Los Seis de Ventormenta - Capítulo 29
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29: El canto de los amantes.
29: El canto de los amantes.
El velero de guerra avanzaba a una velocidad pasmosa.
El barco era incluso más veloz que el navío de línea que le había cedido originalmente el Rey Anduin, quien, con su extraña sabiduría infantil, estaba absolutamente convencido de que aquel misterioso Lo’Gosh era, o al menos tendría una pista crucial, sobre su padre Varian.
Durante todo el día de navegación hacia Durotar, Sylvanas intentaba tener un momento a solas con Kalair, buscar una excusa para cruzarse en los pasillos, pero su escolta personal, Nathanos, la seguía y celaba como si de un estricto carcelero se tratase.
Finalmente, la tensión llegó a su límite.
En uno de los pasillos inferiores de las bodegas, tenuemente iluminado por lámparas de aceite balanceándose al ritmo del mar, Sylvanas se detuvo en seco y enfrentó a su amado campeón.
—Nathanos.
—My Lady —respondió él, cuadrándose de inmediato.
—Estamos solos, Nathanos.
No es necesario que me trates con formalidades militares.
Baja la guardia.
—Pero tú no me tratas por lo que somos Sylvanas, somos más que camaradas Forestales —exigió una respuesta el humano.
En un arrebato inusual, Nathanos dio un paso adelante tratando de tomar a la elfa por los brazos.
Pero Sylvanas, con sus reflejos intactos, a pesar de años sin pelear, no se dejó someter.
En un movimiento ágil y fluido, usó el propio impulso de Nathanos en su contra.
El humano, que con su agilidad mermada apenas podía mantener el equilibrio, se fue de bruces contra una ruma de cajas de madera.
—¡Sylvanas, ¿por qué?!
—lloró el humano.
Se dejó caer al suelo, recostando su espalda en la sólida pared del barco, con la mirada rota—.
¿Por qué me abandonas?
Nosotros, que pasamos por tanto para poder amarnos contra la voluntad de todos…
¿Por qué me cambias por esa humana ordinaria?
¿Ya no soy lo suficiente para ti?
Ver tan lastimeramente a aquel humano, que hace años, con su desfachatez, su sarcasmo y su falta de educación conquisto absolutamente su corazón, le estrujó el corazón a Sylvanas.
—Es el fin, Nathanos —le dijo Sylvanas, tragando el nudo en su garganta, obligándose a sonar brusca—.
Tú ya no eres el Nathanos que conocí.
La herida de Frostmourne te dejó vacío.
No se de donde sale esa oscuridad pero te esta consumiendo.
—¡Un poco de piedad, mi Sylvanas!
—suplicó—.
No me dejes de amar.
—El Nathanos que amé…
que aún amo…
no es el que está frente a mí.
Lo que veo ahora es una cáscara vacía llena de odio.
—¡Ayúdame entonces!
¡Déjame recuperar mi alma!
Pero no me reemplaces por ella.
Sylvanas se agachó frente a él, con el corazón apretado, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
Tomó el rostro pálido del humano entre sus finos dedos y besó su frente con ternura infinita.
Luego juntó su nariz con la de él y jugueteó suavemente, como si mimara a un niño asustado, recordando aquel momento en los bosques de Quel’Thalas, donde le regaló su primer beso.
Finalmente, lo besó en los labios un largo rato, buscando inútilmente la chispa de vida que hace tanto no se veía en su amado.
Cuando se separaron, ella lo miró a los ojos.
—¿Qué sentiste, Nathanos?
—preguntó la elfa en un susurro roto.
—¡Nada!
—lloró el forestal, apretando los puños con frustración absoluta—.
¡Sylvanas, estoy muerto por dentro!
Arthas…
ese condenado traidor me mató sin siquiera cortarme la cabeza.
Tienes que ayudarme.
¡Tengo que estar completo otra vez!
—Si fuera posible, movería el mundo entero por lograrlo —sollozó Sylvanas—.
Pero no puedo.
Arthas está probablemente muerto.
Su maldita espada se hizo añicos, y lo que quedó de ella, Drazen lo vaporizó en Hyjal.
Lo que te pasa no tiene cura, puedes estar a mi lado, como siempre.
Pero mi Nathanos Marris, mi campeón, el hombre apasionado y mi amado…
está muerto.
