Los Seis de Valerion - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo XXXIV Ecos del Velo y la Sombra del Traidor
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35: Capítulo XXXIV: Ecos del Velo y la Sombra del Traidor 35: Capítulo XXXIV: Ecos del Velo y la Sombra del Traidor La información que Zeraki había logrado extraer del consejo en Ordusgar era clara, aunque las implicaciones helaban la sangre.
El rastro del Lobo Negro, el gladiador amnésico que podría ser la clave para la estabilidad de Bastión de Alabastro, se desviaba drásticamente hacia el norte.
Se internaba en las lúgubres y ancestrales tierras de Kardes.
El cambio en el paisaje fue tan gradual como perturbador.
A medida que dejaban atrás las polvorientas y calurosas Estepas orcas, el aire comenzó a volverse denso, gélido y cargado de una estática antinatural.
Los altos y majestuosos árboles de hojas violetas que alguna vez definieron los bosques élficos ahora lucían retorcidos, con sus troncos ennegrecidos rezumando una savia de un verde enfermizo.
Para Lyra, volver a los bosques donde había nacido y crecido era una victoria con sabor a ceniza.
Cabalgaba a la cabeza del grupo, con la mandíbula apretada y los ojos plateados escudriñando las sombras palpitantes entre la maleza.
—En las baladas que cantan los bardos humanos en Bastión de Alabastro, a Faradas se le pinta como un villano puro, un monstruo deleznable que vendió su alma y a su propia gente por poder —murmuró Lyra, rompiendo el espeso silencio mientras su inmenso lobo gris esquivaba unas raíces espinosas—.
Pero para nosotros, los que estuvimos aquí cuando el cielo se rasgó y se volvió de ese nauseabundo verde vil, él es un antihéroe.
Un mártir, si me preguntan.
La arquera se giró levemente para mirar al resto.
—Él sacrificó su esencia para sentenciar la derrota del Titán Oscuro Turus en Kaldur.
Si Faradas no hubiera abrazado esa maldición, no habría un mundo que los mortales pudieran habitar hoy.
Zeraki, que montaba un lobo negro colosal, se mantenía tensa como la cuerda de un arco.
Su hacha descansaba sobre sus muslos, pero sus dedos no dejaban de acariciar el cuero de la empuñadura.
Como orca, que alguna vez fue una no muerta, sentencia cierta estatica en la piel cuando algo profano se acercaba.
—No me gusta este lugar ni un poco —gruñó la fiera guerrera de Xera—.
Siento miles de ojos malignos acechando tras cada risco, detrás de cada corteza podrida.
Parte del Ejército Negro original nunca fue erradicada por completo; sus remanentes aún libran una guerra eterna en estas cumbres contra las tropas de Faradas.
Quedar atrapados entre el fuego cruzado de demonios no es mi idea de una cacería exitosa.
Más atrás, Thomas, el joven sacerdote, parecía a punto de desmayarse.
Rezaba frenéticamente en un susurro ininterrumpido que parecía el zumbido de una abeja ansiosa.
Se aferraba a su abalorio de El Sol Ardiente hasta que los nudillos se le pusieron blancos, cuestionándose por milésima vez qué demonios hacía allí.
Podría haberse quedado en Bastión, durmiendo en sábanas de lino, venerado como uno de los 6 Valientes que salvaron al Rey Infante y todo Alabastro, disfrutando de su estatus de héroe nacional.
Thrain, que cabalgaba a su lado y usualmente disfrutaba alimentando los miedos del clérigo con historias macabras, esta vez sintió una punzada de compasión.
El enano le propinó una palmada en la espalda que, aunque bien intencionada, casi hace que Thomas salga volando de la montura.
—¡Endereza la espalda y saca pecho, muchacho!
—le animó Thrain con su voz áspera pero paternal—.
Eres mucho más valiente de lo que tu propio cerebro te deja creer.
Por las barbas de Mardú, ¡si sobrevivimos a los dientes y al fuego de la dragona Nexia, podemos enfrentarnos a unos cuantos diablillos errantes!
