La Protectora del Heredero Maldito del Alpha - Capítulo 93
- Inicio
- La Protectora del Heredero Maldito del Alpha
- Capítulo 93 - Capítulo 93: Capítulo 93 Es complicado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 93: Capítulo 93 Es complicado
Tenía un aspecto de ultratumba. Su ropa estaba rasgada y manchada de sangre. Tenía vendas envueltas en las muñecas, donde las cadenas de acónito lo habían quemado. Más vendas en la garganta, cubriendo las heridas punzantes de los colmillos de Candice. Su rostro estaba pálido, demacrado, con unas ojeras tan profundas que uno podría ahogarse en ellas.
Pero estaba de pie. Respiraba. Estaba vivo.
Por un momento, nadie se movió. Nadie habló.
Entonces Kael dio un solo paso adelante, con una expresión atrapada entre la esperanza y el terror. —¿Killian?
—¿Eres realmente tú? —la voz de Dante fue apenas un susurro—. ¿O eres…, eres una de esas cosas ahora? ¿Un Espectro?
Los labios de Killian se curvaron en la más leve y agotada de las sonrisas. —Soy yo. No me convirtieron.
A Onika se le cortó la respiración. Las lágrimas brotaron de sus ojos. —Oh, Dios. Es usted de verdad, Alpha.
La habitación estalló en movimiento.
Kael cruzó la habitación de inmediato, atrayendo a Killian a un abrazo aplastante. Killian jadeó —de dolor y alivio— mientras su hermano lo abrazaba. —Estás vivo. Estás vivo. Creí…, todos creímos…
—Estoy vivo —la voz de Killian era áspera. Se echó hacia atrás, haciendo una mueca de dolor—. Necesito ver a Annie. ¿Dónde está?
—Arriba —dijo Mallory, dando un paso al frente—. El Doctor Owen le dio un sedante hace unas horas. Estaba… destrozada. Necesitaba descansar, por ella y por el bebé.
—¿Está bien? —las manos de Killian se cerraron en puños—. El bebé…
—Ambos están bien. Físicamente, al menos —la expresión de Kael se suavizó—. Pero estaba devastada, Killian. Creyó que te había perdido.
Killian sintió que se le cerraba la garganta. —Necesito verla.
—Ve —dijo Dante—. Estaremos esperando.
Killian asintió, moviéndose ya hacia las escaleras. Cada paso parecía requerir un esfuerzo tremendo, pero no se detuvo.
El dormitorio estaba en penumbra, con las cortinas corridas para protegerlo de la luz de la mañana.
Annie yacía en la cama de ambos, acurrucada de costado. Tenía el rostro manchado de lágrimas y los ojos hinchados de tanto llorar.
Killian se quedó en el umbral de la puerta un largo rato, simplemente mirándola.
«He vuelto», pensó. «He cumplido mi promesa. He vuelto a ti».
Se acercó a la cama con pasos silenciosos y se sentó con cuidado en el borde del colchón. Extendió la mano, temblorosa, y le tocó la cara.
Era tan hermosa. Tan preciada. Y casi había perdido esto…, casi había perdido la oportunidad de volver a ver su hermoso rostro.
—Annie —susurró, con la voz quebrada al pronunciar su nombre.
Ella se giró ligeramente, pero no se despertó. El sedante la mantenía profundamente dormida.
Killian se inclinó y presionó los labios contra su frente. —Estoy en casa —murmuró contra su piel—. He vuelto.
Se quedó así varios minutos, simplemente aspirando su aroma, sintiendo su calor, su realidad.
Finalmente, a regañadientes, se apartó. Ella necesitaba descansar. Y abajo, sus hermanos necesitaban respuestas.
Cuando Killian regresó a la sala de estar, todos estaban exactamente donde los había dejado. Esperando.
Se dejó caer en una silla con un gemido, su cuerpo protestando por cada movimiento. —Fueron Tommy y Connor.
La habitación se quedó en silencio.
—¿Qué? —la voz de Kael era peligrosa—. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —dijo Killian, con un tono neutro por la furia agotada— que Candice no atacó a Mallory. No planeaba venir a por nosotros. No quería a Annie ni al bebé. Tommy y Connor orquestaron todo.
—Eso es imposible —dijo Kael—. Mallory vio…
—Mallory vio lo que ellos querían que viera —la mirada de Killian recorrió la habitación—. Tommy y Connor fueron a ver a Candice. Le rogaron que les ayudara a acabar con nosotros. Algo sobre que Annie era un recipiente, una amenaza. Candice se negó. Dijo que no se mete en la política ni en las peleas de los lobos.
—Así que la incriminaron —dijo Dante lentamente, dándose cuenta de todo.
—Exacto —Killian asintió—. Contrataron a unos vampiros para que atacaran a Mallory. Hicieron que pareciera obra de Candice. Luego difundieron rumores en lugares públicos —lugares donde sabían que los oiríamos— como la pollería de Peggy y Pam. Hicieron que pareciera que se estaba movilizando para la guerra.
