Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 26
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Capítulo 26: El objetivo desconocido parte 2
El viaje comenzó bajo un cielo despejado, pero pronto la comodidad del camino principal quedó atrás.
Un par de días después de salir del Baluarte, el equipo llegó a un punto que hizo que el corazón de Rury diera un vuelco de nostalgia. Era el cruce de caminos donde, un mes atrás, se había despedido de sus primeros amigos. Se detuvo un segundo, mirando hacia el sur, recordando los primeros pasos torpes que dio en este mundo.
—¿Todo bien, Rury? —preguntó Bashi, notando su pausa.
—Sí —respondió la elfa, sacudiendo la cabeza y sonriendo—. Solo recordaba viejos tiempos. Sigamos.
En lugar de seguir la calzada imperial, Pedro se desvió bruscamente hacia la maleza, donde no había ni rastro de sendero.
—Por aquí es más rápido —aseguró el zorro, apartando ramas con su arco—. Si seguimos el camino pavimentado daremos un rodeo de dos días. Mi nariz dice que cortando por este valle llegaremos antes de la cena.
Confiando en su explorador, el grupo se adentró en terrenos difíciles, subiendo colinas y bajando quebradas rocosas.
A media tarde, emergieron frente a un asentamiento extendido a lo largo de un valle seco y árido. Un letrero de madera carcomida les dio la bienvenida: “Rocas Hambrientas”.
El pueblo parecía tan seco como su nombre indicaba, con casas de adobe y formaciones rocosas que parecían dientes saliendo de la tierra.
Shilder se detuvo, mirando el letrero y luego a las rocas afiladas que rodeaban las casas.
—”Rocas Hambrientas”… —retumbó su voz grave—. Es un nombre… raro. Y poco acogedor.
—Estoy de acuerdo con el grandullón —dijo Bashi, mirando con desconfianza el lugar—. Suena a que si te duermes en el suelo, el suelo te come. Mejor no paramos aquí.
El grupo cruzó el pueblo a paso ligero. Los habitantes los miraban desde las sombras de sus porches, pero nadie les dijo nada. Salieron por el extremo este tan rápido como llegaron, dejando atrás el extraño asentamiento.
La caminata continuó, implacable. Sus botas golpearon la tierra durante horas interminables. Rury sentía el ardor en las pantorrillas, pero no se quejó; el entrenamiento con Bashi había mejorado su resistencia considerablemente.
Finalmente, tras doce horas continuas de marcha y con el sol ya ocultándose en el horizonte, el aire cambió. La temperatura subió drásticamente y un olor a azufre mezclado con humedad llenó el ambiente.
Frente a ellos, iluminado por las últimas luces del día y el resplandor rojizo de la cima de la montaña, apareció su destino. Era un pueblo construido en las faldas de una cadena de volcanes activos. Columnas de humo blanco se alzaban perezosamente hacia el cielo estrellado.
—Llegamos —anunció Pedro, respirando hondo—. El pueblo de Fuentes de Ceniza.
A pesar de la amenaza de los volcanes que retumbaban suavemente en la distancia, el lugar se veía hermoso de una forma extraña. El vapor surgía de todas partes; había piscinas naturales de agua turquesa humeante repartidas por todo el pueblo.
—Dicen que las aguas termales de aquí son un paraíso —comentó Bashi, mirando con deseo el vapor que subía de los baños públicos—. Un regalo de los dioses para curar cualquier dolor. Lástima que venimos a trabajar y no de vacaciones.
Esa noche, el equipo decidió darse un merecido descanso antes de la cacería.
Mientras el vapor cubría el ambiente, Rury y Bashi se sumergieron en una de las pozas termales privadas que alquilaron. El agua caliente deshizo los nudos en los músculos de Rury casi al instante.
—Esto es el paraíso… —suspiró la elfa, hundiéndose hasta la nariz.
Bashi se echó hacia atrás, apoyando la cabeza en el borde de piedra, riendo suavemente.
—Te lo dije. Disfrútalo, hermanita, porque mañana dormiremos sobre rocas frías otra vez.
Pasaron el rato charlando de cosas triviales, salpicándose agua y compartiendo un momento de paz que consolidaba su relación, no solo como compañeras de armas, sino casi como familia.
