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Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 139

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  3. Capítulo 139 - 139 Detención para 3
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139: Detención para 3 139: Detención para 3 (Rigel)
Los poquísimos pensamientos racionales que había en mi cerebro se apagaron por completo cuando ese Cabeza Peluda dijo que la había herido y la había mandado a la enfermería.

«Hazlo pedazos», gritaron mis demonios internos, porque no quiero aceptar la realidad de que he herido a la única luz que existía en mi vida.

El nuevo instructor me grita algo, pero mi mente está demasiado perdida para entender lo que dice.

Mis sombras salen disparadas de mí, como cuchillas afiladas.

El hombre alto de pelo negro y ojos fríos se para frente a mí como un muro de hierro, dispersando mis sombras.

Rebotan, incapaces de atravesarlo a él o a su aura.

Es como si de algún modo hubiera anulado las mías.

¿Cómo?

—Cálmate de una puta vez antes de que te estampe contra el suelo —advierte con una voz letal.

Sus manos se extienden hacia mí, pero no me tocan.

El hombre es tan alto como yo, con hielo en la mirada y músculos que parecen forjados en hierro.

—¿Por qué no lo intentas?

—jadeo, sin ver más que rojo.

Mis ojos se desvían hacia ese pelirrojo y su amigo lo está sujetando.

Pero puedo ver la sonrisita engreída que esboza.

Me ha provocado a propósito.

—¿Miedo?

—se burla.

Antes de que pueda atacarlo de nuevo, los suaves brazos de Amaia me rodean la cintura.

—¡No lo hagas!

—dice en voz baja pero apremiante.

Parte de ese odio acumulado se aplaca al instante—.

Por favor, cálmate.

Mis sombras se retiran al oír su voz, cerniéndose sobre ella como una sombra protectora mientras mis ojos la encuentran.

Un dolor puro me devuelve la mirada.

No puedo ni imaginar lo difícil que es para ella vernos pelear así.

Esa sed de sangre demencial se disipa lentamente mientras ella sigue abrazándome y ninguno de nosotros se mueve.

—Castigados los tres.

Iréis a la Sala de Papel a clasificar documentos mientras resolvéis vuestras diferencias.

Y sí, voy a poner cristales para que ninguno pueda usar magia ni transformarse —sentencia el nuevo profesor, echando humo.

No me importa el estúpido castigo, pero sí me importa esta mujer en mis brazos y causarle daño.

Mis manos se enredan en su suave pelo, manteniéndola cerca de mí, absorbiendo su calor.

—Seguidme —ordena, y Amaia me agarra de la mano, tirando de mí para que siga al hombre.

—Ali, deja de causar problemas —reprende al pelirrojo el chico delgado con el que luché en la arena de entrenamiento.

Nos siguen por detrás.

Ya me imaginaba que él también era compañero de Amaia por lo posesivo que era con ella y porque ella siempre se mantenía más cerca de él.

—¡Amaia!

—empiezo, y ella deja escapar un suspiro entrecortado—.

Siento haberte hecho daño.

—El pensamiento ha invadido mi cerebro como un virus.

Ella permanece en silencio, simplemente arrastrándome con ella, y yo la sigo de buena gana.

Incluso si me llevara al patíbulo, iría voluntariamente.

Llegamos a lo que parece una oficina con una puerta ligeramente maltrecha.

El rígido profesor se vuelve hacia nosotros y dice con severidad.

—Quedaos aquí.

Abre la puerta de un empujón y entra, cerrándola de un portazo a su espalda.

No puede ser mucho mayor que yo y verlo ladrarme órdenes me fastidia todavía más.

—¿Amaia?

—la llama el chucho, y la ternura es tan palpable en su voz.

—Ahora no —responde ella con voz contenida.

Se aprieta el puente de la nariz y cierra los ojos como si intentara ordenar sus pensamientos y no perder el control por nuestra culpa.

Nuestras miradas vuelven a chocar y él parece estar echando humo porque ella todavía me sujeta la muñeca.

La puerta se abre de golpe y el corpulento profesor regresa con una pila de papeles.

Parece menos un profesor y más un guardaespaldas.

—Adentro.

Y este castigo no terminará hasta que resolváis las diferencias de compañeros que tengáis los tres.

—Entonces centra toda su atención en los ojos dorados.

—Alnitak, se lo voy a decir a tu madre.

Sus ojos se abren como platos y se queda con la boca abierta.

—No, no lo harás.

Vamos a visitarla mañana y se lo diré yo mismo.

No te chives de mí, tío.

Se transmiten un mensaje silencioso con la mirada y el profesor se vuelve hacia el chico delgado.

—Ven, Kacir.

Vámonos.

—El chico le lanza una mirada preocupada a Amaia y ella le sonríe para tranquilizarlo antes de que se vaya.

Como tres almas en pena, entramos en la Sala de Papel y encontramos a una mujer de aspecto severo con gafas esperándonos.

Tiene una vieja máquina de escribir sobre un escritorio de madera frente a ella.

Sus largos dedos teclean rápidamente en ella.

—Empezad por ahí.

Poned los papeles azules en las carpetas azules, los plateados en las plateadas, los negros en las negras y los blancos en las blancas, por orden alfabético —nos dice con aburrimiento y se quita las gafas.

—Y nada de tonterías, no os conviene ponerme a prueba —dice esta vez con malicia.

—Por supuesto que no, Mauve.

—Alnitak le guiña un ojo, haciendo alarde de sus encantos.

Quiero vomitar.

La mujer llamada Mauve, de un brillante pelo rojo, lo saluda con un gesto de la mano.

—¡Chist!

Ali.

Sabes que eres mi favorito, pero estás castigado.

Así que, venga, venga.

—Señala el desastre del rincón, donde varias mesas están abarrotadas de todo tipo de papeles y carpetas.

Amaia se adelanta y se dispone a empezar la tarea.

Comienza con los papeles rojos y empieza a clasificarlos con el ceño fruncido en su linda cara.

Podría tumbarme sobre esta mesa y besarla hasta que ese ceño fruncido se desvaneciera.

Pero algo me dice que no lo apreciaría.

En lugar de eso, aparto algunos papeles, me subo a la mesa y me siento cerca de ella.

El tercero en discordia, como un niño molesto, arrastra una silla hasta mi diosa y se sienta a su lado.

Nos ignora a los dos y continúa con este castigo que le han impuesto por nuestra culpa.

—¿Estás enfadada conmigo?

—pregunta él, reclinándose en la silla y mirándola como un perrito que busca caricias.

Ella hace una pausa y nos lanza a ambos una mirada de fastidio, uno después del otro.

—Sí.

Con los dos.

Comportándoos como mocosos inmaduros.

Peleando por mí como si fuera una posesión que hay que ganar en una subasta.

Es agotador.

—Toma una bocanada de aire con dolor y siento su pena dentro de mi propio corazón.

He herido a mi compañera…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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