Los Seis de Valerion - Capítulo 33
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33: Capítulo XXXII: Un compañero risueño 33: Capítulo XXXII: Un compañero risueño El viaje a través de las vastas y áridas Estepas era agotador, pero a lomo de los enormes lobos grises de Kaldur, la distancia parecía acortarse.
Drazen lideraba la marcha con una presencia imponente, montando a su bestia con la misma naturalidad con la que respiraba, mientras Lyra cabalgaba a su lado, susurrándole indicaciones constantes para evitar los campamentos enemigos y las rutas de patrullaje.
Necesitaban cruzar aquellas tierras en el más absoluto silencio.
Ordusgar, la capital de Los Exiliados, se había mostrado abiertamente hostil a cualquier embajador de El Pacto, y entrar por la fuerza equivalía a un suicidio.
—Gira a la derecha en el siguiente risco, Drazen.
Pisadas suaves —le advirtió la elfa nocturna, notando cómo el lobo del general pisaba las ramas secas con demasiada fuerza.
Sylvhus, cabalgando justo detrás de ellos, soltó un suspiro divertido.
—Eres muchas cosas, Drazen, un guerrero legendario y un líder nato…
pero sutil, definitivamente, no es una de ellas.
Haces más ruido que un batallón de enanos marchando sobre escudos.
—¡Oye!
—protestó Thrain desde la retaguardia—.
¡Los enanos somos muy sigilosos cuando nos lo proponemos!
Solo que rara vez nos lo proponemos.
Alcanzaron el extremo norte de las Estepas, donde el paisaje árido comenzaba a teñirse de las sombras de los inmensos cañones de tierra roja que rodeaban Ordusgar.
A sugerencia de Lyra, decidieron desmontar y continuar a pie.
Debían extremar las precauciones; pronto se encontrarían con Zeraki, quien les otorgaría el salvoconducto necesario para infiltrarse en la ciudad orca.
Avanzaban agazapados entre la maleza seca cuando un sonido cortó la quietud de la sabana.
Era un llanto.
Un gimoteo agudo, lastimero y desesperado.
Kalair se detuvo en seco, alzando una mano para frenar al grupo.
—¿Escucharon eso?
Lyra agudizó sus largas orejas violetas y asintió, frunciendo el ceño.
—Es una hiena.
Un cachorro, por el tono.
A pesar de estar en territorio enemigo y con el tiempo en contra, Thrain se detuvo, apoyando su hacha en el suelo.
Para ser un guerrero implacable, el enano tenía una debilidad absurda por las crías de cualquier animal.
—Ah, por las barbas de mis ancestros…
los cachorros no tienen la culpa de las guerras.
No podemos dejarlo ahí llorando.
Kalair asintió.
Movida por un instinto que no quiso racionalizar, se desvió del camino, guiándose por el sonido.
A los pocos metros, detrás de unos matorrales espinosos, encontró la dantesca escena.
Era el resultado de una escaramuza brutal.
Había varios cadáveres de exploradores orcos esparcidos por la tierra, pero ellos no habían sido los únicos en caer.
En el centro del claro yacía el cuerpo inerte de una enorme hiena hembra y varios de sus cachorros, todos muertos por cortes de hacha.
Pero debajo de la pata protectora de la madre, temblando y cubierto de polvo, asomaba un pequeño cachorro macho que apenas abría los ojos.
Gimoteaba, frotando su hocico contra el pelaje frío de su madre.
Kalair se arrodilló lentamente, sintiendo un nudo en la garganta.
Al mirar los ojillos asustados y las manchas oscuras en el pelaje del animal, el rostro de Hossa —el querido Sexto de los Valientes— cruzó por su mente como un relámpago.
—Si las hienas de Valerion son como las de la Tierra, los machos huérfanos no son bien recibidos por otras camadas.
Las hembras alfa lo matarán en cuanto lo vean —dijo Kalair, con la voz cargada de una profunda tristeza.
Extendió las manos y, sorprendentemente, el cachorro no intentó morderla; simplemente se acurrucó contra sus palmas, buscando calor—.
Me lo llevaré.