Mientras tanto, en la mesa de la posada, la planificación estratégica era… menos relajante.
Pedro dibujaba garabatos en una servilleta con un trozo de carbón.
—Escucha, Shilder, tengo un plan infalible —dijo el zorro con ojos brillantes—. Los mandriles son curiosos, ¿verdad? ¿Qué tal si me disfrazo de una banana gigante? Cuando se acerque a comerme… ¡ZAS! Tú le caes encima.
Shilder lo miró con su habitual estoicismo, parpadeando lentamente.
—Pedro… los mandriles comen carne. Y tú eres… un zorro. Si te disfrazas de fruta… solo te verás como un zorro estúpido.
—Bueno, ¿y si usamos un espejo? —insistió Pedro—. Se verá reflejado, pensará que es un rival, atacará el espejo y se cortará.
—Romperá el espejo… y luego te romperá a ti —corrigió el tanque, negando con la cabeza—. Mejor… nos apegamos a la formación clásica.
A la mañana siguiente, con el sol apenas despuntando sobre los picos volcánicos, el equipo se adentró en el bosque que rodeaba la base de la montaña. A diferencia del Bosque de Hongos, este lugar estaba lleno de árboles de corteza negra y hojas rojas, adaptados al calor del suelo.
Rury miraba nerviosa a todos lados, aferrando su báculo.
—Bashi… —preguntó en voz baja—. ¿Aquí hay algún espíritu guardián o elemental del que deba preocuparme? ¿Como en el bosque de Zang?
Bashi negó con la cabeza mientras revisaba el filo de su espada.
—No. Esta zona es tierra de nadie. No hay dioses ni guardianes aquí. Así que si necesitas soltar todo tu poder, no te contengas. Quema, explota y destruye lo que sea necesario. Tienes luz verde.
—Entendido —dijo Rury, sintiéndose un poco más aliviada al saber que no ofendería a ninguna deidad local.
Avanzaron un par de kilómetros hasta llegar a la zona de avistamiento. El silencio era inquietante.
– Jefa, ¿hueles algo?
Bashi arrugó la nariz, olfateando el aire en varias direcciones. Sus orejas lobunas giraban buscando sonidos.
—Es extraño… —murmuró, frunciendo el ceño—. No percibo nada. Ni almizcle, ni excremento, ni rastro de animal. Es como si el bosque estuviera vacío.
—Tal vez el viento está en contra —sugirió Pedro—. Deberíamos cubrir más terreno. Separémonos unos metros para buscar pistas físicas, pero mantengamos contacto visual.
—Bien —aceptó Bashi—. Rury, tú ve con Shilder por la izquierda. Pedro y yo iremos por la derecha. Griten si ven una sola rama rota.
El equipo se dividió. Rury caminaba junto al inmenso hombre lagarto, revisando unos arbustos espinosos en busca de pelos o huellas.
—Mantente cerca… Rury —dijo Shilder, su escudo levantado y listo.
Rury estaba apartando unas hojas rojas con la punta de su báculo cuando, de repente, un sonido seco y metálico rompió el silencio.
¡CLANG!
Rury se giró de golpe. Shilder se tambaleó hacia un lado, como si alguien invisible lo hubiera empujado con fuerza bruta.
—¡Shilder! —gritó Rury—. ¿Qué pasó?
El hombre lagarto se recuperó al instante, plantando los pies en la tierra. Miró su hombrera de acero macizo: tenía una abolladura fresca, profunda y humeante.
Miró a su alrededor, sus ojos de reptil moviéndose frenéticamente, pero no había nada. Solo árboles y sombras.
—Algo me golpeó… —gruñó Shilder, poniéndose en guardia—. Fue demasiado rápido. No lo vi venir.
—¡Rury, ponte detrás de mí! —ordenó Shilder, levantando su enorme escudo para cubrir ambos flancos.
Rury reaccionó al instante, activando su maná. El aire a su alrededor crepitó con energía estática. Sus ojos se movían frenéticamente de un lado a otro, buscando al agresor invisible que había sido capaz de abollar el acero reforzado del tanque sin ser visto. Pero el bosque permaneció en silencio. Ni una hoja se movía.