El humano quedó llorando en la oscuridad de la bodega, con el rostro oculto entre las manos, mientras la elfa le daba la espalda.
Caminó hacia las escaleras, secándose las lágrimas.
Ella lo amaba con toda su alma, pero él ya no existía.
Transcurrió el día entero.
De Nathanos no se supo absolutamente nada.
Sylvanas lo buscó desesperada en compañía de Alistair y Lyra por cada rincón del barco.
Sabía, con certeza escalofriante, que el forestal era ahora un peligro mortal para la expedición.
Estaba herido en almenos su orgullo.
y si le quedaba algo de voluntad en la cáscara de humano que era ahora, buscaría a Kalair para matarla y “eliminar su tormento”.
Finalmente, a medianoche, cuando la fría luz de la luna llena era lo único que alumbraba la cubierta principal, Nathanos apareció.
Salió de las sombras frente a Kalair, que conversaba plácidamente con Drazen cerca del palo mayor sobre sus pasadas aventuras, las de él en Azeroth, las de ella en la Tierra y Xera, de Zaharzim, Redhand, Borgol, Kuro y Fary.
—Ustedes —gruñó Nathanos.
A ambos costados, dos enormes mastines de presa, que babeaba, furiosos, incontenibles, lo acompañaban, tensando las correas—.
Por fin solos.
Lejos de las miradas de mi Dama.
—Nathanos —dijo Drazen, poniéndose de pie con parsimonia—.
Te han buscado toda la tarde.
No estás bien, hermano.
Baja las armas y deja que los sacerdotes del barco te den paz.
—¿Crees acaso en la Luz, Drazen?
—escupió Nathanos con asco—.
¿Tú, un engendro?
Medio bestia, medio humano…
Lástima que tu fiel huargo Uxor no esté aquí para que mis canes le arranquen el cuello.
Como si le clavaran un hierro candente, Drazen recordó la Batalla de Hyjal.
Uxor había muerto allí.
El fiel amigo que le acompañó toda su vida, y toda la vida de su padre Kuro, había caído heroicamente enfrentándose al Señor del Terror Vengir.
La provocación fue perfecta.
—¿Quieres pelea entonces, forestal?
—gruñó Drazen.
De pronto, desde su respiración asomó un espeso humo ceniciento.
Su pecho se infló, sus músculos parecieron expandirse y su piel comenzó a tornarse al rojo vivo, irradiando tanto calor que quemó y desintegró su armadura de lino y cuero.
Poco a poco, con un sonido de huesos crujiendo, se estaba transformando, justo en aquel hibrido en que se trasnformo Onyxia.
Kalair llevó instintivamente su mano a la Death Omen.
No quería matar a Nathanos, sabía cuánto le dolería a Sylvanas, pero si era necesario, se defendería con todo.
—¡Matar!
—gritó Nathanos, soltando las correas.
Los enormes perros salieron disparados.
Kalair trató de apuntarles y disparó una bala normal, de pólvora, pero como si aquellos animales fueran espectros rabiosos entrenados para cazar sombras, esquivaron el proyectil en un movimiento pavoroso e innatural, y saltaron para morder el cuerpo ardiente de Drazen.
El medio dragón soltó una enorme bocanada de fuego al ras del suelo, pero los canes, demostrando un entrenamiento macabro, se deslizaron por debajo de la llamarada y le mordieron brutalmente las piernas, hundiendo los colmillos más allá de la gruesa piel draconica de Drazen, obligándolo a soltar un rugido doloroso.
—Llevo años entrenando a estos animales en la oscuridad de los bosques, Drazen —siseó Nathanos, tensando su arco con una velocidad asombrosa—.
Para cazar y enfrentar a monstruos irracionales como tú, o como Arthas.
Ustedes me quitaron mi alma.
Es justo que hoy yo tome sus vidas.
Los perros no soltaban a Drazen, inmovilizándolo por el dolor.
Antes de que Kalair siquiera pudiera girar para apuntar su arma contra Nathanos, el forestal soltó la cuerda.
Lanzó un virote ponzoñoso de punta negra que silbó en el aire y se clavó profundamente en el pecho ardiente de Drazen.
El poderoso general, el héroe de la Alianza, cayó de rodillas al suelo de cubierta mientras los perros seguían amordazando sus piernas.
