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Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 25

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Capítulo 25: El objetivo desconocido parte 1

Una luz tenue apareció frente a mí, oscilando en la oscuridad como una luciérnaga moribunda.

Los pensamientos de Rury estaban en órbita, desconectados de su cuerpo. No sabía dónde estaba, ni qué hora era. Sentía un zumbido agudo en los oídos que ahogaba cualquier otro sonido. Trató de moverse, de levantarse, pero sus extremidades no respondían; era como si sus huesos se hubieran convertido en plomo derretido.

Con un esfuerzo titánico, logró abrir los ojos un poco más. La imagen que la recibió le heló la sangre, más fría que cualquier invierno en el norte. A unos metros de ella, sobre la roca desnuda, yacía su equipo. Bashi estaba boca abajo, inmóvil, con su armadura abollada. Pedro estaba recostado contra una piedra, con el arco roto a su lado, y Shilder… Shilder ni siquiera se veía. Estaban molidos. Derrotados.

¿Qué pasó?, pensó Rury, mientras la conciencia se le escapaba de nuevo. ¿En qué momento todo salió mal?

Unos dias antes…

El ambiente en el Gremio de Aventureros de “El Baluarte” era el habitual: ruidoso, cargado de humo y lleno de optimismo.

Pedro estaba parado frente al Tablón de Misiones, pero esta vez ignoró la sección de recolección y escolta de bajo nivel. Sus ojos, afilados como los de un zorro, escaneaban los carteles de la sección superior, donde las recompensas tenían más ceros y los dibujos de los monstruos eran más aterradores.

—¿Qué traes en mente, Pedro? —preguntó Bashi, llegando junto a él con Rury pisándole los talones. La elfa ya lucía mucho más cómoda con su equipo, llevando su espada corta en la cintura con naturalidad gracias a las semanas de entrenamiento.

—Hay una interesante, jefa —dijo Pedro, arrancando un cartel con un gesto teatral—. Miren esto.

Les mostró el papel. El dibujo mostraba a una bestia simiesca, musculosa y con colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior hasta la frente. —Caza de Mandril Demoníaco. Han avistado a uno en los picos bajos de la Cordillera de Ceniza.

Rury miró el dibujo con curiosidad. —¿Un Mandril? ¿Es peligroso?

—Son bestias raras —explicó Pedro, con los ojos brillando por la posible paga—. Solo aparecen una vez cada cierto tiempo, cuando las corrientes de magia se alteran en las montañas. Son territoriales, rápidos y muy fuertes. Pagan el triple que por los slimes.

Bashi se cruzó de brazos, analizando la propuesta. Shilder, que estaba detrás de ellas, miró el cartel y soltó un gruñido pensativo.

—¿Crees que estamos listos? —preguntó Rury, un poco nerviosa.

Bashi sonrió, una sonrisa llena de colmillos y confianza. —Claro que sí. Piénsalo, Rury. Desde que te uniste, las misiones anteriores han sido un paseo. Los goblins, los lobos, los bandidos… todos cayeron demasiado fácil gracias a tu magia y a mi espada. Nos hemos vuelto eficientes. Quizás… demasiado eficientes.

La paladín le dio una palmada fuerte en la espalda a Rury. —Ya es hora de subir la apuesta. Necesitamos un reto de verdad para probar tu entrenamiento con la espada y nuestra coordinación. Esta chica ya debe dejar de jugar a lo seguro y sentir la verdadera adrenalina de un combate de Rango Plata.

Pedro asintió, agitando el cartel. —Además, con el dinero de esta misión, estaremos un paso gigante más cerca de nuestra meta de los dos años. ¿Qué dicen?

—Yo digo que vamos a cazar un mono —sentenció Bashi.Una luz tenue apareció frente a mí, oscilando en la oscuridad como una luciérnaga moribunda.

Los pensamientos de Rury estaban en órbita, desconectados de su cuerpo. No sabía dónde estaba, ni qué hora era. Sentía un zumbido agudo en los oídos que ahogaba cualquier otro sonido. Trató de moverse, de levantarse, pero sus extremidades no respondían; era como si sus huesos se hubieran convertido en plomo derretido.

