La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 EL DESPERTAR DEL RECIPIENTE
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1: EL DESPERTAR DEL RECIPIENTE 1: EL DESPERTAR DEL RECIPIENTE El Palacio de Aldora siempre había olido a jazmín y a sangre vieja, aunque solo Eyre parecía notar el segundo aroma.
Para el resto del mundo, el hogar de la “Belleza Número Uno” era un oasis de mármol blanco y sedas flotantes, un monumento a la gloria de una dinastía que se creía bendecida por los dioses.
Pero esa tarde, mientras el sol de Aldora se hundía en el horizonte como un carbón encendido, el aire se sentía espeso, casi sólido.
Eyre se encontraba frente al gran ventanal de sus aposentos.
Su reflejo le devolvía una imagen que ella misma empezaba a desconocer.
Su piel, blanca como la leche recién ordeñada, contrastaba violentamente con el negro azabache de su cabello, que caía en ondas pesadas hasta su cintura.
Sus labios, rojos por naturaleza, parecían una herida abierta en su rostro pálido.
Todos en el reino suspiraban por su mirada, esa mezcla de inocencia y sensualidad que la hacía parecer una criatura de leyenda.
Sin embargo, Eyre sentía que su cuerpo era una jaula.
—¿Qué estás ocultando, madre?
—susurró, y su aliento empañó el cristal.
En el piso inferior, podía escuchar el eco de los pasos del Rey Callum.
Su padre.
O al menos, el hombre que la había cargado en hombros durante cinco lustros.
Últimamente, los pasos de Callum no sonaban a humano.
Eran pesados, húmedos, como si arrastrara algo viscoso tras de sí.
La corrupción que lo consumía, nacida de unos celos que devoraban su alma, se filtraba por las grietas del palacio.
Eyre sabía que Callum amaba a Morrigan con una desesperación enferma, una que lo había llevado a pactar con entidades que no tenían nombre.
Eyre se alejó de la ventana y caminó hacia su tocador.
Allí, oculto bajo una pila de mantones bordados, descansaba el secreto que cambiaría su existencia: la Daga de los Tuatha Dé Danann.
La había encontrado hacía tres lunas, en la sección prohibida de la biblioteca real, un lugar donde el polvo parecía hecho de cenizas de recuerdos.
La daga no era un arma común.
Su hoja era de un cristal traslúcido que vibraba con una frecuencia que solo Eyre parecía escuchar.
En el centro de la guarda, un rubí tallado en forma de lágrima latía con una luz carmesí.
La tomó entre sus manos.
El frío del metal le recorrió los brazos, erizando el vello de su nuca.
Según los textos antiguos, esta daga no solo tenía el poder de devolver la vida a los caídos; era un puente entre dimensiones, una llave para la verdad absoluta.
—Si mi vida es un cuento de hadas —dijo Eyre, con la voz quebrada—, quiero saber quién escribió el guion.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas en una posición de meditación que Morrigan le había enseñado años atrás.
Cerró los ojos y dejó que la vibración de la daga se sincronizara con el latido de su corazón.
El silencio en la habitación se volvió absoluto, roto solo por el siseo de las antorchas en el pasillo.
Eyre llevó el filo de la daga a la palma de su mano.
No necesitó presionar.
El arma parecía sedienta.
Una fina línea roja apareció en su piel, y la primera gota de sangre cayó directamente sobre el rubí.
El mundo estalló.
La Visión de Calandra No fue una transición suave.
Fue una caída libre a través de un vacío gélido.
El olor a jazmín fue arrancado de sus pulmones y reemplazado por un aire cargado de humo, azufre y algo que reconoció como “electricidad”, un concepto que no debería existir en su mente.
De repente, estaba allí.
Pero no era Eyre, la princesa de Aldora.
Era una consciencia flotante en un mundo de metal y ruido.
Vio estructuras que desafiaban la gravedad, edificios tan altos que rascaban las nubes, hechos de vidrio y acero brillante.
El cielo no era el azul profundo de su hogar, sino un gris perpetuo, teñido por las luces de neón de una ciudad que nunca dormía.
—Calandra…
—una voz resonó en su mente, una voz que sonaba como el choque de dos espadas—.
La Tierra de los Olvidados.
Vio una habitación pequeña, blanca y estéril.
Escuchó el llanto de un bebé.
Se vio a sí misma, envuelta en telas que no eran seda, sino algodón barato y desgastado.
Una mujer de rostro cansado y ojos marrones —idénticos a los suyos— la acunaba con una ternura que le dolió en el alma.
Esa mujer no era una diosa.
Era una humana.
Una mujer que olía a jabón y a cansancio.
Entonces, el espacio se rasgó.
Una sombra negra, cargada de plumas de cuervo y una belleza aterradora, emergió del aire.
Morrigan.
Pero no la Morrigan que Eyre conocía, la madre amorosa y protectora.
Esta era la Diosa de la Guerra en su estado puro: depredadora, egoísta, desesperada.
Morrigan no miró a la madre humana.
Simplemente sopló sobre ella, sumiéndola en un sueño eterno, y tomó al bebé en sus brazos.
—Eres perfecta —susurró la diosa en la visión—.
Un recipiente vacío.
Sin magia que me estorbe.
Sin lazos que me aten a este mundo podrido.
Serás mi entrada a Aldora.
Serás el puente hacia él.
