La venganza de la exesposa multimillonaria - Capítulo 33
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33: Capítulo 33 El precio de una mentira 33: Capítulo 33 El precio de una mentira ¿En serio?
¿Quién no se da cuenta de que Patrick solo está fingiendo esa lesión en la pierna?
Es imposible que necesite una amputación.
Con razón Astrid aceptó tan rápido antes.
James por fin lo entendió, y la cara se le puso roja de la vergüenza.
Milan le soltó el brazo y dijo con calma: —Señor, será mejor que se limite a observar en silencio.
No interrumpa a la señorita Caldwell.
James quiso replicar, pero no se le ocurrió nada útil que decir.
Así que se calló y se limitó a observar.
Patrick gritó, con los ojos echando chispas: —¿Por qué demonios iban a amputarme la pierna?
Ivy seguía inmersa en su fantasía de conseguir treinta millones.
No parecía ni de lejos tan furiosa como su hijo y habló en un tono mucho más suave: —¿Una amputación suena…
un poco extremo, no le parece?
La mirada de Astrid se agudizó mientras respondía con fría indiferencia: —¿No dijo usted que la lesión era extremadamente grave?
Ivy tragó saliva y guardó silencio.
Paul, como el hombre de negocios que era, no era nuevo en este tipo de pulsos.
Su tono se volvió mesurado: —Señorita Caldwell, tal vez ambos podamos ceder un poco.
Ahora solo pedimos veinte millones.
Luego, como si le recordara algo importante, añadió: —Las grandes empresas tienen muchos contactos, una competencia interminable.
Un mal rumor podría dañar el negocio de su familia…
y perjudicarla a usted.
Su anterior actitud de matón se desvaneció.
Ahora sus ojos insinuaban algo más peligroso: una intimidación sutil.
Sabía exactamente cuándo ir por las buenas y cuándo no.
La chica que tenía delante no era, desde luego, una presa fácil.
Tenía un puesto bien consolidado en el imperio familiar.
Nadie quiere un escándalo, sobre todo uno que podría costarles todo.
Hasta la grieta más pequeña puede desatar la inundación.
Paul estaba seguro de que le había dado a Astrid donde más le dolía.
Incluso parecía algo satisfecho al respecto.
La sala estaba tan silenciosa que casi se podía oír la respiración de la gente.
El señor Dunhill mantuvo un sorbo de agua en la boca, sin saber si tragarlo o escupirlo.
¿No estaban aquí solo para tratar una pelea escolar?
¿Cómo se había descontrolado todo de esa manera?
Le lanzó una mirada al director, pidiéndole ayuda en silencio, solo para encontrárselo completamente relajado en su silla, como si todo aquello fuera parte de la rutina.
El señor Dunhill lo sopesó un instante y luego, discretamente, dio un paso atrás.
Mientras nadie llegara a las manos, más valía dejar que lo solucionaran hablando.
Solo esperaba que acabara pronto.
Al fin y al cabo, él y James ya se habían perdido una hora entera de clase.
*****
Justo en ese momento, sonó el timbre.
Todos sabían ya que habían llamado a James junto con uno de sus padres.
Sin necesidad de decir nada, los estudiantes corrieron en tropel hacia la oficina de disciplina.
En la clase de los avanzados, alguien gritó desde la primera fila: —Hannah, ¿no se metió James en la pelea por ti?
¿No vas a ir a ver cómo está?
Hannah Blight se mordió el labio y dejó el bolígrafo sobre la mesa con delicadeza.
—Sí…
ya voy.
El chico frunció el ceño.
—¿Si vas a ir, a qué esperas?
Su compañera de pupitre se levantó y lo fulminó con la mirada.
—¡Ha dicho que va a ir!
¿Por qué tienes que ser tan borde?
—Deja de meterte con Hannah —le espetó otra chica, lanzándole una mirada afilada—.
Venga, vamos nosotras también.
El chico resopló con desdén.
—Solo la defendéis porque es la primera de la clase.
Antes de que ninguna de las dos pudiera replicarle, salió corriendo.
Su compañera de pupitre bufó.
—Alec es un bocazas.
Ni caso.
—Mmm.
Las tres chicas se cogieron del brazo y salieron, pero el pasillo estaba abarrotado de gente.
Varios profesores tuvieron que gritar para que los estudiantes por fin abrieran paso.
Como Hannah estaba relacionada con el asunto y los chicos eran de la clase de los mejores, ningún profesor los detuvo.
Varios de los amigos íntimos de James tenían las orejas prácticamente pegadas a la puerta del despacho, entre ellos Alec Collins.
Dentro, las palabras de Astrid cortaban el aire como un cuchillo.
—Señor Flint, ¿quiere que traiga a unos cuantos periodistas?
¿Quizás convertir todo este lío en un titular?
A Paul le dio un tic en toda la cara.
Esa lo había pillado desprevenido.
Astrid, de pie y con los brazos cruzados, esbozó una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Una pierna destrozada, a punto de ser amputada…
desde luego, le arruinaría la vida a cualquiera.
Sinceramente, treinta millones no parece tanto.
Podría pagarlos de mi propio bolsillo.
—Patrick, dime, treinta millones por tu pierna, ¿te parece un trato justo?
Ella sonrió, pero no había calidez en su mirada.
Patrick se estremeció, sin decir ni pío.