Con un esfuerzo titánico, logró abrir los ojos un poco más. La imagen que la recibió le heló la sangre, más fría que cualquier invierno en el norte. A unos metros de ella, sobre la roca desnuda, yacía su equipo. Bashi estaba boca abajo, inmóvil, con su armadura abollada. Pedro estaba recostado contra una piedra, con el arco roto a su lado, y Shilder… Shilder ni siquiera se veía. Estaban molidos. Derrotados.

¿Qué pasó?, pensó Rury, mientras la conciencia se le escapaba de nuevo. ¿En qué momento todo salió mal?

Unas horas antes…

El ambiente en el Gremio de Aventureros de “El Baluarte” era el habitual: ruidoso, cargado de humo y lleno de optimismo.

Pedro estaba parado frente al Tablón de Misiones, pero esta vez ignoró la sección de recolección y escolta de bajo nivel. Sus ojos, afilados como los de un zorro, escaneaban los carteles de la sección superior, donde las recompensas tenían más ceros y los dibujos de los monstruos eran más aterradores.

—¿Qué traes en mente, Pedro? —preguntó Bashi, llegando junto a él con Rury pisándole los talones. La elfa ya lucía mucho más cómoda con su equipo, llevando su espada corta en la cintura con naturalidad gracias a las semanas de entrenamiento.

—Hay una interesante, jefa —dijo Pedro, arrancando un cartel con un gesto teatral—. Miren esto.

Les mostró el papel. El dibujo mostraba a una bestia simiesca, musculosa y con colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior hasta la frente. —Caza de Mandril Demoníaco. Han avistado a uno en los picos bajos de la Cordillera de Ceniza.

Rury miró el dibujo con curiosidad. —¿Un Mandril? ¿Es peligroso?

—Son bestias raras —explicó Pedro, con los ojos brillando por la posible paga—. Solo aparecen una vez cada cierto tiempo, cuando las corrientes de magia se alteran en las montañas. Son territoriales, rápidos y muy fuertes. Pagan el triple que por los slimes.

Bashi se cruzó de brazos, analizando la propuesta. Shilder, que estaba detrás de ellas, miró el cartel y soltó un gruñido pensativo.

—¿Crees que estamos listos? —preguntó Rury, un poco nerviosa.

Bashi sonrió, una sonrisa llena de colmillos y confianza. —Claro que sí. Piénsalo, Rury. Desde que te uniste, las misiones anteriores han sido un paseo. Los goblins, los lobos, los bandidos… todos cayeron demasiado fácil gracias a tu magia y a mi espada. Nos hemos vuelto eficientes. Quizás… demasiado eficientes.

La paladín le dio una palmada fuerte en la espalda a Rury. —Ya es hora de subir la apuesta. Necesitamos un reto de verdad para probar tu entrenamiento con la espada y nuestra coordinación. Esta chica ya debe dejar de jugar a lo seguro y sentir la verdadera adrenalina de un combate de Rango Plata.

Pedro asintió, agitando el cartel. —Además, con el dinero de esta misión, estaremos un paso gigante más cerca de nuestra meta de los dos años. ¿Qué dicen?

—Yo digo que vamos a cazar un mono —sentenció Bashi.

Mientras Bashi caminaba con paso decidido hacia el mostrador para registrar la misión, Rury trotaba a su lado para mantener el ritmo.

—Oye, Bashi —preguntó la elfa, tirando levemente de la capa de la paladín—. Ya sé que son monos grandes, pero… ¿qué son exactamente los Mandriles Demoníacos? ¿Tienen poderes mágicos? ¿Escupen fuego? ¿Por qué se necesita un equipo completo para uno solo?

Bashi se detuvo un momento, girándose hacia ella con esa sonrisita enigmática que solía poner cuando quería hacerse la interesante.

—Oh, Rury… si te lo cuento todo ahora, arruinaría la sorpresa. Digamos que son… únicos. No es tanto lo que hacen, sino cómo lo hacen. Lo verás muy pronto con tus propios ojos. Solo mantén tu espada afilada y tu báculo listo.

Rury frunció el ceño, no muy convencida con el misterio, pero Bashi ya estaba hablando con la recepcionista, así que decidió confiar y prepararse.

