LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 27
- Inicio
- LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes.
- Capítulo 27 - Capítulo 27: Capítulo 22: El Bautismo de Sangre.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 27: Capítulo 22: El Bautismo de Sangre.
En el edificio administrativo, las alarmas no solo sonaron; gritaron.
Luces rojas de emergencia comenzaron a girar en los pasillos. Cedric, aturdido por el cambio repentino, sintió que el pánico le helaba la sangre.
—¿Retirada? —balbuceó—. ¡Pero si acabas de activar a todo el maldito pueblo!
Corrió hacia la salida principal, sus botas resbalando en el piso encerado. Llegó a la rotonda central, bajo la estatua del Emperador, justo cuando las puertas principales estallaban hacia adentro.
Una docena de soldados de las Milicias locales irrumpió en el vestíbulo. No eran reclutas; llevaban armadura pesada y escudos antidisturbios. Bloquearon todas las salidas en segundos.
Las miras láser de doce rifles pintaron puntos rojos sobre el pecho de Cedric.
—Me atraparon —susurró al transmisor. Su voz era la de un niño perdido.
Fer no respondió.
—¡Al suelo! —rugió el comandante de la unidad—. ¡Manos donde pueda verlas o abrimos fuego!
Cedric levantó las manos, temblando violentamente.
—¡Esperen! ¡No disparen! —gritó, su voz rompiéndose—. ¡Soy del Imperio! ¡Soy el Vice Capitán Cedric Valerius, número de servicio 44-B! ¡Esto es un error!
El comandante no bajó el arma.
—¡Cierra la boca, traidor! ¡Al suelo ahora!
Cedric cayó de rodillas. Miró la estatua del Emperador, buscando una salvación que no llegaría. La impotencia le quemaba la garganta. Iba a morir ahí, ejecutado por sus propios camaradas, sin haber disparado una sola bala.
“¿Este es mi fin?”, pensó, cerrando los ojos con fuerza. “¿Tan débil soy?”.
—¡Maldición! —gimió.
Uno.
Dos.
El techo de cristal sobre ellos explotó.
Fue como si un meteorito hubiera impactado el edificio. Una lluvia de cristal y escombros cayó sobre el centro de la sala, seguida por una figura que descendió a una velocidad vertiginosa.
¡CRASH!
Fer aterrizó frente a Cedric, dándole la espalda a él y encarando a los soldados. El impacto de su caída fue tan brutal que el suelo de mármol se hundió bajo su rodilla, levantando una densa nube de polvo y yeso que engulló la luz de las linternas.
Los soldados vacilaron un microsegundo, tosiendo y tratando de ver a través de la bruma blanca. Fue su último error.
Fer no les dio tiempo ni de parpadear.
Con una mirada gélida que cortaba más que el acero, desenfundó su espada.
No fue una pelea; fue una ejecución. Se movió como un borrón, un trazo de muerte que zigzagueó entre los hombres. En un parpadeo, el sonido de los disparos que nunca ocurrieron fue reemplazado por el ruido húmedo de cortes y cuerpos desplomándose al unísono.
El silencio regresó al vestíbulo, solo interrumpido por el goteo rítmico de la sangre.
Fer sacudió su espada con un movimiento seco de muñeca, limpiando la hoja negra antes de enfundarla con un chasquido metálico.
Lentamente, se giró hacia Cedric.
Su rostro no mostraba alivio por haberlo salvado, sino una profunda y dolorosa decepción. Caminó hacia él, y sus pasos, pesados y deliberados, resonaron sobre el piso manchado, sonando más fuertes que las sirenas que aún aullaban afuera.
Se detuvo frente a él, lo miró de arriba abajo y soltó un suspiro largo, cargado de incredulidad.
—¿Quieres ser fuerte para proteger a los demás…? —Su voz era baja, pero cargada de un coraje contenido—. No me jodas. No tienes ni la determinación para defenderte a ti mismo.
La vergüenza golpeó a Cedric más fuerte que cualquier bala. Agachó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada, pero la frustración lo hizo replicar:
—¡Ellos no eran enemigos! —gritó, señalando los cuerpos con mano temblorosa—. ¡Eran de los nuestros! Eran soldados imperiales y tú… tú los masacraste.
Fer se detuvo. Miró a su alrededor con indiferencia, contemplando la carnicería como quien mira un cuadro aburrido, y luego volvió a clavar sus ojos en él.
—Nada ni nadie es lo que parece —dijo con frialdad—. Ellos eran traidores… Tal vez no fue buena idea darte este tipo de entrenamiento si vas a dudar en cada paso.
El sonido de motores magnéticos pesados y frenos de aire comenzó a escucharse afuera. Vehículos blindados estaban rodeando el edificio; los refuerzos habían llegado.
Fer, pragmática como siempre, captó la situación al instante.
—Te estoy entrenando como un miembro de la Oprichnina —le dijo, acercándose un paso más, invadiendo su espacio personal—. Puedes dejarlo ahora si quieres, pero… todo tiene un precio.
