Los Seis de Ventormenta - Capítulo 30
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30: La emoción de la caza.
30: La emoción de la caza.
Aún faltaban algunos días de navegación a través de las traicioneras aguas del Mare Magnum para llegar a Trinquete, el movido, pequeño y estridente puerto comercial de los goblins en la costa este de Kalimdor.
Según le habían explicado sus compañeros, esas pequeñas criaturas de piel verde que plagaban Xera también habitaban en Azeroth, y compartían una similitud asombrosa: eran igual de codiciosos, amantes del oro, y sentían una peligrosa y desmedida fascinación por los explosivos.
Sin embargo, si Kalair había aprendido algo útil de los caóticos goblins de Zul’Moran en su mundo, la fascinación por las armas de fuego.
Durante un par de días, Kalair se había dedicado a permear la coraza de mujer implacable de su querida Sylvanas y poder consolarla en la pérdida de quien, quizá, amó más en su larga vida.
Al parecer, todo cuanto la elfa amaba se iba trágicamente: sus padres, asesinados por la horda orca; su hermano Lirath, caído cuando estos invadieron los bosques de Quel’Thalas; su querida Alleria, su mayor ejemplo de guerrera perfecta, perdida en la expedición más allá del Portal Oscuro; y la mitad de su propio reino, que en medio de la invasión de Arthas y el Azote, apenas pudo contener, triunfando finalmente solo con la ayuda de Drazen y Jaina.
Así que Sylvanas se retiró, encerrada en la penumbra de su camarote, asimilando la pérdida definitiva de Nathanos.
Kalair estuvo siempre a su lado, a veces en silencio, otras veces como amantes, acompañándola y ofreciéndole su calor cuando ella más lo necesitara.
Pero al amanecer del cuarto día, Sylvanas Brisaveloz consideró que ya había sufrido lo suficiente.
El dolor no había desaparecido, pero su deber y su orgullo de líder reclamaban su lugar.
Se vistió con sus impecables y ligeras armaduras de cuero tachonado, tomó su arco y subió a la cubierta.
Allí, comenzó a disparar —que era lo que mejor sabía hacer— a los blancos de madera que Lyra había colgado en los mástiles para no oxidar su puntería.
El sonido seco de la cuerda de su arco cortando el viento se volvió el nuevo y terapéutico latido del barco.
Kalair la observó apoyada en la baranda.
Sylvanas y Lyra eran muy diestras en el uso del arco, pero la Alta Elfa era una prodigio, incluso siendo mucho menor que su compañera de piel violeta.
—¡Sylvanas!
—le llamó Kalair con firmeza, con tono de compañera de armas pero con cierto matiz picarón que denotaba lo que todos en el barco ya sabían: eran amantes.
Aquello, al menos, todavía.
—¿Qué quieres, Zad?
—le respondió la ex general con severidad—.
Estoy bastante ocupada.
Si quieres hablar, será después.
A menos…
—bajó la cadencia de sus disparos, tensó una flecha con especial agudeza y la soltó.
El proyectil se clavó limpiamente, partiendo en dos la flecha anterior sobre el centro del blanco—.
A menos que quieras practicar con nosotras.
Digo, si te sientes capaz.
—¿Y humillarlas?
—les dijo Kalair con una risilla sarcástica.
En un movimiento fluido y veloz, desenfundó su pistola secundaria y disparó.
La bala rompió en el aire las astillas de las flechas de Sylvanas que aún vibraban en la madera.
—¿Qué tal, General Forestal?
—Increíble, para un blanco estático.
¿Qué tal si vamos por alguna bestia viva de Los Baldíos?
—le retó Sylvanas, con una chispa de vida volviendo a sus ojos.
Luego miró a Lyra—.
Tú eres la experta en Kalimdor, Lyra.
¿Alguna presa digna de nosotras?
Lyra lo meditó un momento, mientras tensaba su propio arco y disparaba un potente flechazo que terminó de destrozar lo que quedaba del blanco de madera.
—Echeyakee, el León Blanco de Los Baldíos.
Es prácticamente un espectro, una leyenda, una fuerza misma nacida de la sabana.
Pero advierto una cosa: no toleraré que lo maten.
Herirlo, sí.
La que pueda reducirlo sin matarlo se llevará el título de la mejor cazadora.
—Interesante —sonrió Kalair ampliamente.
Ella no era una cazadora silvestre tal como sus amigas; era una pistolera urbana a la que se le daba muy bien la lucha cuerpo a cuerpo, el sigilo y la agilidad.
Ellas también tenían eso, pero con una puntería que superaba la suya a distancias amplias.
Más allá de los treinta metros, la puntería de Kalair con pistolas cortas se volvía imprecisa en objetivos pequeños y escurridizos.
Sin embargo, quería probar la Death Omen.
¿Qué tan letal la hacía aquella arma pesada?
¿Estaría al nivel de los monstruos a los que enfrentó en Xera?
Esa arma no solo era pesada en masa, sino que irradiaba un aura tóxica, una advertencia silenciosa que le decía a Kalair que algo oscuro se guardaba en su interior.
—Acepto el desafío —respondió Sylvanas, irguiéndose con orgullo—.
Dejaremos un recado con el vigía y bajaremos en un bote a la costa.
Ahí iremos por Echeyakee.
—No conoces estas tierras, General —se rio Lyra—.
Los Baldíos son más amplios que el Marjal de Theramore, y el territorio del León Blanco está mucho más al norte, cerca de Trinquete.
Pero quizá sí podamos desembarcar aquí mismo y cazar alguna otra presa en la costa.
—Estoy molesta, furiosa y deseosa de cazar algo hoy mismo —dijo Sylvanas, apretando el agarre de su arco.
Aún tenía la espina clavada de la muerte de Nathanos, y la rabia ciega que sentía contra sí misma por no haber podido ayudarlo cuando él se lo suplicó, le quemaba la sangre—.
Vamos.
Dejaremos al León Blanco para cuando tengamos a Lo’Gosh bajo nuestra custodia.
Por el momento, con un león joven o un kodo cualquiera me conformo.
Así, las tres cazadoras, tras dejarle el aviso al vigía del barco, descendieron por un costado de la nave en un pequeño bote de remos y se adentraron juntas hacia las áridas tierras de la sabana.
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