El grupo se separó para agilizar los preparativos. Al ser una cacería en los picos bajos de la Cordillera de Ceniza, el viaje tomaría varios días y el terreno sería implacable.

Shilder, asumiendo su rol de tanque y mula de carga del equipo, se dirigió al mercado de abastos. Su inmensa figura escamosa se movía entre los puestos, seleccionando meticulosamente los suministros. Compró carne seca salada de alta calidad, sacos de harina de viaje, cuerdas de escalada reforzadas y varias pociones de curación y antídotos. El hombre lagarto revisaba cada artículo con seriedad; sabía que, en la montaña, un equipo mal preparado era una sentencia de muerte. Su mochila, que para un humano normal sería imposible de levantar, se llenaba rápidamente.

Mientras tanto, Rury se dirigió hacia el distrito de los artesanos. El sonido rítmico del martillo golpeando el acero caliente la guio hasta una fachada familiar: la herrería del enano que había conocido su primer día en la ciudad.

Al entrar, la ola de calor del horno la golpeó, trayendo consigo el olor a carbón y hierro.

—¡Disculpe! —llamó Rury, asomándose entre el humo.

Un enano robusto, con la barba trenzada y llena de hollín, levantó la vista del yunque. Al reconocer a la visitante, su rostro severo se rompió en una sonrisa amplia y genuina.

—¡Pero si es la pequeña elfa! —bramó el herrero, dejando el martillo y limpiándose las manos en su delantal de cuero—. ¡Rury! ¡Qué alegría verte de nuevo por mi fragua! ¿A qué debo el honor hoy? ¿Tu espada ya perdió el filo con tanto entrenamiento?

Rury sonrió de vuelta. Desde que se había convertido en aventurera oficial, había decidido comprar todas sus herramientas y hacer el mantenimiento de su equipo exclusivamente con él. Le gustaba su honestidad y la calidad de su trabajo.

—Hola, maestro —saludó Rury con respeto—. No, la espada sigue bien, pero voy a salir a una misión larga en las montañas. Necesito un kit de mantenimiento portátil, aceite para la hoja y… tal vez unos clavos para las botas. El terreno será resbaladizo.

El enano asintió con aprobación.

—Música para mis oídos. Un aventurero que cuida su equipo vive más tiempo. Pasa, pasa, justo me llegó un aceite de grasa de oso que hace maravillas contra el óxido y la humedad. Para mi cliente favorita, siempre tengo lo mejor.

Mientras el enano envolvía los clavos y el aceite en un paño de cuero, Rury se apoyó en el mostrador, observando las herramientas colgadas en la pared.

—En realidad, maestro Gundar, no solo vine por el aceite —dijo Rury, bajando un poco la voz—. Vamos a ir a cazar a un Mandril Demoníaco.

Gundar detuvo sus manos un momento y soltó un silbido de admiración. —¿Un Mandril Demoníaco, eh? —El enano asintió, alisándose la barba trenzada—. Vaya, vaya. Eso no es moco de pavo. Enfrentarse a una bestia así te vendrá bien. Es el tipo de desafío que curte la piel y convierte a una niña en una mujer fuerte de verdad. Me alegra ver que no te achicas.

—Eso es lo que pensaba —dijo Rury, asintiendo—. Pero tenía una duda técnica. He estado leyendo sobre herrería mágica en mis ratos libres… ¿Es cierto que la sangre de esas bestias puede funcionar como ingrediente para forjar armas rúnicas?

Los ojos de Gundar brillaron. Se inclinó sobre el mostrador, visiblemente complacido de que una aventurera se interesara por el arte de la forja y no solo por blandir el acero. —Tienes buen instinto, chica. Sí, es cierto. La sangre de un Mandril Demoníaco es rica en adrenalina mágica. Si se trata correctamente, sirve como un conductor excelente para runas de velocidad o de impacto.

Gundar hizo una pausa y su expresión se tornó seria. —Pero el problema no es saber usarla. El problema es conseguirla. —¿Por qué? —preguntó Rury. —Porque atrapar a uno es un dolor de cabeza. Son demasiado rápidos.

