La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 EL SENDERO DE LAS SOMBRAS
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2: EL SENDERO DE LAS SOMBRAS 2: EL SENDERO DE LAS SOMBRAS El frío de la noche en Aldora no se parecía en nada al frío que Eyre recordaba de sus lecciones de geografía.
Este era un frío que nacía del suelo, una exhalación pútrida que subía desde las raíces de los árboles y se enroscaba en sus tobillos como dedos invisibles.
Eyre se deslizó por el saliente del balcón, sus dedos aferrándose a la piedra húmeda.
Sus músculos, entrenados solo para danzas cortesanas y paseos a caballo, protestaron ante el esfuerzo, pero la adrenalina era un combustible más potente que cualquier vino de palacio.
Cuando sus botas tocaron el césped de los jardines reales, no se detuvo a mirar atrás.
Sabía que si lo hacía, vería la sombra de Morrigan en la ventana, observándola con esa mezcla de amor posesivo y furia divina.
—Hacia el norte —susurró para sí misma, ajustando la correa de la Daga Celestial en su muslo—.
No te detengas.
Los jardines, antes un laberinto de rosas blancas y fuentes de agua cristalina, se habían transformado.
La corrupción del Rey Callum se extendía como un cáncer.
Las flores se habían vuelto negras, sus pétalos ahora eran láminas de piel muerta que goteaban un líquido espeso.
El agua de las fuentes ya no cantaba; borboteaba con el sonido de algo que se ahoga.
Eyre se adentró en el Bosque de los Lamentos, el único paso natural hacia las tierras de Onyxia.
Era un lugar prohibido por decreto real, pero ahora comprendía por qué: no era para proteger a los ciudadanos de los monstruos, sino para ocultar lo que su “padre” estaba creando en la oscuridad.
Apenas llevaba una hora de camino cuando el bosque cambió de tono.
El crujido de las hojas secas fue reemplazado por un siseo rítmico.
Eyre se detuvo, ocultándose tras el tronco de un roble milenario cuya corteza parecía estar supurando brea.
A unos metros de ella, una patrulla de lo que alguna vez fueron guardias reales cruzaba el sendero.
Pero ya no eran hombres.
Sus armaduras doradas estaban fundidas con su carne, y de las articulaciones brotaba esa viscosidad negra que Callum exhalaba.
No tenían ojos, solo cuencas vacías que emitían un brillo violeta enfermizo.
—Huelen el miedo —pensó Eyre, tapándose la boca con la mano para ahogar su propia respiración—.
Huelen la sangre de Calandra.
Uno de los seres se detuvo.
Su cabeza giró 180 grados con un crujido seco.
Olfateó el aire, y un hilo de baba negra cayó de su mandíbula desencajada.
Eyre sintió que la Daga Celestial vibraba contra su pierna.
No era una vibración de advertencia, sino de hambre.
La reliquia de los Tuatha Dé Danann reconocía la magia antinatural de Callum y exigía ser liberada.
El guardia corrupto soltó un aullido gutural y se lanzó hacia el arbusto donde Eyre se escondía.
Eyre no tuvo tiempo de pensar.
Sus instintos, despertados por el ritual del capítulo anterior, tomaron el control.
Desenvainó la daga en un movimiento fluido.
La hoja traslúcida cortó el aire, dejando un rastro de luz blanca que disipó la niebla fétida por un instante.
El monstruo se abalanzó sobre ella con garras que antes habían sido dedos humanos.
Eyre rodó por el suelo fangoso, esquivando el ataque por centímetros.
Se puso en pie, sintiendo el peso de la daga como si fuera una extensión de su propio brazo.
—Atrás, criatura —rugió Eyre, y su voz no sonó como la de una princesa, sino como la de una guerrera antigua.
El ser saltó de nuevo.
Esta vez, Eyre no esquivó.
Dio un paso hacia adelante y hundió la daga en el pecho de la criatura, justo donde debería estar el corazón.
El efecto fue inmediato.
Al contacto con el metal celestial, la viscosidad negra que formaba el cuerpo del monstruo comenzó a hervir.
Un humo blanco y purificador emanó de la herida.
El ser no gritó; se deshizo en cenizas y aire, liberando un alma que había estado atrapada en una agonía eterna.
Eyre cayó de rodillas, jadeando.
La daga brillaba ahora con un azul eléctrico.
—No solo mata…
—susurró, mirando sus manos manchadas de ceniza—.
Los libera.
Pero el aullido del guardia había atraído a otros.
Desde las profundidades del bosque, más luces violetas empezaron a parpadear entre los árboles.
La caza había comenzado.
Eyre corrió como nunca antes.
Sus pulmones ardían, sus pies sangraban dentro de las botas, pero no se permitió caer.
El bosque empezó a clarear, y el aire, antes pesado y húmedo, se volvió cortante y seco.
El suelo comenzó a cubrirse de una escarcha fina que no se derretía.