Te plantaste frente a las llamas con tu escudo de fe.
Sin ti, el paladín y nosotros no habríamos pasado de las puertas de ese castillo.
Alistair, que montaba justo delante de ellos, no participó en la charla animada.
El rubio paladín lucía inusualmente taciturno, con los hombros rígidos y la mirada perdida en las crines de su montura.
Kalair, que pasaba cabalgando junto a él, lo notó de inmediato.
Delante de su pecho, atado en una cómoda mochila de cuero, el pequeño Hossi —el cachorro de hiena que había rescatado en las Estepas— asomó la cabeza, soltando un agudo bostezo que mostraba sus diminutos colmillos.
—El paladín inquebrantable del grupo no puede permitirse el lujo de temblar antes de desenfundar —le dijo Kalair, con una sonrisa suave pero escrutadora, intentando aligerar su carga.
—Es precisamente eso lo que me perturba, Kalair —respondió Alistair, girando su rostro pálido hacia ella.
Su voz era un susurro ahogado por el miedo a sí mismo—.
Que no debería tener miedo.
He entrenado toda mi vida, pero nunca he luchado contra demonios reales, entes de pura maldad extraída del caos.
—Tampoco habías luchado contra dragones ancestrales disfrazados de damas de la corte, y, aun así, ganamos.
—Yo no luché contra dragones —replicó él, negando con la cabeza vehementemente—.
Fue la Death Omen.
Sin esa pistola mágica tuya, Nexia nos habría convertido a todos en un montón de cenizas en los jardines del Castillo de Alabastro.
Kalair guardó silencio, dejando que el rítmico trote de los lobos llenara el espacio.
Alistair tenía razón.
Era una verdad incómoda que todos intentaban ignorar bajo el manto de su recién adquirida gloria heroica.
Durante aquel enfrentamiento con Nexia, el arma aún conservaba su forma original orca: la pesada e inmanejable pistola Death Omen, cuyo retroceso de magia casi le arranca el brazo a Kalair.
En términos de fuerza física y resistencia, ellos no eran más que mortales frágiles; eran los mismos novatos que casi mueren ahogados intentando huir de los patéticos Grugracks en el lago de Guarida del León, o que a duras penas pudieron hacerle frente a Hosgar, el gigantesco Rey Gnoll, cuando aún era un enemigo sediento de sangre.
—En Xera, rodeada de semidioses y monstruos inmortales, siempre fui la más débil físicamente —confesó Kalair, acariciando la cabeza del cachorro de hiena—.
Sobreviví no por ser invencible, sino gracias al poder, a veces bizarro y aterrador, de mis amigos.
Juntos, somos mucho más que la simple suma de nuestras espadas.
Esa arma…
la Death Omen, o Diablo como la he reformado ahora, es solo un recurso.
Es una herramienta, igual que lo es tu pesado escudo o el abalorio luminoso de Thomas.
No somos deidades, Alistair.
Somos los Seis Valientes, y es estando juntos que encontramos el valor.
—No es solo cobardía física —confesó el paladín, mirándose las manos enguantadas—.
Cuando lucho…
siento una ira abrasadora.
Siento que la luz de El Sol Ardiente me hierve la sangre, pidiéndome castigo.
Temo que, frente a demonios reales, me convierta en un simple carnicero.
Mi deber como caballero es ser piadoso.
—Tú eres el corazón piadoso de este grupo, pedazo de tonto —le aseguró Kalair, dándole un suave empujón en el brazo—.
¿Acaso lo olvidas?
Fuiste tú quien perdonó la vida a Gadren en los viñedos cuando Thrain pedía su cabeza.
Fuiste tú quien nos reunió, quien me aceptó a pesar de ser una extraña andrajosa sin pasado.
Y fuiste tú quien aceptó integrar a Hosgar, un Gnoll devorador de humanos, como un hermano de armas.
Alistair esbozó una levísima sonrisa, relajando por fin las manos sobre las riendas.
El peso de su propia rectitud parecía ceder un poco.
