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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 45

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  3. Capítulo 45 - 45 EL SACRIFICIO DEL CUERVO Y EL ÉXODO DE CRISTAL
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45: EL SACRIFICIO DEL CUERVO Y EL ÉXODO DE CRISTAL 45: EL SACRIFICIO DEL CUERVO Y EL ÉXODO DE CRISTAL El amanecer de Aldora no trajo luz, sino un sudario de ceniza metálica.

Las naves de Elena, suspendidas como insectos colosales sobre las agujas de obsidiana, comenzaron a liberar una lluvia de nanobots: billones de micro-máquinas que brillaban con una luminiscencia blanca y fría.

Al tocar los escudos rúnicos del palacio, el sonido no fue de una explosión, sino de un siseo voraz, como si la realidad misma estuviera siendo devorada por termitas de acero.

​En el patio principal, la confusión del banquete de bodas se transformó en un despliegue táctico desesperado.

Niamh, con su túnica de seda aún manchada por el vino de la noche anterior pero con su armadura de hielo materializándose sobre su pecho, gritaba órdenes a sus generales de Onyxia.

​—¡Formen el muro de escarcha!

¡Protejan a los civiles y a los heridos!

—rugió Niamh, su espada de escarcha emitiendo un pulso azul que congelaba los nanobots en el aire antes de que pudieran tocar a sus hombres.

En la torre de control, Kaelen Vance estaba en medio de un ataque de pánico productivo.

Sus dedos volaban sobre las interfaces holográficas, que parpadeaban en un rojo violento.

​—¡Maldita sea!

¡Elena ha inyectado un virus de retroalimentación en el flujo de éter!

—gritó Kaelen por el intercomunicador—.

¡Jefa, Rey de Hielo!

¡El escudo de Morrigan se está desintegrando desde adentro!

Si no salimos de aquí en los próximos diez minutos, este palacio se convertirá en un vertedero de chatarra divina.

​Eyre aterrizó junto a él, sus alas de sombra dejando un rastro de plumas negras que se disolvían en el aire.

Su rostro, que horas antes irradiaba la paz de su noche de bodas, ahora era una máscara de furia contenida.

—Kaelen, ¿qué podemos hacer?

No podemos abandonar Aldora, es el hogar de mi madre.

​—No es un abandono, es una retirada estratégica —dijo Kaelen, mirándola con una seriedad que rara vez mostraba—.

Elena no viene a conquistar, viene a borrar el mapa.

Necesitamos un portal masivo, algo que mueva a toda la población y a la flota de Niamh de un solo golpe.

Pero eso requiere una cantidad de energía que… bueno, solo una fuente en este planeta tiene.

En ese momento, la figura de Morrigan emergió del Gran Salón.

No caminaba; flotaba, envuelta en un aura de oscuridad tan densa que la luz de las naves de Elena parecía retroceder a su paso.

Su rostro estaba sereno, pero sus ojos de ónix reflejaban una decisión final.

​Detrás de ella, arrastrando los pies y sostenido por dos guardias, venía Callum.

Su cuerpo estaba casi transparente, una cáscara vacía consumida por el uso de su energía del vacío durante la batalla anterior.

​—Hija —dijo Madre, deteniéndose frente a Eyre—.

Niamh.

Escuchen bien.

Aldora ha cumplido su ciclo.

Elena busca el Corazón Primordial que late bajo este suelo.

Si se queda aquí, ella lo consumirá y nada en el mundo podrá detenerla.

​—¿Qué estás diciendo, Madre?

—preguntó Eyre, con el corazón encogido.

​—Voy a abrir el Umbral del Exilio —sentenció Morrigan—.

Un portal que conectará este patio directamente con la Ciudad de Escarcha en Onyxia.

Pero para mantenerlo abierto el tiempo suficiente para que miles de almas crucen… debo convertirme en el ancla.

Debo fusionar mi esencia con el Corazón del Mundo.

​—¡No!

—gritó Eyre, dando un paso adelante—.

¡Tiene que haber otra forma!

Kaelen, usa tu tecnología, ¡hackea el portal!

​Kaelen bajó la vista hacia su brazalete, con los ojos empañados.

—No puedo, Jefa.

La magnitud de energía necesaria para mover una nación entera supera mis baterías.

Solo un dios puede servir de conductor.

​Morrigan miró a Callum.

Hubo un intercambio de miradas que duró milenios en un solo segundo.

A pesar de la traición, de Elena, del dolor… el vínculo seguía allí.

—Vete con ellos, Callum —susurró Madre—.

Cuida de nuestra hija en el Norte.

Es tu última oportunidad de redención.

​Callum negó con la cabeza, una lágrima de ceniza rodando por su mejilla.