Estaba a punto de hablar.
Paul, que no apartaba la vista de la pierna de su hijo, parecía a punto de tomar una decisión.
En esa fracción de segundo, a Patrick se le fue toda la sangre del rostro.
—¡La pierna de mi hijo está rota de verdad!
¡Hay que amputarla!
¡Treinta millones, tenéis que pagar!
La palabra «amputarla» resonaba una y otra vez en su cabeza.
Patrick abrió los ojos de par en par.
Su propio padre estaba de verdad intentando cambiar su pierna por treinta millones.
Y ni siquiera era dinero que él fuera a ver.
Volviendo en sí al instante, Patrick negó con la cabeza como un loco.
—¡Mi pierna está bien!
¡No está rota!
¡Nadie va a amputar nada!
Salió disparado hacia la puerta como alma que lleva el diablo; no parecía herido en lo más mínimo.
La puerta se abrió de golpe, y la gente que estaba cerca se tropezó entre sí, unos intentando detenerlo y otros apartándose.
Patrick salió corriendo antes de que nadie pudiera detenerlo.
Ivy corrió tras su hijo, aterrorizada.
La puerta del despacho se quedó abierta de par en par.
Toda la sala se quedó paralizada en un silencio incómodo; el desorden ni siquiera se había limpiado aún.
Alec se acercó sigilosamente, agarró el borde de la puerta y la cerró despacio.
Clic.
El señor Dunhill, que lo había visto todo, se quedó sin palabras.
—…
Sois increíbles.
Cuando todo se calmó, Astrid esbozó una leve sonrisa.
—Señor Flint, parece que después de todo, la pierna de su hijo no está lesionada.
El rostro de Paul se ensombreció al instante y apretó los puños.
—De acuerdo, aunque su pierna esté bien…
¡¿qué pasa con las otras lesiones?!
—Muy bien, entonces, vayamos por partes —dijo Astrid, ladeando un poco la cabeza antes de mirar a su hermano—.
James, ven aquí.
Un momento…
¿por qué lo estaba metiendo en esto ahora?
Normalmente, James habría sido el primero en discutir con su hermana.
Pero ella estaba arreglando su desastre, y no seguirle la corriente ahora solo lo haría parecer un desagradecido.
Y James no era ese tipo de persona.
Astrid le hizo un gesto para que se acercara.
—¿Ve bien su cara, su cuello?
¿Ve esos moratones?
Paul la miró, confundido.
—No tenemos la costumbre de salir perdiendo.
Le contratamos un seguro de vida y de lesiones cuando era niño, y no es nada barato.
James parpadeó.
¿Un seguro?
¿Desde cuándo?
—Cabeza, cara, nariz, boca, brazos, costado…
cada lesión cuenta.
Cuanto más grave, mayor es la indemnización.
¿Y de dónde cree que sacan el dinero las compañías de seguros?
Astrid apoyó el codo en el reposabrazos y la barbilla en la mano, con aire de diversión perezosa.
—Van a por quien causó la lesión.
—¿Un cálculo aproximado?
Podría superar los diez millones.
Y yo diría que la compañía querrá que usted se haga cargo de la mitad.
En cuanto a las lesiones de su hijo, señor Flint, llévelo al mejor hospital, que reciba el mejor tratamiento; nosotros lo cubrimos todo.
La tensión en el despacho era palpable, como si fuera a estallar en cualquier momento.
Paul sabía que los ricos se tomaban la salud muy en serio y a menudo tenían seguros de alta gama.
No había pensado en esa posibilidad en absoluto.
El corazón le dio un vuelco.
Aun así, espetó entre dientes: —¿Cree que por decirlo ya es verdad?
La sonrisa de Astrid se desvaneció.
Su tono se volvió gélido.
—Milan, ponme con la compañía de seguros.
Pídeles que envíen aquí a sus abogados y médicos.
—Sí, señorita Caldwell —respondió Milan, sacando inmediatamente su teléfono.
Eso fue el final para Paul.
Su bravuconería se vino abajo.
—Maldita sea, qué mala suerte la mía, toparme con vosotros, ricos chupasangres.
Dicho esto, se marchó furioso.
¿Los estudiantes que escuchaban a escondidas fuera?
Esta vez habían aprendido la lección: ya se habían apartado.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, se agruparon.
—¡Joder!
Le di un golpe a James en la cabeza hace dos días…
—Yo le di un codazo en la espalda, dijo que le dolió dos días.
¡Igual me cuesta decenas de miles!
—Ni me lo recuerdes —murmuró Alec, con cara seria—.
¿Os acordáis de la pelea en primero?
Salió mucho peor parado y nunca me pidió ni un duro.
Ese tío es un santo.
Hannah estaba cerca, jugueteando nerviosamente con sus dedos.
Su compañera de pupitre le dio un codazo.
—Tranquila.
Seguramente es la hermana mayor de James.
¿Los padres más temibles?
Ya se ha encargado de ellos.
La compañera que iba detrás intervino: —Sí, y aunque no lo fuera, cualquiera de nuestro instituto que te viera siendo acosada no dejaría que ese tal Patrick se saliera con la suya.
La gente como él pide a gritos una paliza.
Y dentro del despacho, la negociación se alargaba.
Astrid se volvió hacia el señor Duncan y preguntó: —Y bien, ¿cuánto planean pedir ustedes?
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