Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 200
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200: ¿Quién es su pareja?
200: ¿Quién es su pareja?
(Alnilam)
—Alni, ¿hay algo que no me estás contando?
—pregunta Jamina una vez que nos instalamos en mi habitación.
Sé que parece un poco desconcertada por haber visto a Amaia en mi habitación por la noche.
—¿A qué te refieres?
—Me sujeto el pelo con una cinta y me lo recojo sobre la cabeza.
Ahora que Amaia se ha ido, se han vuelto tan lacios como cintas de plata.
—Mmm, quiero decir que últimamente pareces distante, como si llevaras todas tus cargas tú solo.
Ya no compartes tus problemas conmigo.
—Hay un matiz de decepción en su voz.
Me doy la vuelta para mirarla.
—No hay nada que compartir, Jamina.
Lo haré si lo hay —le respondo, un poco rígidamente.
Su rostro se descompone por mi tono, pero al instante esboza una sonrisa para ocultar sus sentimientos.
Por dentro, me maldigo.
¿Por qué soy tan cabrón?
¿Por qué últimamente me molesta su presencia?
Se acerca y toma mi mano derecha entre las suyas.
—Nos casaremos a finales de año.
Quiero que funcionemos como una unidad.
Confía en mí para todo.
Puedo soportarlo.
—Se inclina y me besa la mejilla con timidez.
—Lo sé.
Pero algunas cargas son para mí, no para ti.
—Le doy una palmada en la cabeza.
Se merece algo mejor, no a este despojo confuso en el que me he convertido y que suspira por su alumna.
La forma en que Amaia me ha abrazado hoy me ha dejado necesitado y excitado, y la presencia de Jamina no hace nada para contrarrestarlo.
—Quizá pueda distraerte de otra manera.
—Su mano se desliza por mi torso en dirección a mis pantalones.
Estoy muy excitado en ese momento, pero no por ella.
Sin pensar, mi mano se mueve y le apresa la muñeca.
—Esta noche no.
Los sucesos de ayer me han dejado cansado.
Quiero dormir un poco.
La confusión envuelve sus ojos.
Nunca la había detenido antes.
Se esfuerza al máximo por ocultar la decepción que se ha instalado en su mirada, pero fracasa estrepitosamente, haciéndome sentir aún más como una mierda.
—Oh, de acuerdo.
Hagamos eso.
—Me lleva hacia mi cama y la sigo en silencio.
Nos metemos bajo mis sábanas y ella se acurruca conmigo.
Pero mi corazón y mi mente están con otra mujer, aquella cuyo simple abrazo me hace derretirme como el hielo bajo el sol.
Ni siquiera la detuve cuando me abrazó.
Al contrario, cada instinto de mi cuerpo quería tomar sus labios entre los míos y saborearla.
Incluso sin un aroma, esta mujer me estaba volviendo loco, lentamente.
Mi magia y mi lobo tampoco ayudaban a mi causa.
Por mucho que intento controlar estos pensamientos, no puedo dejar de pensar en ella.
Sobre todo, después de lo que ha revelado la profecía.
Los tres de entre nosotros cinco son sus compañeros, ¿en qué nos convierte eso a Saiph y a mí?
¿Solo sus protectores?
¿O hay algo más?
Jamina se queda dormida en mis brazos, pero yo estoy lejos de conseguirlo.
Confía en mí tan ciegamente y aquí estoy yo, pensando y obsesionándome con la compañera de mis hermanos.
Eso me hace sentir asqueado de mí mismo y, sin embargo, no puedo evitarlo.
Los pensamientos sobre Amaia no me dejan en paz.
Pronto volveré a visitar a Huradis y a ese Tarian.
Voy a descubrir la verdad que se esconde tras lo que vi.
Amanece y Jamina se remueve en mis brazos.
Al levantarse, me lanza una mirada.
—¡Buenos días!
Mi Brillo Helado.
—La preocupación desciende sobre ella.
—¡Buenos días!
