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La Villana Quiere Retirarse - Capítulo 175

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175: Contrato 175: Contrato Inspiré hondo, exhalé lentamente y me obligué a hablar antes de perder el valor.

—Esto es precioso —dije en voz baja, sin apartar la vista del arroyo en lugar de mirarlo a él—.

Gracias por enseñármelo.

—De nada.

Su voz sonaba cálida, complacida, completamente ajena a lo que estaba por venir.

Me armé de valor.

—Pero creo que debemos discutir algo —continué, manteniendo mi tono cuidadosamente neutro, práctico; la voz que usaba en las reuniones del consejo al comunicar decisiones difíciles—.

Algo que deberíamos haber abordado más a fondo hasta ahora.

Sentí cómo se movía ligeramente a mi lado, su atención centrándose con la misma intensidad que dedicaba a todo lo que le importaba.

—Tenemos un contrato —dije, todavía sin mirarlo, observando la luz jugar sobre el agua como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en mi vida—.

Un acuerdo.

Vine a Nevareth para ayudarte a eliminar la influencia de Vetra, para asistirte en asegurar tu autoridad como Emperador sin que su sombra se cierna sobre todo lo que haces.

Una pausa.

Breve, pero cargada de significado.

—Eso es lo que es esto —insistí, forzando las palabras a salir a pesar de lo incorrectas que se sentían en mi boca—.

Una alianza política.

Una asociación estratégica.

Nada más.

El silencio que siguió se sintió más pesado de lo que debería.

—No deberías sentir la necesidad de pasar tiempo conmigo más allá de lo necesario por las apariencias —proseguí, mi voz adquiriendo esa cualidad resuelta y profesional que había perfeccionado durante años de gobierno—.

No tienes que traerme a sitios como este, ni llevarme en brazos por el palacio, o… —hice un gesto vago, abarcando todo lo que había sucedido desde que dejamos el banquete—.

Nada de eso.

Mantenemos la farsa en público, pero en privado, no hay ninguna obligación de… apego.

Siguió sin decir nada, y su silencio me oprimió el pecho con algo a lo que me negaba a ponerle nombre.

—Y… —continué, con la necesidad de terminar antes de perder los nervios por completo—, quiero reiterar lo que dije antes en la cueva.

Si encuentras a otra mujer que prefieras, alguien a quien desees de verdad en lugar de a alguien que elegiste por razones estratégicas, me haré a un lado.

Con elegancia.

En silencio.

Solo tienes que avisarme con antelación para que pueda hacer los preparativos oportunos.

Eso es todo.

Me esforzaba por sonar práctica, razonable, como si solo se tratara de aclarar los términos de un acuerdo comercial.

Pero bajo ese cuidado control, la vulnerabilidad se traslucía en los espacios entre las palabras, en la forma en que mi voz se suavizaba ligeramente en ciertas frases, en cómo seguía sin ser capaz de mirarlo mientras decía todo aquello.

Porque si lo miraba, podría ver algo que me haría retractarme de todo.

Soren permaneció perfectamente inmóvil a mi lado.

Su silencio se prolongó tanto que una incomodidad empezó a recorrerme la espalda, tensando mis hombros y volviendo mi respiración superficial.

—¿Me estás escuchando?

—pregunté al fin, incapaz de soportarlo más.

Nada.

—¿Soren?

Tenía la cabeza gacha, inclinada hacia delante, por lo que no podía verle el rostro; su pálido cabello le caía sobre la cara, ocultando su expresión.

Sus manos descansaban laxamente sobre sus rodillas, pero yo podía ver la tensión en la línea de sus hombros, en la forma en que sus dedos se habían curvado ligeramente contra la tela de sus pantalones.

Y entonces se rió.

No era la risa cálida y genuina a la que me había acostumbrado.

No la risa divertida que solía acompañar sus bromas.

Esta era amarga.

Cortante.

El sonido de algo resquebrajándose bajo presión.

—¿De verdad me odia tanto, Su Majestad?

—preguntó con voz queda, sin levantar la vista—.

¿Es eso lo que piensa?

Parpadeé, desconcertada por la pregunta.

—¿Qué?

—¿Quiere verme morir?

—levantó la cabeza ligeramente, lo justo para que yo vislumbrara su perfil en la luz resplandeciente—.

¿Quiere verme sufrir?

¿Es por eso que sigue haciendo esto?

—No entiendo…
—¿Sería más fácil para usted —continuó, con un filo en el tono que nunca antes le había oído, lo bastante afilado como para hacer sangrar— si yo simplemente desapareciera cuando Vetra ya no esté?

¿Si fingiera que nunca nos conocimos?

¿Haría eso que todo esto fuera más conveniente para usted?

Abrí la boca para responder, para explicar que no era eso lo que quería decir en absoluto, pero antes de que pudiera articular palabra, él levantó la cabeza por completo.

Y se me olvidó cómo respirar.

Sus ojos refulgían.

No en sentido figurado.

No era la descripción metafórica que usan los poetas cuando quieren sonar románticos.

Sus ojos refulgían con la magia de hielo que respondía a su emoción; aquel azul pálido se intensificaba hasta parecer que un relámpago invernal había quedado atrapado tras sus iris.

Su expresión no albergaba rastro alguno de su jovialidad habitual, ni de la cálida diversión o las bromas amables que yo había llegado a esperar.

Esto era algo completamente distinto.

Algo más oscuro.

Más denso.

Peligroso.

Cuando habló, su voz había perdido hasta el último ápice de su ligereza característica, convirtiéndose en algo que me erizó la piel de alerta y con un atisbo de miedo.

—La traje aquí porque pensé que le gustaría —dijo en voz baja, cada palabra cayendo en el espacio entre nosotros con una precisión terrible—.

Quería darle algo hermoso tras una velada de fealdad.

Quería mostrarle algo que era importante para mí.

Jamás pensé que acabaría convirtiéndose en… esto.

La rabia en su voz estaba controlada, contenida como ascuas bajo cenizas, pero podía sentir su calor a pesar de la magia de hielo que emanaba de él.

—¡Solo pensé que era un buen momento para hablarlo!

—dije, inmediatamente a la defensiva, con la voz un poco más alta—.

En realidad, nunca hablamos de los detalles desde la noche en que acepté venir aquí.

Solo intentaba aclarar…
—Lo sé —me interrumpió, su tono aún cargado de aquella calma peligrosa.

Una pausa.

Densa.

Cargada.

—Pero… —Se detuvo, sin terminar la frase, dejándola suspendida e incompleta entre nosotros.

Luego, aún más bajo, con más frialdad: —Bien.

La he oído.

Sus ojos, que aún refulgían con aquella luz antinatural, se clavaron en mí con una intensidad que me hizo desear huir o luchar, aunque no podía decidir qué impulso era más fuerte.

—Si encuentro una mujer de mi agrado —dijo, y su voz se había vuelto varios grados más fría, como si me vertieran agua helada directamente por la espalda—, no dudaré en decírselo.

La echaré del trono.

La reemplazaré con alguien que de verdad quiera estar ahí.

Puesto que, al parecer, eso es lo que usted desea.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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