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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Capítulo 1 El Guiñar de un Zorro
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3: Capítulo 1: El Guiñar de un Zorro.

3: Capítulo 1: El Guiñar de un Zorro.

15 AÑOS DESPUÉS…

FECHA: 07/01/2918 — 854 Años Desde la Unificación de Pangea.

UBICACIÓN: Planeta Desconocido.

—Shh…

todo saldrá bien.

Ya no existen los monstruos —susurró una voz femenina, acunando la cabeza de un niño en su regazo.

—¿Y si vuelven?

—respondió el niño.

—Entonces yo te tapo los ojos.

El niño se aferró a su blusa con fuerza.

—No quiero taparme los ojos.

Quiero que no estén.

La mujer dejó de acariciarle el pelo.

Su mano se puso rígida sobre la cabeza de él.

—No seas tonto, Cedric.

Siempre están.

—¡NO!

—gritó él.

—¡DESPIERTA!

El grito rompió la ilusión.

Un hombre de pelo castaño abrió los ojos de golpe, soltando una bocanada de aire.

Estaba sentado, sudando frío.

Frente a él, una mujer de pelo largo y negro lo observaba con seriedad.

—¿Estás bien, Cedric?

—preguntó ella.

Cedric la miró, parpadeando para borrar la imagen del sueño, y asintió en silencio.

Giró la cabeza hacia la izquierda, buscando la ventana.

Afuera, el cielo rojizo del atardecer bañaba un mar de árboles verdes que se estrellaban contra montañas lejanas.

Una vista hermosa, pero que solo se podía apreciar desde la fría estructura metálica de un ZH en pleno vuelo.

—Dormiste todo el viaje, Cedric.

Ojalá pelees mejor de lo que roncas en la exhibición —dijo otra mujer sentada a la derecha de la primera, pegada a la ventanilla.

Tenía la piel bronceada y el cabello corto.

—Y ojalá tú pelees mejor de lo que te quejas Lunaria —respondió Cedric, estirándose—.

Por algo yo soy un excelente Fractal.

“Que no se te olvide”, pensó.

Ella ni siquiera se dignó a mirarlo; cerró los ojos y se cruzó de brazos con indiferencia.

—¿Por qué nosotros…?

¿Ah?

¿Ningún día de descanso tendremos?

—se quejó un hombre rubio y con lentes sentado en medio de las dos mujeres.

Cedric miró a dicho hombre sin mostrar preocupación por sus lamentos.

—¡Ya deja de bramar!

¡Llevas todo el viaje haciendo lo mismo, Krzytof!

—se exaltó Lunaria, abriendo los ojos de golpe.

—¡¿Ah?!

¿Por qué no te callas tú?

—replicó Krzytof, acomodándose los lentes—.

Llevan tres horas midiéndose el ego.

Ya aburren.

—¿Qué dijiste, cuatro ojos?

—Dije que aburres.

¿O estás sorda también?

Lunaria se levantó de su asiento en un movimiento rápido.

Con una mano agarró a Krzytof por el cuello y con la otra levantó el puño, lista para romperle la nariz.

—No peleen…

por favor —pidió una voz suave.

Era otra chica sentada frente a Lunaria.

Tenía las manos sobre sus muslos, apretándolos con nerviosismo.

Sus ojos grandes y azules miraban la escena con pánico, y su cabello castaño claro brillaba con los últimos rayos del sol.

Su tez blanca se encendió en un sonrojo.

Era demasiado bonita para llevar uniforme militar, y demasiado tímida para llevar un arma.

Lunaria y Krzytof se detuvieron un segundo.

—Solo porque lo pides tú —gruñó Lunaria, soltando a Krzytof de mala gana.

—Sí, sí.

Gracias, Lyana —dijo él, tocándose el cuello.

La chica hermosa, Lyana, agachó la mirada, avergonzada.

La mujer frente a Cedric , la de pelo negro largo, soltó un suspiro profundo.

Una leve sonrisa de resignación cruzó su rostro.