Tocó su pulsera para materializar un objeto y le arrojó un pequeño frasco de pastillas al pecho.
Cedric lo atrapó por reflejo, mirando el envase con confusión.
—La muerte es la paga —sentenció ella, su voz carente de toda empatía—. Si quieres seguir con esto, me lo tienes que demostrar.
Señaló hacia la salida, donde las luces de los vehículos enemigos ya barrían las ventanas.
—Busca la forma de librarte de este problema tú solo.
Y entonces, tal como había llegado, Fer golpeó el piso con su pierna y revivió la bruma. Su silueta se distorsionó, se fundió con las sombras y, en un segundo, se esfumó en el aire, dejándolo solo, con un frasco en la mano y un ejército esperando afuera para matarlo.
Cedric parpadeó, buscando su rastro, pero no había nada.
—Maldita loca… —susurró, con la voz ahogada por el pánico.
¡CRASH!
La puerta principal de cristal estalló en mil pedazos. El primer vehículo blindado había embestido la entrada, usando su chasis como ariete. Detrás de él, una marea de uniformes grises y visores tácticos inundó el vestíbulo.
—¡Despejen el área! —bramó una voz amplificada por un altavoz—. ¡Sin prisioneros! ¡El protocolo es tierra quemada!
Cedric se lanzó detrás del pedestal de la estatua del Emperador justo cuando una lluvia de balas de munición de reacción repiqueteaba contra el mármol, arrancando lascas de piedra que le cortaron la mejilla.
Se agazapó, respirando como un animal acorralado. Las balas silbaban sobre su cabeza. Iban a matarlo. No les importaba su rango, ni su lealtad. Para ellos, él era solo carne muerta.
Le temblaban las manos tanto que casi deja caer el frasco. Lo miró. Era un cilindro metálico sin etiqueta alguna. “La muerte es la paga”, había dicho ella.
Entendió el mensaje de inmediato: Antes de que te capturen y te torturen, mátate. Era la salida de los cobardes, o quizás, la misericordia final de la Oprichnina.
Cedric destapó el frasco con desesperación.
Había dos píldoras negras. La muerte rápida. La paz.
Acercó el frasco a sus labios, temblando. Los pasos de las botas crujían sobre los cristales, acercándose por los flancos.
—¡Aquí está la rata! —gritó un soldado, rodeando el pedestal con el rifle alzado.
Cedric cerró los ojos, listo para tragar.
Pero entonces, la voz de Fer resonó en su memoria, llena de desprecio: “No tienes ni la determinación para defenderte a ti mismo”. “Es una promesa”, recordó también aquel juramento.
Los ojos de Cedric se abrieron de golpe. Una chispa de furia pura se encendió en su pecho, quemando el miedo.
—No… —gruñó, cerrando el puño alrededor del frasco—. ¡No les daré el gusto!
Guardó las pastillas en su bolsillo con un movimiento brusco. No iba a morir como una rata envenenada. Si iba a morir, sería mordiendo.
El soldado estaba a dos metros, apuntando a su cabeza.
—¡Muere, trai—!
Cedric no esperó. No tenía entrenamiento de élite, ni mutaciones superiores como la de Fer en la sangre. Solo tenía el instinto de una bestia que se niega a ser sacrificada.
Se lanzó hacia adelante con un grito gutural, ignorando el cañón del arma.
El soldado, sorprendido por la carga suicida, disparó tarde. La bala pasó zumbando junto a la oreja de Cedric, arrancándole un pedazo de oreja.
Cedric chocó contra él, usando todo el peso de su armadura. Ambos cayeron al suelo en una maraña de extremidades. El rifle salió volando.
Cedric, cegado por el polvo y la adrenalina, golpeó a ciegas. Su puño, protegido por el guantelete táctico, impactó en la visera del soldado. El cristal se rompió. Siguió golpeando. Una, dos, tres veces, hasta que el hombre debajo de él dejó de moverse.
—¡Contacto! —gritaron los otros—. ¡Disparen!
Las balas impactaron alrededor de Cedric. Una le rozó el hombro, arrancando metal y piel. El dolor fue agudo, real, pero en lugar de detenerlo, lo enfureció más.
Rodó sobre el cadáver, agarrando el cuchillo de combate del cinturón del muerto. Se levantó, jadeando, cubierto de sangre ajena y polvo de mármol.
Miró a los hombres que le disparaban. Llevaban el uniforme imperial. Pero en ese momento, la mente de Cedric, fracturada por el estrés y la necesidad de sobrevivir, reescribió la realidad.
“El Imperio protege…”, pensó febrilmente. “El Imperio no ataca a los suyos… Por lo tanto… si me atacan a mí…”
Levantó la vista, con los ojos inyectados en locura.
—¡USTEDES SON LOS REBELDES! —aulló con todas sus fuerzas.
