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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 EL ECO DE LOS PASILLOS DE SEDA
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21: EL ECO DE LOS PASILLOS DE SEDA 21: EL ECO DE LOS PASILLOS DE SEDA El valle de los Susurros era un lugar donde el viento no soplaba, sino que hablaba.

Las ráfagas traían fragmentos de conversaciones olvidadas y risas de personas que ya no existían.

Mientras el pequeño grupo se adentraba en la niebla espesa que olía a incienso y lluvia, Niamh Thursteim se quedó rezagado, observando la silueta de Eyre.

​Al verla caminar con esa determinación, su mente fue arrastrada por un susurro del viento hacia un recuerdo que había guardado bajo siete llaves de hielo.

El Baile de las Rosas de Invierno (Hace 7 años) ​El palacio de Aldora brillaba con una opulencia que hoy parecía un sueño febril.

Se celebraba la Cumbre de los Reinos, y Niamh, ya Rey de Onyxia, asistía con su armadura de gala, sintiéndose más solo que nunca entre la multitud de nobles hipócritas.

​Se había escapado al jardín de invierno, buscando el silencio de las fuentes congeladas.

Allí, sentada en un banco de mármol, había una muchacha de unos quince años.

No vestía las pesadas sedas de la corte, sino un vestido sencillo de color verde bosque.

Su piel era pálida como el cuarzo y sus labios, ya entonces, tenían ese tono carmín natural que desafiaba al frío.

​—No deberías estar aquí fuera, pequeña —había dicho Niamh, con su voz de mando habitual—.

El sereno de Aldora enferma a los humanos.

​La chica se giró, y Niamh se quedó sin aliento.

No lo miró con el miedo o la reverencia que todos le tenían.

Lo miró con una curiosidad transparente.

​—El frío no me asusta —respondió ella, con una madurez que no encajaba con su edad—.

Me gusta.

Es honesto.

No como las risas de ahí dentro.

Todo el mundo finge estar feliz, pero sus ojos están vacíos.

​Niamh se sentó a una distancia prudente, intrigado.

—¿Y qué ves en mis ojos, si se puede saber?

​La joven Eyre lo observó fijamente, sin saber que hablaba con el soberano del Norte.

—Veo una montaña muy alta cubierta de nieve.

Es hermosa, pero está muy sola.

Debe ser difícil estar tan arriba que nadie puede alcanzarte para darte un abrazo sin congelarse.

​Niamh sintió un pinchazo en el pecho, una grieta en su armadura emocional que nadie había logrado abrir en siglos.

—La soledad es el precio del deber —respondió él, casi para sí mismo.

​—Mi padre dice que el deber es una corona, pero yo creo que es una jaula —dijo ella, poniéndose en pie y acercándose a él.

Le extendió una flor de escarcha que había recogido—.

Ten.

Para que la montaña no esté tan sola esta noche.

​Ella se fue antes de que él pudiera preguntar su nombre.

Niamh guardó esa flor en un bloque de hielo eterno en su recámara privada.

Solo años después, cuando Morrigan presentó a su “hija” en la corte, Niamh supo quién era.

Pero para entonces, Callum ya estaba infectado por la Viscosidad y Eyre parecía haber olvidado aquel encuentro, sepultada bajo los falsos recuerdos de la Diosa.

​—¿Niamh?

¿Estás bien?

Te has quedado petrificado —la voz de Eyre lo trajo de vuelta al Valle de los Susurros.

​Eyre estaba frente a él, con su armadura esmeralda y esa mirada que seguía siendo la misma del jardín de invierno.

Niamh la tomó de la mano con una urgencia que la sorprendió.

​—Estoy bien —mintió él, aunque su voz temblaba ligeramente—.

Solo recordaba por qué te elegí antes de que tú supieras quién era yo.

​Kaelen Vance se acercó, rompiendo el momento con su habitual energía ruidosa.

—Venga, tortolitos.

El viento está empezando a decir cosas muy raras sobre mis exnovias de Calandra y no tengo ganas de dar explicaciones.

​Kaelen se puso al lado de Eyre, pasándole un brazo por los hombros de forma protectora mientras miraba hacia la niebla.

—¿Lo oís?

No es solo viento.

Alguien viene.

De la niebla emergió una figura que Eyre reconoció con un vuelco en el corazón.

Era Cian, su antiguo instructor de combate en Aldora, el hombre que le enseñó a usar su primera espada corta.

Pero Cian estaba diferente; sus ojos brillaban con la luz violeta de Morrigan y llevaba un cuervo tatuado en la mejilla que parecía moverse.

​—Princesa…

—dijo Cian, desenvainando una hoja curva que goteaba veneno—.

La Madre Cuervo dice que habéis sido una niña mala.

Dice que habéis robado algo que no os pertenece.

​Niamh se adelantó, su espada de cristal negro emitiendo un pulso de frío absoluto.

—Atrás, Eyre.

Este no es el hombre que conociste.

Es una cáscara vacía enviada por Morrigan.

​Cian soltó una carcajada que sonó como el graznido de mil aves.

—¿Y tú quién eres, elfo?

¿Su carcelero de hielo?

Ella pertenece al nido.

Y yo he venido a llevarla de vuelta, aunque tenga que cortarle las alas primero.

​Kaelen sacó su pistola rúnica, apuntando al pecho de Cian.

—Escucha, pajarito.

Ella tiene hermanos que muerden.

Si das un paso más, te voy a convertir en un colador rúnico.

​Eyre dio un paso al frente, apartando suavemente a Niamh y a Kaelen.

Miró a Cian con una mezcla de tristeza y la picardía que estaba empezando a dominar.

​—Cian…

—dijo ella, acariciando el mango de la Daga Celestial—.

Me enseñaste que en el combate, el que habla demasiado es el primero en caer.

¿Te acuerdas de cuando te gané en el patio de armas y te dije que algún día yo sería quien te protegería a ti?

​Eyre le lanzó una mirada de reojo a Niamh, guiñándole un ojo con una confianza electrizante.

—Mira bien, Niamh.

Te voy a enseñar cómo despachamos a los traidores en mi familia.

​La batalla por el Valle de los Susurros estaba a punto de estallar, y esta vez, Eyre no iba a dejar que nadie luchara sus batallas por ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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