De repente, un grito desgarrador rompió la tensión, proveniente de la dirección donde se habían ido Pedro y Bashi. —¡NOOOOOO! ¡POR LOS DIOSES, NO! ¡¿POR QUÉ?!
Rury sintió que el corazón se le detenía. —¡Es Pedro! —gritó, olvidando el sigilo—. ¡Lo están atacando!
—¡Vamos! —rugió Shilder. Ambos echaron a correr, rompiendo ramas y saltando raíces, impulsados por el pánico de perder a un compañero. Rury ya estaba visualizando un hechizo de curación masiva, preparándose para encontrar una escena sangrienta.
Llegaron al claro jadeando, con las armas en alto. —¡Pedro! ¡Resiste! —gritó Rury.
Pero la escena que encontraron no era una masacre. Bashi estaba parada con una mano en la cara, negando con la cabeza en señal de vergüenza ajena. Y Pedro… Pedro estaba saltando en un solo pie, mientras intentaba desesperadamente limpiar la suela de su bota contra la raíz de un árbol.
—¡Es asqueroso! —lloriqueaba el zorro—. ¡Es fresca! ¡Se me metió en las grietas de la suela! ¡Ahora voy a oler a mono todo el camino de regreso!
Rury bajó su báculo lentamente. El hechizo de curación se disipó en su mano. Sintió cómo una vena le palpitaba en la frente por la irritación. Shilder, que había llegado listo para placar a un monstruo, soltó un suspiro largo y profundo, bajando los hombros. —Pensamos… que te estaban matando —dijo el hombre lagarto con tono seco.
—¡Mi dignidad ha muerto, Shilder! —dramatizó Pedro—. ¡Pisé una montaña de mierda de Mandril!
Bashi miró a los recién llegados, ignorando los lamentos de su explorador. —Bueno, aparte de que Pedro encontró “rastros biológicos”… ¿ustedes vieron algo? ¿Por qué venían tan alterados?
Rury y Shilder intercambiaron una mirada, volviendo a la seriedad del asunto. —No lo vimos —dijo Rury, acercándose—. Pero lo sentimos. Shilder se giró y señaló la abolladura humeante en su hombrera izquierda. —Algo me golpeó. Fue un impacto físico, muy pesado. Y fue tan rápido que mis ojos no pudieron seguirlo. Si no hubiera tenido la armadura puesta… me habría arrancado el brazo.
Bashi se acercó a inspeccionar el daño en el metal. Su expresión cambió, volviéndose fría y calculadora. Pasó el dedo por la abolladura. —Un golpe fantasma… y excremento fresco —murmuró Bashi—. Ya no hay dudas. La bestia sigue aquí. Nos está acechando. Probó nuestras defensas con Shilder y ahora sabe dónde estamos.
La paladín miró al cielo, donde las primeras estrellas empezaban a asomar entre el humo volcánico. —No tiene caso seguir buscándolo si él es más rápido. Vamos a cambiar la estrategia.
Bashi clavó su espada en el suelo, marcando el territorio. —Haremos un campamento aquí mismo. En medio de su sala de estar. Si quiere echarnos, tendrá que venir a nosotros. Y cuando lo haga… estaremos listos.
El equipo asintió. La broma de Pedro había aliviado la tensión momentáneamente, pero ahora, mientras preparaban el fuego bajo la mirada de la montaña, todos sabían que la verdadera cacería acababa de comenzar.
Que raro, no recordaba este capitulo asi jajaja
Habían pasado cuatro meses desde el incidente con el Mandril en la Cordillera de Ceniza. El invierno comenzaba a retirarse, dejando paso a una primavera fresca en la ciudad minera.
El Gremio de Aventureros estaba, como casi siempre a esa hora de la tarde, a reventar. El equipo de Rury ocupaba su mesa habitual en la esquina, rodeados de jarras vacías y varios carteles de misión esparcidos sobre la madera.
—Absolutamente no —dijo Bashi, cruzándose de brazos y negando con la cabeza—. Me niego rotundamente.
Pedro agitó el cartel frente a ella con entusiasmo. —¡Pero jefa, piénsalo! “Limpieza de las cañerías del Barrio Bajo”. Pagan un bono por toxicidad. ¡Es dinero fácil! Solo hay que taparse la nariz y matar algunas ratas gigantes.
