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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capítulo 21: La Mano Izquierda del Imperio.

Del otro lado de la interferencia, a kilómetros de distancia, Fer se encontraba recargada en el tronco de un árbol gigante, justo afuera del perímetro de la base militar.

—Maldita sea —chitó con coraje, quitándose el dispositivo y golpeándolo contra su muslo—. Basura de tecnología.

Se relajó ligeramente, exhalando el aire con frustración. Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando el crujido de una rama rota rompió el silencio del bosque.

Pasos rápidos. Alguien se acercaba.

Fer no se movió, pero sus músculos se tensaron como resortes. Sus ojos escanearon la oscuridad, afilados como los de un felino acechando a su presa.

Una figura emergió de la maleza: Cedric.

Venía corriendo, mirando hacia atrás, probablemente asegurándose de no ser seguido. Grave error.

Fer sonrió.

Con un movimiento rápido y silencioso, se impulsó contra el tronco del árbol. Fue un borrón en la oscuridad. Antes de que Cedric pudiera siquiera procesar el movimiento, sintió un impacto seco y el frío inconfundible del borofeno presionado contra su yugular.

—Tienes mucho que aprender, niño bonito —susurró Fer a su oído, con esa sonrisa juguetona en la voz, aunque sus ojos brillaban con una advertencia letal—. En especial, a caminar sin que te oigan.

Cedric se quedó paralizado, con el corazón martilleándole contra las costillas. Alzó las manos lentamente en un gesto de rendición absoluta, sintiendo el filo helado contra su piel.

—Ya entendí… —jadeó, con una sonrisa nerviosa temblando en sus labios—. Ya entendí.

Fer retiró el cuchillo con un movimiento fluido.

Una solitaria gota de sangre brotó del corte superficial en el cuello de Cedric y se deslizó hacia su clavícula. Él soltó el aire que había estado conteniendo, llevándose la mano a la herida con incredulidad. Apenas era un rasguño, pero la amenaza había sido letal.

Aun así, recuperó la compostura y asintió con respeto hacia ella.

—¿En serio teníamos que vernos acá? —preguntó, mirando la oscuridad del bosque.

—Por supuesto —respondió Fer, guardando el cuchillo—. Este es el mejor lugar para entrenar. Sin ojos curiosos.

—Pero… en la base hay habitaciones especiales para esto —insistió Cedric, frunciendo el ceño—. Entrenamos…

Fer lo miró, interrumpiéndolo al hacer un puchero exagerado e infantil que contrastaba peligrosamente con su letalidad.

—Mmm… entonces no debería entrenarte —dijo, cruzándose de brazos—. Ya que dices que no tiene sentido lo que hago.

Cedric se tensó, temiendo haber perdido su oportunidad.

—Está bien, está bien —se apresuró a decir—. No tienes por qué comportarte así. Bien… ¿qué hay que hacer primero?

Fer le lanzó otra de sus sonrisas juguetonas y le guiñó un ojo.

—Primero, el pago.

Antes de que Cedric pudiera procesar sus palabras, Fer se movió. Fue un borrón. Cedric sintió un pinchazo agudo y profundo en el antebrazo.

—¡AH! —gritó, retrocediendo por instinto.

Fer estaba frente a él, sosteniendo una jeringa que acababa de clavarle con precisión quirúrgica en una vena del cuello.

—Relájate, grandulón —dijo ella, con la sonrisa ensanchándose mientras tiraba del émbolo—. Es solo un pequeño pinchazo.

Cedric maldijo entre dientes, apretando la mandíbula por el dolor y la invasión repentina. Pero al mirar a Fer, el dolor pasó a segundo plano. Sus ojos brillaban con una intensidad que le heló la sangre. No era solo un juego; eso parecía una advertencia. Esto apenas empezaba.

Fer retiró la aguja con la misma rapidez con la que la había clavado.

—Qué quejoso eres, de verdad —dijo, levantando la jeringa a la altura de sus ojos.

