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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 Ecos de Luz y Sombras de la Legión
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3: Ecos de Luz y Sombras de la Legión 3: Ecos de Luz y Sombras de la Legión El amanecer despuntó sobre el Valle de Villanorte tiñendo las montañas de un naranja pálido.

A pesar de que la abadía contaba con una cocina bien provista y un comedor lo suficientemente cálido, Thrain había decidido que las paredes de piedra eran un insulto para una buena mañana.

El enano estaba acuclillado frente a una hoguera improvisada a pocos metros de los barracones, despellejando un conejo gordo con una destreza brutal y una sonrisa satisfecha entre su maraña de barba pelirroja.

Alistair observaba la escena apoyado en una cerca de madera, soltando una carcajada suave.

—Es propio de él —le dijo el paladín a Kalair, que acababa de salir a estirar las piernas—.

Ofrécele a un enano un guiso caliente en plato de cerámica, y preferirá asar algo con pelo en un palo sobre la tierra.

Kalair sonrió, observando cómo la grasa del conejo empezaba a chisporrotear en el fuego.

La escena le trajo un recuerdo tan vívido que sintió un nudo en la garganta.

Borgol.

Su fiel y enorme amigo neandertal solía hacer exactamente lo mismo en los campamentos de Xera.

Rechazaba las raciones de los magos y prefería cazar, despellejar y asar, gruñendo de felicidad.

Se parecían tanto a los enanos, pensó Kalair con una punzada de melancolía que se obligó a tragar de inmediato.

En ese momento, Lyra pasó por su lado para acercarse al fuego.

Al caminar, el hombro de la elfa rozó el de Kalair con un pequeño empujón.

No había malicia real en el gesto, ni intención de lastimar; era simplemente el descuido altivo de quien marcaba su territorio.

Hasta el día anterior, Lyra había sido la líder natural de aquel cuarteto de novatos, y cederle ese espacio a una humana recién llegada que disparaba mejor que ella no era algo que su orgullo élfico fuera a procesar de la noche a la mañana.

Kalair simplemente hizo un leve movimiento para recuperar el equilibrio y no dijo nada.

Lo entendía perfectamente.

Thomas, el joven sacerdote, se acercó frotándose las manos por el frío matutino.

—Antes de comer, deberíamos agradecer —murmuró con timidez.

Cerró los ojos e inclinó la cabeza, alzando las manos—.

Luz bendita, te damos gracias por este nuevo día y por el alimento que nos reconforta.

Que tu resplandor guíe nuestros pasos contra la oscuridad de los Defias…

Mientras Thomas oraba, Kalair fijó la vista en las llamas.

La Luz, pensó.

Ella había visto a los dioses a la cara.

Había visto el tejido mismo del universo desgarrarse.

Se preguntó si esa “Luz” que adoraba el sacerdote era la misma fuerza cósmica que había influenciado a sus antiguos compañeros, Zaharzim y Radjedef.

Un recuerdo más oscuro y fugaz cruzó su mente: Son Sok Kal, el Creador.

El dios luminoso de Xera que, con su luz cegadora y absoluta, había causado tantos males y tiranía en su mundo.

A veces, la luz quemaba más que las sombras.

Estaba tan absorta en sus pensamientos, con la mirada perdida en el fuego, que no notó que Alistair se había acercado.

El paladín, viéndola distraída, pinchó un trozo jugoso del conejo asado con la punta de su daga y se lo acercó casi hasta los labios.

Kalair dio un respingo, asustada al volver de golpe a la realidad, pero al ver la sonrisa amable y un poco torpe del rubio, su instinto se impuso.

En lugar de apartar la mano o tomar el trozo con los dedos, se inclinó rápidamente y mordió la carne directamente del filo del arma mientras Alistair aún la sostenía.

El paladín abrió mucho los ojos, sorprendido, y luego estalló en una risa nerviosa y encantada.

Kalair masticó, riendo también, limpiándose una gota de grasa de la comisura de los labios con el dorso de la mano.

Lyra, sentada al otro lado de la hoguera, tensó la mandíbula.

—¿Es tan fácil tratar contigo en el lugar de dónde vienes, Kalair?

—preguntó la elfa, con un tono que pretendía ser casual pero que destilaba celos evidentes.

Kalair tragó y le sostuvo la mirada, sin borrar la sonrisa.

—Vengo de muy lejos, Lyra.

Por esos rumbos, si te ofrecen comida caliente y no la tomas rápido, alguien más se la come o se enfría.

La etiqueta de la corte se pierde en el camino.

Lyra levantó la barbilla, orgullosa.

—Yo también vengo de muy lejos.

De Kalimdor.

De los bosques de Vallefresno —dijo, asegurándose de que Alistair la escuchara—.

Y para que lo sepáis, soy más vieja que las piedras de los muros de Ventormenta.

El grupo soltó una carcajada ante la obviedad de la longevidad élfica.

Thrain, que masticaba un muslo de conejo, apuntó a Kalair con un hueso pelado.

—¿Y tú, muchacha de los tiros mágicos?

¿Cuántos inviernos tienes encima?

No pareces una cría, pero tampoco una veterana con canas.

Kalair se quedó callada un instante.

Hacía mucho, muchísimo tiempo que no celebraba un cumpleaños.

El tiempo en Xera y sus viajes entre realidades habían distorsionado su percepción de la edad.

—Tengo cuarenta y dos años —dijo finalmente, y la cifra le sonó extraña incluso a ella misma.

Thomas casi se atraganta con la comida.

—¡Imposible!

—exclamó el sacerdote, mirándola de arriba abajo—.

Te ves…

te ves muy joven.

A Alistair se le escapó antes de poder frenar la lengua: —Y muy hermosa.

