Las aventuras de la elfa y el caballero oscuro - Capítulo 27
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Capítulo 27: La elegancia del depredador
Habían pasado cuatro meses desde el incidente con el Mandril en la Cordillera de Ceniza. El invierno comenzaba a retirarse, dejando paso a una primavera fresca en la ciudad minera.
El Gremio de Aventureros estaba, como casi siempre a esa hora de la tarde, a reventar. El equipo de Rury ocupaba su mesa habitual en la esquina, rodeados de jarras vacías y varios carteles de misión esparcidos sobre la madera.
—Absolutamente no —dijo Bashi, cruzándose de brazos y negando con la cabeza—. Me niego rotundamente.
Pedro agitó el cartel frente a ella con entusiasmo. —¡Pero jefa, piénsalo! “Limpieza de las cañerías del Barrio Bajo”. Pagan un bono por toxicidad. ¡Es dinero fácil! Solo hay que taparse la nariz y matar algunas ratas gigantes.
—Pedro, la última vez que aceptamos una misión que implicaba “fluidos dudosos”, tardé una semana en quitarme el olor a pantano del pelo —replicó Bashi, haciendo una mueca—. Además, tengo una imagen que mantener. Una paladín oliendo a alcantarilla no inspira mucho respeto.
Shilder, que estaba puliendo su nuevo escudo (comprado con los ahorros de tres misiones menores), soltó un gruñido de aprobación. —Apoyo a la jefa. Mis escamas se irritan con el agua sucia. Mejor tomamos esta: “Caza de Jabalíes de Piedra”. Es simple, es brutal y pagan por colmillo.
Rury se rio, tomando un sorbo de su jugo de bayas. Se sentía cómoda, en paz. Ya no era la novata nerviosa de antes; ahora opinaba y bromeaba con naturalidad. —Yo estoy con Shilder —dijo la elfa, levantando la mano—. Prefiero que me golpee una piedra a oler mal. Además, necesito practicar mi puntería con objetivos en movimiento, y los jabalíes son perfectos.
—¡Son todos unos delicados! —se quejó Pedro, arrugando su cartel—. En mis tiempos, uno se ensuciaba las manos por una moneda de cobre…
La risa y el bullicio habitual del Gremio llenaban el aire: gritos de camareras, brindis de enanos y el sonido de dados rodando. Sin embargo, la puerta principal se abrió con un sonido suave, y aunque el ruido general no cesó, una extraña corriente de aire pareció entrar en el salón.
Un hombre entró. No parecía un aventurero, ni un mercenario. Su vestimenta era una mezcla curiosa entre la elegancia de la nobleza y la funcionalidad militar: un abrigo largo de tela azul oscuro con botones dorados, impecablemente limpio, y botas de cuero negro que brillaban como espejos. Pero lo más distintivo no era su ropa, sino sus rasgos. Tenía un par de orejas de gato, negras y aterciopeladas, sobre su cabeza de cabello corto y bien peinado. Era un semihumano, pero no tenía nada de salvaje. Su postura era recta, disciplinada, casi rígida.
Caminó directamente hacia el mostrador de recepción, ignorando las miradas de curiosidad de algunos borrachos. Sus pasos eran silenciosos, como correspondía a un felino, pero tenían peso.
La recepcionista, una chica joven con pecas, levantó la vista y parpadeó sorprendida por la formalidad del recién llegado. —Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? ¿Desea registrarse?
El hombre negó suavemente. Su voz era tranquila, educada, pero carente de cualquier calidez. —No. Busco información. Estoy rastreando a un individuo específico.
El semihumano sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo y lo abrió con precisión. —Busco a un aventurero que porta una armadura negra completa.
La recepcionista suspiró, recargándose en el mostrador. —Tendrá que ser más específico, señor. El negro es un color popular para ocultar la sangre y el óxido. Tenemos al menos a tres aventureros registrados con armadura negra ahora mismo: está “Gorn el Negro”, el caballero errante del sur, y creo que uno de los mercenarios de los “Cuervos”.
En la mesa del equipo, Rury estaba de espaldas al mostrador, pero sus largas orejas de elfa se movieron instintivamente, captando la conversación por encima del ruido de la taberna. Algo en el tono del hombre le llamó la atención.
El hombre gato asintió, como si esperara esa respuesta. —Entiendo. Permítame aclarar. —Hizo una pausa breve—. La característica principal de su armadura es el casco. No tiene visera estándar. Tiene una forma peculiar… similar a las mandíbulas de un escarabajo.
En ese instante, el mundo de Rury se detuvo. El vaso de jugo se quedó a medio camino de su boca. Sus ojos se abrieron de par en par, y un escalofrío eléctrico le recorrió la espalda, erizándole la piel.