La luz de la luna atravesó el tubo de vidrio, haciendo que la sangre oscura de Cedric brillara con un tono carmesí inquietante. Cedric se frotó el brazo, mirando el líquido vital con una mezcla de dolor y profunda sospecha.

—¿Y para qué quieres mi sangre? —preguntó, desconfiado.

Fer bajó la jeringa y se llevó un dedo a los labios.

—Shh… —susurró—. Es un secreto.

Guardó la muestra en uno de sus bolsillos tácticos y dio una palmada fuerte que resonó en el silencio del bosque.

—Bueno… ahora sí. Que empiece tu entrenamiento.

Lo dicho por Fer hizo que Cedric tragara saliva. Los nervios, que habían disminuido un poco, volvieron a invadirlo como una marea fría.

Sin darle tiempo a replicar, Fer se dio la vuelta y se adentró en la maleza. Cedric la siguió.

Caminaron durante un largo tiempo, alejándose de la base y adentrándose en el territorio civil.

Finalmente, llegaron a las afueras de un pueblo pequeño encajado en un valle. Fer no entró de inmediato; se quedó oculta entre la línea de árboles, ajustándose una vieja capa de tela gris que materializó sobre su armadura, ocultando el brillo del metal y su distintiva capucha roja, que llevaba enrollada al cuello como una bufanda.

Señaló una residencia grande en una colina, protegida por muros altos, y luego un edificio gubernamental de arquitectura brutalista en el centro.

—Esa casa es del presidente local —susurró—. Yo iré ahí. Tú irás al edificio administrativo.

Cedric miró el lugar. Estandartes con el águila imperial ondeaban en los postes bajo la luz lunar. Patrullas de soldados pertrechados en equipo táctico y respiradores caminaban por las calles con paso marcial.

—¿Por qué nos escondemos? —preguntó, confundido, sintiendo que algo no encajaba—. Este lugar está bajo jurisdicción del Imperio. Somos del mismo bando. Atacarlos es… traición.

Fer lo miró con una expresión de indiferencia absoluta, como si estuviera explicando que el cielo es azul.

—Es una misión Clase SS, Cedric.

La mención del rango hizo que él se quedara helado. Clase SS. Esas misiones no existían en los registros oficiales; eran fantasmas.

—Eso quiere decir que, por esta noche, operamos bajo el “Protocolo directo del emperador” de la Oprichnina —continuó ella, revisando el cargador de su pistola de reacción—. No existen aliados, solo objetivos. Velo como tu entrenamiento de campo.

Cedric abrió la boca para protestar. La Oprichnina era la policía secreta, la mano izquierda del Emperador que operaba donde la ley no llegaba, pero atacar una guarnición propia… eso era locura.

Las palabras se le atascaron en la garganta. Lo único que logró articular fue un susurro estrangulado:

—¡Estás loca!

Fer ni siquiera parpadeó. Le dio una palmada fuerte en la espalda, empujándolo fuera de la cobertura de los árboles.

—Aplica lo que te enseñé. Buena suerte, Vice Capitán.

Y antes de que Cedric pudiera preguntar qué demonios debía aplicar, ella ya no estaba. Se había fundido con la oscuridad como si fuera parte de ella. Cedric se quedó solo, expuesto.

“¿Qué se supone que aplique?”, pensó frustrado, sintiendo el frío de la noche. “¡Solo me usó de saco de boxeo durante 48 horas!”.

Respiró hondo. Miró hacia el edificio administrativo. Con nervios, pero impulsado por el miedo a fallarle a ella más que al enemigo, se ajustó los guantes y corrió hacia las sombras.

UBICACIÓNq: Pueblo Fronterizo, Distrito de Modra.

TIEMPO: 15 Horas y 17 Minutos Después del Despertar de Kaiden.

ESTADO: Infiltración Activa.