—Pedro, la última vez que aceptamos una misión que implicaba “fluidos dudosos”, tardé una semana en quitarme el olor a pantano del pelo —replicó Bashi, haciendo una mueca—. Además, tengo una imagen que mantener. Una paladín oliendo a alcantarilla no inspira mucho respeto.
Shilder, que estaba puliendo su nuevo escudo (comprado con los ahorros de tres misiones menores), soltó un gruñido de aprobación. —Apoyo a la jefa. Mis escamas se irritan con el agua sucia. Mejor tomamos esta: “Caza de Jabalíes de Piedra”. Es simple, es brutal y pagan por colmillo.
Rury se rio, tomando un sorbo de su jugo de bayas. Se sentía cómoda, en paz. Ya no era la novata nerviosa de antes; ahora opinaba y bromeaba con naturalidad. —Yo estoy con Shilder —dijo la elfa, levantando la mano—. Prefiero que me golpee una piedra a oler mal. Además, necesito practicar mi puntería con objetivos en movimiento, y los jabalíes son perfectos.
—¡Son todos unos delicados! —se quejó Pedro, arrugando su cartel—. En mis tiempos, uno se ensuciaba las manos por una moneda de cobre…
La risa y el bullicio habitual del Gremio llenaban el aire: gritos de camareras, brindis de enanos y el sonido de dados rodando. Sin embargo, la puerta principal se abrió con un sonido suave, y aunque el ruido general no cesó, una extraña corriente de aire pareció entrar en el salón.
Un hombre entró. No parecía un aventurero, ni un mercenario. Su vestimenta era una mezcla curiosa entre la elegancia de la nobleza y la funcionalidad militar: un abrigo largo de tela azul oscuro con botones dorados, impecablemente limpio, y botas de cuero negro que brillaban como espejos. Pero lo más distintivo no era su ropa, sino sus rasgos. Tenía un par de orejas de gato, negras y aterciopeladas, sobre su cabeza de cabello corto y bien peinado. Era un semihumano, pero no tenía nada de salvaje. Su postura era recta, disciplinada, casi rígida.
Caminó directamente hacia el mostrador de recepción, ignorando las miradas de curiosidad de algunos borrachos. Sus pasos eran silenciosos, como correspondía a un felino, pero tenían peso.
La recepcionista, una chica joven con pecas, levantó la vista y parpadeó sorprendida por la formalidad del recién llegado. —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Desea registrarse?
El hombre negó suavemente. Su voz era tranquila, educada, pero carente de cualquier calidez. —No. Busco información. Estoy rastreando a un individuo específico.
El semihumano sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y lo abrió con precisión. —Busco a un aventurero que porta una armadura negra completa.
La recepcionista suspiró, recargándose en el mostrador. —Tendrá que ser más específico, señor. El negro es un color popular para ocultar la sangre y el óxido. Tenemos al menos a tres aventureros registrados con armadura negra ahora mismo: está “Gorn el Negro”, el caballero errante del sur, y creo que uno de los mercenarios de los “Cuervos”.
En la mesa del equipo, Rury estaba de espaldas al mostrador, pero sus largas orejas de elfa se movieron instintivamente, captando la conversación por encima del ruido de la taberna. Algo en el tono del hombre le llamó la atención.
El hombre gato asintió, como si esperara esa respuesta. —Entiendo. Permítame aclarar. —Hizo una pausa breve—. La característica principal de su armadura es el casco. No tiene visera estándar. Tiene una forma peculiar… similar a las mandíbulas de un escarabajo.
En ese instante, el mundo de Rury se detuvo. El vaso de jugo se quedó a medio camino de su boca. Sus ojos se abrieron de par en par, y un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda, erizándole la piel.
Escarabajo. Armadura negra.
Solo había una persona en el mundo con esa descripción. El Caballero Oscuro.
La recepcionista arrugó la nariz, haciendo memoria, y luego chasqueó los dedos.
—¡Ah, ese tipo! —exclamó con naturalidad, ignorando la tensión que irradiaba el visitante—. Sí, lo recuerdo. Era un sujeto de pocas palabras. Vino aquí, tomó una misión de exploración profunda… eso debió ser hace unos seis meses.