El enano se dio la vuelta y caminó hacia una estantería al fondo del taller. De allí sacó un libro enorme, encuadernado en piel oscura y con esquinas de metal oxidado. Lo dejó caer sobre el mostrador con un golpe sordo que levantó una nube de polvo. PUM.

Gundar pasó las páginas gruesas con sus dedos callosos hasta encontrar lo que buscaba. —Mira aquí —dijo, señalando un grabado antiguo.

Rury se asomó. La imagen mostraba a la bestia en movimiento, casi borrosa, con extremidades largas y ágiles. —Descripción breve: “Bestia inusual. Hábitat de alta montaña. Valor de mercado: Muy alto”. —leyó Gundar—. Como ves, los alquimistas y herreros pagaríamos mucho por sus partes, pero hay poca información sobre sus patrones de ataque porque rara vez se dejan ver.

El herrero miró a Rury a los ojos. —No se sabe muy bien qué tipo de peligros esconden, pero lo que sí dice el manual es esto: “Se requiere una capacidad de localización extrema”. »No basta con ser fuerte, Rury. Esas cosas se mueven entre las sombras y las rocas como fantasmas. Si tú y tu equipo no tienen una forma de rastrearlo o anticipar sus movimientos, él los encontrará a ustedes antes de que ustedes lo vean a él.

Rury miró el libro y luego al enano, procesando la advertencia. Si la bestia era tan rápida y escurridiza como decía, sus bolas de fuego y rayos no servirían de mucho si no sabía a dónde apuntar.

—Maestro Gundar… —empezó Rury, mordiéndose el labio inferior—. Si la clave es encontrarlo antes de que él nos encuentre a nosotros… ¿Cree que yo sea capaz de desarrollar una habilidad de geolocalización? ¿Algo como un sonar mágico?

Gundar soltó una carcajada ronca y le dio un golpe amistoso en el mostrador. —¡Pues claro, niña! Si un viejo golpea-hierro como yo, que tiene más hollín que cerebro, pudo entender los principios básicos para encontrar vetas de mineral, tú lo harás sin sudar. Tienes el talento.

El enano rebuscó entre los papeles desordenados de su escritorio, tomó un trozo de carboncillo y garabateó rápidamente unas palabras en un pedazo de pergamino limpio. —Solo que esto se aprende de forma diferente a tus explosiones —explicó Gundar, extendiéndole el papel—. No se trata de soltar poder hacia afuera, sino de expandir tus sentidos como una red.

Rury tomó el papel. Había un cántico corto, escrito en una lengua antigua que parecía resonar con la tierra misma.

—Escucha bien —instruyó Gundar, poniéndose serio—. Cada vez que leas esto en tu mente, debes visualizar el objetivo con claridad. No basta con querer encontrarlo; tienes que imaginar su esencia. »Practica primero con cosas sencillas. Intenta localizar a tus conocidos, busca dónde dejaste las llaves, visualiza la habitación de al lado. Empieza por lo pequeño.

Gundar señaló el pergamino. —Originalmente, esta habilidad es más para espionaje y para mineros que buscan oro a través de la roca sólida, pero funciona perfectamente para visualizar tanto mapas físicos como mentales en tiempo real. Si logras dominarla, ningún mono demoníaco podrá esconderse de ti, por muy rápido que sea.

Rury guardó el papel con cuidado en su bolsa, sintiendo que acababa de recibir un regalo invaluable. —Muchas gracias por su ayuda, Gundar. De verdad. Practicaré en el camino.

La elfa se ajustó el cinturón de la espada y miró al herrero con determinación. —Y le prometo que volveré. Y cuando lo haga, traeré esa sangre de Mandril para que podamos forjar algo increíble.

Gundar sonrió, mostrando sus dientes manchados de tabaco, y levantó su mano callosa en señal de despedida. —Más te vale, chica. Estaré esperando con el horno encendido. ¡Buena caza!

Rury salió de la herrería con un nuevo objetivo y una nueva técnica por aprender, lista para reunirse con su equipo y emprender el viaje hacia la Cordillera de Ceniza.

Me olvide de subir los capitulos, sorry:c

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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