La Sombra Sin Dios - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capítulo 38 — El arcángel retirado.
La noche en el bosque, a las afueras del pueblo de Velmira, era fría.
Las tiendas estaban cerradas y los lugareños descansaban en sus casas, refugiados del clima. Todo parecía en calma… excepto Kael.
Él seguía buscando.
Recorriendo cada rincón, cada pista posible, intentando encontrar a la Muerte… y con ello, a Elior.
—No lo sé, Aurora… —dijo Kael, pasando una mano por su largo cabello que se movía con el viento—. Ya ha pasado un mes y no tengo ninguna respuesta. ¿Cómo es posible que ni en Aetheris ni en Geheris exista una forma de contactar con ella?
Aurora apoyó suavemente su mano en el hombro de Kael.
—Ya encontraremos algo… —respondió con calma—. Pero hay algo que debes saber sobre el purgatorio. Ese dominio es mucho más complejo de lo que se cree.
Kael la miró con atención.
—¿A qué te refieres?
Aurora tomó aire antes de continuar.
—Según los relatos de Aetheris, el purgatorio es un lugar de sanación. Un sitio al que van las almas que pecaron para purgar sus faltas antes de alcanzar el paraíso. El fuego del purgatorio los hiere hasta que se liberan de sus pecados.
Kael asintió.
—Sí, eso está en los libros… pero no me estás diciendo nada nuevo.
Aurora negó lentamente.
—Eso es solo la superficie. El purgatorio no es un dominio fijo. Se adapta. Toma la forma de la conciencia del alma que entra en él. Hace que esa persona reviva sus pecados, sus miedos… sus recuerdos. No es un solo lugar. Es un mundo construido para cada individuo.
Kael guardó silencio, procesando cada palabra.
—Entonces… —murmuró—, Elior…
—Ese es el problema —interrumpió Aurora—. Elior ya entró una vez, cuando murió momentáneamente. Y salió. Eso significa que, en teoría, el purgatorio ya “procesó” su alma.
Kael frunció el ceño.
—¿Y ahora?
Aurora bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Ahora entró estando vivo.
El silencio que siguió fue pesado.
—Entró completamente al dominio —continuó ella—. A un lugar desconocido incluso para nosotros. No solo enfrentará su propia mente… también la soledad. Y el tiempo ahí no fluye como aquí. Puede que aquí haya pasado un mes… pero allá podrían ser meses… o más.
Kael apretó los dientes.
—Y si regresa…
Aurora lo miró directamente.
—Quizás ya no sea el mismo chico que criaste.
Esa frase golpeó más fuerte que cualquier enemigo.
—Aunque tenga una fuerza inimaginable —añadió—, su mente sigue siendo la de un adolescente. Y su inestabilidad… puede destruirlo desde dentro.
Kael levantó la cabeza.
—Aun así, tengo que encontrarlo. Tengo que sacarlo de ahí.
Dio media vuelta.
—No voy a perder a otro hi—
Se detuvo antes de terminar la frase.
Aurora lo observó en silencio.
—Quizás podría pedir ayuda a Midas… o a ella…
—No —respondió Kael de inmediato—. Ella no tiene que entrometerse aquí.
Comenzó a caminar.
—Debo volver a casa. Lia y Aramis deben estar esperándome.
Aurora suspiró.
—Está bien…
—¿Y Seraphine?
—Está con Hina. Hablo con ellas cada noche.
Kael asintió levemente.
—Bien. Que siga entrenando. Debe aprender a controlar mejor su poder.
Sin decir más, Kael retomó su camino, sumido en pensamientos.
Si el purgatorio podía usar los recuerdos… si podía moldearse según la mente…
Entonces Elior no solo estaba atrapado en sí mismo.
Podía estar atrapado en algo mucho peor.
Kael chasqueó la lengua.
—Tch…
Sacudió la cabeza, intentando alejar esos pensamientos.
Entonces, una voz rompió el silencio.
—Veo que estás preocupado…
Kael se detuvo en seco.
Miró a su alrededor.
—Kael… el ex arcángel más fuerte…
El aire se volvió denso.
—¿Quién eres?
Desde las sombras de los árboles, una figura emergió.
La Muerte.
La mitad de su rostro era de una belleza impecable. La otra… una calavera. Su vestido negro se movía con elegancia, como si no perteneciera a este mundo.