—Querían que nos matáramos entre nosotros —susurró Onika—. ¡Esos cabrones!
—Mientras ellos se sentaban a mirar —las manos de Killian se aferraron a los reposabrazos—. Nos destruimos mutuamente, ellos se encargan de Annie y el bebé, y emergen como la manada dominante sin mover un dedo. Sin sangre en sus manos. Sin arriesgarse.
—Esos putos… —el rugido de Kael hizo temblar las ventanas—. Los mataré. Los destrozaré con mis propias manos…
—Sí, eso mismo pensé yo —dijo Killian con frialdad—. Pero la cosa empeora. Candice y yo… hicimos un trato.
—¿Un trato? —Dante se inclinó hacia delante—. ¿Qué clase de trato?
—Una tregua. Una alianza, por así decirlo —Killian los miró a todos a los ojos, uno por uno—. Ella me deja ir, deja en paz a Annie y al bebé y, a cambio, nosotros nos encargamos de Tommy y Connor, y compartimos nuestros recursos con ella de forma permanente.
—Has hecho un trato con una vampiro —dijo Onika con cautela—. ¿Una vampiro como Candice?
—Sí —la voz de Killian era de acero—. Porque ella no es nuestra enemiga. Nunca lo fue. Tommy y Connor sí lo son. Nos manipularon a ambos y tienen que pagar por ello.
—¿Cómo sabemos que cumplirá su palabra? —preguntó Onika.
—No lo sabemos —admitió Killian—. Pero tuvo todas las oportunidades para terminar lo que empezamos. En lugar de eso, descubrió la verdad, me liberó y me envió a casa. Eso cuenta algo.
—Cuenta como que es inteligente —dijo Dante—. Sabe que mantenerte con vida y convertirte en su aliado es mejor que convertirte en su enemigo o matarte.
Killian se inclinó hacia delante a pesar del dolor. —Candice es inteligente. Estratégica. Juega a largo plazo. Yo, Killian, nunca perdonaría a nadie que me atacara en mi casa, sin importar las circunstancias en las que vinieran. Diría que fue demasiado amable. ¿Y que si confío en ella? ¡Ni de coña! Pero ahora mismo, la necesitamos como aliada y nuestro principal objetivo ahora debe ser acabar con Tommy y Connor, junto con los miembros del consejo que nos amenazaron.
El silencio se apoderó de la habitación mientras todos procesaban la información.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Kael finalmente.
—Los golpearemos con fuerza. No con rapidez. Tenemos que hacer que salgan de su escondite. Hay que ser pacientes. Se acabó el reaccionar a sus movimientos —la voz de Killian bajó de tono, adquiriendo el mando de un Alpha—. Les llevaremos la guerra a ellos y acabaremos con esto. De una vez por todas.
Cerca de la puerta, Peggy se levantó bruscamente. —Bueno. Ya que vuestro Alpha ha vuelto sano y salvo, debería irme.
Todos los ojos se volvieron hacia ella.
—Peggy… —empezó Dante.
—Solo me quedé por Annie —dijo Peggy, en un tono deliberadamente informal—. Quería asegurarme de que estuviera bien. Ahora que el Alpha ha vuelto, ya no hay razón para que siga aquí. —Caminó hacia la puerta y luego se giró—. Me alegro de que estés a salvo, Alpha. De verdad.
—Gracias —dijo Killian con sinceridad—. Por venir a salvarnos. Te debemos la vida.
Peggy asintió. —Solo… tened cuidado. Todos vosotros. —Y salió por la puerta.
—Peggy, espera… —Dante se puso en pie, siguiéndola.
Pero ella ya bajaba rápidamente los escalones de la entrada en dirección a la entrada de coches.
—¡Peggy! —la llamó Dante, trotando tras ella—. Espera un segundo…
—Tengo que irme a casa, Dante. —No aminoró la marcha.
—Deja que te lleve.
—Pillaré un taxi.
—No seas ridícula. Es temprano —la alcanzó, igualando su paso—. Déjame que te lleve. Por favor.
—No necesito…
—Sé que no lo necesitas —la interrumpió Dante—. Pero te lo estoy pidiendo de todos modos. Por favor.
Peggy se detuvo y se giró para mirarlo. Su expresión era cautelosa, con las barreras levantadas. —Déjame en paz, Dante, solo mantente alejado de mí.
Le sonó el teléfono. Miró la pantalla, pero no hizo caso y se guardó el móvil de nuevo en el bolsillo.
—Es él otra vez, ¿verdad? ¿El carapolla ese? —preguntó Dante.
—Que te jodan, Dante…
El teléfono volvió a sonar. Esta vez, Dante fue más rápido. Se lo arrebató del bolsillo antes de que ella pudiera detenerlo y miró el identificador de llamadas.
Manuel
Algo frío y desagradable se retorció en las entrañas de Dante. —Claro que es él.
—Devuélveme el móvil. —Peggy intentó cogerlo, pero Dante lo mantuvo fuera de su alcance.