De haber sido un humano normal, habría muerto y sido destripado en segundos, pero su sangre y piel de dragón luchaban contra la toxina.
Sea cual fuere el veneno alquímico que Nathanos le había puesto a la flecha, era lo suficientemente potente y especializado para dejarlo completamente fuera de combate, jadeando y paralizado.
Ahora solo quedaba Kalair.
Ella apuntó furiosa su pesada pistola al humano, pensando que Drazen agonizaba.
Disparó una bala de pura Mácula de Muerte.
El proyectil verde fel salió disparado, pero el forestal, con una agilidad residual de sus años mozos, lo esquivó arrojándose detrás del mástil principal.
El impacto volatilizó un inmenso trozo de la madera maciza con un estruendo sordo.
Kalair lo persiguió disparando munición normal, y Nathanos se vio obligado a esconderse detrás de las cajas de suministros para buscar un respiro de la lluvia de plomo.
Entonces, el forestal contraatacó.
Disparando con una velocidad y precisión que dejaría en ridículo incluso a la milenaria Lyra, Nathanos asomó medio cuerpo y clavó dos flechas, una casi exactamente encima de la otra, directamente en el hombro izquierdo de Kalair.
El dolor la cegó.
Ella era zurda.
No podía sostener la pesada y mágica Death Omen con precisión en su mano débil.
Apretando los dientes para no gritar, desenvainó una de sus espadas con la mano derecha.
No esperó a que Nathanos le diera tregua con el arco; corrió hacia él y, cuando tuvo el flanco a la vista, se fundió con el Velo de las Sombras.
Desapareció por completo de la vista.
Desde la nada, Kalair lanzó una estocada letal directa al corazón de Nathanos.
Pero el forestal, con su oído agudizado hasta lo absurdo por su entrenamiento de caza a ciegas, escuchó el roce del cuero y el corte del aire.
Esquivó el golpe rodando por la cubierta, soltó el arco, sacó sus dos hachas gemelas y esperó, tenso como un resorte, el próximo movimiento de la sombra.
Sintió las pisadas sigilosas en la madera.
Cuando Kalair lo embistió de nuevo, tomando a duras penas la segunda espada con su mano izquierda malherida, Nathanos esquivó y paró todos y cada uno de los golpes cortantes con sus hachas.
Hacían saltar chispas en la noche.
¿Cómo puede saber exactamente a dónde voy?
se preguntó Kalair, desesperada.
Se suponía que el hechizo de la Diablesa Bel era absoluto, ocultando hasta su olor y respiración.
Comprendió que tendría que usar la Death Omen de nuevo, a quemarropa.
Pero más de un disparo al día —contando la carga masiva que había liberado contra Onyxia hace menos de un mes— era su límite corporal absoluto.
Siguió cortando y parando golpes desesperados con la mano derecha, mientras luchaba por desenfundar y sostener esa pistola endemoniada con la izquierda.
El arma no estaba forjada para manos humanas, y el brutal retroceso mágico de dispararla otra vez podría destrozarle el brazo y dejarla inconsciente.
Pero era matar o morir.
Finalmente, tras una finta arriesgada, Kalair logró deslizarse a sus espaldas, poniendo el cañón humeante de la pistola en la nuca de Nathanos, en un ángulo en el que era imposible defenderse con las hachas.
Disparó.
Pero Nathanos, pareciendo escurrirse como agua entre los dedos, se dejó caer y giró por el piso de madera en el último milisegundo.
La enorme bala mágica pasó rozándole el cabello y chocó con un tremendo estruendo contra una de las velas superiores del barco, borrándola de la existencia en un destello de fuego fel.
Dos disparos de mácula.
Ese era su límite.
El dolor y el agotamiento la hicieron caer de rodillas.
Ahora, Kalair solo dependía de que sus amigos llegaran a salvarle el pellejo.
Lo necesitaba.
Ya no tenía al imbatible Orion Redhand Boras a su lado para ser su escudo y arma.
Nathanos se puso de pie riendo como un demente.
Giró sus hachas como un torbellino de acero y se preparó para cortarle el cuello antes de que el cuerpo de la humana tocara la cubierta.
Estaba tan cerca de su venganza.
Pero en su éxtasis de sangre, cometió el único descuido en su plan perfecto: olvidó que ella no viajaba sola.
