Los Seis de Ventormenta - Capítulo 2
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2: El Bautismo de Pólvora 2: El Bautismo de Pólvora La mañana en el Valle de Villanorte se presentó con una claridad casi dolorosa.
Para Kalair Zad, acostumbrada a los matices violáceos y las sombras perpetuas de los crueles campos de batalla en Xera, la luz de Azeroth resultaba honesta, pero cruda.
Se despidió del Abad Seymour con una inclinación de cabeza perfectamente ejecutada; el hombre era solemne y un tanto rígido, pero sus ojos habían mostrado una pizca de compasión genuina.
Tras una breve charla sobre la “pérdida de su hogar”, Kalair salió al aire libre, sintiendo el peso de la túnica de lino que el Hermano Paxton le había facilitado.
Caminó por los alrededores de la abadía con una parsimonia estudiada.
Sus ojos, sin embargo, no descansaban.
Escaneaba los muros de granito, los jardines de hierbas y los puestos de guardia con una eficiencia que desmentía su apariencia vulnerable.
En Xera, ella siempre había sido la más débil del grupo; rodeada de semidioses, vampiros románticos y guerreros de poder inabarcable como Redhand o la implacable Li Wang, Kalair había aprendido que su supervivencia dependía de su agudeza visual y su capacidad de anticipación.
No se sentía superior a los habitantes de este valle; al contrario, sentía una envidia melancólica por la sencillez de sus vidas.
Una sombra cruzó su mente, una imagen que intentó disipar con un parpadeo rápido: Borgol.
Ver a su mejor amigo ser desintegrado por la locura de Gar’Dal, reducido a cristalinas motas de polvo, era una herida que no cerraría pronto.
La traición del Rey Demonio, a quien apenas había tratado antes de su descenso a la demencia, la había dejado huérfana de mundo y de amigos.
Se detuvo cerca de la entrada principal, donde el camino se ensanchaba.
Allí, apoyado contra un pilar de piedra, el Sargento Willem observaba a los pocos viajeros que se atrevían a cruzar el paso.
Kalair se acercó, manteniendo una postura educada pero firme.
—Sargento —dijo, deteniéndose a una distancia respetuosa—.
Perdone que interrumpa su vigilancia.
Willem la miró, reconociendo a la mujer que había llegado la noche anterior.
—La muchacha de la laguna.
Paxton dice que eres de modales finos, Zad.
¿Qué buscas en el Valle?
—En realidad busco un trabajo, digo, soy buena luchando, más que recogiendo hierbas, u ordenandos estantes de libros, busco acción bien pagada, tengo que viajar muy lejos y como le contaron, llegue con meno que lo puesto, Sargento —respondió ella con una media sonrisa—.
además dudo que el posadero de Villadorada acepte mis agradecimientos como pago por una cama.
Necesito equipo y suministros si quiero llegar a Ventormenta algún día.
¿Hay algo en lo que pueda ayudar?
Willem soltó un bufido, divertido.
—Eres ambiciosa para ser una refugiada, te respeto.
Pero mira tus manos, no se ven como las de una guerrera, menos de campesina, de todas formas habla con el Alguacil McBride.
Está en el campo de entrenamiento, tratando de que los nuevos reclutas no se maten entre ellos.
Kalair asintió y se dirigió hacia los barracones.
El sonido del acero contra la madera de práctica resonaba en el valle.
El Alguacil McBride era un hombre que exudaba una autoridad pragmática.
Estaba revisando un fardo de suministros cuando Kalair se plantó frente a él.
—Alguacil McBride —saludó ella con suavidad—.
Me dijo el Sargento Willem que tiene trabajos que requieran más violencia que paciencia.
McBride levantó la vista y soltó una carcajada amarga.
—¿Tú?
Niña, no me hagas perder el tiempo.
Los Defias están asaltando los viñedos y no tienen piedad.
No pareces preparada para recibir un tajo, y mucho menos para devolverlo.
En la abadía siempre hay lugar para limpiar pisos y ordenar libros, y apura antes de que una de estos “reclutas” te usen como práctica de tiro.
Kalair suspiró.
Entendía la duda; en Xera ella era la frágil, la que necesitaba protección.
Pero aquí, las reglas eran otras.
Miró a su alrededor y vio a Dermot Johns, el vendedor de víveres, a unos veinte metros, agachado sobre una cesta de manzanas.
Dermot llevaba un sombrero de paja bastante amplio.
—Alguacil —dijo ella, con una calma que hizo que el hombre se detuviera—.
Me juzga apresuradamente.
Présteme ese cuchillo que tiene en el cinto.
Solo por un momento- le rogó con una cara en extremo adorable McBride, molesto pero picado por la curiosidad, le entregó el cuchillo por el mango.