Escarabajo. Armadura negra.
Solo había una persona en el mundo con esa descripción. El Caballero Oscuro.
La recepcionista arrugó la nariz, haciendo memoria, y luego chasqueó los dedos.
—¡Ah, ese tipo! —exclamó con naturalidad, ignorando la tensión que irradiaba el visitante—. Sí, lo recuerdo. Era un sujeto de pocas palabras. Vino aquí, tomó una misión de exploración profunda… eso debió ser hace unos seis meses.
La chica se encogió de hombros, volviendo a ordenar unos papeles con indiferencia profesional. —No se ha vuelto a parar por aquí desde entonces. Y siendo honesta, señor… cuando alguien toma una misión de ese calibre y no regresa en medio año, lo más probable es que esté muerto. Seguramente sus huesos ya están blanqueándose en alguna cueva.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto y aterrador.
De repente, el aire en el gremio se volvió pesado, como si la gravedad hubiera aumentado diez veces en un segundo. Una sed de sangre pura, densa y sofocante emanó del cuerpo del hombre gato. No fue un estallido de gritos ni movimientos violentos; fue una presión invisible que heló la sangre de los que estaban cerca. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en líneas verticales finísimas y su mandíbula se tensó tanto que se pudo escuchar el rechinar de sus dientes.
Rury, desde su mesa, sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Era la sensación de estar frente a un depredador alfa que acababa de ser insultado. No estaba triste, pensó Rury, aterrorizada. Estaba furioso. Como si la idea de que el Caballero muriera por accidente fuera una ofensa personal.
La recepcionista palideció, dando un paso atrás instintivamente, con las manos temblando sobre el mostrador.
Pero tan rápido como llegó, la presión desapareció. El hombre cerró los ojos, respiró hondo y, al abrirlos, su expresión había vuelto a ser esa máscara de cortesía fría y militar. Se acomodó el cuello de su abrigo con calma.
—Le agradecería que no especulara con tanta ligereza sobre la vida de mi objetivo —dijo con voz suave, pero con un filo metálico—. Él no tiene permiso para morir todavía.
El hombre sacó una bolsa de monedas y la puso sobre la madera. —Dejando eso de lado… quisiera hacer una solicitud formal para una misión. —¿S-sí? —tartamudeó la recepcionista, recuperando el aliento—. ¿De qué se trata?
—Requiero contratar a un equipo de aventureros —explicó el hombre con precisión—. Necesito protección y escolta para recorrer una zona específica al norte de aquí. Mi objetivo es buscar pistas sobre su paradero. Yo me encargaré del rastreo, solo necesito que me mantengan las bestias alejadas mientras trabajo.
La chica asintió rápidamente, garabateando los detalles en un formulario con mano temblorosa. —Entendido. Escolta y protección para rastreo. Rango… Rango Plata o superior, supongo.
—La paga será generosa —añadió él—. Póngalo en el tablón de inmediato.
Una vez hecho el papeleo, la recepcionista clavó el aviso en la tablilla de misiones disponibles. El hombre gato hizo una leve reverencia, giró sobre sus talones con precisión militar y salió del gremio sin mirar a nadie, dejando tras de sí un rastro de inquietud y preguntas sin respuesta.
Apenas la puerta se cerró tras el extraño visitante, Rury se giró hacia su mesa con tanta rapidez que casi volcó lo que quedaba de su jugo.
—Chicos, ¿escucharon eso? —preguntó con urgencia, bajando la voz—. ¿Escucharon lo que dijo sobre la armadura y el casco de escarabajo?
Pedro se estremeció, frotándose los brazos como si tuviera frío.
—Escuché eso y también sentí cómo la temperatura bajó diez grados cuando la chica dijo que el tipo podría estar muerto. Ese sujeto… no es un cliente normal. Tiene olor a depredador.
Bashi, que había estado observando la reacción de Rury con atención, soltó una risita suave y se inclinó sobre la mesa, apoyando la barbilla en sus manos.
—Vaya, vaya, Rury. Tus orejas están rojas —dijo la paladín con una sonrisita pícara—. ¿Tanto te interesa ir a buscar a tu amado caballero? ¿No puedes soportar la idea de que alguien más lo encuentre primero?
Rury sintió que el calor le subía a las mejillas violentamente.
—¡B-Bashi! ¡No es eso! —tartamudeó, agitando las manos—. ¡No es mi amado de esa forma! Es solo que… él es la razón por la que estoy en este lugar. Es… complicado.
La elfa respiró hondo, tratando de recuperar la compostura, aunque el sonrojo no desaparecía.
