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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 46

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  3. Capítulo 46 - 46 EL CORAZÓN DE ÓNIX Y EL TRONO DE ESCARCHA
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46: EL CORAZÓN DE ÓNIX Y EL TRONO DE ESCARCHA.

46: EL CORAZÓN DE ÓNIX Y EL TRONO DE ESCARCHA.

La capital de Onyxia, una metrópolis de torres de cristal talladas directamente de los glaciares eternos, bullía con un caos contenido.

Miles de refugiados aldorianos, envueltos en mantas de lana tosca que contrastaban con sus túnicas de seda desgarradas, llenaban las plazas.

El aire olía a nieve fresca y al humo de las hogueras improvisadas.

Para los habitantes del Norte, la llegada masiva de los “hijos de la sombra” era una invasión silenciosa; para los aldorianos, Onyxia era una balsa de salvamento en un mar de muerte.

En el centro de la Gran Ciudadela, el Consejo de los Siete Inviernos —los nobles más poderosos de Onyxia— se había reunido de urgencia.

Sus rostros, curtidos por siglos de viento polar, reflejaban una hostilidad que ni siquiera la presencia de su Rey podía mitigar.

Eyre se encontraba en una antecámara, mirando a través de un ventanal hacia el horizonte gris.

No sentía el frío.

No sentía nada, excepto un vacío ensordecedor donde antes latía el vínculo con su madre.

Niamh entró en la habitación, su armadura aún manchada por la ceniza de Aldora.

Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro, pero Eyre no se movió.

—El Consejo exige que los aldorianos sean recluidos en los distritos mineros, Eyre —dijo Niamh, su voz cargada de cansancio—.

Dicen que no hay suministros para todos, que la sombra de tu pueblo derretirá sus cimientos.

Están asustados.

—Que tengan miedo —susurró Eyre—.

El miedo es lo único que mantiene a los hombres alerta.

En ese momento, el aire en la habitación comenzó a vibrar.

No era un ataque de Calandra.

Era una frecuencia antigua, una nota musical que parecía emanar del núcleo de la tierra misma.

Un portal diminuto, del tamaño de una palma, se abrió frente a Eyre.

No era un túnel físico, sino una herida en la realidad que goteaba oscuridad líquida.

De la brecha emergió un objeto que detuvo el tiempo.

Era un corazón tallado en ónix puro, del tamaño de un puño humano, pero que latía con una luz violeta rítmica y poderosa.

Era el Corazón de Morrigan, la esencia final de la Diosa Cuervo, enviada a través del último suspiro de su existencia terrenal.

—¿Qué es eso?

—preguntó Niamh, retrocediendo ante la presión divina que emanaba del objeto.

Kaelen Vance irrumpió en la sala, con sus escáneres pitando como locos.

—¡Jefa, apártate!

¡Esa cosa tiene una lectura de energía que rompe mis escalas!

Es… es una singularidad de materia oscura.

¡Si eso colapsa, Onyxia desaparece del mapa!

Pero Eyre no retrocedió.

Extendió la mano, guiada por un instinto que iba más allá de la razón.

En cuanto sus dedos rozaron el ónix, el corazón no se detuvo; se fundió.

La piedra negra se volvió líquida y se filtró por los poros de su piel, ascendiendo por sus venas como un veneno glorioso.

Eyre soltó un grito que no fue humano.

Fue un rugido que resonó en cada rincón de Onyxia, haciendo que las campanas de cristal de la ciudad tañeran solas.

Su cuerpo se elevó del suelo, envuelto en un capullo de plumas de obsidiana y relámpagos violetas.

Sus ojos, antes humanos, se volvieron pozos de ónix absoluto, salpicados por las estrellas del firmamento.

La transformación fue total.

Ya no era la princesa fugitiva, ni la esposa del Rey de Hielo.

Era la Diosa de la Sombra Renacida.

El poder de Morrigan —el control sobre la muerte, el tejido de las dimensiones y el mando sobre las almas— ahora fluía por sus venas con una pureza aterradora.

Cuando Eyre aterrizó de nuevo, el suelo de cristal de la antecámara se agrietó bajo sus pies.

Se giró hacia la puerta del Gran Salón del Consejo.

—Vance —dijo Eyre, y su voz ahora tenía un eco de mil voces susurrando al unísono—.

Abre las puertas.

Kaelen, con el rostro pálido y las manos temblorosas, tragó saliva.

—Sí, Majestad… o Diosa… o lo que seas ahora.

Solo… por favor, no me desintegres si mi sarcasmo se activa por accidente.

Mis sensores dicen que ahora eres básicamente un sol negro.

Las puertas de obsidiana del Gran Salón se abrieron de par en par.

Los Siete Inviernos guardaron silencio absoluto.

Niamh caminó a la derecha de Eyre, con su espada de escarcha desenvainada, no como protección, sino como un símbolo de lealtad hacia la nueva divinidad que caminaba a su lado.

El Duque Vorm, el más anciano y ruidoso de los nobles, se puso en pie, intentando ocultar su temblor.