—Bien.
Adelante.
Demuéstrame que eres más que una cara bonita.
Kalair tomó el cuchillo.
Sopesó el acero, midiendo el centro de gravedad.
No alardeó, no hizo posturas innecesarias.
Simplemente, con un movimiento fluido y seco del brazo, lanzó el arma.
¡Zwak!
El cuchillo voló con una trayectoria perfecta, clavándose en el poste de madera justo detrás de Dermot Johns.
Lo asombroso no fue solo la fuerza, sino que la hoja atravesó el ala del sombrero de paja del vendedor, dejándolo clavado a la madera a escasos milímetros de su oreja.
Dermot soltó un alarido de terror puro, cayendo hacia atrás sobre sus cajas de suministros.
—¡POR TODOS LOS DIOSES!
¡ME HAN MATADO!
¡EL CIELO SE CAE!
—gritaba el hombre, gateando desesperado mientras las manzanas rodaban por el suelo.
Kalair se frotó la nuca, pareciendo genuinamente apenada.
—Vaya…
creo que le debo una disculpa al señor Johns.
Prometo ayudarle a recoger sus manzanas más tarde.
McBride se quedó con la boca abierta.
Miró el cuchillo vibrando en el poste y luego a la mujer frente a él.
—Eso ha sido…
quirúrgico.
Tienes manos de tiradora, Zad.
—Digamos que he tenido que ser muy precisa para sobrevivir —respondió ella con humildad—.
¿Podemos hablar de negocios ahora?
McBride asintió, ahora con un respeto renovado.
Entró en los barracones y salió con un fardo.
—No puedo dejar que una profesional ande así.
Toma.
Esto es una armadura de cuero endurecido; es ligera pero te salvará de un tajo.
Aquí tienes dos cuchillos de acero de Ventormenta, perfectamente equilibrados.
Hizo una pausa y sacó una pieza que hizo que Kalair alzara las cejas.
Era una pistola de corto alcance, con un grabado enano en el cañón.
—Y esto es ingeniería de Khaz Modan.
Tiene siete balas.
Úsala con sabiduría, porque el ruido atraerá a todos los Defias de la zona.
Te descontaré el equipo de la recompensa por los pañuelos que traigas de los bandidos.
Kalair tomó el arma, sintiendo el frío reconfortante del metal.
—Siete oportunidades.
Trataré de no desperdiciar ninguna.
¿Hacia dónde voy?
—Al este, a los viñedos de Milly Osworth.
Están asediados.
Ve allí y haz que se arrepientan de haber cruzado el río.
Kalair se adentró en el bosque.
Al llegar a los viñedos, el aire estaba viciado por el olor a humo y sudor.
Entre las hileras de vides, vio a un grupo de cuatro reclutas rodeados por una decena de bandidos con pañuelos rojos.
Kalair se ocultó tras una carreta volcada y observó.
Estaba Alistair, un paladín humano de rasgos nobles y una armadura que brillaba demasiado; sostenía un escudo de madera astillada con una determinación férrea.
A su lado, Thomas, un sacerdote joven, pálido y miope, murmuraba oraciones, para mantener un escudo de Luz sobre Thrain, un guerrero enano cuya barba pelirroja llegaba casi al suelo y quien profería insultos en un dialecto que Kalair no lograba descifrar.
Y luego estaba Lyra.
Era una Elfa de la Noche, alta y de una elegancia violeta que resultaba hipnótica.
Sus ojos plateados brillaban con una intensidad lunar mientras disparaba flechas con una cadencia perfecta.
Kalair notó algo de inmediato: Alistair luchaba con un celo exagerado, lanzando miradas furtivas a la elfa para ver si ella notaba sus bloqueos.
Lyra, por su parte, fingía indiferencia, aunque sus flechas siempre cubrían el flanco de Alistair antes de que él siquiera notara el peligro.
—Uff —susurró Kalair para sí misma, con una sonrisa divertida, estos eran problemas y peleas que estaban a su alcance—.
veo todo un drama.
Entonces un bandido se abalanzó sobre el sacerdote Thomas por la espalda.
Kalair no esperó más.
Lanzó uno de sus cuchillos con una precisión aterradora, hundiendo el acero en el hombro del atacante.
Alistair se giró, sobresaltado por el grito del bandido.
—¡¿Quién anda ahí?!
Kalair salió de las sombras, disparando su pistola hacia un ballestero que acechaba en una choza cercana.
El estruendo de la pólvora sacudió el aire, y el bandido cayó del tejado como un saco de patatas.
—¡Cuidado!
—gritó Kalair a Alistair, quien se había quedado un segundo de más admirándola—.
Presta atención a los flancos y deja de mirarme los pies.
¡Muévete!
