La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 20
- Inicio
- La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial.
- Capítulo 20 - 20 EL DESIERTO DE LOS ESPEJOS
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: EL DESIERTO DE LOS ESPEJOS 20: EL DESIERTO DE LOS ESPEJOS Dejar atrás las ruinas de Aldora fue un alivio amargo.
El ejército de Onyxia se quedó atrás para asegurar la ciudad, mientras que un grupo de élite —liderado por Niamh, Eyre y Kaelen— se adentró en la primera de las Tierras Prohibidas: El Desierto de los Espejos.
Aquí, la arena no es de cuarzo, sino de finísimos cristales que reflejan no solo la luz, sino los pensamientos.
El cielo es de un blanco perpetuo y el calor no quema la piel, sino la voluntad.
—No miréis fijamente a las dunas —advirtió Niamh, ajustando su capa de piel de lobo.
Su armadura de ónix negro parecía absorber la luz cegadora del desierto—.
Este lugar se alimenta de lo que ocultamos.
Si veis algo que parece real…
probablemente sea vuestro mayor miedo.
Kaelen Vance caminaba con su guantelete rúnico emitiendo un zumbido constante, tratando de interferir con las frecuencias del lugar.
Su rostro rudo estaba cubierto por un pañuelo para protegerse del polvo de cristal.
—Fantástico —masculló Kaelen, mirando de reojo a Eyre—.
Un desierto que lee el diario.
Como si no tuviéramos ya suficientes problemas con los “mensajes” de la Diosa Cuervo.
Eyre avanzaba con paso firme.
Su piel de nieve parecía mimetizarse con el entorno, pero sus labios rojos destacaban como una gota de sangre en un mar de sal.
Sentía la Daga Celestial vibrar contra su muslo; el arma estaba inquieta, como si detectara la presencia de los Fragmentos.
De repente, a unos metros de ellos, la arena se elevó.
No era un monstruo, era una imagen: Eyre, vestida con las sedas de Aldora, abrazando a una sombra que tenía la voz de su madre, Elena.
—Eyre…
quédate aquí…
aquí no hay guerra —susurró el espejismo.
Eyre se detuvo, con el corazón encogido.
Pero antes de que pudiera dar un paso hacia la ilusión, sintió dos manos en sus hombros.
A la izquierda, la mano enguantada y cálida de Kaelen; a la derecha, la mano fría y poderosa de Niamh.
—No es ella, nena —dijo Kaelen, su voz rompiendo el hechizo con esa practicidad humana que Eyre tanto agradecía—.
Es solo arena y trucos baratos.
—Eyre, mírame —ordenó Niamh, obligándola a girarse hacia él.
Sus ojos azules de hielo eran lo único sólido en aquel mundo de reflejos—.
Tu verdad no está en el pasado.
Tu verdad está en lo que estamos construyendo.
Eyre respiró hondo y asintió.
Con un movimiento rápido de su mano, lanzó un destello de energía de la daga que desintegró el espejismo.
—Gracias —susurró ella.
Luego, recuperando su chispa juguetona a pesar del peligro, miró a ambos—.
Es reconfortante saber que tengo a mis dos guardianes tan atentos.
Aunque, Niamh…
si sigues apretando mi hombro así, vas a dejar una marca en la armadura.
Niamh aflojó el agarre, pero no la soltó del todo.
Su mirada se desvió hacia Kaelen con un destello de rivalidad que ni el desierto más peligroso podía borrar.
Siguieron caminando hasta que llegaron a un oasis de espejos: un círculo de rocas pulidas que rodeaban una fuente de mercurio.
Allí, los reflejos se volvieron agresivos.
Para Kaelen, el espejo mostró a sus hombres muriendo en Calandra, acusándolo de haberlos abandonado por una guerra elfa.
El capitán apretó los dientes, luchando por no disparar su arma contra la piedra.
Para Niamh, el espejo fue más cruel.
Mostró a Eyre alejándose de él, caminando de la mano de Kaelen hacia un portal que llevaba de vuelta al mundo de acero, dejándolo solo en un trono de hielo perpetuo.
—¡Basta!
—rugió Niamh, desenvainando su espada de cristal negro.
El aire a su alrededor se volvió tan frío que los espejos empezaron a agrietarse.
Eyre vio la desesperación en el rostro del Rey.
Se acercó a él y, frente a las rocas que proyectaban sus inseguridades, lo tomó por la nuca.
Sus labios rojos buscaron el oído de Niamh.
—Niamh…
el espejo miente —susurró ella, su aliento cálido contrastando con el frío que él emanaba—.
No me voy a ir.
Y menos con él, que ni siquiera sabe combinar sus botas con su chaqueta.
Kaelen, a pesar de estar luchando con sus propios demonios, soltó una carcajada ronca.
—¡Oye!
¡Eso ha dolido, Eyre!
Niamh cerró los ojos, calmando su tormenta interior.
Al abrirlos, el reflejo de la traición se había desvanecido.
En su lugar, vio a Eyre a su lado, real y tangible.
—Vance tiene razón en algo —dijo Niamh, su voz volviendo a ser firme—.
Este lugar es una distracción.
El Fragmento está en el centro de la fuente.
Eyre se acercó al mercurio.
Metió la mano en el líquido denso y, tras un momento de resistencia, sacó una piedra que latía con una luz violeta: el primer Fragmento del Corazón de Gaia.
Al tocarlo, un mapa mental se desplegó ante los tres.
Vieron las otras seis Tierras Prohibidas: bosques de espinas, ciudades sumergidas y cumbres donde el tiempo fluye hacia atrás.
—Uno de siete —dijo Eyre, guardando el fragmento en una bolsa reforzada—.
Callum y Morrigan ya deben saber que lo tenemos.
—Entonces que vengan a buscarlo —sentenció Niamh, rodeando la cintura de Eyre con su brazo en un gesto de posesión que esta vez Kaelen no bromeó por interrumpir—.
Porque ahora sabemos hacia dónde vamos.
Kaelen revisó sus municiones y miró hacia el horizonte infinito de cristal.
—Bueno, el postre en Calandra va a tener que esperar.
¿Cuál es el siguiente destino, Majestad?
Niamh miró el mapa mental y luego a Eyre.
—El Valle de los Susurros.
Donde el aire mismo intenta robarte los recuerdos.
Eyre sonrió, apretando la mano de Niamh.
—Pues que lo intenten.
Tengo nuevos recuerdos que no pienso dejar ir.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com