La mano izquierda de Nathanos, la que iba a dar el golpe de gracia, fue atravesada limpiamente por una flecha de punta arcana que se clavó en la madera del suelo.
No era una flecha de Sylvanas.
El humano miró hacia la escalera de la bodega y vio a Lyra, la elfa nocturna, con el arco tensado, y una mirada letal.
Nathanos arrancó el hacha de la cubierta, sacándose indolentemente la flecha de la mano.
Le dolía, los tendones estaban rotos y ya no podría usar su arco, pero con el hacha derecha le bastaba para destripar a esa débil intrusa azul.
Pero Lyra no estaba sola.
Una luz cegadora y purificadora iluminó toda la cubierta.
Era la fe de Alistair, que emergía como un sol naciente.
Detrás de él, subiendo como un tanque a vapor imparable directo de las forjas de Khaz Modan, apareció el fornido y fuerte Thrain.
El enano embistió a Nathanos con el escudo con el símbolo del Gnoll y las 5 espadas, obligándolo a retroceder a empujones y golpes brutales en un violento intercambio de acero y madera astillada.
Thrain empujó a Nathanos hasta las barandas posteriores, a punto de tirarlo por la borda.
En ese instante, el forestal, viendo a Thomas correr para sanar a Kalair, soltó un fuerte silbido.
Sus mastines soltaron el cuerpo inerte de Drazen y corrieron hacia el sonido, saltando y hundiendo sus fauces asesinas en la espalda y los hombros de Thrain.
Si no hubiera sido por la pesadísima coraza de mitril que el enano insistía en no quitarse ni para dormir, los perros lo habrían partido por la mitad.
Viendo su oportunidad, Nathanos se zafó del enano, dio una voltereta evadiendo los disparos de Lyra y pensó un nuevo plan.
¡El arma de Kalair!
Si la recogía, podría usar esa magia vil tan poderosa en contra de esos molestos insectos sin talento.
Corrió en dirección a Thomas, que intentaba extraer las flechas del hombro de Kalair.
Alistair, con el peso de su armadura pesada, corría detrás de él desesperado, mientras Lyra no podía entender cómo aquel humano herido se movía tan caóticamente, logrando esquivar sus letales disparos en la penumbra.
De un solo y brutal puñetazo, Nathanos mandó volar al débil sacerdote Thomas, que se estrelló violentamente contra la rueda del timón, quedando aturdido pero vivo.
Nathanos recogió la Death Omen del suelo y plantó su pesada bota de cuero directamente sobre el cuello de Kalair, haciéndola toser sangre y aplastándola contra la cubierta.
Nathanos rio como un loco.
Levantó la pesada pistola, y con una puntería innata a pesar de estar herido, apuntó primero a Alistair y apretó el gatillo.
Una bala normal, sin encantamientos, impactó de lleno en el pecho de la coraza del paladín.
Aunque la placa absorbió la penetración y le salvó la vida, el impacto contundente fue bestial, haciéndolo caer rodando por las escaleras hacia la bodega.
—¡¿Por qué?!
—gritó el forestal, golpeando el arma frustrado, apuntando esta vez a Lyra—.
¿Acaso no debería salir esa maldita magia verde?
¡Maldito cacharro orco!
—gruñó, descartando la idea de matar a la elfa con el arma que solo tenía ahora apenas una bala cargada—.
Da igual.
Ahora mato a la causante de todo…
ustedes caerán después, solo esperen.
Nathanos bajó el cañón de la pistola humeante y apuntó directamente a la frente de Kalair.
Lyra trató de moverse rápidamente, pero el tiempo de reacción era imposible.
Antes de que su mano siquiera llegara al carcaj para sacar otra flecha, el dedo ensangrentado de Nathanos apretaría el gatillo.
¡Zuummmb!
El sonido seco del viento rasgado y la pluma cortando el aire se escuchó por todo el barco.
Nathanos soltó la pesada arma, que cayó inofensiva a la cubierta, y se desplomó muerto, como un peso inerte, encima del cuerpo de Kalair.
Kalair, reincorporándose dolorosamente con la garganta magullada y escupiendo sangre, empujó el cadáver pesado del forestal a un lado.
Miró hacia el otro extremo del barco.