El Calabozo de la Memoria La visión cambió de nuevo, volviéndose más oscura y asfixiante.
Eyre se vio a sí misma, pero ya no era un bebé.
Tenía unos cuatro o cinco años.
Estaba en una celda de piedra en los sótanos del palacio de Aldora.
No había camas mullidas ni banquetes.
Había cadenas y frío.
Recordó el dolor.
Morrigan la sometía a rituales diarios, intentando debilitar su voluntad humana para que su propia esencia divina pudiera poseerla por completo.
Morrigan quería vivir a través de ella para poder estar cerca del Rey Elfo, Niamh Thursteim, el único ser que se había atrevido a rechazarla.
—Eres solo carne, niña —decía la Morrigan del recuerdo, sus ojos brillando con una luz violenta—.
Un envase para mi gloria.
Eyre sintió el terror de su versión infantil.
Sintió el hambre y el abandono.
Pero también vio el momento exacto en que todo cambió.
Fue una noche de tormenta.
Morrigan estaba preparada para el ritual final de transferencia de alma.
Tenía sus manos sobre la cabeza de la pequeña Eyre, recitando las palabras prohibidas de los Tuatha Dé Danann.
El alma de la niña estaba a punto de ser expulsada al vacío.
Pero entonces, la pequeña Eyre, con la inocencia que solo un niño posee ante la muerte, levantó sus manitas y acarició el rostro de la Diosa.
—No estés triste, mamá cuervo —susurró la niña—.
Yo te quiero.
En la visión, Eyre vio cómo el poder destructivo de Morrigan flaqueaba.
La Diosa, que había vivido milenios sembrando el caos, se quedó paralizada.
Una lágrima negra rodó por su mejilla.
El amor, ese sentimiento humano tan despreciado por los dioses, la había golpeado como un mazo.
Morrigan no pudo hacerlo.
No pudo destruir a la criatura que la miraba con amor puro a pesar del tormento.
En lugar de matarla, Morrigan tejió un hechizo de olvido tan denso que ni la magia más poderosa podría romperlo.
Borró los años de cautiverio.
Borró el recuerdo de Calandra.
Borró el dolor y reemplazó cada cicatriz con un recuerdo falso de mimos y canciones de cuna.
Creó a la Princesa Eyre para salvar a la niña Eyre, pero también para salvarse a sí misma de la culpa.
El Regreso a la Realidad Eyre abrió los ojos de golpe.
Sus pulmones ardían como si hubiera estado bajo el agua durante horas.
Estaba de vuelta en su habitación, pero el jazmín ahora le provocaba náuseas.
Se miró las manos.
Estaban temblando.
La herida en su palma se había cerrado, dejando una cicatriz plateada en forma de runa que antes no estaba allí.
—Todo ha sido una mentira —dijo, y su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a alguien más.
Se levantó con dificultad, apoyándose en el tocador.
Cada objeto en la habitación —las joyas, los vestidos, los cuadros— se sentía como una burla.
Era una prisionera de lujo, un trofeo creado por una diosa arrepentida y custodiado por un rey que se estaba convirtiendo en un monstruo.
De repente, la puerta de su habitación vibró.
Un olor fétido, como de carne podrida y lodo, se filtró por debajo de la madera.
—Eyre…
—la voz del Rey Callum llegó desde el otro lado.
Ya no era una voz humana.
Era un gorgoteo profundo, cargado de una malicia que hacía vibrar las paredes—.
Eyre, mi niña…
abre la puerta.
Tu madre dice que el ritual se acerca.
Ella siente que estás…
despertando.
El pánico la invadió, pero fue un pánico frío, calculado.
Sabía que si se quedaba allí, Morrigan terminaría lo que empezó hace años.
La “madre” que la amaba no dudaría en volver a borrarle la memoria si sentía que perdía el control sobre ella.
Eyre corrió hacia su armario y sacó una capa de viaje de lana gruesa y oscura.
Se calzó sus botas de cuero y guardó la Daga Celestial en una funda oculta en su cintura.
—No soy tu niña, Callum —susurró para sí misma—.
Y ella no es mi madre.
Abrió el ventanal de su balcón.
La altura era considerable, pero un saliente de piedra le permitía bajar hacia los jardines reales.
Sabía que no podía huir hacia el sur; los monstruos de su padre patrullaban los caminos.
Solo había un lugar donde Morrigan no se atrevería a entrar, un lugar donde la verdad era tan fría como el acero.
Onyxia.
El Reino de Hielo.
Eyre miró hacia las montañas del norte, donde las cumbres de obsidiana se recortaban contra la luna.
Allí vivía el hombre que había rechazado a Morrigan, el único ser con la fuerza suficiente para resistir el encanto de la Diosa.
—Niamh Thursteim —pronunció su nombre como una oración—.
Si me rechazaste una vez como prometida, tendrás que aceptarme ahora como tu única esperanza.
Con un último vistazo a la habitación que había sido su jaula dorada, Eyre saltó hacia la oscuridad del jardín.
El camino sería largo y estaría lleno de los horrores que su padre había desatado, pero por primera vez en su vida, sus pasos eran suyos.
Ya no era solo una princesa humana.
Era una hija de Calandra, una portadora de la Daga de los Tuatha Dé Danann, y estaba dispuesta a quemar el mundo de mentiras de Morrigan para encontrar su propia verdad.
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