Alistair se ruborizó violentamente, pero logró golpear a un Defias con su escudo.
—¡No estaba mirando!
¡de todos modos, gracias mi dama!
—¿Dama?
Me acabas de cargar 10 años encima—replicó Kalair mientras recargaba—.
Llámame Kalair, antes de que el enano se te tropiece con esa capa tuya.
Thrain soltó una carcajada ruidosa entre hachazos.
—¡Me gusta esta humana!
¡Tiene más fuego en la lengua que un dragón con indigestión!
¡A por ellos, muchachos!
El combate fue rápido.
Kalair se movía entre las vides con la agilidad de aquella noche en Moscú, donde aprendió a luchar a la fuerza, aunque aquí se sentía inusualmente poderosa comparada con los asustados reclutas.
Bromeo todo lo que pudo ya que a veces el grupo se ponía tenso, ya fuere porque el sacerdote olvidaba algún rezo o el paladín se enfocaba mucho en cómo le caía el pelo en la frente.
Cuando el último de los bandidos huyó hacia el bosque, el silencio regresó al viñedo.
Los cuatro reclutas se reunieron alrededor de Kalair.
Alistair, el paladín, la miraba más de la cuenta.
—Ha sido…
una intervención providencial, Kalair —dijo Alistair, tratando de sonar solemne mientras se limpiaba el sudor—.
Soy Alistair.
Gracias por salvarnos.
Lyra, la elfa, observaba la escena con los brazos cruzados, apretando su arco con una fuerza que delataba cierta cantidad moderada de celos.
—Tu puntería es…
aceptable para una humana —dijo Lyra con voz gélida.
—Oh, gracias, orejitas —respondió Kalair tratando de ocultar su irremediable debilidad por las elfas nocturnas, solo había conocido a Sylvhus en Xera y habían hecho lindos recuerdos antes de que Gar’Dal enloqueciera y disparara rayos láser en todas direcciones, dispersando a los “Cazadores” por portales a quien sabe donde—.
Tu puntería seguro es mejor- le señaló, pero quiso decir algo más- si mantuvieras tu foco en el blanco- rio fuertemente.
Lyra desvió la mirada rápidamente, mientras Alistair tropezaba con una raíz, confundido por el comentario.
—No soy de por aquí —explicó Kalair con humildad cuando Thrain le preguntó por su acento—.
Vengo de un reino, muy, muy lejano, realmente lo único que tengo es ropa prestada y buena puntería.
Recogieron los pañuelos rojos de los caídos y regresaron a la abadía.
Kalair caminaba al frente, bromeando ocasionalmente con Thomas sobre cómo sus rezos tenían un ritmo estupendo para bailar, lo que hacía que el sacerdote se sonrojara hasta las orejas.
Al llegar ante el Alguacil McBride, Kalair arrojó la bolsa de pañuelos sobre la mesa.
McBride los contó y asintió satisfecho.
—Habéis limpiado el viñedo.
Pero Garrick Piessuaves, el líder de esta zona, sigue escondido en su campamento al sur.
Es el responsable de todo este caos.
McBride tomó cinco pergaminos y los selló con cera roja.
—Si acabáis con Garrick, llevad estos sellos al Alguacil Dughan en Villadorada.
Es una carta de recomendación oficial.
Villanorte os ha quedado pequeño.
Es hora de que veáis más mundo.
Kalair tomó su carta, sintiendo el peso del papel.
Villadorada era el siguiente paso.
Estaba lejos de Kalimdor, lejos de Zeraki y Drazen, pero era un inicio.
—Bueno, equipo —dijo Kalair, mirando a Alistair (que seguía mirándola más de la cuenta), a Lyra (que seguía molesta) y a los demás—.
Son todos geniales, me gustaría ir con ustedes por Garrick- se llevó las manos a la cara tratando de no hacer una comedia imaginada con tan variopinto elenco de actores, o aventureros – solo que Alistair me deje de mirar los pies-.
Alistair que tomaba de un odre con agua, tosió fuertemente, “tan visible era que le mirara los pies, ¿el resto igual se daba cuenta?
¿por qué?, era claro que también miraba sus hermosos ojos color miel”.
La elfa, por su parte, ajustaba su carcaj con un gesto seco, preguntándose si Alistair también le miraba “los pies”.
El sol de Azeroth se ocultaba, y Kalair Zad, sintió que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era solo un páramo lleno de batallas entre poderes cósmicos y males terribles que amenazaban el tejido de la realidad, sino una broma entre gentes normales, en un mundo de gente normal.
Sin embargo, al anochecer le costó dormir, habría sido bueno, feliz, estar aquí con Borgol, lejos de Gar’Dal, de Zaharzim, de … Orion Boras y todos los malditos Dark Dreams.
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