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Los Seis de Valerion - Capítulo 32

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  3. Capítulo 32 - 32 Capítulo XXXI El camino a Ordusgar
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32: Capítulo XXXI: El camino a Ordusgar 32: Capítulo XXXI: El camino a Ordusgar Tortuga era un hormiguero de mala reputación.

Como puerto comercial neutral en la costa de Kaldur, el lugar bullía con una mezcla caótica de mercenarios de Los Exiliados, comerciantes de El Pacto con pocos escrúpulos y duendes que intentarían venderte tu propia sombra si te descuidabas.

El grupo se refugió en El Ancla Rota, una posada de techos bajos y vigas ahumadas donde el olor a ron barato y sudor de ogro era casi sólido.

Mientras buscaban una mesa lo suficientemente grande para los siete, un carterista de dedos largos y rostro curtido vio en la mochila de Drazen una oportunidad de oro.

Se deslizó entre la multitud con la gracia de una rata, pero antes de que su mano tocara el cuero, Drazen giró levemente el cuello.

No hubo grito, ni desenvainó acero.

Drazen simplemente clavó sus ojos reptilianos en el ladrón.

Una chispa de fuego antiguo pareció danzar en sus pupilas y un aura de depredador absoluto emanó de su figura.

El carterista palideció, sus manos empezaron a temblar y, sin mediar palabra, se dio media vuelta y huyó hacia la calle como si hubiera visto al mismísimo Rey Zorth.

—Aún lo tienes, sobrino —rio Kalair, dándole una palmada en el hombro—.

Esa mirada espanta hasta a las deudas.

La cena fue, por primera vez en mucho tiempo, un respiro necesario.

Entre jarras de una cerveza local que Thrain juraba que servía para limpiar motores, las historias empezaron a fluir.

Thomas, que siempre encontraba el momento menos oportuno para la agudeza, miró a Drazen mientras se ajustaba las gafas.

—Dígame, General…

¿Cuánto se lleva con Lady Virisimar?

Digo, su dama es joven, pero usted, con todo respeto… se ve más joven que yo.

Drazen soltó un suspiro, la verdad es que solo se llevaban 4 años pero el envejeacía muy lento, pero antes de que pudiera responder, Sylvhus intervino con una sonrisa elegante y felina.

—La edad es un concepto muy flexible entre nosotros, pequeño sacerdote.

Yo soy trescientos años mayor que Kalair, y me siento en la flor de mi juventud.

Lyra, que compartía una mirada cómplice con Alistair, se cruzó de brazos.

—Y yo le llevo tres mil años a Alistair.

¿Acaso eso lo hace menos paladín?

Thrain soltó una carcajada estruendosa, golpeando la mesa con su jarra.

—¡Por las barbas de mis ancestros!

¡A mí no me importaría ser 20 años menor que una hermosa enana de Yunque Norte con una barba bien trenzada y brazos más fuertes que los míos!

La mesa estalló en risas.

Pero el rostro de Drazen se ensombreció levemente cuando el eco de las carcajadas se apagó.

—La diferencia de edad con Leani no fue un chiste para todos, aunque es menos de lo que parece, creo que deje de crecer a las 15 años —confesó el medio dragón, mirando el fondo de su copa—.

Fue un problema con su padre, y un detonante para el príncipe Verdar.

A veces me pregunto si mi presencia, ese recordatorio de que un “engendro” podía alcanzar lo que él deseaba, fue lo que terminó de empujarlo a la locura hasta convertirse en el Rey Zorth, el siempre me trato de muchachoy niño, la verdad es que me llevo 4 años con ellos- El silencio que siguió fue denso, cargado por el peso de la historia de Valerion.

Kalair le puso una mano en el brazo a Drazen, rompiendo el hechizo de melancolía.

—Nadie elige el corazón de otro, Drazen —dijo Kalair con suavidad—.

Verdar eligió su propio camino de escarcha, y..

¡¿cómo que cuatro años?!

-Los dragones envejecen muy lento-.

Todos se miraron y terminaron por asentir Para aliviar la tensión, Alistair se olió discretamente la axila y arrugó la nariz ante la mirada burlona de los demás.

—¡No sé de qué hablan!

Me baño dos veces al día, incluso en este barco lleno de pulgas.

Me niego a aceptar que huelo a “axila de enano”, como dice Thrain.

Thrain soltó un bufido de desprecio.

—Muchacho, yo no he tocado el jabón en mi vida y huelo a tierra fresca y victoria.

¡Tú hueles a miedo y mofeta!

¡Eso espanta a los lobos!

Al amanecer, el humor de la taberna fue reemplazado por la rigidez del deber.

El grupo se dispuso a abandonar la costa de Tortuga.

No irían a caballo; en estas tierras, la montura por excelencia eran los lobos de las Estepas, bestias masivas de pelaje gris y ojos inteligentes.

—Debemos movernos rápido hacia Ordusgar —indicó Drazen mientras montaba su lobo con una agilidad natural—.

Intentaremos contactar con Zeraki primero.

Ella es nuestra mejor baza.

—¿Por qué no ir directo con el Jefe de Guerra?

—preguntó Thomas mientras intentaba, sin mucho éxito, que su lobo dejara de morderle la túnica—.

Throk’Gar parece un tipo razonable en los libros.

Drazen esbozó una sonrisa torcida y se encogió de hombros.

—Démoslo por una cuestión de diplomacia personal.

Al Jefe de Guerra no le caigo especialmente bien.

Dice que soy “demasiado joven” para tener tanto poder.

—¿Solo por eso?

—insistió el sacerdote.

Drazen suspiró, espoleando a su montura para encabezar la marcha.

—Bueno…

también está el hecho de que a él también le gustaba Leani antes de que nos casáramos.

Todo el grupo se quedó en silencio un segundo.

Luego, al unísono, asintieron con la cabeza y se encogieron de hombros.

Con Drazen, a pesar de lo serio que era, parecía todo un chiste, era un tipo muy extraño.

Los Seis Valientes, junto a sus guías, se adentraron en las áridas llanuras de las Estepas, donde el polvo de Kaldur empezaba a teñir sus armaduras de un color cobrizo.

El encuentro con los orcos y la búsqueda de Lobo Negro estaban cada vez más cerca.

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