una polifonía de cuerdas vocales que habían sido estiradas hasta parecer cables de acero—.
“Más allá de este umbral solo existe la pureza del Gran Sueño.
Tu calor es una blasfemia contra el Silencio Blanco”.
Marc bajó del vehículo, empuñando una bengala de magnesio.
Frente a él, los soldados-ángel batían sus “alas”: membranas de piel y tejido pulmonar que se extendían por los techos del túnel, goteando un anticongelante biológico de color ámbar.
Científicamente, Thorne había implementado la “Adaptación de Extremófilos”.
Estos centinelas no morían por el frío porque su sangre había sido reemplazada por una solución de glicerol y proteínas anticongelantes producidas por el parásito.
Eran termorreceptores vivientes: podían detectar la firma de calor de Marc a kilómetros de distancia.
—Necesito pasar —dijo Marc, su voz vibrando con la frecuencia de su suero—.
No vengo a traer calor, vengo a traer el fin de vuestra servidumbre.
—”¡Nuestra servidumbre es nuestra libertad!” —rugió el ángel central, cuya mandíbula se había fusionado con el marco de acero de la entrada—.
“Thorne nos prometió que no volveríamos a sentir el hambre de la carne, y él cumple sus promesas”.
El centinela exhaló una nube de Vapor de Esporas Criogénicas.
Marc sintió que sus pulmones se congelaban al instante.
Pero entonces, su sangre reaccionó.
La antitoxina en su sistema, al detectar el ataque externo, provocó un estallido de energía térmica.
Su piel nácar emitió un destello cegador y el vapor de los ángeles se convirtió en cristales de hielo negro que cayeron al suelo con un tintineo metálico.
Marc caminó hacia la masa de carne y metal.
Los ángeles gritaron de agonía; su proximidad química estaba disolviendo las proteínas anticongelantes que los mantenían vivos.
Al perder su protección térmica, los soldados empezaron a congelarse de verdad, sus células estallando mientras el agua interna se convertía en dagas de hielo.
La belleza gélida: rostros que se fracturaban como el cristal y alas de pulmón que se hacían añicos al chocar contra la roca.
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