“¿Cuándo se comportarán como soldados Vexillarius?

Parecen niños de guardería con armas”, pensó.

Luego miró a la chica hermosa.

“¿Y tú…?

¿Cuándo dejarás la vergüenza, Lyana?” —Capitana Selene…

hemos llegado a la instalación militar 9-2-1 de la Black Cradle —sonó la voz del piloto por el transmisor casi invisible en su oído.

La mujer borró la sonrisa y su expresión se volvió de acero.

—Ojalá nunca —susurró para sí misma.

El ZH descendió.

La nave, marcada por cicatrices de combate y suciedad, lucía en el fuselaje el logo resplandeciente de un zorro guiñando un ojo, con un cigarro en la boca y un fusil de asalto.

Entre los grandes edificios de concreto, colgaban inmensos estandartes negros pertenecientes a la Black Cradle: tres cabezas de lobos dorados mirando en direcciones opuestas, unidos por un mismo cuello.

El fondo oscuro parecía tragarse la luz del atardecer.

La nave tocó tierra en la plaza central, levantando una nube de polvo que calló a todos los presentes.

La puerta lateral se abrió con un siseo.

Desde una oficina en lo más alto de un edificio, los oficiales de mayor rango observaban.

—Coroneles…

tenemos el informe de la misión: Penumbra 07 —dijo un oficial con porte respetuoso, sosteniendo una carpeta.

Los coroneles no le prestaron atención.

Seguían mirando por el ventanal a las figuras que bajaban del ZH, dándole la espalda al oficial.

Él, acostumbrado a la falta de respeto, tragó saliva y continuó.

—La operación fue un éxito a pesar de los peligros inesperados…

gracias al envío del escuadrón Vexillarius M-368, se evitó la masacre de los soldados de élite en esa trampa mortal.

Silencio.

—Es verdad que tuvimos problemas…

dos miembros Vexillarius desaparecieron en combate durante toda una noche.

Aún así, fueron ellos los que terminaron de dar caza al Comandante de Liberación…

para ser exactos, la agente Lyana Torgarius.

Esta vez, las sillas giraron.

Los coroneles tomaron las hojas y leyeron el informe, aún sin mirar al oficial a la cara.

—Según indicó el Alto Mando, por sus grandes progresos el escuadrón M-368 será enviado al planeta Elytor-III…

donde se supone que apareció otro comandante rebelde.

Los coroneles levantaron la vista, clavándola en el oficial con frialdad.

—Con este alzamiento sería el caso número 1533 desde la rebelión de los Rebeldes de la Verdad en el año 2879…

—Queremos el informe completo del Escuadrón Zorro Belicoso —interrumpió uno de los coroneles, entrelazando los dedos con aburrimiento—.

Una vez terminando su chequeo evolutivo.

El oficial asintió, esperó una orden más que nunca llegó, y se retiró.

Abajo, el Escuadrón Zorro ya se abría paso dentro del edificio.

Cinco figuras con armaduras medievales de color azul marino.

Caminaban con paso firme, ignorando los susurros.

“Son ellos…

¿ya los viste…?

¿Cinco y no cuatro…?

Increíble” Parecían bichos raros en medio de la base.

En un pasillo, una mujer con bata blanca los interceptó.

—¡Bienvenidos a casa!

—dijo con una sonrisa clínica.

—Ya regresamos —respondió Selene, con una mueca que intentaba ser amable.

—Me alegra tenerlos de vuelta, mis pequeños…

sé que están cansados por su última misión, pero saben las reglas.

Selene tomó las manos de la mujer y asintió levemente.

—Andando.

La científica los guio a través de un pasillo con tres puertas.

Ella entró en la primera, una sala de observación con una consola grande y una pared de cristal que daba a la oscuridad.

Los Zorros entraron en las otras puertas: vestidores.

Adentro, el ritual fue mecánico.

Guardaron las armas en casilleros bajo llave.