La chica se encogió de hombros, volviendo a ordenar unos papeles con indiferencia profesional. —No se ha vuelto a parar por aquí desde entonces. Y siendo honesta, señor… cuando alguien toma una misión de ese calibre y no regresa en medio año, lo más probable es que esté muerto. Seguramente sus huesos ya están blanqueándose en alguna cueva.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto y aterrador.
De repente, el aire en el gremio se volvió pesado, como si la gravedad hubiera aumentado diez veces en un segundo. Una sed de sangre pura, densa y sofocante emanó del cuerpo del hombre gato. No fue un estallido de gritos ni movimientos violentos; fue una presión invisible que heló la sangre de los que estaban cerca. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en líneas verticales finísimas y su mandíbula se tensó tanto que se pudo escuchar el rechinar de sus dientes.
Rury, desde su mesa, sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Era la sensación de estar frente a un depredador alfa que acababa de ser insultado. No estaba triste, pensó Rury, aterrorizada. Estaba furioso. Como si la idea de que el Caballero muriera por accidente fuera una ofensa personal.
La recepcionista palideció, dando un paso atrás instintivamente, con las manos temblando sobre el mostrador.
Pero tan rápido como llegó, la presión desapareció. El hombre cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos, su expresión había vuelto a ser esa máscara de cortesía fría y militar. Se acomodó el cuello de su abrigo con calma.
—Le agradecería que no especulara con tanta ligereza sobre la vida de mi objetivo —dijo con voz suave, pero con un filo metálico—. Él no tiene permiso para morir todavía.
El hombre sacó una bolsa de monedas y la puso sobre la madera. —Dejando eso de lado… quisiera hacer una solicitud formal para una misión. —¿S-sí? —tartamudeó la recepcionista, recuperando el aliento—. ¿De qué se trata?
—Requiero contratar a un equipo de aventureros —explicó el hombre con precisión—. Necesito protección y escolta para recorrer una zona específica al norte de aquí. Mi objetivo es buscar pistas sobre su paradero. Yo me encargaré del rastreo, solo necesito que me mantengan las bestias alejadas mientras trabajo.
La chica asintió rápidamente, garabateando los detalles en un formulario con mano temblorosa. —Entendido. Escolta y protección para rastreo. Rango… Rango Plata o superior, supongo.
—La paga será generosa —añadió él—. Póngalo en el tablón de inmediato.
Una vez hecho el papeleo, la recepcionista clavó el aviso en la tablilla de misiones disponibles. El hombre gato hizo una leve reverencia, giró sobre sus talones con precisión militar y salió del gremio sin mirar a nadie, dejando tras de sí un rastro de inquietud y preguntas sin respuesta.
Apenas la puerta se cerró tras el extraño visitante, Rury se giró hacia su mesa con tanta rapidez que casi volcó lo que quedaba de su jugo.
—Chicos, ¿escucharon eso? —preguntó con urgencia, bajando la voz—. ¿Escucharon lo que dijo sobre la armadura y el casco de escarabajo?
Pedro se estremeció, frotándose los brazos como si tuviera frío.
—Escuché eso y también sentí cómo la temperatura bajó diez grados cuando la chica dijo que el tipo podría estar muerto. Ese sujeto… no es un cliente normal. Tiene olor a depredador.
Bashi, que había estado observando la reacción de Rury con atención, soltó una risita suave y se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en sus manos.
—Vaya, vaya, Rury. Tus orejas están rojas —dijo la paladín con una sonrisita pícara—. ¿Tanto te interesa ir a buscar a tu amado caballero? ¿No puedes soportar la idea de que alguien más lo encuentre primero?
Rury sintió que el calor le subía a las mejillas violentamente.
—¡B-Bashi! ¡No es eso! —tartamudeó, agitando las manos—. ¡No es mi amado de esa forma! Es solo que… él es la razón por la que estoy en este lugar. Es… complicado.
La elfa respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, aunque el sonrojo no desaparecía.
—Pero si ese hombre tiene razón y sigue vivo… esta es la mejor oportunidad que he tenido en seis meses para encontrar su rastro. No puedo dejarla pasar.
Bashi borró la sonrisa burlona y la reemplazó por una de apoyo incondicional. Se puso de pie y agarró su espada.