La luz de la luna iluminó sus ojos esmeralda, haciéndolos brillar como un faro en la oscuridad.
Kael la miró fijamente.
—¿Dónde está mi hijo?
Ella inclinó la cabeza, confundida.
—¿Tu hijo?
Sonrió con un leve tono burlón.
—No deberías adueñarte de hijos ajenos… ¿no crees?
Kael no se movió.
—No juegues conmigo. ¿Dónde está Elior?
—Elior… —repitió ella, pensativa—. Ah, sí. Está haciéndose más fuerte. Es lo que él quería.
—Tráelo de vuelta. Ahora.
—No lo creo.
En un instante, desapareció y apareció detrás de él.
Kael giró de inmediato, pero sintió su hombro congelarse.
—Está en el purgatorio. Supongo que ya lo sabes.
Ella sonrió.
—Esa chica te lo dijo, ¿verdad?
Luego suspiró.
—Tiene razón. Pero Elior es la excepción. No está solo en su conciencia… está dentro del dominio real del purgatorio.
Kael la miró con desprecio.
—Está resolviendo un problema —continuó ella—. Uno que, indirectamente… él mismo causó.
La tensión aumentó.
La Muerte volvió a aparecer frente a él en una fracción de segundo, tocando sus brazos con curiosidad.
—Vaya… para tener cientos de años, estás en muy buena forma—
Kael reaccionó al instante.
Con un solo dedo, golpeó su hombro.
El impacto la lanzó varios metros.
—No vuelvas a tocarme.
Ella observó el agujero en su hombro… y sonrió.
—Sigues siendo fuerte.
Su tono cambió levemente.
—Pero te recomiendo no hacerlo de nuevo.
Se acercó una vez más.
—Solo vine a tranquilizarte. Ese chico es especial. Estoy segura de que logrará lo que le propuse.
Hizo una pausa.
—Deberías preocuparte por otra cosa.
Kael la miró fijo.
—Los ángeles no entienden lo que no controlan. Y tu muchacho… está dispuesto a hacer cosas que ellos no podrán aceptar.
Se inclinó hacia su oído.
—Si Elior sigue así… y se pierde en el camino… podría destruir todo lo que se proponga.
Kael sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
—¿A qué te refieres?
Pero ya era tarde.
La Muerte había desaparecido.
—Debe ser mentira… —murmuró Kael.
Miró a su alrededor, desesperado.
—¡¿Dónde estás?!
No hubo respuesta.
—¡Llévame con él!
El silencio lo consumió.
Por primera vez en años, Kael perdió la paciencia.
Golpeó un árbol.
La onda expansiva destruyó cerca de veinte a su alrededor.
Su respiración se volvió pesada.
Llevó una mano a su pecho, sintiendo un dolor punzante.
Intentó estabilizarse.
Luego… simplemente caminó de vuelta a casa
Kael era esclavo de sus pensamientos.
Las ideas más extremas cruzaban por su mente una tras otra, sin darle descanso.
No puedo hacer eso… susurró para sí mismo, mientras en su rostro se reflejaba la molestia contenida.
Al entrar a casa, Aramis y Lia aún lo estaban esperando.
Aramis lo observó de pies a cabeza.
Sabía que algo no andaba bien.
—¿Está todo bien, papá? —preguntó Lia, mirándolo con curiosidad.
—Sí, sí… no te preocupes —respondió Kael, colocando su mano sobre la cabeza de Lia y regalándole una sonrisa—. ¿Ustedes no deberían estar en la cama ya? Es tarde.
Aramis saltó desde el sillón.
—Yo estaba acostado, fue Lia la que me dijo que nos levantáramos porque aún no llegabas… y sabes cómo es, si no me levantaba, te iba a buscar ella misma…
Se dejó caer nuevamente, tomando un libro, ocultando de buena forma su preocupación.
—Está bien, ahora vamos todos a dormir. Es tarde y debemos descansar. Mañana será otro día.
Lia se fue rápido, más tranquila al ver a Kael.
Pero Aramis lo detuvo, sujetándolo de la polera.
Kael se volteó.
—Papá…
—¿Sí?
—Te estás preocupando de más. A donde quiera que haya ido mi hermano, es capaz de lidiar con todo. Confía un poco más.
Kael lo miró en silencio… y luego sonrió.
