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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Capitulo 2 Noches de Miedo
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4: Capitulo 2: Noches de Miedo.

4: Capitulo 2: Noches de Miedo.

Mientras ellas seguían con la científica, Cedric y Krzytof caminaban por el pasillo hacia el comedor.

Al principio iban en silencio, con el eco de sus botas llenando el espacio.

—Realmente fue increíble ver a Lyana pelear —dijo Krzytof, rompiendo el hielo, con las manos aún entrelazadas detrás de la nuca—.

Tiene agallas.

—No fue increíble —respondió Cedric sin mirarlo, con la mandíbula tensa—.

Fue arriesgado.

—Ajá…

y tú fuiste muy prudente, ¿verdad?

—Krzytof soltó una risita—.

Aún tienes la cara roja, “fractal prodigioso”.

Cedric se detuvo un segundo, fulminándolo con la mirada.

—La próxima vez me toca a mí.

Llegaron al comedor.

El lugar olía a sopa caliente y pan recién horneado, mezclado con el murmullo de voces cansadas.

Tomaron una mesa cerca de la pared.

Krzytof dejó caer su charola con un golpe seco y empezó a comer con ganas.

Cedric no tocó la suya; sus ojos estaban clavados en la puerta.

Minutos después, llegaron.

Lyana caminaba con el cuello rígido y la mirada baja.

La luz fluorescente del comedor parecía lastimarle los ojos; los tenía entornados.

Lunaria la guiaba, empujándole un vaso de agua y un tazón en cuanto se sentaron.

Selene ocupó la cabecera en silencio.

—Come —ordenó Lunaria.

Lyana obedeció mecánicamente.

Dos cucharadas.

Tres sorbos de agua.

Al principio le temblaba la mano, pero poco a poco el pulso se le emparejó.

Cedric se inclinó un poco hacia ella.

—¿Cómo te sientes?

—preguntó en voz muy baja.

—Como si tuviera campanas sonando en el pecho…

—susurró ella, tocándose el esternón—.

Pero estoy bien.

Viviré.

El murmullo del comedor se cortó de tajo.

Un oficial apareció en la entrada.

Caminó recto, con pasos marciales, ignorando al resto de los soldados hasta detenerse frente a Selene.

Dejó una carpeta sobre la mesa.

—Capitana del Escuadrón Zorro Belicoso.

Esta es su siguiente misión.

Selene tomó el archivo con la mano izquierda, mientras con la derecha sostenía un pedazo de pan a medio morder.

Lo abrió.

Leyó lo esencial en segundos: hora, punto de encuentro, transporte.

—Enterado —dijo ella con la boca llena.

El oficial asintió con rigidez y se retiró.

En cuanto salió, el ruido del comedor volvió a la normalidad.

—¡Oye!

No hables con la boca llena, qué asco —le recriminó Lunaria.

Selene sonrió, entrecerrando los ojos con malicia.

—Lo siento —dijo, tragando ruidosamente a propósito.

Luego, su expresión cambió.

La capitana regresó.

—A las 07:00 horas —anunció—.

Nos uniremos a la Fragata Estelar Blitz.

Punto de embarque T-3.

Lunaria soltó un chasquido de lengua molesto y estiró los hombros.

Krzytof bufó.

Cedric miró a Lyana.

—¿Vas a poder?

—preguntó.

Ella asintió una vez, firme.

—Si no puedo, aprenderé a poder.

Selene se puso de pie.

Tomó tres pedazos de pan extra y le dejó uno a Lyana.

—Coman y descansen temprano.

Enlisten su equipo básico y revisen las pulseras.

—¿Algún detalle del objetivo?

—preguntó Krzytof, sacando una libreta pequeña.

—Los detalles se leen en la nave —zanjó Selene—.

Aquí solo se respira.

—Mmm…

enterado —dijo Krzytof cerrando los ojos con una sonrisa burlona—.

Por cierto…

si sigues comiendo tanto pan, vas a engordar como Lunaria…

¡PUM!

El golpe fue tan rápido que nadie lo vio venir.

Los lentes de Krzytof salieron volando y un hilo de sangre le brotó de la nariz.

—¡Imbécil…!

—gruñó Lunaria, apretando su puño ensangrentado.

Cedric y Selene ni se inmutaron; ya era rutina.

El resto del comedor, sin embargo, se quedó en silencio mirando la escena.

Lyana terminó su agua, respiró hondo y se cubrió los ojos un segundo con el dorso de la mano.

El zumbido lejano de los motores de fusión vibró en las paredes.

—No te vuelvas a lanzar sola —murmuró Cedric, mirándola.

—Entonces no llegues tarde —respondió ella sin levantar la vista.

El reloj marcó las 21:37.

—Zorros —dijo Selene, tomando su carpeta bajo el brazo—.

A partir de ahora, cada minuto cuenta.

La noche cayó sobre la base.

En el dormitorio, el ronquido rítmico de Krzytof se mezclaba con el zumbido de la ventilación.

Cedric estaba acostado, mirando el techo metálico.

Se movía como una lombriz, incapaz de encontrar comodidad.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a Lyana tambaleándose tras la pelea.

Se sentó en la cama, frustrado.

Suspiró.

Tomó su abrigo y salió sin hacer ruido.

Caminó por los pasillos vacíos, iluminados solo por las luces de emergencia rojas y la luz lunar que entraba por los ventanales.

Llegó al sector oeste.

Allí, frente a un ventanal amplio, había una silueta.

Lyana estaba apoyada contra el marco, vestida con ropa holgada, mirando hacia afuera.

Las tres lunas del planeta flotaban en el cielo como ojos vigilantes: una blanca, una rojiza y una pálida.

—Tampoco podías dormir, ¿eh?

—dijo Cedric.

Ella giró la cabeza apenas.

Una sonrisa débil se dibujó en su rostro.

—No después de eso —respondió en voz baja—.

Siento que el cuerpo aún me arde por dentro.

—Ni me lo digas…

—Cedric se acercó, respetando un espacio prudente entre ellos—.

Esas dosis duelen más de lo que ayudan.

Un silencio cómodo los envolvió.

Las luces de emergencia parpadearon.

La luna más pequeña se escondió detrás de una nube.

—Cuando era pequeña pensaba que las lunas eran dioses que cuidaban a las personas —dijo ella, mirando el cristal—.

Pero supongo que en Pangea solo quedan monstruos.

Cedric la miró de reojo.

—No.

Solo quedan los que aprendieron a sobrevivir.

Ella agachó la vista, jugando nerviosamente con sus dedos.

—¿Y tú?

¿Sobrevivirías sin el escuadrón?

—No lo sé —admitió él—.

Pero sé que si uno de ustedes cae, yo también.

Lyana levantó la mirada, sorprendida.

Sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Eso suena a promesa.

—Entonces considérala una —Cedric extendió su mano, dejándola suspendida en el aire entre los dos—.

Mientras siga respirando, ninguno de ustedes caerá solo.

Ella dudó un segundo.

Luego, estrechó su mano.

Fue un contacto breve, pero firme.

El reflejo de las lunas en el cristal los cubrió a ambos como una bendición silenciosa.

—No te atrevas a romperla —dijo ella con un hilo de voz.

—Solo si tú no me das motivos —respondió él.

El eco de los motores aumentó, recordándoles que el tiempo se acababa.

Soltaron las manos y se quedaron allí, hombro con hombro, viendo el amanecer romper la oscuridad.

A las 06:00 en punto, los Zorros ya estaban formados en la pista T-3.

Llevaban sus uniformes de gala color azul marino, impecables, con los abrigos largos protegiéndolos del viento matutino.

Nadie hablaba.

El sueño aún pesaba en los párpados.

El ZH que los esperaba tenía las turbinas encendidas, listo para partir.

El sol naciente se reflejaba en el fuselaje, y justo en el morro, el logo del Zorro Guiñando un Ojo brillaba con un destello cegador.

Tras esa estela de luz, un oficial los aguardaba al pie de la rampa.

Su uniforme blanco contrastaba con la grasa y el aceite de la pista.

En su pecho, una insignia dorada en forma de libélula lo identificaba antes que sus palabras.

—Oficial Víctor, asignado a su escolta —se presentó con un saludo marcial, seco y eficiente—.

La Fragata Blitz los espera en el sector orbital.

Selene apenas asintió, ajustándose el cuello del abrigo.

—Zorros, embarquen.

Subieron en silencio.

El interior de la nave olía a metal frío, cuero sintético y desinfectante industrial.

El suelo vibraba bajo sus botas.

Una vez en el aire, Víctor rompió el hielo, quizás incomodado por el silencio sepulcral del escuadrón.

—Se nota que regresaron hace poco de una misión pesada —comentó, mirando las ojeras de algunos.

Lunaria se estiró en su asiento, haciendo crujir su espalda.

—Pesada no…

infernal —corrigió.

Lyana miraba por la ventanilla, perdida en el paisaje que se alejaba.

—¿Y el alto mando no nos dará descanso?

—se quejó Krzytof, recargando la cabeza y cerrando los ojos.

Víctor soltó una risa breve, sin humor.

—El descanso es un lujo que pocos pueden pagar en esta guerra.

El ZH se sacudió levemente al romper la atmósfera.

Cedric miró por el cristal reforzado; el cielo azul se oscureció hasta volverse negro, y las estrellas aparecieron como polvo de diamante.

—¿Quién estará al mando en la Blitz?

—preguntó Lunaria.

—El Mayor Matsumoto Kaito —respondió Víctor—.

Un veterano.

Lo conocerán al llegar.

El viaje continuó en silencio, solo arrullado por el zumbido hipnótico de los motores.

Minutos después, la voz del piloto resonó por el intercomunicador: —Entrada en zona de atraque…

Hangar G3-176.

A través del cristal, la Fragata Estelar Blitz emergió del vacío.

No era una nave bonita.

Era una bestia metálica de ciento cincuenta metros de largo, erizada de cañones, antenas y plataformas de atraque.

Una fortaleza flotante diseñada para matar.

—Bienvenidos a la Blitz —anunció Víctor—.

A partir de aquí, sigan mis pasos y no se separen.

El ZH entró al hangar asignado.

El aterrizaje fue brusco; un golpe seco de metal contra metal.

La sacudida tomó a todos por sorpresa.

Víctor perdió el equilibrio y, al intentar sostenerse de algo, su mano terminó accidentalmente sobre el pecho de Lunaria.

El tiempo se detuvo un segundo.

—Oye…

—dijo Lunaria con una calma peligrosa, mirándole la mano—.

¿Puedes dejar de manosearme?

Krzytof abrió los ojos de golpe.

Se enderezó como un resorte y fulminó a Víctor con una mirada que prometía dolor.

Víctor, dándose cuenta de su error, se puso rojo hasta las orejas y retrocedió torpemente.

—¡Lo siento!

¡Fue un accidente, lo juro!

Lunaria ni se inmutó, solo se sacudió el uniforme.

“Qué infantiles”, pensó Selene, reprimiendo una sonrisa mientras negaba con la cabeza.

Las compuertas se abrieron con un siseo de despresurización.

Cedric bajó al último.

El aire del hangar era denso, cargado de un olor a combustible quemado y electricidad estática que se pegaba a la garganta.

Justo cuando sus botas tocaron la cubierta metálica, intentó mirar hacia otros dos ZH que aterrizaban a lo lejos, pero su visión fue eclipsada de golpe.

Un muro de metal y maquinaria se alzaba frente a él.

Un Bombardero de Fusión B-32 “Eagle”.

Era una bestia de asalto.

Su fuselaje oscuro y voluminoso era tan masivo que, desde su perspectiva, el resto del hangar simplemente desapareció tras él.

Sus motores de fusión gemelos emitían un zumbido sordo, un temblor contenido que hacía vibrar el suelo y prometía una aceleración brutal.

Comparado con el ZH en el que habían llegado, aquello era un titán entre insectos.

Al pie de la rampa, un hombre de mediana estatura los esperaba con la gorra bajo el brazo.

Su postura era relajada, pero sus ojos escaneaban todo con precisión milimétrica.

—Mayor Kaito Matsumoto, estoy a cargo de la Blitz —dijo sin adornos, su voz cortando el ruido industrial del hangar—.

Bienvenidos a bordo y disfruten su estancia durante sus tres años de hibernación, Escuadrón Zorro Belicoso.

Selene devolvió el saludo con un gesto mínimo, casi imperceptible.

—Mayor.

—Tendrán cuarenta minutos para asentarse.

Luego, orientación y a dormir.

Víctor, llévalos a los dormitorios de tránsito.

Y…

—Kaito hizo una pausa.

Sus ojos recorrieron al grupo y se detuvieron, pesados y analíticos, sobre Cedric y Lunaria.

—Me dijeron que su escuadrón cuenta con dos fractales —añadió, con un tono que no era de admiración, sino de cálculo—.

Interesante y…

útil.

Cedric sintió el peso de esa palabra.

Útil.

Como si fueran una llave inglesa o una batería de repuesto.

Apretó la mandíbula hasta que le dolió, pero mantuvo la mirada al frente.

—Síganme —dijo Víctor, ya en marcha.

Los condujo a través de un corredor alto y sin ventanas, una garganta de acero con números de identificación pintados en blanco sobre las paredes grises.

Pasaron frente a puertas blindadas sin detenerse.

El aire allí olía distinto: a filtros nuevos y a aceite industrial.

—Sectores accesibles para ustedes: cubiertas C a E, comedores laterales, gimnasio y enfermería dos —iba enumerando Víctor con voz monótona, señalando direcciones que parecían idénticas—.

Nada de husmear en armamento mayor, ni en navegación, ni en criogénesis.

Doblaron por un pasillo más estrecho.

A mitad de camino, la monotonía del metal se rompió.

Una pared se abría a un ventanal amplio que daba a un módulo iluminado con una luz distinta, cálida, casi dorada.

Adentro, el contraste era absoluto.

Había tres cunas transparentes alineadas, con respiradores mínimos zumbando suavemente.

Dos enfermeras mecanizadas se movían despacio entre ellas, deslizando sus extremidades metálicas con una delicadeza que parecía imposible para una máquina.

Lyana se detuvo.

Sus botas dejaron de resonar en el piso.

La luz dorada le dibujó un borde suave en la mejilla, suavizando las líneas de tensión de su rostro.

—¿Sala de neonatos en una fragata de guerra?

—murmuró Lunaria, ladeando la cabeza con incredulidad.

—Familias de tripulación nacidos en ruta —explicó Víctor, deteniéndose también, aunque sin mirar adentro—.

Es normal aquí.

Esto es una nave colonia.

—¿Colonia?

—preguntó Krzytof, frunciendo el ceño.

—Creí que habían leído algo del informe —dijo Víctor con un tono de leve reproche.— La Blitz fue dada de baja como nave de guerra gracias a la nueva generación.

Lyana no prestó atención a la discusión.

Dio un paso lento hacia el cristal.

Sus dedos, todavía con la piel sensible por la inyección reciente, rozaron el marco metálico frío.

Miró a los bebés dormir, ajenos a que flotaban en el vacío del espacio, dentro de una bestia de metal diseñada para destruir.

Por un segundo, el vidrio devolvió su reflejo y el de Cedric, que se había detenido a su costado.

Él miraba al frente, pero su imagen en el cristal estaba junto a la de ella.

Tres lunas sobre sus cabezas hacía unas horas atrás; ahora, tres vidas nuevas arrulladas por máquinas.

—Vamos —apremió Selene suavemente, sin querer romper el momento, pero consciente del reloj.

Siguieron caminando por un rato más, el sonido de sus pasos perdiéndose en la inmensidad de la nave.

A la vuelta de otra escotilla, Víctor se detuvo y abrió una puerta.

El dormitorio de tránsito era un rectángulo funcional y sin alma: literas dobles de metal, casilleros empotrados en la pared y un baño estrecho al fondo.

Olía a desinfectante barato.

—Guarden lo mínimo.

Esto es solo de paso —indicó Víctor desde el umbral—.

A las 06:10 paso por ustedes para llevarlos a la sala de hibernación.

Krzytof dejó caer su mochila al suelo con un suspiro dramático y se tiró de espaldas en la litera inferior.

El colchón delgado crujió bajo su peso.

—¿También tienen “sala de siestas”?

—preguntó, ahogando un bostezo.

—Se llama “no estorbar” —gruñó Selene, metiendo su carpeta en el casillero con un golpe seco.

Cedric acomodó su equipo sin orden real, solo para tener las manos ocupadas y no pensar.

Cuando cerró la puerta metálica de su casillero, Víctor ya estaba retrocediendo hacia el pasillo.

—Cualquier cosa, estoy en el corredor —dijo el oficial, y la puerta se cerró, dejándolos solos.

Por un minuto, nadie habló.

El silencio se llenó con el latido amortiguado de la nave: bombas de agua, ventilación lejana, el zumbido de los cables en las paredes.

Empezaron a desvestirse.

Lunaria se sentó en el borde de una cama para aflojarse las botas con impaciencia.

Lyana se quitó el abrigo largo con un cuidado extremo, moviendo los brazos despacio como quien no quiere despertar un dolor dormido en las costillas.

Poco a poco, los uniformes de gala azul marino quedaron guardados, y el escuadrón quedó vestido únicamente con los trajes de licra negra, pegados al cuerpo como una segunda piel, listos para la estasis.

Cedric miró sus propias manos, enfundadas en el tejido negro.

—Útil…

—repitió en un susurro, la palabra amarga todavía en su lengua.

—Lo somos —dijo Selene, sin mirarlo, terminando de ajustar su traje—.

Y por eso seguimos vivos.

Krzytof se incorporó a medias en su litera, apoyándose en los codos con una sonrisa torcida.

—Por eso, y porque yo les doy suerte.

Lunaria ni siquiera volteó a verlo.

Agarró la almohada de la cama superior y se la lanzó a la cara con una puntería letal.

—Cállate.

Krzytof volvió a caer en el colchón bajo el impacto suave, riendo por lo bajo.

Justo entonces, la alarma de pasillo estalló.

Un bip seco, constante.

No era una alarma de combate, sino de convocatoria.

La puerta se abrió sola con un siseo hidráulico.

—¿Listos para su largo sueño?

—la voz de Víctor entró desde afuera.

Selene se puso de pie de un salto, borrando cualquier rastro de cansancio de su cara.

—Listos.

Salieron al pasillo y caminaron en sentido contrario, a buen ritmo, hacia el olvido.

UBICACIÓN: Sala de Hibernación.

La sala de hibernación era un cubo de luz blanca y estéril, tan brillante que lastimaba las pupilas acostumbradas a la penumbra de los pasillos.

Filas de cápsulas se alineaban en las paredes, brillando como ataúdes de cristal inmaculados.

Un equipo médico los esperaba de pie, con guantes de látex y rostros vacíos de emoción.

Al fondo, el Mayor Matsumoto repasaba datos en una tableta, iluminado por el resplandor azul de la pantalla.

—Zorros —dijo sin levantar la voz, su tono seco resonando en la sala—.

Protocolo simple: revisión, sensor circadiano, inducción.

Tres años de tránsito.

Despiertan en Elytor-III.

Hizo una pausa, mirándolos por encima de la tableta.

—Si sienten náuseas o un zumbido en los dientes al entrar, es normal.

Si ven luces azules, también.

Si ven sombras…

bueno, ya es tarde para arrepentirse.

Nadie se rió.

Víctor se acercó y les entregó a cada uno un disco metálico del tamaño de una moneda.

—Sensor de tiempo.

Va pegado detrás de la oreja —explicó—.

Engaña al cerebro para que crea que solo pasó una noche.

Úsenlo antes de meterse o despertarán vomitando.

Uno a uno, los técnicos fueron pasándolos por la consola de chequeo.

Lunaria chasqueó la lengua con fastidio cuando una enfermera le apretó demasiado el hombro para medirle la presión.

—Cuidado con la mercancía —masculló.

Krzytof preguntó si podía dormir boca abajo (“No”, fue la respuesta tajante).

Selene asentía a las instrucciones con una paciencia afilada.

Lyana cerraba y abría la mano derecha, probando la fuerza de sus dedos, nerviosa.

Cedric recibió su sensor.

Lo giró entre los dedos, sintiendo el metal frío.

Cuando fue a colocárselo detrás de la oreja, notó que la superficie adhesiva estaba seca al tacto.

No tenía la película protectora.

—Me lo dieron sin sello —le dijo a Víctor, mostrándole el disco inútil.

Víctor suspiró, revisando sus bolsillos sin éxito.

—Mierda.

Al fondo del pasillo, en el depósito 3.

Toma otro de la caja y regresa rápido —indicó, señalando una puerta lateral sin mirarlo, ocupado con el chequeo de Selene.

Cedric cruzó la escotilla lateral.

El pasillo de servicio estaba desierto, iluminado solo por tiras de luz tenues en el suelo.

El latido de los sistemas de la nave era más fuerte allí, un bum-bum constante de maquinaria.

Llegó a la puerta con el letrero viejo: Depósito 3.

Tocó el panel de exceso.

“¿Sin seguro?”, pensó, extrañado.

Se deslizó la puerta.

El olor a plástico nuevo y productos de limpieza lo golpeó.

Y entonces escuchó el sonido.

Un jadeo.

Bajo, ahogado, urgente.

Cedric se quedó quieto un instante, con la mano aún en el panel.

Entre dos columnas altas de contenedores de suministros, vio movimiento.

Había dos cuerpos pegados contra la pared del fondo.

Una mujer con el uniforme desabrochado, la cabeza echada hacia atrás, y un hombre presionándola contra los estantes.

Cedric reconoció la insignia en el hombro del hombre: un oficial de alto rango.

Uno de esos “intocables”.

—…no aquí —susurró la mujer, temblando—.

Nos van a— —Nadie entra sin autorización —respondió él, sordo a la razón, besándole el cuello con hambre.

El sensor que Cedric necesitaba estaba a solo tres pasos de ellos, sobre una bandeja metálica.

Cedric tragó saliva.

No tenía tiempo para dramas ajenos.

Dio dos pasos firmes, haciendo sonar sus botas a propósito.

Tomó un blíster nuevo de sensores de la bandeja.

Por puro reflejo, bajo la vista.

Los ojos de la mujer se cruzaron con los suyos.

Eran claros.

Fijos.

Una cicatriz mínima, blanca como un hilo, le cortaba la ceja izquierda.

No pidió ayuda.

No se cubrió ni apartó la mirada.

Solo apretó la mandíbula, sosteniéndole el contacto visual con una mezcla de vergüenza y desafío gélido.

El oficial se giró bruscamente, furioso por la interrupción.

—¿Qué haces aquí, soldado?

—ladró, intentando cubrir a la mujer con su cuerpo.

Cedric levantó el blíster en su mano, inexpresivo.

—Me faltaba un sensor —dijo con calma—.

Depósito 3, ¿no?

—Pues ya lo tienes.

¡Lárgate!

Cedric no respondió.

Dio media vuelta y salió, cerrándose la puerta con suavidad tras de sí.

El zumbido del corredor le devolvió el ritmo al pulso.

“No es mi problema”, pensó, borrando la imagen de su mente.

Al regresar a la sala principal, Víctor lo esperaba con el ceño fruncido.

—¿Todo bien?

¿Te perdiste?

—Todo bien —mintió Cedric, despegando el sello y colocándose el sensor frío detrás de la oreja.

Matsumoto alzó la vista de su tableta.

—En cápsulas.

En este orden: Lunaria, Krzytof, Lyana, Cedric, Selene.

Lunaria resopló, pero obedeció, trepando a su unidad con agilidad.

Krzysztof saludó con dos dedos a modo de despedida sarcástica.

Lyana caminó hasta su cápsula con un cuidado extraño, como si el suelo de cristal pudiera romperse bajo sus pies.

Cedric pasó junto a ella.

No la miró, pero bajó la voz para que solo ella lo oyera.

—Nos vemos del otro lado.

—No llegues tarde —susurró Lyana, como si repitiera una oración de memoria.

Cedric se deslizó dentro de su cápsula.

El interior era estrecho y olía a ozono.

El gel criogénico comenzó a subir desde el fondo.

Estaba helado.

Un frío líquido que le trepó por la espalda y le rodeó las piernas como una marea espesa.

La tapa transparente descendió con un clic hermético.

A través del vidrio y del gel que subía, Cedric alcanzó a ver la puerta de la sala abrirse una vez más.

Un hombre nuevo había entrado.

Alto.

Impecable.

Llevaba una insignia de libélula dorada en el pecho, pero con una barra extra que denotaba un rango superior al de Víctor.

El recién llegado no miró al Mayor.

Barrió la sala con una sonrisa extraña, demasiado alegre, casi infantil para un lugar donde la gente se iba a dormir por años.

Sus ojos se clavaron directamente en la cápsula de Cedric.

Lo miró fijamente.

Y sonrió más.

“¿Estará chiflado?”, pensó Cedric, sintiendo un escalofrío que no era por el gel.

Alcanzó a leer el nombre bordado en su uniforme antes de que el líquido cubriera el cristal; Aki Licht.

El sistema pitó.

Una niebla fina llenó la cápsula, oliendo a químicos dulces.

El sensor detrás de su oreja se calentó.

—Buenas noches, Zorros —dijo la voz de Matsumoto, lejana y sin emoción.

Selene, desde su cápsula, apretó los ojos con fuerza.

“Tres años menos…

hermana”, se dijo a sí misma.

Las luces de la sala bajaron un grado.

El mundo se hizo pequeño, reducido al zumbido de la máquina.

Cedric cerró los ojos.

En lo último que pensó no hubo monstruos, ni promesas, ni oficiales escondidos en armarios.

Solo vio la imagen borrosa de su escuadrón reunido.

Luego, nada.

Silencio.

Oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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