Pulsaron un botón azul en sus muñecas y la armadura se desvaneció, retrayéndose hasta quedar contenida en dos pulseras metálicas.

Quedaron vestidos solo con conjuntos de licra negra ajustada, esperando frente a una puerta con el rótulo: BLACK.

—Escuadrón Zorro…

damos inicio a su combate de exhibición —sonó la voz de la científica por los altavoces—.

Por favor, usen toda su fuerza.

Necesitamos los mejores datos sobre la evolución de sus mutaciones.

La puerta se abrió.

Las luces se encendieron una por una con un clac-clac-clac, revelando una sala de combate negra.

Desde la pared opuesta, otras cuatro personas salieron.

Llevaban cascos negros con una visor opaco que les cubrían el rostro por completo.

Eran tres mujeres y un solo hombre, o eso decían sus siluetas físicas.

—Perdón por llegar tarde —dijo un científico que entró apresurado a la sala de observación, sosteniendo una taza de café humeante con ambas manos.

—Ahórrate las disculpas.

¡Necesito que veas esto!

—la científica se agitó en su silla, señalando con un dedo tembloroso los hologramas que brotaban de la consola—.

¡Es increíble…!

¡Los dos fractales ya casi rivalizan con alguien encunado en la Black Cradle!

El hombre se acercó, tambaleando su café por la impresión.

La científica tecleó comandos a una velocidad febril, sus ojos saltando de una pantalla a otra, mientras miraba de reojo a los Zorros a través del cristal blindado.

—Empiecen —anunció por la megafonía.

Su voz sonó distorsionada y metálica en la sala negra.

Lyana, al escuchar el aviso, sintió un nudo en el estómago.

Observó a sus compañeros, tensos, y luego a sus adversarios, estáticos como estatuas de obsidiana.

“Pero se supone que íbamos a pelear con hologramas”, se dijo a sí misma, sintiendo que el aire se volvía pesado.

Al pasar unos segundos, el sonido de la nanotecnología rompió el silencio.

Cedric activó su pulsera.

El metal líquido trepó por su cintura hasta solidificarse en una espada enfundada.

Sin esperar órdenes, tomó impulso.

Sus botas chirriaron contra el suelo negro mientras corría hacia sus adversarios.

“Ningún Vexillarius vendrá a retarme”, pensó, con la adrenalina nublándole el juicio.

—Selene…

—susurró Lunaria, cruzándose de brazos y observando la carrera suicida de su compañero.

—¿Mm?

—Selene ni parpadeó.

—¿No deberíamos detenerlo?

—Déjalo que lo intente…

—respondió ella con una ironía fría—.

Necesita aprender.

Cedric devoró la distancia.

Al estar cerca de los rivales, desenfundó su espada con un movimiento amplio a dos manos, buscando partir al enemigo en dos.

El único hombre del equipo rival reaccionó con una pereza insultante.

Activó parcialmente su armadura; solo el guantelete derecho, y desenfundó su espada al materializarla con una rapidez que el ojo humano apenas pudo seguir.

¡CLANG!

Un destello de chispas iluminó la oscuridad por un segundo.

Las espadas quedaron trabadas.

El hombre detuvo el golpe de Cedric con una sola mano.

—No te creas mucho por ser un fractal prodigioso…

—susurró el hombre, acercando su casco al rostro de Cedric hasta que sus respiraciones se mezclaron.

Luego, el mundo de Cedric se invirtió.

Una patada en el abdomen bajo.

Seca.

Precisa.

Cedric soltó el aire de golpe, doblándose.

Antes de caer, recibió un puñetazo en el rostro que le hizo crujir el cuello y, para rematar, una patada giratoria que lo levantó del suelo.

Salió despedido hacia atrás, rodando por el piso hasta detenerse a los pies de su escuadrón, tosiendo y buscando aire.

—Incrédulo —murmuró el hombre, sacudiendo su bota.

—¡Maldición…!

—exclamó la científica en la cabina, frustrada—.

