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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 23

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  3. Capítulo 23 - 23 La Piedad de la Reina Cuervo
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23: La Piedad de la Reina Cuervo 23: La Piedad de la Reina Cuervo El Valle de los Suspiros de Cristal se extendía ante ellos como una herida abierta en la realidad.

No había ejércitos, solo el silencio sepulcral de la segunda de las Siete Tierras Prohibidas.

Niamh caminaba al frente, su capa de escarcha arrastrándose sobre un suelo que parecía hecho de espejos rotos.

A su lado, Kaelen Vance revisaba obsesivamente el indicador de energía de su rifle de pulsos; el aire aquí era tan ralo que la tecnología de Calandra chisporroteaba con una estática azulada.

​Eyre cerraba la marcha, sintiendo el peso del primer Fragmento del Corazón de Gaia en su bolso.

El cristal latía contra su cadera, un ritmo constante que se sincronizaba con su propio corazón.

​—Algo no va bien —susurró Kaelen, deteniéndose en seco.

Sus botas militares crujieron sobre una formación de cuarzo—.

El sensor térmico está volviéndose loco.

Marca frío absoluto, pero mis pulmones arden como si estuviéramos en un desierto.

​Niamh no se dio la vuelta, pero su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada de hielo.

—Estamos en el punto de fricción, Vance.

Aquí, el tiempo no fluye; se estanca.

El Corazón de Gaia mantenía estas tierras en orden.

Sin sus fragmentos, el pasado y el presente chocan.

​Antes de que Eyre pudiera preguntar qué significaba aquello, el mundo se dobló.

No fue un ataque físico.

Fue un parpadeo de la realidad.

De repente, Niamh y Kaelen se convirtieron en siluetas borrosas, estatuas de sal atrapadas en un segundo infinito.

Eyre intentó gritar sus nombres, pero su voz no produjo sonido.

El aire se volvió negro, saturado de plumas que caían del cielo como nieve de luto.

​Eyre parpadeó y ya no estaba en el valle.

Estaba en un pasillo infinito de espejos.

En cada uno de ellos, veía una versión diferente de su vida en Calandra: ella desayunando con Elena, ella caminando hacia la universidad, ella durmiendo.

Pero los espejos empezaron a agrietarse.

De las grietas surgió una viscosidad grisácea, una sustancia viva y hambrienta que devoraba los recuerdos.

​—No mires, Eyre.

No mires lo que ellos construyeron para ti.

​La voz era un lamento profundo, cargado de un amor tan pesado que casi la obliga a arrodillarse.

Morrigan emergió de la penumbra del bucle.

No traía su corona de espinas ni su manto de soberbia.

Vestía una túnica de lino negro, sencilla, y sus manos estaban manchadas de una esencia dorada que goteaba al suelo: su propia sangre divina.

​—¿Qué es este lugar?

—logró articular Eyre, sintiendo que el tiempo se enredaba en sus pies como cadenas.

​—Es un pliegue que he creado para protegerte —dijo Morrigan, acercándose con una vacilación que Eyre nunca había visto en una diosa—.

Callum ha detectado que tienes el primer fragmento.

Él y…

ella…

están usando el vínculo de tu sangre para rastrearte.

​—¿Ella?

¿Hablas de mi madre?

—Eyre sintió una punzada de lealtad—.

Elena me ama, Morrigan.

​Morrigan soltó una risa amarga, un sonido que se rompió en mil pedazos de cristal.

Se acercó tanto que Eyre pudo ver las arrugas de dolor en las comisuras de sus ojos.

La diosa tomó las manos de Eyre entre las suyas.

Estaban heladas, pero buscaban desesperadamente el calor de la joven.

​—Elena es la piel de cordero que oculta los colmillos de Callum, hija mía —susurró Morrigan con una ternura devastadora—.

¿Nunca te preguntaste por qué tu “madre” biológica no posee ni una gota de la magia que tú desbordas?

¿Por qué te crió en un mundo donde tu poder se marchitaba?

Ella no te protegió del peligro; ella te ocultó de mí para que yo no viera el monstruo que estaban gestando en tu interior.

​Eyre intentó soltarse, pero el bucle la obligó a revivir un recuerdo: Elena sonriendo mientras le daba un vaso de leche tibia.

Pero ahora, en la visión alterada por la verdad de Morrigan, Eyre vio que el líquido era la misma viscosidad gris de Callum.

​—Tú eres su obra maestra, Eyre —continuó Morrigan, y por primera vez, la diosa se dejó caer de rodillas ante su hija—.

Callum puso la semilla de la destrucción, y Elena puso el nido de mentiras.

Yo te robé, sí.

Te arranqué de sus brazos porque sabía que, si te quedabas, serías el arma que apagaría el Corazón de Gaia para siempre.

Lo hice por el mundo…

pero sobre todo, lo hice porque cuando te vi por primera vez, no vi un arma.

Vi mi propia alma reflejada en tus ojos.

​La dimensión empezó a temblar.

El techo de cristal del bucle se resquebrajó y una luz blanca y cegadora —la marca de Elena— empezó a filtrarse.