—Pero si ese hombre tiene razón y sigue vivo… esta es la mejor oportunidad que he tenido en seis meses para encontrar su rastro. No puedo dejarla pasar.
Bashi borró la sonrisa burlona y la reemplazó por una de apoyo incondicional. Se puso de pie y agarró su espada.
—Tranquila, te entiendo. Si ese sujeto tiene información sobre tu lata de sardinas favorita, entonces vamos a sacársela. Además, dijo que la paga era generosa, y a mí no me molesta cobrar por pasear mientras tú resuelves tus dramas de amor.
La líder miró a Pedro y a Shilder.
—¿Qué dicen? ¿Cambiamos las ratas y los jabalíes por un misterio bien pagado?
—Mientras no tenga que limpiar cañerías, yo voy a donde sea —dijo Pedro, levantándose de un salto.
—Vamos —asintió Shilder.
Rury no esperó más. Corrió hacia el tablón de anuncios antes de que cualquier otro grupo pudiera siquiera acercarse. Arrancó la solicitud con el papel aún tibio y corrió hacia la salida, con su equipo siguiéndola de cerca.
Salieron a la calle principal, mirando a ambos lados. La figura del hombre gato con el abrigo azul aún era visible a lo lejos, caminando con paso firme entre la multitud.
—¡Ahí está! —señaló Rury—. ¡Vamos!
—¡Disculpe! —llamó Bashi, trotando para alcanzarlo, con el resto del equipo pisándole los talones.
El hombre gato se detuvo a mitad de la calle adoquinada. No se giró con sobresalto ni sorpresa; simplemente pivotó sobre sus talones con una gracia fluida, encarando al grupo con una expresión de leve curiosidad.
Al ver el papel de la solicitud en la mano de Rury, sus cejas se alzaron ligeramente. —Vaya —dijo con un tono suave y educado—. Eso fue rápido. Qué eficiente es este lugar. Apenas puse el aviso y ya tengo voluntarios.
Bashi dio un paso al frente, asumiendo su rol de líder. —Somos el mejor equipo disponible que encontrará en esta ciudad, señor. Vimos su solicitud y decidimos tomarla de inmediato. Nos encargaremos de su seguridad.
El hombre los escaneó con la mirada. Sus ojos, amarillos y verticales, parecieron pesar el valor de cada uno de ellos en un segundo. Se detuvo un instante en Rury y sus orejas de elfa, luego en el escudo masivo de Shilder y finalmente en la postura relajada pero alerta de Bashi. Pareció satisfecho.
—Excelente —dijo, asintiendo levemente—. Mi nombre es Lukas. Soy miembro de un… grupo de especialistas no muy conocido por estos lugares remotos. No hace falta entrar en detalles burocráticos.
Lukas se ajustó los guantes de cuero negro mientras explicaba los términos. —El trabajo, como verán, es sencillo para gente con sus habilidades. Yo me dedicaré exclusivamente a rastrear las huellas energéticas y físicas de mi objetivo. Eso requiere mi concentración absoluta. Su trabajo es simple: eliminar a cualquier bestia o amenaza que entre en mi rango de seguridad mientras yo busco pistas.
Miró fijamente a Rury, como si intuyera que ella tenía preguntas que no estaba haciendo. —No necesito que me ayuden a buscar. No necesito opiniones. Solo necesito que mantengan el perímetro limpio. ¿Entendido?
—Cristalino —respondió Bashi con una sonrisa profesional—. Usted señala, nosotros golpeamos.
Lukas sacó un reloj de bolsillo plateado, verificó la hora y lo guardó. —Bien. Entonces tenemos un trato. Descansen esta noche y preparen sus provisiones. Partimos mañana temprano, al amanecer. Iremos unos kilómetros hacia el norte, hacia la zona de los viejos túneles.
—Allí estaremos —aseguró Pedro.
—Hasta mañana entonces. —Lukas hizo esa misma reverencia corta y militar, dio media vuelta y continuó su camino, perdiéndose entre la gente.
Rury se quedó mirando su espalda mientras se alejaba. Su corazón latía con fuerza. Lukas, pensó. Un hombre que busca al Caballero con la misma intensidad que yo, pero con una mirada mucho más fría.
—Bueno, equipo —dijo Bashi, rompiendo el trance de la elfa con una palmada en la espalda—. Ya tenemos misión. ¡A preparar las mochilas! Mañana vamos de cacería… o de búsqueda. Lo que sea, pero nos pagan.
Rury asintió, apretando los puños. Mañana empezaría el viaje que, con suerte, le daría las respuestas que tanto necesitaba.
Me recuerda a mi gato:3
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