La mutación de Cedric es increíblemente progresiva, pero su ego hará que lo maten rápido.

Lyana agachó la cabeza al ver a Cedric retorciéndose en el suelo.

Sintió vergüenza ajena, pero también miedo.

Selene tronó sus nudillos, un sonido seco en el silencio, mientras Krzytof y Lunaria levantaban a su compañero del piso.

—Capitana del Escuadrón Zorro…

—dijo el hombre rival, relajando su postura—.

No veo motivo alguno para que peleemos contra todos ustedes.

—¿Ah…?

Pues yo sí —Selene sonrió, una sonrisa afilada que prometía violencia.

—Le propongo un trato.

Que el soldado más fuerte de su extraño escuadrón pelee con el miembro más débil de los nuestros —dijo el hombre, viendo cómo Selene caminaba hacia él paso a paso.

—JÁ…

cierra la boca.

No hay…

¡Fiiuu!

La voz de Selene se cortó.

Una flecha pasó zumbando a milímetros de su oreja, levantando un mechón de su pelo negro.

Selene se detuvo en seco, sorprendida.

Lyana pasó corriendo a su lado.

Tenía un arco negro desplegado y la mirada fija en el objetivo.

Disparó.

Una, dos, tres flechas en rápida sucesión.

El hombre, obligado a defenderse, desvió los proyectiles con su espada, retrocediendo un paso.

—¡¿Qué diablos haces?!

—gritó Selene, exaltada por la imprudencia.

—Eso es un sí, supongo —dijo el hombre.

Al terminar su frase, otra ráfaga de flechas voló hacia él.

Una de las mujeres del equipo rival, harta, materializó su arma primitiva; un arco, y se lanzó al contraataque.

El choque fue brutal.

La mujer disparó varias flechas que chocaron contra las de Lyana.

Luego, al estar cercas de ella deshabilitó su arma para pelear a golpes.

Lyana al ver esto, desactivó su arma para ganar movilidad.

Se movía rápido, esquivando golpes que podrían romperle los huesos, respondiendo con patadas y puñetazos.

Pero la diferencia de nivel era abismal.

Lyana conectaba uno de cada diez golpes.

Su oponente conectaba todos.

La pelea se convirtió en una paliza unilateral.

Los Zorros, al ver que ella estaba siendo acorralada, dieron un paso para intervenir.

—¡Alto!

—la voz de la científica retumbó por la megafonía—.

¡Nadie interviene!

Quiero ver hasta dónde llega.

Cedric, que estaba sentado en el piso recuperando el aliento, miró hacia la cabina con odio.

Luego miró a Lyana, que respiraba con dificultad, sangrando por la nariz.

Apretó los puños contra el suelo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

“Maldición…

si tan solo fuera más fuerte”, se dijo a sí mismo, la impotencia quemándole la garganta.

Lyana sentía que los pulmones le iban a estallar.

Sabía que la pelea no iba a durar mucho más.

Sus piernas le temblaban.

Su oponente lanzó una patada alta.

Lyana se agachó, barriendo el piso con su propia pierna en un último esfuerzo.

Funcionó.

La mujer perdió el equilibrio un instante.

Lyana aprovechó el hueco y lanzó un puñetazo con todo el peso de su cuerpo directo a la mejilla del casco.

¡CRACK!

El impacto resonó en la sala.

Un pedazo del casco negro se desprendió, cayendo al suelo.

La mujer retrocedió, llevándose la mano a la cara.

Se quitó el casco roto con furia, revelando un cabello negro corto y una tez trigueña manchada de sangre.

Escupió al suelo; la saliva era roja.

—Bien —dijo ella, con una calma que daba miedo—.

Ahora sí vamos a jugar.

Lyana tragó saliva, retrocediendo un paso.

—Yo no quiero jugar.

—Lástima.

La mujer se enderezó lentamente, acomodándose el pelo con un gesto arrogante.

Lyana, con la respiración agitada y el pecho subiendo y bajando dolorosamente, la observó sin bajar la guardia.