—¿El mismo Manuel que ha estado merodeando a tu alrededor durante semanas? —la voz de Dante se elevó—. El mismo tipo que aparece en tu restaurante día sí, día no…
—Dante, dame el móvil…
—¿Por qué te llama? —las palabras salieron más duras de lo que pretendía, afiladas por los celos—. ¿Por qué te llama a las… —miró la hora— …ocho de la mañana? Te llamó durante toda la noche. ¿Así que ahora es tu novio? ¿Ese carapolla?
—Eso no es asunto tuyo… ¿Quién te crees que eres?
—¡Claro que lo es! —la mano de Dante salió disparada, agarrándole la muñeca con firmeza y tirando de ella hasta donde estaba aparcado su coche. Antes de que Peggy pudiera protestar, la había guiado hasta el asiento del copiloto y había bloqueado la puerta.
—¡Dante! —Peggy tiró de la manilla de la puerta—. ¿Qué estás haciendo? ¡Déjame salir!
Él ya estaba en el asiento del conductor, arrancando el motor. —No hasta que me digas por qué ese perdedor sigue merodeando.
—No es un perdedor…
—¡Sí que lo es! —las manos de Dante se aferraron al volante con tanta fuerza…—. Es un perdedor que se cree que puede llegar y… y aparecer de la nada y… —No pudo terminar la frase. Los celos lo estaban ahogando.
—¿Aparecer de la nada y qué? —la voz de Peggy era peligrosamente baja—. ¿Estar ahí para mí? ¿Mostrar interés de verdad? ¿Tener las agallas de decir que me quiere… y que me elige? ¿Y no salir corriendo en cuanto las cosas se ponen serias?
Las palabras hirieron a Dante.
La mandíbula de Dante se tensó. —Eso no es justo.
—¿No lo es? —Peggy se cruzó de brazos, con la mirada fija al frente—. ¿Quieres saber por qué Manuel no para de llamar? Porque él sí quiere estar conmigo. Porque no le aterra el compromiso. Porque no tiene siempre un pie fuera. Porque él sí me quiere de verdad.
—¿Quieres estar con él? —la pregunta se escapó de la garganta de Dante, cruda y desesperada—. ¿Es eso? ¿Quieres estar con ese carapolla andrajoso?
Peggy no dijo nada.
—¡Respóndeme! —la voz de Dante se quebró—. ¿Quieres estar con Manuel?
—Hay que tener valor —dijo Peggy, con la voz de repente suave y rota—, para ser alguien que no quiere admitirle a la chica que ama que la ama.
El silencio en el coche era ensordecedor.
Dante miraba al frente, con las manos ahora hechas un puño en su regazo. Abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
—Eso me pensaba —dijo Peggy.
Dante respiró hondo y de forma temblorosa, intentando calmarse. Intentando encontrar las palabras adecuadas.
Peggy volvió a mirarlo bien; podía percibir algo en él. —Tienes miedo, Dante. Tienes tanto miedo que puedo sentirlo. —Ahora lo miraba con dulzura—. ¿De qué tienes tanto miedo?
—¿Quieres saber qué es lo que más me asusta en la vida?
Peggy no respondió, pero estaba escuchando. Podía verlo.
—Es tener que elegir —continuó Dante en voz baja—. Entre la mujer que amo y mi familia. Entre mi sangre y… —Tragó saliva con dificultad.
La cabeza de Peggy se giró lentamente. —¿Así que estás diciendo que me amas?
El corazón de Dante se aceleró. Miró al frente. —Digo que es complicado.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única respuesta que tengo ahora mismo —la frustración se filtró en su tono—. Mi vida no es sencilla, Peggy. Mi familia, nosotros somos complicados, las responsabilidades que tengo…
—No te he preguntado por tus responsabilidades —la voz de Peggy era suave pero insistente—. Te he preguntado si me amas, Dante.
Dante sintió que se le cerraba la garganta. —¿Por qué necesitas que lo diga?
—¡Porque las palabras importan, Dante! —su compostura se resquebrajó—. Porque necesito saber si lo nuestro fue real o si solo fui… solo algo conveniente. Alguien con quien pasar el rato hasta que apareciera algo más importante. Lo llamaste un error, Dante.
—Yo… yo estaba… —Dante se detuvo y se pasó una mano por el pelo—. Dios, Peggy, nunca fuiste solo algo conveniente. Fuiste…, eres…
—¿Qué? —se giró por completo en su asiento, encarándolo—. ¿Soy qué?
No pudo responder. Las palabras estaban ahí, presionando su garganta, pero no podía forzarlas a salir. No podía permitirse ser tan vulnerable.
Peggy rio con amargura. —Sí. Eso me pensaba.
—Peggy, perdóname si no puedo, sin más… decir las palabras que quieres oír —su voz se quebró.
Peggy se quedó en silencio un largo rato. Luego, tan bajo que casi no la oyó, dijo: —¿Quieres saber qué es lo que me asusta a mí?
Dante la miró.