Las hojas negras dieron paso a agujas de pino plateadas.
Estaba llegando a la zona de transición, el límite donde la influencia de Aldora moría y empezaba el dominio de Niamh Thursteim.
A lo lejos, vio el Gran Puente de Obsidiana, la única entrada al reino de Onyxia.
Pero allí, bloqueando el paso, estaba la figura más temida de sus pesadillas.
Era un general de Callum, un gigante de tres metros de altura envuelto en una capa de sombras líquidas.
No tenía rostro, solo una máscara de hierro fundida a su cráneo.
En su mano derecha, sostenía un hacha de guerra que goteaba la misma maldad que consumía a su padre.
—Princesa…
—la voz del general resonó en la cabeza de Eyre, fría y metálica—.
El Rey Callum reclama su recipiente.
Morrigan exige su regreso.
No hay escape en el hielo.
Eyre se detuvo a pocos metros del gigante.
Detrás de él, el puente conducía a la salvación.
A sus espaldas, el bosque estaba lleno de monstruos.
Miró la Daga Celestial.
El rubí latía con fuerza, pidiéndole más sangre, más verdad.
—Dile a Callum que el recipiente está roto —dijo Eyre, su mirada encendiéndose con un fuego que ni la nieve de Onyxia podría apagar—.
Y dile a Morrigan que si quiere mi alma, tendrá que venir a buscarla al Reino de los Muertos.
Eyre no atacó al gigante.
En lugar de eso, clavó la daga en el suelo de escarcha a sus pies.
—¡Tuatha Dé Danann, escuchad mi llamado!
—gritó en la lengua que había visto en sus visiones—.
¡Abrid el camino para la hija de Calandra!
Una onda expansiva de luz blanca estalló desde el suelo, agrietando el puente y lanzando al gigante de sombras hacia el abismo.
La luz fue tan intensa que Eyre perdió el sentido por un momento.
Cuando abrió los ojos, el silencio era absoluto.
Ya no había siseos, ni olores fétidos, ni gritos de monstruos.
Eyre estaba tumbada sobre una superficie de piedra negra, lisa y fría como el cristal.
Unos copos de nieve real, blanca y pura, caían sobre su rostro.
Se incorporó con dificultad, sintiendo que cada hueso de su cuerpo se quejaba.
Estaba al otro lado del puente.
Ante ella se alzaba la ciudad de Onyxia, una maravilla de torres de obsidiana que se perdían entre las nubes de tormenta.
Pero no estaba sola.
Un círculo de guerreros elfos, vestidos con armaduras de escamas negras y capas de piel de oso, la rodeaba.
Sus lanzas, hechas de un material que parecía hielo sólido, apuntaban directamente a su garganta.
Eran robustos, altos y sus ojos azules brillaban con una desconfianza letal.
—Identifícate, humana —ordenó uno de ellos, cuya voz sonaba como el crujido de una avalancha.
Eyre buscó su daga, pero sus manos estaban demasiado débiles.
Levantó la vista, manteniendo la poca dignidad que le quedaba.
—Soy Eyre…
de Aldora —dijo, su voz fallando—.
He venido a ver a Niamh Thursteim.
Tengo una verdad que solo él puede escuchar.
Los guardias se miraron entre sí.
El nombre de su rey en labios de una humana manchada de ceniza y sangre era una ofensa.
Uno de ellos se adelantó para apresarla, pero una voz potente y gélida detuvo el movimiento desde la parte superior de la escalinata.
—Dejadla.
Eyre miró hacia arriba.
Allí, envuelto en una capa de piel de lobo blanco que contrastaba con su armadura de ónix, estaba el Rey Elfo.
Su cabello blanco brillaba bajo la luz de la luna, y su mirada azul de hielo recorrió el cuerpo de Eyre con una mezcla de reconocimiento y asco.
Niamh Thursteim bajó los escalones con una elegancia depredadora.
Se detuvo frente a ella, obligándola a mirar hacia arriba desde su posición de rodillas.
—La hija de la traidora en mis puertas —dijo Niamh, su voz cargada de un veneno refinado—.
¿Vienes a terminar el trabajo de tu madre, o es que Callum se ha quedado sin juguetes y te ha enviado a morir en mi hielo?
Eyre sostuvo su mirada, a pesar del frío que amenazaba con detener su corazón.
—Vengo a ofrecerte la cabeza de los monstruos que amenazan tus fronteras, Niamh —respondió ella, forzando una sonrisa sangrienta—.
Pero primero…
tendrás que ayudarme a levantarme.
Niamh entornó los ojos.
Por un segundo, la máscara de frialdad del Rey Elfo se agrietó, revelando una chispa de curiosidad ante la audacia de la mujer que, según él, era solo una “herramienta”.
—Llevadla a las celdas de obsidiana —ordenó Niamh a sus guardias, sin apartar la vista de Eyre—.
Veremos si su sangre es tan roja como sus labios, o si está tan podrida como el reino del que viene.
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