—Sí, tienes razón… pero aun así, algún día lo entenderás cuando tengas hijos. Uno siempre se preocupa, incluso por lo más mínimo. Ahora ve a descansar, hijo.
—Sí… sí…
Aramis caminó sin ganas hacia su habitación.
La noche pasó en un solo pestañeo.
A pesar de saber que Elior podía cuidarse solo, la preocupación de Kael no hacía más que crecer.
—Vamos, vamos… deben ser más ágiles que este viejo.
Kael estaba en posición de combate frente a Lia y Aramis.
Ambos estaban completamente sudados.
Kael se lanzó al ataque.
Aramis y Lia se defendían como podían ante aquel experimentado peleador.
Un golpe fuerte fue dirigido hacia Aramis.
Este giró rápidamente, sujetando el brazo de Kael con todas sus fuerzas.
—¡Lia, ahora!
Lia apareció corriendo.
Se impulsó en la espalda de Aramis y, en un parpadeo, aterrizó detrás de Kael, golpeando su muslo y haciéndolo perder el equilibrio.
Kael sonrió.
Liberó su brazo y golpeó con ligera fuerza el estómago de Aramis.
Se giró.
Lia esquivaba los golpes mientras Aramis volvía al ataque.
La combinación entre ambos era precisa.
Su sincronización era perfecta.
Capaz de poner en peligro a cualquiera que se confiara.
—Bien… bien, sigan así…
Kael observaba atento.
Aprovechó el agotamiento de ambos.
Con agilidad, se deslizó por el suelo y barrió sus piernas.
Ambos cayeron.
En un instante, Kael colocó sus manos sobre sus rostros.
—¿Se rinden?
—Jamás —respondió Aramis.
—Sip, me rindo —dijo Lia, levantando la mano.
Aramis la miró sorprendido.
—¡Oye! ¿Por qué te rindes? ¡Casi lo teníamos!
—Reglas son reglas. Si uno se rinde, se acabó todo.
Lia sonrió mientras se dejaban caer en el suelo.
Kael se recostó junto a ellos.
—Se nota que han aprendido bastante estas vacaciones… pero como siempre, recuerden…
—Sí, sí —respondieron ambos al mismo tiempo—. Las peleas están prohibidas, a menos que sea para ayudar a otro.
—Muy bien…
Kael miró el cielo cubierto de nubes.
—Papá…
Aramis hizo una pausa.
—Tengo una duda desde hace años… creo que ya es momento de resolverla.
—¿Años? —Kael giró su cabeza—. A ver, dime.
—Es sobre mi hermano… ¿por qué la fuerza de Elior y su cuerpo no es como el de un humano normal?
—Sí, es verdad —agregó Lia—. ¿Por qué Elior es tan fuerte?
Kael guardó silencio por un momento.
Sabía que tarde o temprano esa pregunta llegaría.
—No es un secreto, en realidad…
Suspiró.
—Como han visto, los demonios son reales. Mucha gente no lo sabe… pero lo son. Según leyendas antiguas, hace muchísimos años, los demonios solían pasar a Geheris para alimentarse y hacerse más fuertes con el fin de derrotar a los ángeles.
Los niños escuchaban atentos.
—En esas batallas… los humanos eran quienes pagaban las consecuencias. Los demonios los mataban… y los ángeles, en su lucha, también causaban daño.
Kael continuó.
—Por eso, muchos humanos entrenaban día y noche. Algunos eran capaces de romper los límites impuestos por su propio cerebro.
—Nuestro cerebro limita nuestra fuerza para evitar que nuestros músculos se destruyan… pero esos humanos lograban superarlo.
—Aunque… sufrían graves consecuencias.
Aramis asintió.
—Sí… he leído sobre eso.
—Pero Elior… —continuó— sus entrenamientos son extremos. Lo he visto romper piedras enormes con sus puños.
Kael sonrió levemente.
—Sí… es cierto. Elior, para bien o para mal, tiene un cuerpo excepcional. Casi único.
Hizo una pausa.
—Pero no siempre fue así.
El tono de Kael cambió.
—Cuando era niño… era como ustedes. Se caía, sangraba… tenía la fuerza normal de un niño.
Los dos lo miraban sin pestañear.
—Todo cambió… durante una batalla aquí, en Velmira.