Mientras Cedric luchaba por no tropezar en los callejones traseros, Fer avanzaba por la calle principal. La capa gris ondeaba a su alrededor, dándole el aspecto de una viajera cansada o una vagabunda. Su calma era un insulto al toque de queda.

Una patrulla de tres soldados giró en la esquina. El líder levantó la mano, deteniendo a su escuadra.

—¡Tú! —ladró, encendiendo la linterna de su rifle—. Identifícate. El tránsito civil está prohibido tras la caída del sol.

Fer se detuvo bajo la luz de una farola parpadeante. Ladeó la cabeza y curvó los labios en una sonrisa inofensiva.

—Lo siento, oficiales —dijo con voz temblorosa—. Me perdí buscando el refugio del sector cuatro…

La excusa casi funcionó. El soldado bajó el rifle unos centímetros, relajándose. Pero entonces, una ráfaga traicionera de viento nocturno azotó la calle. La capa de tela se abrió de golpe.

El haz de luz de la linterna se reflejó en el metal negro mate del peto. No era una armadura estándar. Llevaba grabado el emblema de las Tres Cabezas de Lobo.

El soldado abrió los ojos como platos.

—Ese equipo es de grado militar… —murmuró, y luego su instinto se activó—. ¡Contacto! ¡Tiene equipo robad—!

—Siempre lo difícil… —suspiró Fer.

Antes de que el hombre terminara la frase, Fer soltó la capa. No corrió; se deslizó. Fue un estallido cinético. En un segundo estaba a cinco metros; al siguiente, estaba dentro de la guardia del líder.

Un golpe seco de palma abierta en la tráquea silenció el grito. Giró sobre su eje, esquivando un culatazo del segundo hombre, y le barrió las piernas con una patada baja que crujió hueso.

Mientras el tercero intentaba apuntar, Fer ya estaba sobre él, conectando un rodillazo en el plexo solar que le sacó todo el aire de los pulmones.

En tres segundos, la calle volvió al silencio. Tres cuerpos quedaron tendidos, inconscientes pero vivos. Fer se acomodó el cabello y arrastró los cuerpos hacia la oscuridad de un contenedor de basura.

—Lentos —juzgó en voz baja—. Las Milicias locales se han vuelto perezosas.

Siguió su camino hasta la residencia del Presidente. El muro perimetral tenía tres metros de alto y alambre de púas electrificado. Fer ni siquiera desaceleró. Activó los servomotores de sus botas, corrió verticalmente por la pared y saltó limpiamente sobre el alambre, aterrizando en el jardín interior sin hacer más ruido que un gato sobre una alfombra.

Al otro lado del pueblo, la “elegancia” era lo que le faltaba a Cedric.

Un perro guardián, una bestia cibernética de patrulla, había detectado su olor. Cedric corría por un callejón estrecho, chapoteando en el lodo, con los ladridos metálicos de la bestia pisándole los talones.

—¡Maldito perro! —masculló, resbalando y recuperando el equilibrio—. ¡Vete a oxidarte a otro lado!

Vio una ventana abierta en el costado del edificio administrativo. Sin pensarlo, se lanzó. Entró rodando torpemente, golpeándose el hombro contra un escritorio, justo cuando el perro pasaba de largo por el callejón, perdiendo el rastro.

Cedric se quedó en el suelo, jadeando, esperando que su corazón dejara de intentar salirle por la boca.

Cuando el silencio regresó, se levantó. Estaba en el vestíbulo central. La luz de la luna caía a través de un domo de cristal en el techo, iluminando una estatua inmensa en el centro de la sala: el anterior Emperador, esculpido en mármol blanco, con una mano extendida hacia el futuro.

Cedric sintió un nudo en la garganta. Esa imagen representaba el orden, la seguridad que el mundo había perdido. Se acercó con paso reverente, e hizo una pequeña reverencia.

—¿Qué vamos a hacer sin usted, su Majestad…? —susurró al vacío—. El Imperio se desmorona…

—¿Llegaste al edificio? —La voz de Fer irrumpió en su transmisor, cargada de estática y sarcasmo.

