Los Alfas de Orión y su Pareja Inquebrantable - Capítulo 210
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- Capítulo 210 - 210 La nana de Rigel
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210: La nana de Rigel 210: La nana de Rigel (Amaia)
La situación con Alnilam me ha dejado más frustrada de lo que podría haber imaginado.
La idea de que nunca me reclame y reconozca como su pareja predestinada ha destrozado mi paz.
La maldición que pesa sobre mí nunca se romperá del todo si él no me acepta como su pareja predestinada.
Quiero que me dejen sola, pero Rigel no entiende de límites.
Mi insistencia en que me deje en paz cae en saco roto.
Me sigue como un alma en pena, desesperada y perdida, hasta que llegamos a mi habitación.
Sujetándome del brazo, me hace girar para que lo enfrente.
La desesperación se adhiere a él como una segunda piel.
Su rostro muestra un gran desprecio.
—Alnilam no te aceptará.
Una vez que toma una decisión, no la cambia.
Su reputación es más importante para él que tú.
Las verdades que está pronunciando son algo que no deseo oír en este momento.
Sé que Rigel tiene buenas intenciones, pero ahora mismo solo quiero estar sola y reflexionar sobre mis sentimientos.
Me arde el pecho y apenas puedo hablar.
—No quiero tener esta conversación.
Quiero estar sola.
—El dolor cruza su rostro, como si estuviera intentando herirlo.
No lo hago, solo establezco límites, sabiendo que todos ellos me abrumarán si no lo hago.
Además, esta costumbre que tienen de despotricar el uno del otro conmigo tenía que acabar.
Mi relación con todos y cada uno de ellos es diferente, y necesito resolver mis problemas por mi cuenta, no involucrarlos y hacer que se lancen al cuello el uno al otro.
Hoy Rigel ha herido a Alnilam porque creía que Alnilam me había herido a mí.
Y lo hizo, pero solo emocionalmente, y conociendo a Alnilam, pude sentir que carga con un gran lastre.
No puedo permitir que se hagan daño por estos asuntos cuando ninguno me está hiriendo físicamente.
La conexión emocional con ellos aún se está desarrollando, y ese tiene que ser mi problema con ellos, no el problema de ellos entre sí.
Sé que es más fácil decirlo que hacerlo.
Sus vínculos son nuevos, sus sentidos están agudizados y todos se preocupan profundamente por mí.
Pero necesitamos sentarnos y establecer una comunicación abierta entre nosotros, en lugar de recurrir a la violencia física.
Al fin y al cabo, todos ellos son igual de importantes para mí.
Bueno, quizá tenga predilección por uno, pero los demás no tienen por qué saberlo.
La puerta de mi habitación sigue abierta y oigo unos golpecitos.
Al girar la cabeza, me encuentro a Saiph de pie, con los ojos fijos en Rigel.
—Dale tiempo y espacio.
Acudirá a ti cuando esté lista.
—¿Y por qué exactamente te metes y me das lecciones?
Esto no es una de tus sesiones —le espeta Rigel a Saiph.
—¡Ezran!
¡Por favor!
No todo el mundo es el enemigo —bramo, llevándome una mano a la frente y negando con la cabeza.
Me está empezando un dolor de cabeza terrible.
—Para mí, todos son el enemigo excepto tú.
No confío en ellos.
—Pues yo sí, así que confía en mí.
—Dejo que mi mano descanse sobre su corazón para que se calme.
Creo que está más molesto por el hecho de que Alnilam también es mi pareja predestinada.
Rigel se relaja, pero solo un poco.
Puedo sentir que sigue al límite.
—¿Por qué no te vas a descansar y me dejas descansar a mí también?
Ha sido un día muy largo —pido, intentando no llorar por todas estas emociones abrumadoras.
—No quiero que estés sola esta noche.
Déjame quedarme o estaré inquieto pensando en ti.
Prometo portarme bien —implora con tal urgencia que ya no puedo decirle que no.
—¡Está bien!
—Rigel se relaja visiblemente ante mi respuesta de una sola palabra.
Mi mirada se dirige hacia Saiph.
En silencio, me observa, asegurándose de que estoy bien.
Su cuidado silencioso siempre está ahí.
No habla como los demás, ni pelea como ellos, pero es el equilibrio entre los hermanos y Rigel, y estoy agradecida por él.
—Estoy bien, Saiph.
Puedes relajarte.
—Él me dedica un asentimiento antes de hablar.
—Estaré cerca por si me necesitas.
—Sé a qué se refiere.
En su forma de pájaro, permanecerá cerca.
Saiph se va, cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Kacir no está aquí y solo puedo suponer que está pasando la noche con Rahria.
Tal y como prometió, Rigel se sienta en silencio en el borde de mi cama mientras cojo algo de ropa de dormir de mi armario y voy al baño a cambiarme.
Al salir, me encuentro a Rigel observándome con sus ojos afilados e inquietantes.
—Ven, duerme.
Te cantaré una nana.
—Se levanta de mi cama para que yo pueda acostarme.
Parpadeo, mirando a Rigel y su alta estatura.
La oscuridad emana de cada poro de su piel, como un demonio que ha escapado del infierno…
y, sin embargo, quiere cantarme una nana.
No estaba de humor para lidiar con ninguno de ellos, pero sí me apetecía escuchar una nana.
En silencio, me acuesto, acurrucándome sobre mí misma como me gusta hacer cuando estoy dolida.
Rigel se sienta cerca de mi cabeza y posa su mano en mi pelo, entrelazando sus dedos en él.
Los lazos en mi pecho están agitados, especialmente el que comparto con Alnilam.
Pero ya he terminado de perseguirlo, ahora es su decisión qué quiere hacer al respecto.
Los largos y fríos dedos de Rigel son reconfortantes.
—Canta para mí —pido, y él obedece.
Con su profunda voz de barítono, Rigel empieza a cantarme una nana.
—Eres mi estrella solitaria,
eres mi pequeña,
eres mi estrella titilante,
has viajado desde muy lejos.
Es algo que nunca he oído, es suave y a la vez potente y reconfortante.
¿Dónde la aprendió?
Mi mirada se siente atraída hacia él, y me observa con nada más que un amor infinito.
—¿Dónde la has oído?
—no puedo evitar preguntar, dejándome arrullar por su reconfortante voz.
Un velo de dolor cae sobre su rostro, cubriéndolo.
Sus dedos se hunden profundamente en mi pelo.
—Mi madre solía cantármela cuando no podía dormir por las noches.
Somos iguales en lo que respecta a nuestras madres.
Ambos las hemos perdido y ambas solían cantarnos nanas.
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