Kael bajó la mirada.
—No pueden decirle esto a nadie. Es un secreto. De su hermano, mío… y ahora de ustedes.
Ambos asintieron en silencio.
—Elior… estuvo en medio de esa batalla. Mientras veía morir a su familia…
El aire se volvió pesado.
—La sangre de un arcángel… y la de un demonio extremadamente poderoso… cayó sobre él.
Silencio.
—Esa combinación… imposible para cualquier humano… es lo que lo hizo especial. O eso creo.
Los ojos de Lia se abrieron.
—Entonces… ¿mi hermano es mitad ángel y mitad demonio?
Aramis no habló.
Solo pensaba.
—Por eso… nunca habla bien de los ángeles… ni de Dios…
Kael lo miró.
—¿Aramis… estás bien?
—Sí… —respondió—. Solo que… debe ser difícil ver morir a tus padres.
Bajó la mirada.
—Nosotros éramos pequeños… no entendíamos bien… pero él sí.
—Ahora entiendo su enojo… debe estar cargando con mucho…
Kael se sentó y acarició sus cabezas.
—Sí… puede que cargue con mucho…
Miró al cielo.
—Pero todos lo hacemos.
—Y llegará el día… en que ustedes también.
Los tres seguían en el suelo del templo, descansando, cuando fueron interrumpidos.
—Así que este es su templo, maestro…
Los tres miraron rápidamente hacia donde provenía la voz.
Los chicos, incrédulos, no concebían al sujeto.
—¿Maestro…? —dijo Aramis.
Kael ladeó la cabeza sin comprender.
Luego cerró los ojos y sonrió.
—¿Qué haces aquí, Midas…?
Kael se levantó del suelo y se acercó a abrazar a su ex estudiante.
—Padre… —dijeron Aramis y Lia al mismo tiempo—. ¿Quién es él?
Midas se alejó un poco y se presentó.
—Hola, chicos. Mi nombre es Midas. Kael era mi antiguo maestro cuando yo tenía su edad, más o menos.
Sonrió ampliamente.
Aquel joven transmitía una alegría enorme, capaz de calmar a los chicos.
—Chicos —dijo Kael—, vayan a casa y dúchense. Recuerden que después saldremos.
—¡Eso! —gritó Lia mientras se despedía de Midas y se iba a casa, seguida por Aramis.
—Así que esos son los niños… —preguntó Midas, observándolos irse.
Kael, con una sonrisa, asintió.
—¿Qué te trae por acá, Midas?
—Si le soy sincero… dejé de ser un arcángel. Las cosas allá arriba son extremadamente distintas a lo que eran antes. Mientras ese viejo esté al mando del consejo, todo seguirá siendo un caos.
—¿Cómo que te retiraste…? —dijo Kael, cerrando los ojos y llevando su palma a la frente.
—Así es, maestro. Por lo mismo quería pedirle ayuda. No sé bien cómo se rige todo con los humanos… y, si le soy sincero, es difícil medir mi fuerza en algunas cosas. Además… no tengo un lugar donde quedarme.
Kael suspiró.
—Vamos, entremos al templo. Puedes quedarte aquí mientras. Te explicaré cómo funciona todo.
Los minutos pasaban.
La charla entre Midas y Kael era completamente tranquila…
Hasta que, de un momento a otro, un enorme hedor a putrefacción comenzó a invadir el ambiente.
Ambos se detuvieron.
—Maestro… —dijo Midas, poniéndose en guardia.
Kael asintió.
—Midas, rastrea eso. Rápido.
Midas agudizó sus sentidos al máximo.
Encontró las fuentes.
Abrió los ojos.
—Tres grietas al sur… y cuatro al oeste.
—¿Al oeste…? —dijo Kael alarmado—.
—¿Qué pasa, maestro?
—La casa donde están los niños… está en esa dirección.
Kael no esperó un segundo.
Salió corriendo con todo lo que tenía.
El pueblo reaccionó al instante.
Aquellos que conocían ese hedor sabían lo que significaba.
La gente se refugió en sus casas.
Algunos ayudaban a otros.
Y los que sabían pelear… se posicionaban al frente.
Todos vieron a Kael correr.
Midas se dirigió al sur a toda velocidad, llegando en cuestión de segundos.
A Kael le costó un poco más.