Cedric saltó del susto.

—Afirmativo —respondió, recuperando la postura—. Estoy dentro. ¿Cuál es el siguiente paso?

—Dirígete al despacho de archivos. Busca una carpeta física marcada con el código “PDM”. O cualquier registro que lo mencione.

—¿PDM? —Cedric frunció el ceño—. ¿Qué significa?

—Si lo supieras, tendría que matarte. Solo búscalo.

Cedric tragó saliva y corrió hacia la sala de archivos.

El lugar era un laberinto de estanterías metálicas repletas de documentos. Olía a papel viejo y burocracia estancada. Cedric comenzó a abrir cajones con desesperación.

“P… P… PDM…”, murmuraba, pasando los dedos por las etiquetas.

Los minutos se convirtieron en una tortura. 10 minutos. 20 minutos. El sudor le corría por la espalda. Encontró archivos de impuestos, listas de prisioneros, registros de granos… pero nada con esas siglas.

—¡¿Por qué demonios se sigue trabajando con papel?!—Susurro estresado—. Oh… ya recordé; “La lealtad es la moneda que acuña el derecho a la estrella; la tecnología avanzada, su recompensa diferida”. Estúpido primer ministro.

Tiró una caja al suelo por frustración, el ruido resonó como un disparo en el silencio del edificio.

Se congeló. Nadie vino.

Siguió buscando, con las manos temblando.

—Fer… —llamó finalmente por el transmisor, con la voz quebrada por el estrés—. No hay nada. He revisado los registros confidenciales y los ordinarios. El código PDM no existe aquí.

Mientras tanto, en el despacho principal de la residencia del Presidente, la atmósfera era muy diferente.

La puerta de caoba estaba cerrada con llave, pero eso no había detenido a Fer. Dentro, la iluminación era tenue.

Fer estaba sentada en la silla de piel del Presidente, con las botas sucias de barro cruzadas insolentemente sobre el escritorio, justo encima de unos documentos oficiales. Tenía una paleta en la boca y la movía de un lado a otro.

Frente a ella, en la alfombra persa, el Presidente del pueblo y su esposa estaban arrodillados, atados de pies y manos con precintos plásticos. Tenían mordazas en la boca y los ojos desorbitados por el terror.

Fer sacó la paleta, apuntándoles con el dulce rojo.

—Mmm… —murmuró, revisando una tablet que había hackeado del escritorio—. Sus cuentas bancarias están limpias. Sus registros de llamadas también.

Los miró con decepción.

—Así que es verdad. No son parte de la red de inteligencia. Son solo… burócratas aburridos.

El Presidente intentó decir algo a través de la mordaza, algo que sonaba a indignación.

—Pero… —Fer se inclinó hacia adelante, y su mirada se oscureció—. Encontré un pago recurrente a una compañía estelar. Todo estaría bien, si no fuera que esa misma compañía está involucrada con el “Patriarca de los Rebeldes de la Verdad”.

Los ojos del Presidente se abrieron tanto que parecieron a punto de romperse. El miedo puro reemplazó a la indignación.

—No hay nada, Fer. ¿Qué debería hacer? —La voz de Cedric sonó en su oído.

Fer suspiró, decepcionada.

—La misión terminó. Retírate del lugar lo más rápido posible, Cedric.

Cortó la comunicación. Se puso de pie, estirándose perezosamente. Miró a la pareja una última vez.

—Saben… trabajar con el Patriarca es la mayor traición al Imperio —dijo suavemente—. Y la Oprichnina no perdona traiciones.

Presionó el botón de pánico instalado bajo el escritorio.

El aullido de las alarmas del pueblo estalló al instante, un sonido agudo y mecánico que perforaba los oídos. Fer caminó hacia ellos. Levantó su pistola con indiferencia. La pareja se retorció, intentando arrastrarse lejos.

—Buenas noches.

Dos disparos secos. Los cuerpos dejaron de moverse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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