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Los Seis de Valerion - Capítulo 36

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  3. Capítulo 36 - 36 Capítulo XXXV El Encuentro de los Monstruos y la Danza de Fuego
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36: Capítulo XXXV: El Encuentro de los Monstruos y la Danza de Fuego 36: Capítulo XXXV: El Encuentro de los Monstruos y la Danza de Fuego Decenas de demonios comenzaron a descender por las escarpadas laderas de ambos lados del cañón.

Sus pieles escamosas, de tonos rojizos y verdes enfermizos, se recortaban contra la penumbra del cielo de Kardes.

Luchar era, en teoría, una opción táctica válida para guerreros de su calibre, pero contra una horda tan abrumadora de esbirros de FelPester, se exponían a un riesgo inaceptable.

En un grupo que se había vuelto tan unido, donde las cicatrices aún supuraban, la posibilidad de que alguien muriera en combate era impensable.

El dolor por el sacrificio del gran Hosgar no pesaba únicamente en el corazón de Kalair; todo el grupo había acogido al Rey Gnoll en la hermandad de los Seis Valientes, y perder a otro miembro los destrozaría.

Galoparon entonces tan rápido como se lo permitían los enormes lobos de guerra orcos, levantando nubes de polvo y ceniza a su paso.

Lyra y Sylvhus, haciendo gala de una agilidad extrema y milenaria, se giraron sobre sus monturas en pleno galope.

Sus arcos cantaron al unísono.

Dispararon sus mejores flechas, proyectiles imbuidos en magia arcana y forestal que dejaban estelas luminosas en el aire sombrío, derribando a los demonios más veloces que intentaban flanquearlos.

Sin embargo, los enemigos eran demasiados, y ambas elfas sabían que debían conservar munición para lo que les esperaba en las profundidades del territorio corrupto.

Kalair, aunque poseía una habilidad extraordinaria y unos reflejos que desafiaban su naturaleza humana, se mantenía extrañamente pasiva en la retaguardia.

Cabalgaba aferrando las riendas con una mano mientras en la otra sostenía a Diablo.

No era el miedo lo que la detenía de disparar.

Era el propio Diablo.

El fragmento del corazón de Van der Gir que latía en el núcleo del arma parecía susurrarle directamente a la mente con un eco cavernoso y seductor, exigiéndole que no interviniera, sin darle ninguna razón, la invalidaba de usar la mácula de muerte en esta batalla.

Entonces, el terror se materializó frente a ellos.

Otro contingente masivo de demonios emergió de las grietas del suelo, cerrándoles el paso por completo.

Estaban atrapados en el desfiladero.

—¡Tendremos que abrirnos paso a la fuerza!

—gruñó Thrain, desenganchando sus armas con un tintineo metálico, listo para embestir a las viles criaturas con toda la furia de las profundidades de SubTerra.

Pero Drazen, cuyos sentidos draconianos eran incluso más agudos que los de las elfas, percibió algo completamente anómalo en la horda que bloqueaba el camino.

El olor no era de caos descontrolado; había disciplina, y un hedor a magia vil canalizada con un propósito distinto.

El medio dragón se puso de pie sobre la silla de montar en pleno galope y gritó con una voz que resonó en las paredes de roca: —¡Los del frente no son enemigos!

¡Ignórenlos y sigan de largo hasta el puesto de avanzada del Pacto!

¡Yo detendré a los demonios que nos persiguen!

Los Valientes cruzaron miradas, llenos de confusión.

La idea de dejar a un compañero atrás iba en contra de todo lo que habían jurado, pero sabían que el General Drazen era, en el sentido más literal de la palabra, un monstruo.

Su poder era incuestionable, un legado directo de la sangre de los Cazadores de Xera.

Los Seis de Valerion (contando al pequeño cachorro de hiena Hossi, que iba a salvo en la mochila delantera de Kalair) espolearon a sus lobos y cruzaron por el centro de la barrera demoníaca.