“Tengo que protegerlos…

cueste lo que cueste”, se repitió como un mantra.

—Oye tú…

—pronunció la mujer sin emoción, mirándola desde arriba como si hablara con un insecto aplastado—.

No vuelvas a tocarme la cara.

Lyana la ignoró, apretando los puños para que no se notara que le temblaban las manos.

—¡Oye…!

¡Te estoy hablando!

El silencio de Lyana fue el detonante.

La mujer apretó los dientes con tanta fuerza que se escuchó un chirrido.

“Aparte de él, nadie más me había tocado”, pensó la mujer, y la silueta de un hombre en su memoria la llenó de un odio volcánico.

—Pon atención, que solo lo diré una vez…

Soy Astrid Blair —dijo, limpiándose la sangre de los labios con el dorso de la mano—.

Y haré que se te grabe ese nombre.

Astrid se puso en guardia.

El hombre de su equipo, al ver la postura de su compañera y la intención asesina en sus ojos, dio un paso al frente y colocó su mano izquierda detrás de su propia espalda: aguardando.

Sabía lo que venía.

El silencio inundó la habitación.

Los ojos de los Zorros estaban clavados en Lyana.

Lyana miró fijamente a Astrid.

Intentó analizar su postura, sus parpadeos, sus respiraciones…

pero Astrid simplemente desapareció.

El suelo crujió.

El impulso fue tan rápido que rompió la concentración de Lyana.

No hubo técnica, solo velocidad pura.

Con sorpresa y terror, Lyana vio cómo el puño de Astrid se levantaba frente a su cara.

El tiempo pareció detenerse.

Era un golpe definitivo.

“Maldición…”, se dijo Lyana, cerrando los ojos y preparándose para el impacto.

—¡Alto!

—gritó el compañero de Astrid.

¡PAM!

El sonido fue seco, sordo.

Lyana sintió una ráfaga de viento golpearle la cara, pero el dolor nunca llegó.

Abrió los ojos lentamente.

El puño de Astrid estaba detenido en el aire, atrapado firmemente por la mano de su compañero, a centímetros de la nariz de Lyana.

—Terminó el combate de ascensión —pronunció el hombre, mirando a Astrid con advertencia o eso parecía detrás del visor.

Astrid forcejeó un segundo, mirándolo con furia, pero luego relajó el brazo.

No dijo nada, pero su mirada prometía venganza.

Lyana, aún temblando, frunció el ceño y volteó lentamente hacia sus compañeros.

Los Zorros estaban pálidos, incrédulos ante la velocidad que acababan de presenciar.

Cedric, al ver la pelea y reconocer sus movimientos, abrió los ojos de par en par.

—¿Qué hace un escuadrón de los Phantom Corps aquí?

—preguntó, con la voz llena de incredulidad.

—Lamentablemente…

no clasificaron para ascender a la prestigiosa rama Phantom —anunció el hombre con seriedad, soltando a Astrid—.

Fallaron.

Astrid se alisó la licra, recuperando su frialdad.

Miró a Lyana una última vez.

—Infeliz —susurró al pasar junto a ella.

Dio media vuelta y se dirigió con el resto de su escuadrón hacia la salida.

El hombre bajó la mano con tranquilidad y, sin decir una palabra más ni mirar a los “bichos raros”, siguió a los suyos.

En el momento en que les dieron la espalda, la adrenalina abandonó el cuerpo de Lyana.

Sus piernas cedieron.

Tambaleó.

Selene y Lunaria corrieron y la sostuvieron antes de que cayera.

—Es realmente increíble…

¡INCREÍBLE, HE DICHO!

—gritó la científica en la cabina, golpeando la consola con euforia y poniéndose de pie.

Su compañero miró su mano vacía; la taza de café había desaparecido, caída al suelo en algún momento de la pelea, manchando su bata.

—No me equivoqué con ella…

—dijo la científica, respirando con dificultad por la emoción—.

Lyana recibirá otra dosis de la mutación.