​—Se acabó el tiempo —jadeó Morrigan.

Sus hombros se hundieron mientras su cuerpo divino empezaba a desvanecerse—.

Debes encontrar el segundo fragmento en las Tierras de los Susurros.

Allí conocerás a los Aethelgard, los cambiaformas de arena.

Ellos conocen la verdad sobre el linaje de Elena.

​Morrigan se arrancó un fragmento de su propia esencia, una pluma de obsidiana que brillaba con una luz violeta moribunda, y la presionó contra el pecho de Eyre.

​—Usa mi dolor como escudo.

No dejes que la falsa luz de tu madre te ciegue.

Te amo, Eyre…

con un amor que ninguna diosa debería sentir por una mortal.

Aunque me cueste la eternidad, no dejaré que te conviertan en ceniza.

​El bucle estalló.

Eyre fue lanzada de vuelta a la realidad del Valle de los Suspiros.

Niamh la atrapó en el aire, sus brazos de guerrero rodeándola con una firmeza que contrastaba con la fragilidad que acababa de presenciar en Morrigan.

​—¡Eyre!

—rugió Niamh—.

Habías desaparecido…

solo fueron segundos, pero tu rastro de alma se había borrado.

​Kaelen se acercó, apuntando su rifle hacia las sombras que ahora se materializaban desde las rocas de cuarzo.

Eran Surgidos, antiguos exploradores consumidos por la viscosidad de Callum.

Sus cuerpos eran una masa de carne gris y ojos vacíos que emitían un zumbido electrónico y orgánico a la vez.

​—¡Son demasiados!

—gritó Kaelen, disparando una ráfaga de pulsos que solo logró ralentizarlos—.

¡Niamh, saca a Eyre de aquí!

​Pero Eyre no se movió.

La revelación de Morrigan todavía quemaba en sus venas.

Miró a los Surgidos y, por primera vez, no sintió asco, sino una piedad infinita.

Entendió que ellos, al igual que ella en Calandra, estaban siendo usados como recipientes de una oscuridad que no eligieron.

​Eyre se soltó de Niamh y dio un paso al frente.

​—No —dijo con una voz que resonó con la autoridad de dos mundos—.

Ya no habrá más sombras hoy.

​Extendió sus manos y la pluma de obsidiana que Morrigan le había entregado se disolvió en su piel.

Una onda de energía violeta y azul cálido se expandió desde su cuerpo.

Cuando la onda tocó al primer Surgido, la viscosidad gris no explotó; se evaporó.

El ser cayó al suelo, recuperando la forma de un elfo de las arenas, temblando pero vivo.

Uno a uno, los monstruos se transformaron de nuevo en hombres y mujeres, liberados del hambre de Callum.

​Kaelen bajó el arma, boquiabierto.

—¿Cómo…

cómo has hecho eso?

No ha sido un ataque.

Los has…

liberado.

​Niamh miró a Eyre con una mezcla de orgullo y un miedo profundo.

Sabía que ese poder no provenía solo de la Daga Celestial, sino de una conexión con Morrigan que él no podía controlar.

​—Has usado magia de sacrificio —dijo Niamh, su voz baja y grave—.

Ese es el poder de la Diosa Cuervo.

Eyre, ¿qué te ha dicho ella en el vacío?

​Eyre guardó silencio un momento, mirando hacia el horizonte donde las arenas del próximo reino empezaban a vislumbrarse.

La imagen de su madre, Elena, antes un refugio de esperanza, ahora se sentía como una sombra acechante.

​—Me ha dicho que el camino hacia el Corazón de Gaia es también el camino hacia mi propia destrucción —respondió Eyre, apretando la mano de Niamh pero buscando con la mirada la complicidad de Kaelen—.

Pero también me ha dicho que no estamos solos.

Recogieron lo poco que les quedaba y comenzaron el descenso hacia las Tierras de los Susurros.

El paisaje cambió drásticamente: el cristal dio paso a dunas de arena roja que se movían como si tuvieran vida propia.

A lo lejos, estructuras de piedra que desafiaban la gravedad se alzaban como dedos que intentaban tocar el cielo.

​—Si Morrigan tiene razón —dijo Eyre mientras caminaban bajo el sol abrasador del desierto—, en este reino encontraremos a los Aethelgard.

Ellos tienen el segundo fragmento.

Pero también tienen las respuestas sobre mi origen.

​Kaelen ajustó su mochila, mirando el horizonte con sospecha.

—Cambiaformas de arena, ¿eh?

Genial.

Lo que me faltaba era un pueblo que puede convertirse en polvo cuando intentas hablar con ellos.

Mantén esa daga a mano, Eyre.

Siento que el “amor” de tu madre Elena va a mandarnos una bienvenida muy pronto.

​Niamh no dijo nada, pero sus ojos azules escaneaban el desierto.

Sentía la presencia de algo antiguo y poderoso observándolos desde las dunas.

El equilibrio se estaba rompiendo, y los tres sabían que el viaje acaba de volverse mucho más personal y más oscuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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