—Tranquila, te entiendo. Si ese sujeto tiene información sobre tu lata de sardinas favorita, entonces vamos a sacársela. Además, dijo que la paga era generosa, y a mí no me molesta cobrar por pasear mientras tú resuelves tus dramas de amor.
La líder miró a Pedro y a Shilder.
—¿Qué dicen? ¿Cambiamos las ratas y los jabalíes por un misterio bien pagado?
—Mientras no tenga que limpiar cañerías, yo voy a donde sea —dijo Pedro, levantándose de un salto.
—Vamos —asintió Shilder.
Rury no esperó más. Corrió hacia el tablón de anuncios antes de que cualquier otro grupo pudiera siquiera acercarse. Arrancó la solicitud con el papel aún tibio y corrió hacia la salida, con su equipo siguiéndola de cerca.
Salieron a la calle principal, mirando a ambos lados. La figura del hombre gato con el abrigo azul aún era visible a lo lejos, caminando con paso firme entre la multitud.
—¡Ahí está! —señaló Rury—. ¡Vamos!
—¡Disculpe! —llamó Bashi, trotando para alcanzarlo, con el resto del equipo pisándole los talones.
El hombre gato se detuvo a mitad de la calle adoquinada. No se giró con sobresalto ni sorpresa; simplemente pivotó sobre sus talones con una gracia fluida, encarando al grupo con una expresión de leve curiosidad.
Al ver el papel de la solicitud en la mano de Rury, sus cejas se alzaron ligeramente. —Vaya —dijo con un tono suave y educado—. Eso fue rápido. Qué eficiente es este lugar. Apenas puse el aviso y ya tengo voluntarios.
Bashi dio un paso al frente, asumiendo su rol de líder. —Somos el mejor equipo disponible que encontrará en esta ciudad, señor. Vimos su solicitud y decidimos tomarla de inmediato. Nos encargaremos de su seguridad.
El hombre los escaneó con la mirada. Sus ojos, amarillos y verticales, parecieron pesar el valor de cada uno de ellos en un segundo. Se detuvo un instante en Rury y sus orejas de elfa, luego en el escudo masivo de Shilder y finalmente en la postura relajada pero alerta de Bashi. Pareció satisfecho.
—Excelente —dijo, asintiendo levemente—. Mi nombre es Lukas. Soy miembro de un… grupo de especialistas no muy conocido por estos lugares remotos. No hace falta entrar en detalles burocráticos.
Lukas se ajustó los guantes de cuero negro mientras explicaba los términos. —El trabajo, como verán, es sencillo para gente con sus habilidades. Yo me dedicaré exclusivamente a rastrear las huellas energéticas y físicas de mi objetivo. Eso requiere mi concentración absoluta. Su trabajo es simple: eliminar a cualquier bestia o amenaza que entre en mi rango de seguridad mientras yo busco pistas.
Miró fijamente a Rury, como si intuyera que ella tenía preguntas que no estaba haciendo. —No necesito que me ayuden a buscar. No necesito opiniones. Solo necesito que mantengan el perímetro limpio. ¿Entendido?
—Cristalino —respondió Bashi con una sonrisa profesional—. Usted señala, nosotros golpeamos.
Lukas sacó un reloj de bolsillo plateado, verificó la hora y lo guardó. —Bien. Entonces tenemos un trato. Descansen esta noche y preparen sus provisiones. Partimos mañana temprano, al amanecer. Iremos unos kilómetros hacia el norte, hacia la zona de los viejos túneles.
—Allí estaremos —aseguró Pedro.
—Hasta mañana entonces. —Lukas hizo esa misma reverencia corta y militar, dio media vuelta y continuó su camino, perdiéndose entre la gente.
Rury se quedó mirando su espalda mientras se alejaba. Su corazón latía con fuerza. Lukas, pensó. Un hombre que busca al Caballero con la misma intensidad que yo, pero con una mirada mucho más fría.
—Bueno, equipo —dijo Bashi, rompiendo el trance de la elfa con una palmada en la espalda—. Ya tenemos misión. ¡A preparar las mochilas! Mañana vamos de cacería… o de búsqueda. Lo que sea, pero nos pagan.
Rury asintió, apretando los puños. Mañana empezaría el viaje que, con suerte, le daría las respuestas que tanto necesitaba.
Me recuerda a mi gato:3
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com