—No, Morrigan.

No te dejaré sola en la oscuridad de nuevo.

Si te conviertes en el ancla, yo seré el combustible.

Mi vacío y tu sombra… juntos mantendremos la puerta abierta hasta que el último aldoriano esté a salvo.

Es lo único que puedo ofrecerte después de todo lo que rompí.

​El ataque arreció.

Las naves de Calandra comenzaron a descender, liberando soldados mecánicos que aterrizaban en las murallas.

Eyre y Niamh se colocaron espalda con espalda, formando un círculo de protección alrededor de sus padres y de Kaelen.

​—¡Kaelen, activa la secuencia de evacuación!

—ordenó Niamh, su espada cortando a un soldado robótico por la mitad—.

¡Generales, lleven a la gente al centro del patio!

​Kaelen activó los resonadores.

Un pilar de luz violeta y azul comenzó a emerger del suelo, rasgando el aire y mostrando el paisaje nevado de Onyxia al otro lado.

Los ciudadanos de Aldora, aterrados pero disciplinados, empezaron a cruzar en masa.

​—¡Vamos, vamos!

¡Muevan esas túnicas!

—gritaba Kaelen, disparando su pistola de plasma contra los drones que intentaban picar sobre la multitud—.

¡No se detengan a recoger los recuerdos, que la nube de datos se está borrando!

​Eyre luchaba como una poseída.

Sus poderes de sombra, potenciados por la angustia, creaban explosiones de vacío que desintegraban batallones enteros.

Pero sentía cómo la presencia de su madre se desvanecía, integrándose en la piedra del palacio.

​Morrigan y Callum se tomaron de las manos frente al portal.

Sus cuerpos empezaron a brillar con una luz oscura y cegadora.

​—¡Eyre!

—llamó Morrigan, su voz resonando directamente en la mente de su hija—.

¡Es hora!

Cruza el umbral.

Lleva el legado de las sombras al hielo.

Conviértete en la Reina que el mundo necesita.

​—¡Madre!

¡Padre!

—Eyre intentó correr hacia ellos, pero Niamh la sujetó con fuerza por la cintura.

​—¡Debemos irnos, Eyre!

¡El palacio se está colapsando!

—gritó Niamh.

​Kaelen, con el equipo echando chispas y la cara manchada de aceite, agarró a Eyre del brazo.

—¡Jefa, no dejes que su sacrificio sea en vano!

¡Mueve los pies!

​Con un último grito de dolor, Eyre permitió que Niamh y Kaelen la arrastraran hacia el portal.

Justo antes de cruzar, miró hacia atrás.

Vio a Morrigan y a Callum envueltos en un abrazo eterno, convirtiéndose en una estatua de obsidiana y vacío que sostenía la estructura del portal mientras las naves de Elena bombardeaban el techo del salón.

​El mundo se volvió blanco.

El frío de Onyxia golpeó los pulmones de Eyre como mil cuchillas.

Cayó de rodillas sobre la nieve acumulada en la plaza central de la capital del Norte.

A su alrededor, miles de aldorianos temblaban, mirando con incredulidad el paisaje gélido que ahora era su nuevo hogar.

​Kaelen Vance se desplomó a su lado, revisando frenéticamente su brazalete.

—El portal… se ha cerrado.

La firma energética de Aldora ha desaparecido del mapa.

Ya no existe, Jefa.

Solo queda… esto.

​Niamh se puso en pie, mirando hacia el horizonte donde la tormenta de nieve empezaba a arreciar.

Su reino, usualmente pacífico bajo su mando, ahora era el último refugio de un mundo en guerra.

​Eyre se levantó lentamente.

Sus vestidos de boda estaban desgarrados, su piel manchada de ceniza y sus padres se habían quedado atrás, fusionados con la tierra de sus ancestros.

Miró a los miles de rostros que la observaban, buscando esperanza.

​—Aldora no ha muerto —dijo Eyre, su voz cargada de una autoridad sombría que hizo que incluso el viento de Onyxia guardara silencio—.

Se ha mudado a nuestros corazones.

Niamh, prepara a tus hombres.

Kaelen, prepara tus máquinas.

Elena cree que nos ha quitado nuestro hogar, pero lo que ha hecho es darnos un motivo para destruir el suyo.

​Kaelen se levantó, limpiándose las gafas con un pañuelo sucio y recuperando su mueca jocosa, aunque sus ojos estaban inyectados en sangre.

—Bueno, Jefa… supongo que la luna de miel en el Norte va a incluir muchas trincheras y muy poco servicio a la habitación.

Pero hey, al menos el Wi-Fi de Onyxia es sorprendentemente estable.

Vamos a darle a esa reina de Calandra un error de sistema que no podrá reiniciar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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