Para su asombro, aquellas criaturas infernales apartaron sus armas y abrieron filas para dejarlos pasar sin oposición.

—¡Es Faradas!

—exclamó Lyra, señalando a la imponente figura que comandaba a esos guerreros.

Su voz delataba una profunda admiración.

Alistair, que cabalgaba a su lado, refunfuñó por lo bajo, apretando la mandíbula.

Como paladín, le irritaba profundamente la devoción que su pareja sentía por el infame “Traidor”.

Drazen, en un movimiento acrobático, saltó hacia atrás desde su montura en marcha.

Su lobo gris continuó corriendo junto al grupo, mientras el general aterrizaba pesadamente sobre la tierra agrietada, levantando una nube de polvo.

Quedó parado justo en el centro del cañón, frente a la horda rabiosa de FelPester que bajaba como una avalancha, y con Faradas y sus guerreros renegados a sus espaldas.

—No esperaba verte de nuevo por estos dominios oscuros —dijo el demonio élfico, acercándose.

Su voz tenía una reverberación sobrenatural, un eco de dos mundos que ponía los pelos de punta.

Drazen se giró a medias para observarlo.

Faradas era una visión aterradora y majestuosa.

Medía poco más de dos metros y medio.

Su piel, antiguamente violeta, ahora era de un azul oscuro, casi cadavérico.

Un par de inmensas alas membranosas nacían de su espalda.

Dos gruesos cuernos cabríos y retorcidos se curvaban desde su frente, y sus ojos ardían con el rojo más macabro y antinatural, casi tanto como los de Orion Redhand Boras en sus momentos de locura.

Sus pies habían sido reemplazados por pesadas pezuñas hendidas, y sus manos terminaban en garras afiladas y peludas.

Su cabello oscuro caía largo, amarrado en una cola de caballo.

A pesar de la obvia y monstruosa corrupción, sus facciones conservaban una extraña proporción aristocrática; era un demonio aborrecible, pero con un porte regio y único.

—¡Faradas, el héroe de Kardes!

—exclamó Drazen, con una sonrisa fiera, visiblemente a gusto en aquel entorno letal.

—Drazen, el Héroe de Valerion —respondió el demonio, esbozando una sonrisa afilada que mostró sus colmillos—.

Luchar de nuevo a tu lado contra hordas de escoria…

No esperaba que mi regalo de cumpleaños llegara tan pronto.

—¿Acaso todavía recuerdas cuándo es tu cumpleaños?

—bromeó el medio dragón, sin apartar la vista de la horda enemiga que cargaba hacia ellos.

—Hace miles de años que olvidé siquiera qué día es hoy —admitió Faradas, apretando el mango de su arma—.

Pero te puedo asegurar que nací de nuevo el día en que me convertí…

en esto.

La horda de FelPester estaba a escasos veinte metros.

Drazen plantó las botas en la tierra.

Inhaló una cantidad inhumana de aire, su pecho se infló hasta el límite y las placas de su armadura comenzaron a emitir un brillo candente, poniéndose al rojo vivo.

Cuando abrió la boca, exhaló una gigantesca y atronadora llamarada de fuego azul, denso y cegador.

El torrente infernal barrió la primera línea de la horda, carbonizando a decenas de bestias sombrías y demonios menores en el acto, convirtiéndolos en cenizas antes de que sus gritos pudieran siquiera formarse.

Sin perder el impulso, Drazen desenfundó sus dagas gemelas, imbuidas con la magia primordial y el fuego del Príncipe Elemental Illarian.

Las hojas brillaron con un blanco incandescente.

Saltó hacia adelante como un animal desatado y se sumergió en el mar de enemigos, diezmando sin parar sus números en un vendaval de violencia, fuego y acero.

A sus espaldas, Faradas desató su propio infierno.

El demonio empuñó su arma: un hacha colosal de doble filo forjada de un mineral rojo y cristalino que parecía estar hecha de sangre coagulada.