Lo criaré y le daré los mejores jabalíes de este mundo.
Lyra se acercó, con los ojos brillando de emoción al ver a la pequeña criatura.
—¡Es precioso!
Yo te ayudaré a educarlo, Kalair.
Las bestias salvajes de las sabanas entienden mi idioma.
Thomas, que observaba desde una distancia prudente, se ajustó las gafas, aterrado.
—Kalair, Hossa era inteligente…
un caso excepcional.
Pero esto es una hiena de verdad.
¡Te comerá la cara mientras duermes!
Thrain soltó una carcajada, acercándose para rascarle la cabeza al cachorro, que le gruñó débilmente.
—Tonterías, muchacho.
Con un poco de buena cerveza, hasta el oso más duro se deja domar.
Y si se pone rebelde, un par de peleas a mano limpia lo arreglan.
El secreto está en morderles las orejas para demostrar dominancia.
Alistair asintió, aunque se mantuvo a la misma distancia segura que el sacerdote.
—Coincido con Thomas en que es peligroso, pero…
hay que admitir que tiene la misma mirada fiera de Hossa.
Supongo que podré conseguirle unos buenos huesos de jabalí cuando acampemos.
Sylvhus, cruzada de brazos, miraba la escena con total incomprensión.
—No entiendo qué tanto querían a esa tal Hossa, pero eres lo suficientemente mayor para tomar tus propias decisiones, Kalair.
Si quieres arriesgarte a que te devoren mientras duermes, es tu problema.
Drazen suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Miren, si quieren, nos podemos llevar hasta un bronto, pero por favor, apúrense.
—El medio dragón miró al cachorro y su expresión se suavizó un poco—.
Yo tuve un compañero, un huargo llamado Uxor.
Fue mi mejor amigo desde que nací, mi sombra.
Pero un huargo es un huargo, y una hiena es una hiena.
En fin…
coincido con Sylvhus.
Te va a comer.
Ignorando los pronósticos fúnebres, Kalair envolvió al pequeño en un trozo de tela de su capa, acomodándolo contra su pecho.
El cachorro bostezó y se quedó dormido casi de inmediato al sentir el latido del corazón de la humana.
Retomaron la marcha, y poco después, divisaron una columna de humo fino que se elevaba en la distancia.
Era una fogata escondida entre las rocas de un desfiladero: la señal de Zeraki.
Al acercarse, el grupo desenvainó sus armas por puro instinto al ver la escena.
Zeraki, la imponente guerrera orca, estaba sentada tranquilamente junto al fuego, limpiando el filo de su hacha.
A su alrededor, esparcidos como muñecos rotos, yacían los cadáveres de media docena de criaturas que Kalair no había visto jamás.
Eran humanoides larguiruchos, de piel verde y musculatura fibrosa.
Tenían crestas mohicanas de colores chillones, narices alargadas, enormes colmillos que sobresalían de sus mandíbulas inferiores y orejas extrañas con doble punta.
—Troles Cresta-Roja…
—murmuró Lyra, bajando el arco—.
Un grupo de asalto.
Zeraki no perdió el tiempo.
La orca levantó la vista.
Al reconocer a la líder del grupo, sus ojos fieros se abrieron de par en par.
Clavó el hacha en el suelo y se puso de pie, caminando hacia ella.
—Cuando Drazen me envió el mensaje diciendo que venías, no me lo pude creer —dijo Zeraki, con una sonrisa amplia y honesta que rara vez mostraba—.
Es algo inmensamente feliz verte de nuevo, Kalair Zad.
El Primer Amor de la Muerte.
Ambas mujeres se fundieron en un fuerte abrazo, uniendo el dolor y las batallas de Xera en ese gesto.
Luego, Zeraki se separó.
Saludó a Sylvhus con una inclinación de cabeza fría y estrictamente militar, pero al volverse hacia Drazen, su actitud cambió por completo, abrazando al general con un cariño casi maternal.
Se sentaron alrededor del fuego.
Tenían demasiado de qué hablar, no solo de los problemas políticos que asolaban Valerion, sino de los ecos destructivos de Xera tras el exilio de Kalair.
