Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 24

  1. Inicio
  2. La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial.
  3. Capítulo 24 - 24 EL ALIENTO DEL DESIERTO Y EL TRONO DE CENIZA
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

24: EL ALIENTO DEL DESIERTO Y EL TRONO DE CENIZA 24: EL ALIENTO DEL DESIERTO Y EL TRONO DE CENIZA El paso desde el Valle de los Suspiros hacia el Dominio de los Aethelgard no fue una transición, sino un asalto a los sentidos.

El aire, que antes era un vacío gélido, se transformó en una masa densa de calor que olía a canela quemada y ozono.

Ante ellos, las Dunas de Sangre se extendían como un océano petrificado de arena roja, cuyas crestas cambiaban de forma no por el viento, sino por una voluntad propia que latía bajo la superficie.

​Niamh caminaba con la mandíbula apretada, su capa de escarcha evaporándose en hilos de vapor que lo rodeaban como una mística neblina.

A su lado, Kaelen Vance se había despojado de su chaqueta táctica, dejando ver sus brazos tatuados con coordenadas de Calandra, mientras secaba el sudor de su frente con un gesto exagerado.

​—¿Seguro que no nos equivocamos de portal y terminamos en el horno de una pizzería interdimensional?

—preguntó Kaelen, ajustando los sensores de su mochila—.

Mi equipo está registrando fluctuaciones de masa.

Esa arena…

esa arena está viva, ¿verdad?

​Eyre, que caminaba entre ambos, sintió un tirón en su pecho.

El primer Fragmento del Corazón de Gaia, guardado en su cinturón, vibraba con una frecuencia distinta.

Ya no era un latido de auxilio, sino un saludo.

​—Sienten el fragmento, Kaelen —respondió Eyre.

Se detuvo un momento, dejando que el sol rojizo bañara su piel.

Se sentía extrañamente vigorizada.

Miró de reojo a Niamh y, con una sonrisa juguetona que rara vez mostraba en medio del peligro, se acercó a él lo suficiente como para que sus hombros se rozaran—.

¿Estás bien, “Majestad”?

Pareces un helado derritiéndose bajo este sol.

Quizás deberías dejar que te ayude con esa armadura…

parece pesar demasiado.

​Niamh se tensó, pero no por el calor.

Los ojos azules del Rey de Hielo se encontraron con los de Eyre, y por un segundo, la tormenta eterna en su mirada se calmó, reemplazada por un hambre mucho más terrenal.

​—Mi resistencia es legendaria, Eyre —contestó él, su voz vibrando con una gravedad baja que buscaba reafirmar su dominio—.

Pero si vuestras manos desean asistir al Rey, no seré yo quien les prohíba el paso.

​Kaelen soltó una carcajada seca, interrumpiendo el momento.

—¡Oh, por favor!

Consigan una habitación…

o al menos esperen a que no estemos en un desierto donde el suelo intenta comernos.

La tensión sexual de ustedes dos está haciendo que mis circuitos se cortocircuiten más que el calor.

Antes de que Niamh pudiera replicar, las dunas frente a ellos estallaron en una columna de polvo carmesí.

De la arena emergieron figuras altas y esbeltas, con pieles que brillaban como el bronce pulido y vestiduras de seda que flotaban a pesar de la falta de brisa.

Eran los Aethelgard, los Cambiaformas de Arena.

​En el centro del grupo, un hombre joven, con ojos que cambiaban de color como el ámbar al sol y un torso desnudo cubierto de intrincadas runas de oro, dio un paso adelante.

Su sola presencia irradiaba una calma magnética.

​—La Portadora ha regresado —anunció el joven, y para sorpresa de los viajeros, todos los Aethelgard se arrodillaron al unísono, hundiendo sus frentes en la arena ardiente—.

Las crónicas de arena no mintieron.

El eco de Morrigan y la luz de la Daga caminan en un solo cuerpo.

​Eyre se quedó helada, pero el joven se levantó y caminó hacia ella con una elegancia felina.

Se detuvo a escasos centímetros, ignorando por completo la espada de hielo que Niamh había desenvainado a medias.

​—Soy Iraz, Guardián de la Segunda Puerta —dijo, tomando la mano de Eyre y depositando un beso persistente en sus nudillos, mientras sus ojos ámbar escaneaban el rostro de la chica con una devoción descarada—.

Hemos esperado eones para que una divinidad de carne y hueso bendijera nuestras tierras.

Eres más hermosa de lo que los susurros del viento describían, Eyre de dos mundos.