—¡Rey Niamh!

¡Esto es inadmisible!

Traer a estos… estos refugiados sombríos es una afrenta a nuestras leyes.

¡Y esta mujer!

¡No permitiremos que una extranjera reclame asiento en nuestro trono!

Eyre no gritó.

Simplemente caminó hacia el centro del salón y cerró el puño.

En un instante, todas las antorchas y luces mágicas del salón se apagaron, sumergiendo a los nobles en una oscuridad tan absoluta que no podían ver sus propias manos.

—Las leyes de Onyxia se escribieron sobre el hielo —dijo la voz de Eyre, emanando de todas partes y de ninguna—.

Pero el hielo se quiebra ante la voluntad de lo que vive en el vacío.

Eyre abrió la mano y una llamarada de fuego violeta iluminó el salón, revelando que cientos de cuervos hechos de sombras rodeaban a cada uno de los nobles, con sus picos apuntando a sus gargantas.

—No vengo a pedirles espacio —continuó Eyre, sentándose en el trono vacío al lado de Niamh—.

Vengo a informarles que Onyxia es ahora el bastión final de la divinidad terrenal.

Sus suministros alimentarán a mi pueblo.

Sus soldados marcharán bajo mi mando.

Y cualquier hombre que ose cuestionar la soberanía de los aldorianos en este reino, conocerá la hospitalidad de las sombras que mi madre me legó.

Vorm cayó de rodillas, con el rostro blanco de terror.

—P-piedad… Divina… —La piedad es un concepto de los mortales —sentenció Eyre, haciendo desaparecer las sombras con un pensamiento—.

Yo solo exijo lealtad.

Tras la sumisión del Consejo, el salón se despejó, quedando solo Eyre, Niamh y Kaelen.

El ingeniero se acercó a Eyre, manteniendo una distancia prudencial, mientras intentaba recalibrar sus gafas, que se habían empañado por el cambio de presión mágica.

—Bueno, Jefa… supongo que el ascenso a la divinidad viene con un plan de datos ilimitado, ¿no?

—dijo Kaelen, tratando de recuperar su tono jocoso para aliviar la tensión—.

Mis escáneres dicen que ahora puedes sentir a las naves de Elena incluso antes de que salgan de la atmósfera de Calandra.

Eso es una ventaja táctica que ni siquiera los mejores satélites de mi ciudad podrían soñar.

Niamh miró a Eyre con una mezcla de adoración y una pizca de tristeza.

Sabía que la mujer con la que había compartido su cama la noche anterior se había transformado en algo que pertenecía a los mitos.

—¿Qué haremos ahora, mi Reina?

—preguntó Niamh suavemente.

Eyre se acercó a él y le tomó la mano.

Aunque su poder era divino, su tacto seguía siendo el mismo: cálido y lleno de amor por el hombre que la había salvado.

—Elena cree que ha ganado porque Aldora ha caído.

No entiende que mi madre no murió para salvarnos; murió para armarme.

Kaelen, necesito que uses tu tecnología para vincular mi nueva percepción con los sistemas de defensa de la flota de Niamh.

Si puedo “ver” a través de la sombra, quiero que tus cañones disparen con la precisión de un dios.

—Entendido, Divina Jefa —respondió Kaelen, saludando militarmente—.

Voy a convertir Onyxia en una fortaleza que hará que Calandra parezca un castillo de naipes.

Pero voy a necesitar mucha energía de esa que irradias.

Prepárate para que te conecte a unos cuantos generadores.

Mientras tanto, en la órbita de Gaia, Elena observaba las lecturas de energía provenientes del Norte.

Su rostro, cada vez más robótico y menos humano, se contrajo en una mueca de disgusto.

—Así que Morrigan ha jugado su última carta —dijo Elena, su voz procesada por mil sintetizadores—.

Ha creado un monstruo.

Un error de sistema con el rostro de mi hija.

—Señora —dijo uno de sus generales mecánicos—, las lecturas sugieren que Eyre posee ahora el control total de la materia oscura.

Onyxia es inexpugnable por medios convencionales.

Elena sonrió, un gesto mecánico y aterrador.

—No usaremos medios convencionales.

Si ella es una diosa, nosotros seremos el fin de los dioses.

Preparen el Protocolo de Aniquilación de Almas.

Si Eyre quiere ser el Corazón de este mundo, me aseguraré de arrancárselo.

Eyre en lo alto de la torre más alta de Onyxia, extendía sus manos.

Una cúpula de energía violeta empezó a cubrir toda la nación, fusionándose con el escudo de hielo de Niamh.

La guerra ya no era por territorios o coronas; era una batalla entre la tecnología que buscaba ser Dios y la Diosa que buscaba proteger lo último que quedaba de la humanidad.

Kaelen Vance, desde su laboratorio subterráneo, miraba los gráficos de potencia ascendente y suspiró.

—Bueno… al menos ahora el Wi-Fi no se va a caer nunca.

Vamos a darle a Elena una lección de teología que no olvidará en su vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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