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La venganza de la exesposa multimillonaria - Capítulo 238

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Capítulo 238: Capítulo 238

Después de una ducha, Astrid Caldwell se sintió mucho más despierta. Estaba lista para caer rendida cuando de repente recordó que Lancelot Halstead seguía en el salón. Abrió la puerta y dijo: —Ya puedes irte…

Pero Lance estaba desplomado contra el reposabrazos del sofá, con las mejillas sonrojadas.

Había una botella de alcohol abierta y un vaso en la mesa de centro.

Él la miró, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. —¿Ya has terminado?

Astrid dudó antes de acercarse. —¿Qué haces?

—Reuniendo valor.

Lance se puso en pie tambaleándose y Astrid corrió a sujetarlo. Le echó un vistazo a la botella —aún llena en más de tres cuartas partes— y lo miró, perpleja. —¿Estás achispado con solo esto?

Y, por lo visto, tampoco aguantaba nada el alcohol.

Lance se enderezó, con la cabeza ligeramente gacha mientras la miraba fijamente. La llamó por su nombre: —Astrid.

Ella levantó la vista. —¿Qué?

—Me besaste en el coche.

Su tono sonó… genuinamente ofendido.

Astrid parpadeó.

¿Así que así se ponía cuando estaba borracho?

Intentó negarlo. —No recuerdo eso.

Él apretó los labios. —Lo estás negando.

Ella observó, atónita, cómo se le llenaban los ojos de lágrimas lentamente. —Tú, tú…

Justo cuando una lágrima amenazaba con caer, ella espetó: —Vale, vale… Lo admito.

—Te besé. Lo siento.

Así que… es del tipo sensible, ¿eh?

Lance se secó el rabillo del ojo. —No hace falta que te disculpes. Solo asume tu responsabilidad.

Astrid abrió los ojos como platos. —¿Qué?

Él se acercó un paso más. —¿De verdad piensas huir después de haber hecho eso?

Ella dio un paso atrás, se topó con la mesa de centro y, por instinto, empezó a sentarse, pero él la agarró y la levantó de un tirón.

Chocó directamente contra el pecho de Lance, que perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.

Por instinto, ella intentó sujetarlo, pero el brazo de él ya se había aferrado a su cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo mientras caían.

Ella no resultó herida —el cuerpo de él amortiguó la caída—, pero la posición era… de todo menos ideal.

Tenía la cara hundida en el hueco de su cuello y una pierna extrañamente colocada sobre la de él.

La temperatura de la habitación era alta y ambos llevaban solo ropa ligera. El calor del cuerpo de él parecía traspasar la tela.

Levantó la cabeza, solo para ver cómo la nuez de Adán de él subía y bajaba con cada respiración.

Ninguno de los dos se movió.

Él la rodeaba con sus brazos y sentía una opresión en el pecho que no podía explicar.

Esto…, ¿así se sentía un abrazo?

Lance no estaba acostumbrado a sentirse emocionado, pero sus manos no dejaban de tensarse y relajarse, intentando calmar la repentina oleada de calor que le henchía el pecho.

Astrid empezó a incorporarse.

Lance la apretó más contra sí, como si la hubiera sorprendido tratando de escapar.

Era la única vez que ella había tomado la iniciativa.

No habría una segunda oportunidad.

No podía desaprovecharla.

De lo contrario, lo suyo siempre sería solo… una amistad.

—Has hecho esto a propósito, ¿a que sí? —preguntó Astrid.

Lance ignoró la acusación e insistió: —¿Y bien? ¿Vas a asumir tu responsabilidad?

Su mirada era completamente seria, como si ese beso de verdad lo fuera todo para él.

Ella no respondió. Así que él añadió: —Ha sido mi primer beso.

Astrid se atragantó. —¿Tienes veintisiete años y no has besado nunca a nadie?

A Lance no le importaba mucho la edad, pero recordó lo que Scarlett Dawson había dicho en el Restaurante Emberleaf.

Y él era cuatro años mayor que Astrid.

—Todavía no es mi cumpleaños. Aún tengo veintiséis —dijo.

—Nunca me ha gustado nadie. Nunca he besado a nadie. Y nadie me había besado jamás…, excepto tú.

La culpabilidad empezó a removerse en su estómago. —Yo…, yo tampoco he besado a nadie más… —No terminó la frase y maldijo en silencio que el alcohol siempre lo fastidiara todo.

Tras pensárselo, Astrid Caldwell sugirió: —¿Qué tal si… me devuelves el beso? Y así quedamos en paz, ¿no?