—Las cosas empeoraron mucho cuando desapareciste —comenzó Zeraki, con la voz grave, mirando las llamas—.
Sok Kal, el Creador, en su infinita luz cegadora, engañó a Redhand.
Jugó con su mente rota por tu ausencia.
Orion perdió el control…
y en su estado de inconsciencia, terminó abusando del poder y de la propia Krasny Bel.
Kalair sintió un escalofrío.
La sola mención de esa traición y el quiebre de Redhand le revolvió el estómago.
—Pero la Reina de los Demonios no es alguien que se rinda fácilmente —continuó la orca—.
A pesar de que Redhand no era plenamente consciente de sus actos, Bel lo maldijo.
Le impuso la maldición de la vejez acelerada.
Fue entonces cuando Gar’Dal volvió.
Drazen apretó los puños, y Kalair contuvo el aliento al escuchar el nombre del Rey Demonio.
—Cuando Gar’Dal no te encontró, enloqueció por completo —relató Zeraki—.
Decidió castigar a Redhand por todo, y en su furia, me mató a mí.
—¡¿Te mató?!
—exclamó Alistair, interrumpiendo, con los ojos como platos—.
¡Pero estás aquí!
Zeraki lo miró de reojo y asintió.
—Mi alma fue enviada a Veledar, al reino de los espíritus.
Pero la Reina Blanca del Velo se negó a recibirme.
En su lugar, llamó a Diablo.
—¿Van der Gir?
—preguntó Kalair, atónita.
—El mismo.
Resulta que Diablo ahora reside en Veledar.
Me sorprendió muchísimo ver a un demonio tan vil codeándose con los ángeles de la justicia y la rectitud.
Pero Van der Gir, en un acto que aún no comprendo del todo, usó una parte de su propia alma para revivirme.
Los seres de Veledar me enviaron a Valerion porque es el único lugar donde Gar’Dal está ciego.
La magia que Krasny Bel usó para protegerte a ti, Kalair, cubre este mundo de su vista.
Zeraki se inclinó hacia Kalair, con un brillo de esperanza desesperada en los ojos.
—Él piensa que ya habías muerto.
Todos lo creíamos.
Pero al verte viva, tantos años después…
me pregunto si existe una posibilidad.
Si en algún momento puedes volver a Xera, reunirte con Redhand y revertir el castigo.
Después de todo, Bel es una persona razonable; si de verdad hubiera querido muerto a Orion, lo habría aniquilado.
Debe haber una forma de salvarlo.
El fuego crujió.
Kalair procesaba la abrumadora cantidad de información cósmica, el sacrificio de Van der Gir, la maldición de Orion y la furia ciega de Gar’Dal.
A su lado, Drazen asentía, comprendiendo perfectamente el peso de esas deidades y el equilibrio del multiverso.
Sin embargo, al mirar al resto del grupo, la escena era digna de una comedia.
Alistair tenía la boca ligeramente abierta, parpadeando rápidamente.
Lyra se frotaba las sienes con dos dedos, como si le fuera a estallar la cabeza.
Thrain miraba su hacha como si de repente hubiera olvidado para qué servía, y Thomas simplemente abrazaba sus rodillas, balbuceando plegarias ininteligibles a El Sol Ardiente.
Sylvhus, por su parte, miraba alternativamente a Zeraki y a Kalair con una expresión de absoluto vacío.
—Eh…
—Alistair levantó una mano tímidamente—.
Con todo respeto, mi señora orca…
nos perdimos exactamente después de la parte donde dijo “Sok Kal”.
—Yo me perdí cuando dijo que un demonio vive con los ángeles —añadió Thomas, tiritando.
—A mí solo me importa saber si ese tal Gar’Dal puede ser decapitado con un hacha normal —concluyó Thrain, cruzándose de brazos—.
Porque si no, toda esta historia de universos y reinas blancas me da una jaqueca terrible.
Kalair y Drazen intercambiaron una mirada de complicidad y soltaron una pequeña carcajada.
En un universo lleno de dioses, demonios y destinos cósmicos entrelazados, a veces la ignorancia de los Valientes de Valerion era el refugio más reconfortante que existía.