Dio un fuerte golpe en el suelo con su pezuña y se lanzó contra la horda, seguido de cerca por sus leales guerreros de piel cenicienta.

La batalla que siguió fue una sinfonía de carnicería pura.

Drazen se movía como un huracán de fuego azul.

Esquivaba los pesados garrotazos de los brutos del vacío con una agilidad felina, deslizándose por debajo de sus guardias para hundir sus dagas candentes en los puntos vitales.

Cada corte de sus armas dejaba estelas de fuego blanco en el aire, cauterizando las heridas al instante y haciendo hervir la sangre tóxica de los demonios.

Un enorme coloso demoníaco intentó aplastarlo con su maza de púas, pero Drazen saltó, apoyó un pie sobre el arma enemiga, se impulsó hacia el rostro de la bestia y le clavó ambas dagas en los ojos, liberando una ráfaga de fuego azul desde las empuñaduras que hizo estallar el cráneo de la criatura desde dentro.

A pocos metros, Faradas era una fuerza de la naturaleza indomable.

A diferencia de la danza elemental de Drazen, el estilo del demonio élfico era de una brutalidad abrumadora.

Su hacha de mineral sangriento cortaba el aire con un zumbido macabro.

Con un solo barrido horizontal, partió a tres bestias menores por la mitad, dejando que sus entrañas bañaran la tierra.

Cuando un grupo de sabuesos devoradores de magia intentó acorralarlo, Faradas extendió sus alas membranosas y se elevó varios metros en el aire.

Cayó en picado como un meteoro, estrellando el hacha contra el suelo y generando una onda expansiva de energía oscura que desintegró a los canes en un radio de diez metros.

La sinergia entre el medio dragón y el híbrido demoníaco era perfecta, nacida del respeto mutuo forjado en el fin del mundo.

Combatían espalda con espalda en el epicentro del caos.

Si un enemigo atacaba el punto ciego de Drazen, el hacha roja de Faradas lo interceptaba y lo partía en dos.

Si una hechicera vil intentaba canalizar un maleficio contra la mente de Faradas, una daga envuelta en las llamas de Illarian le atravesaba la garganta a la distancia.

El suelo del cañón quedó irreconocible.

Montañas de cadáveres demoníacos se apilaban a su alrededor, y el aire apestaba a azufre, ozono, sangre hervida y carne carbonizada.

Los guerreros renegados de Faradas terminaron de empalar a los últimos sobrevivientes que intentaban arrastrarse de vuelta por las grietas.

Cuando el último de los esbirros de FelPester cayó decapitado, el silencio regresó al cañón, interrumpido solo por el crepitar de los charcos de fuego verde y azul que ardían entre los restos.

Drazen, cubierto de icor y hollín, soltó un largo suspiro que fue acompañado de una pequeña voluta de humo por la boca.

Envainó sus dagas brillantes y caminó hacia una enorme roca lisa.

Faradas hizo lo mismo, arrastrando su hacha roja, que parecía haber bebido la sangre de sus víctimas, brillando con una intensidad pulsante.

Ambos guerreros, absolutamente exhaustos por el nivel de magia y violencia desplegados, se dejaron caer y se sentaron lado a lado, apoyando la espalda en la fría piedra del cañón.

Levantaron la vista hacia el cielo de Kardes, completamente cubierto por espesas y arremolinadas nubes de tormenta de un enfermizo color oscuro.

Se miraron el uno al otro.

Drazen, el hijo de leyendas con el alma en llamas, y Faradas, el elfo que había vendido su eternidad para salvar a su mundo.

Sin mediar palabra, Drazen esbozó una sonrisa que rápidamente se convirtió en una risa ronca.

Faradas lo secundó.

Primero rieron de forma fraternal, uniendo el alivio de la supervivencia.

Y luego, rodeados por el infierno que ellos mismos habían desatado, ambos estallaron en carcajadas resonantes y desquiciadas, riendo hacia el cielo maldito como los gloriosos locos en los que el universo los había convertido.

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