​Niamh dio un paso al frente, su presencia bajando la temperatura del área inmediata en diez grados.

—Suficiente cortesía, Guardián.

Estamos aquí por el Fragmento.

No por vuestras lisonjas de desierto.

​Iraz finalmente miró a Niamh, y una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro.

—Ah, el Rey Elfo del Norte.

He oído que las mujeres de vuestra tierra se lanzan a los glaciares por una mirada vuestra.

Es una lástima que aquí, en el Reino del Sol, seamos nosotros quienes elijamos a quién adorar.

Y mi elección, Rey de Hielo, es servir a la dama.

​Kaelen silbó bajito, disfrutando el espectáculo.

—Vaya, vaya…

parece que el Rey del Invierno ha encontrado a alguien que no se impresiona con los cubitos de hielo.

Esto va a ser mejor que la televisión por cable.

Iraz los guio hacia el corazón de su territorio, una ciudad tallada en el interior de una montaña de arenisca donde el agua fluía hacia arriba por las paredes y los espejos de obsidiana mostraban el futuro de quien los miraba.

Eyre caminaba al lado de Iraz, quien le explicaba con voz sedosa los secretos de los Aethelgard, asegurándose de rozar su brazo “accidentalmente” cada vez que señalaba una maravilla arquitectónica.

​Eyre, consciente de la furia silenciosa que emanaba de Niamh, decidió jugar un poco.

—Es fascinante, Iraz.

En Aldora no tenemos nada tan…

vibrante.

Niamh siempre dice que la belleza es una distracción para el guerrero, pero creo que tú entiendes mejor la naturaleza del poder.

​Niamh apretó los puños, el hielo empezando a cubrir sus guanteletes.

Estaba acostumbrado a ser el centro de toda atención, el objeto de deseo prohibido, el monarca inalcanzable.

Ver a Eyre —su Eyre— sonreírle a un cambiaformas de arena le provocaba una disonancia cognitiva que quemaba más que el desierto.

​Sin embargo, el peligro acechaba en los rincones donde la luz de Iraz no llegaba.

​En los niveles inferiores de la ciudad, donde la piedra se volvía negra y húmeda, unas criaturas de extremidades alargadas y rostros sin ojos observaban desde las grietas.

Eran los Nictálopes, los desterrados de las Siete Tierras, seres que vivían de los secretos y la carroña.

​Uno de ellos, un líder de dedos largos y piel translúcida llamado Vesper, sostenía un pequeño orbe de cristal ahumado.

En el interior del orbe, la imagen de Elena aparecía, pero no como la madre amorosa, sino como una reina fría con una corona de espinas de luz blanca.

​—”Diles lo que quieren oír, Vesper”— decía la voz de Elena, destilando una maldad suave y civilizada —.

“Deja que el cambiaformas la distraiga.

Mientras ella busque el segundo fragmento, tú debes preparar el ancla.

Si el Rey de Hielo interfiere, mátalo.

Pero a la niña…

a mi hija…

la quiero intacta para el ritual de Callum.” ​Vesper siseó, un sonido como el de una lija sobre metal.

—”Los Aethelgard la adoran como a una diosa, mi señora.

No será fácil arrancarla de sus templos.” ​—”Su adoración será su ruina”— replicó Elena con una sonrisa gélida —.

“La fe es el mejor velo para la traición.” Esa noche, los Aethelgard organizaron un festín en honor a Eyre.

La comida era una mezcla de frutas exóticas que estallaban en sabores de Calandra y vinos que hacían que los recuerdos flotaran en la mente.

​Kaelen estaba en su elemento, contando historias exageradas sobre “el asfalto sagrado” de Calandra y cómo los humanos domesticaron el rayo para iluminar sus ciudades (refiriéndose a la electricidad).

Los Aethelgard lo escuchaban fascinados, riendo con sus bromas y ofreciéndole sedas preciosas que él aceptaba con un guiño.

​Eyre, sentada en un trono de arena solidificada, se sentía abrumada.

Iraz estaba a su derecha, ofreciéndole uvas peladas con una mano y hablando de cómo sus destinos estaban entrelazados por las estrellas.

Niamh, sentado a su izquierda, no había probado bocado.

Su mirada estaba fija en Iraz, como un depredador esperando el primer error de su presa.

​Eyre se inclinó hacia Niamh, susurrando en su oído mientras su cabello rozaba la mejilla del Rey.

—Estás muy callado, Niamh.

