LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Epílogo del Acto I
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22: Epílogo del Acto I.
22: Epílogo del Acto I.
UBICACIÓN: Entrada de la Aldea.
TIEMPO: Inmediatamente Después del Colapso.
La tierra bajo la mejilla de Kaiden estaba fría, o tal vez era su propia piel la que había perdido el calor.
El aviso de Mara en su transmisor se convirtió en un zumbido largo y estático.
“…enemigos…
proximidad…”.
Las palabras se estiraron, se deformaron y finalmente se disolvieron en un pitido agudo.
Kaiden intentó aferrarse a la conciencia, clavando los dedos en el suelo, pero la gravedad se invirtió.
El peso de su armadura desapareció.
El dolor de sus costillas rotas se esfumó.
El polvo, los gritos, el olor a quemado…
todo fue succionado por un silencio absoluto.
Abrió los ojos.
No había cielo, ni humo, ni bombarderos.
Estaba flotando en una oscuridad infinita.
Una negrura tan densa que parecía líquida, pero no lo mojaba.
No había arriba ni abajo.
Solo vacío.
Kaiden agitó los brazos, buscando algo de qué agarrarse, pero sus manos solo cortaron la nada.
—Genial —masculló, flotando a la deriva—.
O estoy muerto, o los rebeldes me drogaron hasta las cejas.
—¡Oigan!
—gritó a la nada—.
¡Si van a interrogarme, enciendan la maldita luz!
Su voz no tuvo eco.
El sonido murió en cuanto salió de su boca.
Como respuesta a su grito, una chispa se encendió en la distancia.
No era una estrella.
Era un punto de luz blanca, pura y pulsante.
La luz se estabilizó frente a él, tomando la forma de un pequeño orbe perfecto, suspendido en la nada.
Una voz resonó.
No llegaba a sus oídos, sino que vibraba directamente dentro de su cráneo.
—Te ves terrible, Kaiden…
Kaiden intentó retroceder flotando, poniéndose en guardia instintivamente.
—¿Quién eres?
—preguntó, entrecerrando los ojos—.
¿Una IA?
¿Un truco mental?
El orbe pulsó con una luz suave, como si estuviera riendo.
—Siempre buscando lógica —la voz tenía un tono paternal y burlón a la vez—.
¿Acaso tiene sentido responder a algo que tu cerebro pequeño no va a entender?
—Para mí tiene sentido —replicó Kaiden—.
Si eres un enemigo, te voy a romper, seas una luz o una alucinación.
—Qué agresivo…
—el orbe giró alrededor de Kaiden, dejando una estela de luz residual—.
Pero para que te tranquilices, te diré lo que soy.
El orbe se detuvo frente a su nariz.
—Este pequeño orbe es apenas un fragmento.
Yo soy lo que sobró.
Soy un eco de lo que fue y será.
No tengo nombre, ni forma, ni tiempo.
Kaiden soltó una risa incrédula.
—”Lo que sobró” —repitió con desdén—.
Por favor.
Cuando despierte de esta droga, voy a matar al que me inyectó.
—Mmm…
—el orbe brilló con más intensidad—.
Veo que todavía no estás listo.
Sigues ciego.
La luz del orbe comenzó a expandirse, volviéndose cegadora, consumiendo la oscuridad del vacío.
Kaiden tuvo que cubrirse los ojos con el antebrazo.
—Por el momento, sigue caminando —dijo la voz, ahora resonando endeble—.
Yo observaré.
Como aquella primera vez.
La luz blanca lo envolvió por completo.
—Despierta…
—sentenció la voz—.
Hijo de Elena y Drakar.
El nombre golpeó su mente como un martillo físico.
La luz blanca se expandió violentamente, tragándose el vacío, el silencio y al propio Kaiden.
La ingravidez se convirtió de golpe en un peso aplastante.
—¡Hah!
Kaiden despertó con una bocanada de aire violenta, como quien rompe la superficie del agua tras estar a punto de ahogarse.
Se incorporó de golpe en la cama, con el pecho agitado.
—Mierda…
—jadeó, agarrándose la cabeza con ambas manos.
Esperaba el ruido de las explosiones o el olor a pólvora.
Pero no había nada.
El zumbido en sus oídos se fue apagando, reemplazado por sonidos que no encajaban: madera crujiendo, pájaros, viento.
Parpadeó, obligando a sus ojos a enfocar.
La luz que lo rodeaba era suave.
No estaba en el cráter.
Estaba en una habitación sencilla, de paredes de madera desnuda que olían a hierbas medicinales.
Bajó la vista hacia su cuerpo.
Estaba desnudo.
La armadura destrozada había desaparecido y, en su lugar, sus heridas estaban limpias, cubiertas con ungüentos y vendadas con cuidado profesional.
Kaiden se tocó las costillas.
Dolían, pero estaban en su sitio.
“Drakar”, pensó.
El nombre resonaba en su cabeza, rebotando contra las paredes de su cráneo.
La confusión amenazaba con abrumarlo, pero su entrenamiento militar se impuso.
Primero, situación.
Luego, preguntas.
Inhaló profundamente.
Se deslizó fuera de la cama, ignorando el dolor.
En una cajonera rústica cercana, encontró sus pertenencias apiladas: sus pulseras y su transmisor, que ahora estaba en silencio.
Se las colocó con movimientos mecánicos.
Aún tenía una misión.
“¿Dónde están los demás?”, se preguntó, ajustando el cierre de su pulsera.
Clic.
En ese preciso instante, antes de que pudiera dar un paso, la perilla de la puerta giró y la puerta de madera se abrió de golpe sin previo aviso.
───────────────────────────── ・・・✦・・・ “El pasado no muere.
Solo espera en la oscuridad a que abras los ojos.” — Fragmento de una Profecía Olvidada.
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