Sentía cómo aquella presión en su corazón lo agotaba cada vez más.
No es momento… se dijo a sí mismo.
Y corrió aún más rápido.
Llegó.
La casa estaba siendo atacada.
Demonios enormes, con cuernos y garras, rodeaban el lugar.
Sus ojos negros se clavaron en los niños.
Lia se paralizó del miedo.
Aramis reaccionó de inmediato.
La empujó, sacándola del camino.
Kael apareció.
Tomó la espada de uno de los demonios.
Y comenzó la masacre.
—¡Aramis, Lia, corran al pueblo ahora!
Aramis tomó a su hermana y la empujaba hacia el pueblo.
Pero Lia seguía paralizada.
Kael bloqueó un espadazo.
Con un golpe de sus manos, destruyó el brazo del demonio.
La sangre cayó como lluvia.
Comenzó a golpearlo en el pecho hasta derribarlo.
Tomó la espada.
La lanzó.
La hoja atravesó la cabeza de otro demonio que corría hacia los niños.
Murió al instante.
Cada vez venían más.
No eran un reto para Kael.
Esquivaba los ataques con facilidad.
Corrió hacia uno directamente.
Una patada.
El demonio salió disparado contra un árbol.
Kael tomó otra espada.
La levantó.
—Retírense… o mueran aquí.
Uno de sus ojos comenzó a iluminarse como en aquellos tiempos.
Un milisegundo bastó.
La espada cortó piernas y tendones.
Los demonios cayeron.
Listos para ser ejecutados.
Kael no dudó.
Cortó las cabezas de tres de ellos.
Pero, en los dos últimos…
Sintió aquella punzada en su corazón.
Brutal.
Cayó.
Llevó su mano al pecho.
No podía respirar.
¿Qué está pasando…?
Los demonios comenzaron a levantarse.
Kael no podía moverse.
Levantó la mirada.
Buscó a los niños.
Un pitido en sus oídos le impedía escuchar.
Recibió una patada.
Un espadazo que apenas logró esquivar.
Su brazo fue cortado.
El dolor en su corazón aumentaba.
Miró nuevamente a los chicos.
Aramis gritaba desesperado.
Kael no podía escucharlo.
—No vengas… —gritó con todas sus fuerzas.
La espada venía directo hacia él.
Kael apretó los dientes.
Listo para caer peleando.
Se giró…
Pero fue tacleado.
Lia.
Había llegado.
Ambos esquivaron por un metro el espadazo.
Aramis corrió.
Se deslizó.
Tomó una de las dagas de Lia.
Cortó los tendones de las piernas del demonio.
El demonio cayó.
Rugió.
Intentó levantarse.
Aramis escaló su espalda.
Clavó la daga en su cuello.
Apretó con fuerza.
Cerró los ojos.
Y la deslizó.
El demonio fue degollado.
Cayó frente a Kael y Lia.
Aramis quedó en shock.
Miraba la sangre en sus manos.
Pero el último demonio ya estaba detrás de él.
—Mierda… —gritó Kael.
A duras penas se levantó.
Tomó la daga de la mano de Aramis.
La clavó en el abdomen del demonio.
Con una mano, lo tomó del cuello.
Y lo lanzó.
Se estrelló contra un árbol.
Silencio.
Todos los demonios habían sido derrotados.
Midas apareció rápidamente desde el sur.
Respiraba agitado.
—¿Están todos bien…?
Observó la sangre.
Desvió la mirada hacia Aramis.
El chico miraba sus manos.
Kael se acercó.
Aramis y Lia estaban en shock.
Nunca habían visto algo así.
Midas frunció el ceño.
Algo no estaba bien.
Esos demonios…
Eran lentos.
En la cadena de mando, eran exploradores.
No eran buenos en combate.
—¿Qué están buscando…? —pensó.
Nada de esto pasaba porque sí.
—Estoy cubierto de sangre, papá… —susurró Aramis.
Las lágrimas caían sobre sus manos.
Kael los abrazó con fuerza.
—Todo estará bien… mis niños.
Pero su mente no estaba en calma.
Sabía lo que eran esos demonios.
Exploradores.
—¿Están buscando a Elior…?
La idea lo golpeó.
—Carajo… hijo… espero que estés bien…
Sus pensamientos se perdieron.
Mientras apretaba con fuerza a los pequeños.
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