Hubo un segundo de silencio.

Alistair se puso rojo como un tomate, y Lyra puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi pareció doloroso.

Kalair, sin perder el ritmo, tomó un hueso limpio de conejo del suelo y se lo lanzó a Alistair, golpeándole suavemente en la coraza del pecho.

—Cuidado con esos halagos, rubito.

Pueden meterte en problemas —dijo con una sonrisa socarrona, y luego miró a Thomas para explicarse—.

En mi tierra…

hay magia.

Magia antigua que no nos deja envejecer como al resto.

La Fuente de la Juventud, recordó en silencio.

Tras aquella brutal batalla contra el dragón Zul Nefar, todos los cazadores se habían bañado en sus aguas.

Eran eternamente jóvenes, pero era un secreto que no pensaba compartir con ellos.

El comentario sobre la edad le hizo pensar en la inmensidad del tiempo y en los seres que lo corrompían.

Pensó en Gar’Dal, el Rey Demonio con sus miles de años de obsesión.

—Dime, Lyra, ya que eres la mayor de aquí…

—preguntó Kalair, notando que la elfa se veía igual de joven que ella, o tal vez incluso más lozana—.

¿Hay en Azeroth algún villano mundial?

¿Alguna gran amenaza que controle el mundo?

Lyra sonrió de medio lado, soltando un pequeño bufido.

—Cada dos años aparece uno nuevo —dijo la elfa.

Thrain y Alistair estallaron en carcajadas asintiendo con la cabeza, una broma interna sobre la desgracia constante de su mundo que Kalair no terminó de comprender, aunque sonrió por cortesía.

—Hablando en serio —continuó Lyra, bajando la voz—.

En el norte helado de Rasganorte está el Rey Exánime.

Comanda el Azote, un ejército de muertos vivientes.

Aunque el General Drazen lo derrotó hace tiempo, dicen que sigue allí, refugiado, lamiéndose las heridas y esperando.

¿Has escuchado de él?

Kalair recordó rápidamente las lecciones exprés del Hermano Paxton en la biblioteca.

—Sí, leí sobre el Azote —asintió—.

Terribles noticias para cualquiera con pulso.

—Y luego está Illidan —añadió la elfa, y su tono se volvió más grave, casi solemne—.

Para muchos de mi especie, es el Traidor.

Pero si me preguntas a mí…

fue el único que tuvo las pelotas para enfrentarse a la Legión Ardiente de frente, usando su propio poder.

De no ser por él, Vallefresno y el resto de Azeroth habrían sido consumidos hace mucho.

Kalair sintió que el corazón le daba un vuelco.

La Legión Ardiente.

Mundos consumidos.

Era el momento.

Tomó aire con disimulo y miró a la elfa a los ojos.

—¿Y alguna vez…

has escuchado hablar de alguien llamado Gar’Dal?

El silencio cayó sobre la hoguera como una manta pesada.

Thrain dejó de masticar.

Thomas y Alistair se miraron, confundidos, sin reconocer el nombre.

Pero la expresión de Lyra cambió drásticamente.

Sus ojos plateados perdieron el brillo burlón y se fijaron en Kalair con una intensidad aterradora.

Tardó varios segundos en responder.

—Ese nombre no está en los libros de historia que leíste en la abadía, humana —dijo Lyra en un susurro áspero—.

Es un mito oscuro, casi un tabú entre los más ancianos de mi gente.

Mis padres me hablaron de él.

Lo conocieron.

Kalair contuvo el aliento.

—¿Qué dicen de él?

—Fue hace diez mil años, durante la Guerra de los Ancestros, cuando la Legión y el Titán Oscuro Sargeras invadieron Azeroth, antes de que los continentes se separaran —relató la elfa, inclinándose hacia el fuego—.

Dicen que era un demonio distinto, inmensamente poderoso.

Pero traicionó a la Legión.

En el punto más álgido de la guerra, cuando todo parecía perdido, abrió portales hacia el vacío y se llevó consigo a tres cuartas partes del ejército demoníaco que había cruzado.

Desapareció con ellos.

Lyra hizo una pausa, mirando las ascuas.

—Nadie sabe por qué lo hizo.

Pero al vaciar el campo de batalla, dejó el camino libre para que un orco, Broxigar el Rojo, lograra saltar por el portal principal y herir al mismísimo Sargeras, dándonos el tiempo necesario para cerrar la falla.

Es algo muy controversial de decir, casi una herejía, pero…

por ese tal Gar’Dal, Azeroth se salvó de la aniquilación total.

Thrain carraspeó, incómodo.

Alistair fruncía el ceño, tratando de procesar que un demonio hubiera salvado el mundo.

No entendían nada.

Pero Kalair sí.

Bajó la mirada hacia sus manos, ocultando la tormenta que se desataba en sus ojos.

Comprendía perfectamente lo que había pasado.

Gar’Dal no lo había hecho por bondad, ni por salvar a los elfos o a Azeroth.

Lo había hecho por su guerra personal, por su recolección de poder, por su narcisismo infinito y su cruzada contra los dioses para recuperar a “su Kaly”.

El monstruo que había destruido la vida de Kalair en Xera, que había desintegrado a Borgol y muchos de los cazadores, había sido el salvador accidental de este mundo.

Su maldad, su obsesión enfermiza, a veces, solo a veces, remaba en la dirección correcta del río.

—Vaya —susurró Kalair, recuperando la compostura con un esfuerzo titánico y esbozando una sonrisa a medias—.

Suena a que este mundo tiene una historia demasiado complicada antes del desayuno.

¿Terminamos de comer?

Garrick Piessuaves nos está esperando, y dudo que se vaya a despellejar solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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