—Por Hosgar el crédito es netamente tuyo.
Aún no puedo creer que un Rey Gnoll se convirtiera en un héroe de la corona.
Y ahora su manada es aliada de El Pacto.
Eres toda una diplomática, Kalair.
—Si no hubieras tenido el corazón para darnos la oportunidad de hablar, nada de esto habría sucedido.
—Tal vez…
—Alistair la miró a los ojos, y un rubor sutil tiñó sus mejillas—.
Es muy grato tenerte cerca, Kalair.
La humana soltó una carcajada cristalina, rompiendo la tensión por completo.
—Lo sé.
Ahora hazme el favor de dejar de mirarme los pies y vigila el frente, o Lyra te lanzará una flecha en la nuca.
A la cabeza de la marcha, ignorando el coqueteo de la retaguardia, Lyra cabalgaba junto a Drazen y Zeraki.
La conversación había derivado hacia el señor de aquellas tierras oscuras.
—Faradas está muy lejos de ser la bestia irracional que los sacerdotes del Pacto describen en sus sermones —comentó Drazen, con la voz cargada de respeto—.
Era un tipo profundamente sentimental.
Amaba a una guerrera elfa con toda su alma.
Ella murió en combate contra FelPester, sacrificándose para defender a Faradas cuando las líneas de defensa colapsaron.
El medio dragón apretó los puños al recordar la historia.
—Fue ese dolor desgarrador lo que lo quebró.
Faradas aceptó el pacto oscuro, consumiendo la esencia de un antiguo ente vil; solo así pudo obtener el poder demoníaco necesario para masacrar a FelPester, el general más poderoso del Ejército Negro.
Drazen suspiró, mirando hacia las imponentes siluetas de las fortalezas en ruinas de Kardes.
—Me gustaría verle otra vez.
Aunque solo sea para ver qué tan profunda es su corrupción ahora.
Me gustaría ayudarlo.
En Xera, fueron muchos los demonios que terminaron luchando del lado de mis padres para salvar la existencia.
No todo lo que toca el vacío está perdido.
Zeraki asintió solemnemente, aportando su propia e increíble experiencia desde otra dimensión.
—Zaharzim es la prueba viviente de ello.
Siendo un Dark Dreams de pura cepa, un ser nacido de la oscuridad cósmica y antiguo siervo del sádico Falseran, fue un aliado inestimable en la guerra final.
Él mismo rompió sus cadenas y venció a su maestro, Falseran, luchando codo a codo junto a Lady Bennis, una guerrera mortal de Valerion.
Lyra se frotó las sienes.
Escuchar aquellas historias siempre le provocaba vértigo.
—Todo el tema de Xera, los demonios redimidos y los multiversos me parece una completa y absoluta locura —admitió la arquera, negando con la cabeza—.
Rompe todas las reglas mágicas que mi pueblo ha estudiado durante milenios.
Zeraki compartió su sentimiento con una mueca de resignación.
—Créeme, elfa, es algo que, a pesar de haberlo vivido y sangrado, ni yo misma lo comprendo del todo.
La guerrera orca miró el cielo púrpura de Kardes, enumerando las imposibilidades que habitaban en su memoria.
¿Cómo funcionaba realmente el tejido del tiempo y el espacio?
FelPester y Falseran habían muerto en Valerion y, simultáneamente, en la Tierra.
El colosal Turus estaba supuestamente vivo y acechando en esta realidad, pero en la Tierra había sido borrado por completo.
Pero lo que más destrozaba cualquier lógica cosmológica era la regla dorada del vacío: se suponía que solo podía existir un Dark Dreams por universo.
Era una constante matemática del caos.
Y, sin embargo, de alguna manera absurda y aterradora, todos se habían congregado, existido y luchado en un solo punto de convergencia: Xera.
Mientras la oscuridad de la noche engullía los senderos corruptos de Kardes, los Seis Valientes se adentraban en el territorio del Traidor, rodeados de demonios y cargando con secretos que ni los mismos dioses del vacío parecían capaces de comprender.