Corrió hacia el siguiente soldado. El hombre intentó recargar, pero Cedric se le echó encima como un perro rabioso. Le clavó el cuchillo en el cuello. La sangre caliente le bañó la mano.
Cedric le arrancó el rifle de las manos al moribundo. Se giró hacia el resto del grupo. No apuntó. No buscó cobertura. Simplemente apretó el gatillo y dejó que el odio guiara las balas.
¡RATATATATA!
El rifle escupió fuego en el pasillo cerrado. Las balas rebotaron en las paredes, en el piso, en la carne. Dos milicianos cayeron, gritando.
Era una pelea sucia, caótica. Cedric recibió un golpe en las costillas que le sacó el aire, pero respondió con un culatazo en la mandíbula que destrozó dientes. Ya no era el Vice Capitán de antes; era ahora un hombre que había decidido que la única forma de volver a casa era caminando sobre cadáveres.
El último soldado, el comandante, retrocedió tropezando con los escombros, aterrorizado por la brutalidad de aquel hombre que se negaba a morir.
—¡Espera! —suplicó, levantando una mano—. ¡Soy…!
Cedric lo alcanzó. No hubo piedad. Le disparó a quemarropa en el pecho, una y otra vez, hasta que el arma hizo clic en vacío.
El silencio cayó de golpe sobre el vestíbulo, pesado y asfixiante, solo se rompió por la respiración entrecortada de Cedric. Él se quedó de pie, temblando violentamente. Miró a su alrededor. Cuerpos. Sangre. Uniformes grises manchados de rojo.
Su mente intentó procesar el horror, intentó decirle que había matado a sus aliados. Pero él negó con la cabeza, aferrándose a su nueva verdad para no romperse.
Llevó la mano a su bolsillo y sintió el frasco de pastillas. Aún estaba ahí. La salida fácil que había rechazado.
—No eran imperiales… —susurró, escupiendo sangre al suelo—. Eran rebeldes. Todos ellos.
Se ajustó la armadura destrozada, recogió su dignidad del suelo junto con el rifle vacío, y comenzó a caminar hacia la salida.
“No solo es por mi…”, pensó apretando la mandíbula. “Es por ellos”
Instantes después, Fer, que esperaba bajo la rama alta de un árbol seco en las afueras, escuchó el silencio repentino.
Se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra el tronco rugoso, y esperó.
Desde su posición, el caos del edificio administrativo era solo un rumor lejano, un eco de sirenas y gritos. Su mente, sin embargo, trabajaba a mil revoluciones, procesando cada fragmento de información que habían obtenido… y lo que faltaba por hacer.
—¡Ah! —bufó con impaciencia, pateando una piedra—. Si tan solo estuviera K aquí… ya habríamos empezado a limpiar este basurero.
Respiró hondo para calmarse, pero entonces, una pequeña sonrisa curvó los labios de Fer.
—Ahí está…
El caos había cesado tan rápido como había empezado, dejando un silencio sepulcral que pesaba sobre el pueblo.
Por la calle principal, una figura solitaria emergió de entre las sombras y el humo. Cedric caminaba despacio, con la cabeza gacha. Su armadura, antes impecable, estaba ahora empapado en un color carmesí oscuro y viscoso que no era suyo.
Caminaba arrastrando los pies, pero sin detenerse.
Al llegar junto a ella, el olor a pólvora y sangre fresca lo envolvía como un perfume macabro. Fer lo observó de arriba abajo, notando que, aunque temblaba ligeramente, no estaba herido.
—Vaya, vaya… —dijo ella con una sonrisa juguetona, rompiendo la tensión—. Al parecer me equivoqué al decir que no tenías determinación.
Cedric se detuvo a su lado. No levantó la vista de inmediato. Metió la mano en su bolsillo táctico, sacó el frasco de pastillas que ella le había arrojado y extendió el brazo para devolvérselo. Cuando finalmente alzó la cara, sus ojos habían cambiado; el miedo había sido reemplazado por un vacío frío.
—Mientras sean rebeldes… —murmuró, y su voz fue ganando fuerza, cargada de una rabia contenida—. Sea mujer o niño… siempre… ¡Siempre tendré la determinación!
Dicho esto, soltó el frasco en la mano de ella y reanudó su marcha hacia el bosque, sin mirar atrás. La sonrisa de Fer se desvaneció lentamente mientras veía su espalda alejarse. Una extraña mezcla de nostalgia y reconocimiento cruzó su rostro.
“Te pareces tanto a él…”, pensó, evocando una memoria antigua. “Pero tú… tú serás mucho más peligroso”.
La sonrisa volvió, pero esta vez era diferente, más afilada, casi depredadora.
—¿Serás tú el remplazo perfecto? —susurró para sí misma—. Me muero por saberlo.
Fer alzó la vista hacia el horizonte. Los primeros rayos del sol comenzaban a rasgar la oscuridad, bañando el cielo en tonos rojos, como si el propio amanecer supiera lo que acababa de nacer en ese pueblo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com