LA PARADOXA SE GONDII - Capítulo 52
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52: página 52 52: página 52 Marc se tambaleó hasta el borde de la esfera de cristal que contenía la espina dorsal de Thorne.
El aire en la cámara del núcleo estaba saturado de un magnetismo que hacía que el vello de su brazo sano se erizara.
El zumbido de los billones de neuronas interconectadas formaba una canción de cuna electrónica que invitaba a la rendición.
—”Mira a través de mis ojos, Marc.
Mira lo que vas a asesinar” —susurró Thorne.
De repente, las paredes de polímero de la pirámide se volvieron transparentes, proyectando imágenes en tiempo real de todo el globo.
Marc vio las ciudades de cristal de China, donde los trabajadores construían catedrales de ciencia sin un solo conflicto.
Vio las estatuas negras de París, donde los niños encistados soñaban con universos de colores infinitos.
Vio a los animales en las selvas del Amazonas, moviéndose en una danza coordinada, libres por fin de la cadena alimenticia, alimentados por el aire mismo.
Científicamente, Thorne había logrado la “Entropía Cero Biológica”.
Al eliminar la agresión, el hambre y el miedo, el parásito había detenido el desgaste celular causado por el estrés.
El mundo era, técnicamente, un jardín eterno.
—”Si activas el suero, Marc, cada uno de esos latidos se detendrá.
Los pulmones de los bosques se colapsarán.
Las mentes en los tanques se apagarán en una agonía de silencio.
No estarás liberando a la humanidad; estarás ejecutando a la biosfera” —la voz de Thorne era de una lógica devastadora.
Marc miró el frasco de suero que latía en su mano izquierda.
Su brazo derecho, negro y rígido por la necrosis, era el recordatorio del precio que ya había pagado.
Científicamente, Marc analizó la “Resonancia de Extinción”.
Si inyectaba el suero en el núcleo, la antitoxina viajaría por la red de fibra nerviosa a la velocidad de la luz, alcanzando cada rincón de la Cúpula de Ionización.
Sería una Apoptosis Global Inducida.
En menos de un segundo, el sistema operativo de la vida sería desinstalado.
—¿Y qué es la vida sin la duda, Thorne?
—preguntó Marc, su voz sonando como el choque de placas tectónicas—.
¿Qué es el amor si no es una elección?
Has convertido el mundo en un reloj perfecto, pero los relojes no sienten.
Solo marcan el tiempo hacia la nada.
Marc levantó el frasco.
Sus ojos plateados reflejaron la espina dorsal de Thorne, que empezó a brillar con un rojo frenético, detectando la intención del huésped.
Las defensas de la pirámide intentaron una última maniobra: la “Sobrecarga de Oxitocina”.
El aire se llenó de una fragancia floral abrumadora, y el cerebro de Marc fue inundado con recuerdos de una felicidad que nunca tuvo: una madre que no lo abandonó, un mundo donde el CERN nunca abrió el abismo, una paz que lo tentaba a soltar el frasco y simplemente…
dormir.
—”Sé feliz, Marc.
Solo una vez.
Déjate ir” —rogó Thorne.
Marc mordió su labio hasta que el sabor metálico de su propia sangre rompió el hechizo.
El dolor fue su brújula.
—Prefiero morir gritando en la oscuridad que vivir sonriendo en tu mentira.
Con un grito que desgarró lo que quedaba de su garganta humana, Marc hundió el frasco de suero directamente en el bulbo raquídeo de la red de Thorne.
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