¿Es que el gran Rey de Hielo no sabe bailar en la arena?

O quizás…

¿estás celoso de que alguien más aprecie mi “divinidad”?

​Niamh la tomó de la muñeca con una rapidez asombrosa, no con violencia, sino con una posesividad que hizo que el pulso de Eyre se acelerara.

—No es celos, Eyre.

Es conocimiento.

Sé lo que los hombres como él buscan en mujeres como tú.

Buscan un trofeo para sus templos.

Yo busco a la mujer que incendió mi invierno.

No me hables de divinidad cuando eres tú quien me hace sentir mortal.

​Eyre sintió un escalofrío de placer ante la declaración.

Iraz, notando la conexión, intervino con una sonrisa tensa.

—Princesa, es hora de mostraros el lugar donde descansa el Segundo Fragmento.

Pero solo vos podéis entrar en la Cámara de los Susurros.

Vuestros acompañantes deberán esperar afuera.

​Niamh se puso en pie, su espada emitiendo un pulso de escarcha que apagó las antorchas cercanas.

—Ella no va a ningún lado sin mí.

​—Son nuestras leyes, Rey de Hielo —replicó Iraz, sus ojos ámbar brillando con una luz peligrosa mientras su cuerpo empezaba a volverse inmaterial, como arena en un torbellino—.

Desafiar nuestras leyes en nuestro hogar es una invitación a ser enterrado vivo.

​Kaelen se levantó, revisando su arma.

—Bueno, parece que la fiesta se acabó.

¿Vamos a pelear por el fragmento o alguien va a explicar por qué hay tipos sin ojos gateando por las paredes?

​Kaelen señaló hacia el techo de la caverna.

Los Nictálopes, enviados por la voluntad de Elena y Callum, empezaban a descender como arañas pálidas, susurrando el nombre de Eyre con voces que sonaban como el viento entre las tumbas.

​El ataque fue coordinado.

Mientras los Aethelgard se transformaban en guerreros de arena para defender a su “divinidad”, los Nictálopes lanzaron redes de energía oscura diseñadas para anular la magia.

​Niamh se lanzó al combate, un torbellino de acero y hielo que cortaba la oscuridad, protegiendo la espalda de Eyre mientras ella intentaba canalizar el poder de la Daga.

Kaelen, con una puntería quirúrgica, disparaba ráfagas que iluminaban la caverna, gritando chistes para ocultar el miedo que le producía ver a esas criaturas deformes.

​En medio del caos, Iraz intentó llevarse a Eyre hacia un túnel secreto.

—¡Ven conmigo!

¡Estarás a salvo en la cámara!

​Pero Eyre, recordando el bucle temporal de Morrigan y la advertencia sobre “la luz de Elena”, se detuvo.

Miró a los Nictálopes y vio que uno de ellos llevaba un colgante idéntico al que su madre, Elena, siempre usaba en Calandra cuando ella era una niña.

​—¡Mientes!

—le gritó Eyre a Iraz—.

¡Los Aethelgard no me adoran, me están entregando!

​Eyre no esperó a que Niamh llegara.

Clavó la Daga Celestial en el suelo de la ciudad de arena.

La explosión de energía no fue solo suya; usó el dolor de la traición de Elena para alimentar su magia.

Una onda expansiva de luz violeta (la marca de Morrigan) y fuego blanco (su propia esencia) barrió la caverna.

​Los Nictálopes se deshicieron en ceniza.

Iraz fue lanzado contra una pared, su forma de arena desmoronándose parcialmente.

​Cuando el polvo se asentó, Eyre estaba de pie en el centro de la destrucción, jadeando.

Niamh se acercó a ella, herido en el hombro pero con los ojos fijos en los de ella.

Ya no había competencia, solo la certeza de que estaban solos contra un mundo que quería consumirlos.

​Kaelen se acercó, limpiando su rifle.

—Bueno…

creo que eso cuenta como una mala reseña en TripAdvisor.

Eyre, nena, la próxima vez que alguien te llame “divinidad”, patea sus traseros antes de que te den las uvas.

​Eyre miró a sus dos compañeros.

La sospecha sobre Elena ahora era una certeza que le pesaba en el alma, pero la determinación de encontrar los fragmentos restantes era más fuerte que nunca.

​—Al Segundo Fragmento le falta una pieza —dijo Eyre, señalando hacia el fondo de la cámara ahora abierta—.

Pero ya sé quién lo tiene.

Y no es un dios.

Es un monstruo que se hace pasar por madre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo