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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 31

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  3. Capítulo 31 - Capítulo 31: Capítulo 26: Minutos de Gracia.
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Capítulo 31: Capítulo 26: Minutos de Gracia.

UBICACIÓN: Tienda de Alimentos del Sector 4 de la Ciudad “Supermercado en Avenida”.

TIEMPO: Indeterminado.

El olor a leche agria y fruta podrida impregnaba el aire, mezclándose con el aroma metálico de la sangre seca y el ozono de las armas sobrecalentadas.

El Equipo Zulu había establecido un perímetro defensivo precario. Habían colocado a Kaiden, Selene y Lyana en el pasillo de los lácteos, aprovechando el grosor de los refrigeradores industriales como cobertura contra posibles balas perdidas.

Afuera, el cielo finalmente se rompió. Una lluvia pesada y ácida comenzó a tamborilear contra el techo de lámina del supermercado, creando un ruido blanco que ayudaba a ocultar sus respiraciones, pero también los pasos del enemigo.

El “Greñas”, agazapado junto a una ventana rota cubierta con cartones viejos, masticó su chicle con fuerza y suspiró, rompiendo el silencio del canal privado del equipo.

—Cuando terminemos con esta mierda —susurró por el transmisor —, me voy a beber un barril entero de esa cerveza sintética barata del campamento. Estoy tan seco que podría escupir polvo.

Desde el otro lado del pasillo, Takeshi soltó una risita baja sin dejar de mirar por su ventana.

—¿Esa basura? Sabe a refrigerante de motor reciclado. Tienes el paladar de una rata, Greñas.

—Sabe a gloria cuando estás vivo, samurai —replicó Greñas—. Novata, tú pagas la primera ronda. Es tradición para los que se orinan en su primera misión.

La chica, que estaba vigilando la puerta trasera con las manos temblorosas, se erizó.

—¡Yo no me…! —empezó a protestar en voz alta.

—Corten la charla —la voz de la Capitana Nadia sonó como un látigo, aunque no alzó el tono —. Nadie va a beber nada si nos matan aquí. Ojos abiertos. Quiero silencio.

El equipo obedeció al instante, volviendo a la disciplina de hierro. El ambiente cambió de la camaradería cansada a la tensión mortal en un segundo.

Greñas ajustó su posición, mirando a través de una rendija en el cartón.

—Tengo uno en la mira… —susurró, su tono ahora completamente profesional—. Permiso para disparar.

—Tengo otro en la mira… lado este —reportó Takeshi desde las sombras—. Permiso para disparar.

Nadia, que estaba sentada en el suelo con la espalda recargada contra un refrigerador apagado, limpiando una mancha de grasa de su rifle, ni siquiera levantó la vista.

—Negativo, Equipo Zulu… —ordenó con calma—. Empezarán a llegar más y no queremos que nos descubran. Mantengan la posición. Dejen que la lluvia los cubra.

El tiempo pasó, marcado solo por el repiqueteo incesante de la lluvia y los latidos acelerados de la Novata.

En el suelo, entre charcos de agua sucia y envoltorios viejos, los párpados de Kaiden temblaron. El dolor fue lo primero que volvió, agudo en sus costillas y palpitante en su cabeza. Luego, la desorientación.

—¿Dónde estoy?… —preguntó con voz débil, ronca por el humo que había tragado.

El instinto le gritó que se moviera. Intentó incorporarse de golpe, buscando su arma, pero una mano gigantesca y enguantada se posó sobre su pecho, clavándolo al suelo sin esfuerzo.

Kaiden levantó la vista, desenfocada, y se encontró con la máscara inexpresiva de 23. El gigante no dijo una palabra. Simplemente se llevó un dedo índice a donde debería estar su boca, haciendo la señal universal de silencio, y luego negó con la cabeza lentamente.

—Vaya, parece que despertaste, bello durmiente —dijo una voz femenina a su izquierda.

Kaiden giró la cabeza. Vio a la mujer de cabello corto, Nadia, sentada relajadamente contra el refrigerador, observándolo con una mezcla de curiosidad y cansancio.

La adrenalina inundó el sistema de Kaiden, despejando la niebla de su mente de golpe.

—¡¿Quiénes son?! —preguntó alterado, intentando zafarse del agarre de 23, mirando los uniformes desconocidos, las armas desgastadas, la falta de insignias claras.

—Shhh… tranquilo —Nadia levantó una mano, con la palma abierta, en un gesto apaciguador pero firme—. Somos del Imperio. Venimos a rescatarlos.

Kaiden parpadeó, incrédulo. Miró el lugar: un supermercado en ruinas, oscuro, sucio. Miró a los soldados: parecían mercenarios o vagabundos armados.

—¿Rescatarnos?… —repitió, con el escepticismo goteando de cada sílaba.

Nadia soltó una pequeña carcajada silenciosa, una exhalación de aire por la nariz ante la ironía de la situación.

—Sí, bueno… la alfombra roja se quemó en el aterrizaje —murmuró. Luego, tocó su transmisor—. Sofía, dame ojos. ¿Situación afuera?

La respuesta llegó tensa por el canal principal.

—Hay cuatro rebeldes patrullando por avenida a pie… —guardó silencio por un momento, tragando saliva al instante—. y acaba de llegar el mismo FPU de la plaza. Se detuvo justo en la intersección.

El ambiente en la tienda se heló.

Greñas, que estaba cerca de la ventana, chitó con estrés, golpeando suavemente su rifle contra el marco.

—¡Maldición! —siseó—. Si esa cosa no fuera un carro blindado sería fácil… pero con nuestro calibre no le haremos ni cosquillas.

Takeshi, desde la oscuridad, soltó una risa seca, sin humor.

—Tranquilo, Greñas… el blindaje no es lo malo —dijo en voz baja—. Lo preocupante es su torreta de plasma. Si nos detectan, nos cocinarán aquí adentro.

Kaiden sintió una punzada aguda en la sien al intentar procesar la información táctica. FPU. Torreta de Plasma. Helicóptero caído. Los recuerdos golpearon su mente: el impacto, el agua, Selene y Lyana.

Giró el cuello con rigidez, ignorando el crujido de sus vértebras, y buscó desesperadamente a su equipo.

Allí estaban. Selene y Lyana yacían sobre unos cartones húmedos a un par de metros de él. Estaban pálidas, cubiertas de polvo y con la armadura abollada en varios puntos, pero sus pechos subían y bajaban con un ritmo constante.

Un suspiro de alivio se le escapó de los labios, relajando un poco la tensión de sus hombros. “Menos mal…”, pensó, cerrando los ojos un segundo.

—¿Todo bien? —preguntó Nadia.

Kaiden abrió los ojos. La Capitana lo observaba, analizando cada microexpresión suya. No había lástima en su mirada, solo evaluación táctica.

Kaiden se limitó a asentir con la cabeza, tragándose el dolor.

Justo después de eso, como si estuvieran sincronizadas por un vínculo invisible de la Black Cradle, Selene y Lyana reaccionaron al mismo tiempo.

Selene soltó una tos seca y Lyana se llevó la mano a la frente con un gemido sordo. Ambas se incorporaron lentamente, parpadeando para enfocar la vista en la penumbra del supermercado.

—¿Qué… qué pasó? —preguntó Lyana, con la voz pastosa y débil.

—¿Nos… capturaron? —añadió Selene, buscando instintivamente su arma.

Kaiden se arrastró un poco hacia ellas.

—El helicóptero cayó —explicó con voz baja pero firme, para anclarlas a la realidad—. Nos emboscaron en la plaza. Este equipo… el Equipo Zulu, nos sacó antes de que los rebeldes nos rodearan.

Selene asintió, procesando la información con rapidez militar, aunque su mirada seguía algo vidriosa.

Nadia, que había terminado de limpiar su rifle sin quitarle la vista a Kaiden, se puso de pie de un salto, rompiendo el momento de reunión.

—Bueno, ya que la Bella Durmiente y sus hermanas despertaron… —dijo Nadia, acercándose a Kaiden. Se inclinó sobre él, invadiendo su espacio personal deliberadamente. Sus ojos recorrieron el rostro de él con una mezcla de peligro y seducción descarada—. Es buen momento para irnos… ¿no cree, señor?

La Novata, que observaba desde la puerta trasera, frunció el ceño. No entendía porque le dijo señor; todos en el equipo al parecer si lo sabían. La sumisión de su capitana le revolvió el estómago, pero no dijo nada. 23, por su parte, se limitó a mirar a otro lado, incómodo.

Kaiden sostuvo la mirada de Nadia sin parpadear.

—Tienes razón —dijo él, ignorando el tono y poniéndose de pie con esfuerzo—. Pero antes… Selene, ¿tu pistola de reacción aún sirve?

Selene revisó el arma enfundada en su muslo. Sacó el cargador, verificó el estado y volvió a insertarlo con un clic metálico.

—Sí… —respondió ella, pasando el pulgar por el cañón—. Parece que esta cosa es inmortal. No le pasó nada.

—¿Y la tuya?

Lyana negó con la cabeza.

—Perfecto… —Kaiden se giró hacia Nadia y luego miró al gigante silencioso—. Necesito armas. Denme una pistola a mí y otra a ella.

Señaló a Lyana, mientras ella se intentaba ponerse de pie apoyándose en un estante.

Nadia sonrió de lado, desabrochó la funda de su pierna y sacó su propia pistola reglamentaria. Se la tendió a Kaiden por el cañón, rozando sus dedos con los de él al entregársela.

—Trátala bien —susurró ella—. Es celosa.

23, sin tanto teatro, desenfundó su arma secundaria y se acercó a Lyana. La diferencia de tamaño muscular era abismal; él parecía un oso y ella una niña herida. Con una delicadeza sorprendente, le puso el arma en la mano y cerró los dedos de ella sobre la empuñadura. Lyana le asintió en agradecimiento y algo de vergüenza.

Una vez armados, el ambiente cambió. Ya no eran náufragos; eran soldados de nuevo. Kaiden se acercó a la ventana cubierta de cartón donde el Greñas vigilaba y miró por la rendija. La lluvia caía con fuerza afuera, difuminando las luces del FPU.

—Situación —ordenó Kaiden, asumiendo el mando con una naturalidad que molestó visiblemente a la Novata.

—Están barriendo la zona —susurró Kaiden respondiéndose sí mismo, analizando el patrón de movimiento del vehículo blindado—. Si nos quedamos aquí, nos aplastarán con el plasma. Tenemos que salir.

Se giró hacia el grupo, dibujando un mapa imaginario en el aire con la mano.

—Escuchen. Al menos tres de ustedes se quedarán en la tienda para dar fuego de cobertura desde las ventanas y el techo. Necesitamos hacer mucho ruido.

Señaló a Nadia y a la Novata.

—Los demás saldremos a tomar diferentes posiciones flanqueando la calle. Cuando el FPU se dé cuenta de nosotros y gire la torreta, ustedes tendrán que distraerlo con todo lo que tengan. Disparen a los sensores, a las ventanas, lo que sea.

—¿Y tú qué harás? —preguntó el Greñas, escéptico.

—Yo me acercaré lo suficiente para destruirlo —sentenció Kaiden. Su tono no admitía dudas. Era una sentencia de muerte para el vehículo.

Hubo un murmullo de aprobación entre Greñas y Takeshi. Sabían de lo que era capaz un Opri. Sin embargo, la Novata apretó los dientes.

“¿Por qué él da las órdenes?”, pensó con amargura. “Nadia es la Capitana. Él es solo un invitado que nos puso en este lío”.

Nadia, notando la tensión de su subordinada, intervino, aportando su propio valor al plan.

—Hay un detalle más —dijo Nadia, mirando a la chica joven—. En caso de ser necesario, la Novata puede romper la interferencia de comunicaciones por quince segundos. Es una genio con la encriptación de campo.

Kaiden miró a la chica con interés. Ella se encogió ligeramente bajo la mirada del visor opaco de él (aunque realmente no traía puesto su casco, sus ojos pesaban igual).

—¿Puedes pedir apoyo? —preguntó él.

—S-sí… —tartamudeó ella, irguiéndose un poco—. Puedo triangular una señal corta y pedir apoyo de artillería al campamento base antes de que nos bloqueen de nuevo.

—Hazlo —dijo Kaiden—. Pero solo cuando yo dé la señal. No queremos que la artillería nos caigan encima mientras corremos.

—Entendido.

La reunión estratégica terminó con un asentimiento general. El miedo seguía ahí, pero ahora tenía una dirección.

—¡A moverse! —ordenó Nadia.

El equipo se dispersó con fluidez. Sofía fue la única que mantuvo su posición en el techo mientras se hacía la reunión. Greñas y Takeshi volvieron a su trinchera en la entrada principal del supermercado.

—Vamos —le dijo Kaiden a Selene y Lyana.

Salieron por la puerta trasera, recibiendo el golpe frío de la lluvia en la cara. El agua limpió la sangre seca de sus rostros, pero no el cansancio.

Nadia y la Novata corrieron agachadas hacia unos coches calcinados que formaban una barricada natural en el callejón lateral izquierdo. Kaiden, Selene y Lyana se pegaron a la pared de ladrillo, avanzando entre las sombras hacia el otro flanco ciego del FPU.

El rugido del motor del blindado resonaba en la calle como el gruñido de una bestia esperando su comida.

Kaiden quitó el seguro de la pistola que Nadia le había dado. Pesaba diferente a la suya, pero mataría igual.

La calle estaba llena de penumbra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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