—¡Pero…

si lo hacemos su cuerpo se hará inestable!

—advirtió el hombre, asustado.

—Eso no será un problema…

ella ya está a un paso de subir a la Tercera Rama Imperial…

—la científica se cubrió el rostro con una mano, ocultando una sonrisa torcida—.

Y con solo dieciocho años.

Una risa silenciosa emergió de su garganta.

—Ella podrá ser miembro de la élite de la Black Cradle…

y el resto de los Zorros serán los bichos más poderosos jamás creados.

Las luces del cuarto Black parpadearon.

Se fueron apagando una a una, dejando a los Zorros en penumbra.

La puerta opuesta se cerró con un golpe metálico tras la salida de Astrid.

En el lugar solo quedó un olor a sudor rancio y un silencio incómodo.

—Excelente…

—murmuró la científica, recuperando la compostura y presionando el botón de la megafonía—.

Lyana, conmigo.

Detrás del cristal, la cabina también parecía sala médica que brillaba con una luz blanca y estéril.

En el centro había una cápsula vertical, conectada a mangueras gruesas que palpitaban como si tuvieran vida propia.

La científica llenó una jeringa grande con un líquido de color morado brillante.

Cuando lo levantó hacia la lámpara, el reflejo lo hizo parecer una joya preciosa, una belleza engañosa.

—Bueno…

en lo que ellas hacen eso, deberíamos adelantarnos al comedor —dijo Krzytof, rompiendo la tensión.

Puso los brazos detrás de la nuca y miró hacia otro lado.

Cedric no respondió.

Apretó los puños, asintió levemente y observó cómo se llevaban a Lyana, arrastrando los pies.

Salió del lugar minutos después, con un sabor amargo en la boca.

En la sala médica, el aire estaba frío.

—Desnúdenla —ordenó la científica, con la misma frialdad con la que pediría un bisturí.

Selene y Lunaria obedecieron sin rechistar.

Bajaron el cierre de la espalda de Lyana.

El sonido de la tela rasgando el silencio fue áspero.

Deslizaron el traje sudado hacia abajo.

Lyana tiritó, expuesta bajo la luz clínica.

La metieron parcialmente en la cápsula.

Era una rutina que conocían demasiado bien.

—Respira hondo —dijo la científica, acercándose con la aguja—.

Esta dosis ajusta el umbral neuromotor y la tolerancia al dolor.

Va a arder.

Mucho.

Lyana cerró los ojos y contuvo la respiración.

Sintió la punta fría de la aguja tocar la piel sensible sobre sus costillas.

Cuando el metal perforó y el líquido empezó a entrar, su cuerpo se puso rígido.

Primero sintió frío.

Un hielo absoluto que le congeló la sangre.

Luego, brasas.

Como si le inyectaran vidrio molido caliente.

Por último, un golpe sordo en el esternón, como el tañido de una campana gigante, que vibró a través de sus huesos y le subió hasta los ojos, cegándola por un instante.

¡Ahhh…!

Fue un gemido ahogado.

Sus rodillas fallaron.

Selene y Lunaria la sostuvieron con fuerza, impidiendo que colapsara dentro de la máquina, esperando a que su pulso dejara de galopar.

La cápsula se cerró herméticamente por un instante para un escaneo.

Las luces de diagnóstico barrieron su cuerpo desnudo.

Luego, se abrió con un chasquido de descompresión.

—Efectos secundarios: fiebre leve, fotofobia y hambre —enlistó la científica de memoria, sin mirarla a la cara, tecleando en su tableta—.

No te hagas la fuerte con el dolor.

¿Me oíste?

Lyana salió de la cápsula tambaleándose.

Tenía la piel enrojecida, el ardor encendido justo debajo de la superficie.

Selene dio medio paso y le ofreció la mano.

Ella la tomó a ciegas, apretándola fuerte.

—Vístete, pero aún no se retiren —dijo la científica, dándoles la espalda para revisar sus datos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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