Lancelot Halstead: …

La miró fijamente, con una expresión de profundo dolor. —¿Tan poca cosa soy, eh? ¿Tanto como para que prefieras sufrir a tener que vincularte a mí?

—No es eso lo que quería decir —replicó Astrid.

—Entonces, ¿por qué no quieres hacerte responsable?

Astrid guardó silencio un momento antes de decir: —¿Podemos al menos ponernos de pie para hablar de esto?

—Claro.

Él la soltó.

Astrid se levantó en silencio y se sentó a su lado. Justo cuando abría la boca para hablar, él le dedicó una sonrisa inocente, casi de niño.

Era totalmente diferente de su habitual sonrisa cálida y, sentados tan cerca, su inesperada luminosidad la pilló desprevenida.

Respiró hondo y lo miró seriamente. —Lancelot, de acuerdo, lo admito. Me gustas… un poco.

Su mirada se clavó en ella, con un brillo en los ojos que casi quemaba.

Un poco ya era algo.

—No tengo pensado casarme ni tener hijos en el futuro cercano. Si te soy sincera, ahora mismo ni siquiera me planteo salir con nadie.

—Besarte fue un error por mi parte. Pero no puedo hacerme responsable de la forma en que lo pides. Aparte de eso, si hay algo más que quieras, y es razonable, me lo pensaré.

Lancelot no dejó de sonreír. Sus ojos seguían chispeando. —¿Cuándo te diste cuenta de que te gusto?

Astrid respondió con sinceridad: —Aquella vez que viniste a buscarme al set de rodaje.

Él se inclinó de repente hacia ella, con una mirada oscura en la que parpadeaba algo en lo más profundo.

Ella se echó hacia atrás instintivamente. —¿Qué haces?

—Acabas de decir… que te pensarías cualquier cosa que no fuera salir juntos o casarnos, ¿verdad?

Con la mirada de él fija en la suya, Astrid asintió levemente. —Sí. Mientras no sea pedir demasiado, por mí vale.

Al fin y al cabo, Lancelot era abogado, un hombre de principios hasta la médula. No pediría nada fuera de lugar.

Supuso que esa era, probablemente, la mejor forma de arreglar el embrollo.

No tiene sentido empezar algo que no va a llegar a ninguna parte.

Lancelot sonrió levemente. —Redactemos un contrato. Así no tendrás que ser «responsable».

—¿Qué clase de contrato? —preguntó Astrid.

Se puso de pie. —Nada ilegal ni sospechoso. Ya lo verás cuando lo termine.

—¿No puede esperar hasta mañana?

—Nop. No me fío de que no vayas a echarte atrás.

—…De acuerdo —cedió Astrid—. Adelante. Esperaré.

—Espérame —dijo mientras salía por la puerta, con un aspecto demasiado enérgico para alguien que afirmaba estar borracho.

La puerta se cerró. Astrid se quedó sentada, algo aturdida, hasta que cayó en la cuenta.

Sus pasos habían sido firmes. Ni un solo tambaleo.

¿No estaba borracho?

Se quedó mirando la botella de licor a medio empezar y no pudo evitar que se le escapara una risa ahogada.

¿Así que las lágrimas de antes… eran solo una actuación?

Bueno, para empezar, la culpa había sido suya. Si quería montar un escándalo, estaba en su derecho.

Astrid se hundió en el sofá. Por alguna extraña razón…, sentía un vacío en el pecho. E incluso frustración.

Acababa de decirle, literalmente, que no necesitaba hacerse responsable. Entonces, ¿por qué se sentía fatal?

Se pasó una mano por el pelo, se levantó, agarró el móvil y se puso a deslizar el dedo por la pantalla sin rumbo fijo.

Diez minutos después, llamaron a la puerta. Lancelot volvió a entrar.

Astrid levantó la vista y vio los papeles que traía en las manos, llenos de texto escrito a toda prisa…, junto con un bolígrafo y una almohadilla de tinta roja.

Iba completamente en serio.

Todavía tenía las mejillas sonrojadas cuando se acercó con el contrato y, sinceramente, aquello tenía toda la pinta de un pacto con el diablo.

Se sentó frente a ella, dobló el documento para ocultar el contenido y se lo deslizó. —Firma aquí.

Había ocultado las partes que contenían las cláusulas, dejando a la vista únicamente el espacio para la firma.

Astrid lo miró con los ojos entornados. —¿Que lo firme así sin más? ¿Sin leerlo?

—Puedes leerlo después.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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