LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 51
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51: página 51 51: página 51 El siseo del nitrógeno líquido sobre su piel nácar sonó como el grito de un animal herido.
Marc apretó los dientes, viendo cómo su brazo derecho se cubría de una escarcha azulada, apagando el brillo plateado de sus venas.
El dolor de la Vaso-constricción Criogénica fue tan agudo que su visión se tornó negra por un instante.
Había forzado a su extremidad a un estado de muerte celular temporal para silenciar su toxicidad.
Con movimientos lentos y torpes, Marc estiró su mano congelada hacia la niña en estasis.
No hubo vapor.
No hubo quemaduras.
Con una delicadeza que no creía poseer, extrajo una gota de sangre de la pequeña con una aguja de cuarzo y la depositó en el Analizador de Pureza Hemática.
La puerta de obsidiana vibró.
El sistema TOF-MS aceptó el sacrificio.
—”Acceso concedido.
Espécimen: Humano Original” —anunció una voz sintética.
La pirámide se abrió, revelando un descenso hacia las profundidades de la montaña.
Marc entró, arrastrando su brazo derecho, que ahora colgaba como un peso muerto, inútil y ennegrecido.
Al cerrarse la puerta tras él, el silencio exterior fue reemplazado por un coro de latidos rítmicos.
Científicamente, el interior de la pirámide no era un laboratorio, sino un Bio-Procesador Global.
Thorne no estaba usando computadoras; estaba usando columnas de cerebros humanos vivos, suspendidos en tanques de líquido cefalorraquídeo, interconectados por kilómetros de fibras nerviosas.
Era una “nube” de computación orgánica que procesaba la genética de cada ser vivo del planeta.
—”Has sacrificado tu carne para salvar una semilla, Marc” —la voz de Thorne ahora era omnipresente, emanando de las paredes de polímero—.
“Pero mira a tu alrededor.
¿Qué queda por salvar?
He mapeado cada debilidad de vuestro ADN.
El parásito ya no es un invasor; es el nuevo sistema operativo de la vida.
Si me destruyes, borras el código que mantiene los pulmones del mundo funcionando”.
Marc avanzó por el pasillo central.
A los lados, vio tanques con especies animales: lobos, águilas, osos.
Todos tenían el mismo anillo plateado en los ojos.
Thorne había expandido la “Euforia” a la biosfera entera.
Científicamente, se trataba de una Simbiosis Obligada.
Thorne había entrelazado las funciones vitales del parásito con los procesos homeostáticos de los huéspedes.
Si el parásito moría súbitamente por el suero de Marc, el corazón de los huéspedes dejaría de recibir la señal eléctrica para latir.
—No me importa el precio, Thorne —logró articular Marc, mientras su brazo izquierdo empezaba a brillar con una intensidad de supernova—.
El mundo no es tuyo para programarlo.
Si tiene que morir, morirá libre.
Marc alcanzó la cámara del núcleo.
Allí, en el centro de una esfera de cristal, flotaba lo que quedaba de Aris Thorne: una columna vertebral humana conectada a una red de billones de neuronas que se extendían por toda la pirámide.
Ya no era un hombre; era el Servidor Central de la Tierra.
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