—la saludo.
—No has dormido en toda la noche, ¿verdad?
Niego con la cabeza a su pregunta y dejo escapar un suspiro triste y frustrado.
—¿Qué voy a hacer contigo?
—Sus suaves manos se posan en mi cara.
—Sopórtame tanto como puedas.
—Lentamente me levanto de la cama para dirigirme a la zona de aseo.
Para cuando regreso, Jamina se ha ido.
Necesito tratarla mejor y dar un paso al frente.
No puedo seguir tratándola como una mierda.
Llego a la sesión y me encuentro ansioso por ver a Amaia.
¿Qué tiene ella que no puedo controlar mis impulsos?
Aparece radiante, sentada entre mis dos hermanos.
Uno tiene su mano posesivamente sobre el muslo de ella, mientras que el otro roza su hombro contra el de ella.
Rigel se sienta frente a ella, pero puedo ver cómo se lanzan miradas codiciosas.
Su mirada se alza hacia mí, y cada vez que paso por detrás de ella, los latidos de su corazón se aceleran.
¿Es por mí o por los otros tres?
He asumido la parte teórica, enseñándoles sobre las criaturas y todo lo que sabemos de ellas.
Saiph dará una clase de combate con ellos más tarde, además de seguir enseñándoles a luchar contra las pesadillas inducidas por los Chitterings.
Ahora que estoy seguro de que los monstruos están siendo controlados por el Ejército del Terror, tenemos que poner una vigilancia extra en su enseñanza.
No sabemos qué clase de monstruos están creando.
La sesión termina y les asigno tareas.
—Sus tareas deben entregarse al final de la semana.
Empiezan a irse, pero mis ojos permanecen en Amaia.
Una parte de mí quiere retenerla, hablar más con ella, pero no debería.
Este no es el camino que debo tomar.
Con el corazón demasiado agitado, regreso a mi despacho y me dejo caer en mi silla.
Me agarro la cabeza con las manos mientras la inclino hacia atrás y me quedo mirando el techo un rato.
Al enderezarme, mis ojos encuentran algo peculiar, algo extraño.
Una luz azul emana del cajón superior de mi escritorio.
¿Qué?
¿De dónde viene esa luz?
Con curiosidad, mis dedos se cierran alrededor del pomo y lo abro.
Dentro yace el Mapa de Celestia.
El que Amaia me había regalado.
Brilla con una extraña luz azul.
Tomándolo, lo despliego entre mis manos y veo que una gran flecha azul ha aparecido en él.
Apunta hacia mi puerta, parpadeando.
«¡Compañera!
Está apuntando hacia nuestra compañera», aúlla Snow alegremente en mi cabeza.
Casi salto de la silla.
Manteniéndolo en mis manos, empiezo a moverme con pasos rápidos, dejando que el mapa me guíe.
Mi corazón late tan fuerte que no puedo oír ningún otro sonido.
Me lleva hacia el laboratorio de Jamina.
¿Es Jamina mi compañera?
¿Somos de florecimiento tardío?
Tantos pensamientos zigzaguean en mi cerebro mientras llego a la puerta.
Su sesión ha empezado con ellos y los interrumpiré si entro ahora.
Pero mi impaciencia, la magia salvaje en mi pelo y un lobo sobreexcitado me hacen abrir la puerta de golpe y entrar.
Y entonces, el aroma más delicioso y abrumador, como el de un cítrico horneado por el sol, nada hacia mí como las olas de un mar en calma.
Sin embargo, su efecto es de todo menos calmado.
Inhalo una profunda bocanada de aire.
Snow enloquece en mi cabeza mientras mis ojos desesperados la buscan.
Los hilos plateados que estoy seguro de que solo yo puedo ver se extienden desde mí y se tejen a su alrededor.
Mi mirada finalmente se fija, y observo a mi compañera después de nueve años de espera.
Nuestras miradas se encuentran y mi cuerpo se tensa como si me hubieran electrocutado.
No puede ser…
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