Allí, de pie sobre las barandas de estribor, iluminada por la luz de la luna llena, estaba Sylvanas Brisaveloz.
Lloraba desconsoladamente, con el imponente arco forestal aún tenso y apuntando hacia donde segundos antes había estado de pie Nathanos.
Los mastines, al ver caer a su amo, sabían exactamente cuál era su última orden.
Soltaron al maltrecho enano y saltaron como tiburones rabiosos en el aire, directos al cuello de Kalair.
Pero antes de que siquiera se acercaran a dos metros de ella, el aire hirvió.
Drazen, arrodillado en el suelo, con la flecha venenosa aún clavada en su pecho, exhaló una inmensa y pura llamarada de fuego azul, tan intenso, que carbonizó a las bestias en pleno vuelo, reduciéndolas a cenizas antes de que tocaran el suelo.
El silencio, denso y cargado de tragedia, descendió sobre el barco.
Thomas, ayudado por Lyra, se acercó cojeando hacia Kalair.
Las manos del sacerdote brillaron con una luz dorada, tratando de sanar su cuello aplastado y extraer las flechas de su hombro.
Alistair subió las escaleras a duras penas, aliviado de ver que no tenía un agujero letal en el pecho, sino solo una terrible abolladura en su armadura consagrada por los paladines de Ventormenta.
Thrain se arrastró hacia el grupo, frotándose las heridas superficiales y tratando de quitarse los restos de sangre y baba de perro de la cara.
Drazen, el héroe medio dragón, se sentó pesadamente sobre la cubierta carbonizada.
Agotado, herido y envenenado, respiró hondamente, dolorosamente, en cuerpo y corazón.
Miró la luna y el humo que se disipaba.
—Nos vemos, hermano…
—susurró al cielo, honrando de alguna extraña manera el espíritu guerrero que alguna vez llamo amigo, ahora solo cascara de un muerto viviente—.
Nos vemos del otro lado.
Sylvanas bajó su arco y corrió velozmente hacia ellos.
Al llegar, respiró profundamente, aliviada de ver que Kalair, a pesar de estar cubierta de sangre, estaba relativamente a salvo gracias a la sanación de Thomas.
Pero a ella solo le dedicó un vistazo fugaz.
La antigua General Forestal se dejó caer de rodillas junto al cuerpo inerte de Nathanos.
Lo tomó en sus brazos, ignorando el charco de sangre, y lo abrazó apretándolo contra su pecho.
Clavó la mirada en la frente pálida del humano, de donde sobresalía limpiamente la punta metálica de su propia flecha.
La flecha que ella había disparado para salvar a la mujer que amaba.
Sylvanas Brisaveloz soltó un grito.
Un grito de dolor puro, de pérdida absoluta y desgarro, que se mezcló con un llanto profundo que resonó en la inmensidad oscura del Mare Magnum.
Nadie del grupo la tocó.
Ninguno se atrevió a ofrecerle consuelo o palabras vacías.
Entendían la magnitud de su sacrificio.
Era un momento íntimo de tragedia que ella necesitaba llorar completamente a solas.
Incluso después de que la tripulación alarmada llevara a Kalair y al general Drazen a la enfermería improvisada del barco para tratar el veneno y las heridas, Sylvanas permaneció allí, acunando el cuerpo del humano, cantando en voz baja un dulce canto en su idioma natal, no el Lamento de los Altonato, si no uno que compuso con el mismo Nathanos bajo un árbol, en una noche cálida, la calidez que hace tiempo se había desprendido de su amado.
Lyra fue la única que se quedó en cubierta, vigilándola desde la distancia.
Tras dudar mucho, la elfa de la noche se acercó lentamente, rompiendo la barrera de su propia desconfianza.
Se arrodilló a su lado y puso una mano suave sobre el hombro tembloroso de Sylvanas.
—Hemos vivido mucho, mi Dama, y hemos perdido mucho más de lo que los humanos pueden imaginar en toda su vida —susurró Lyra, con la voz cargada de empatía milenaria—.
Él fue un verdadero héroe de su reino y de el tuyo, Recuérdalo como eso, como el hombre brillante que te amó, y no por el monstruo roto en el que se convirtió después de la plaga, él estará junto a tanto, al lado de la Diosa Luna, observándonos y sonriendo nuestro camino en el mundo de los vivos.
Las palabras de Lyra eran ciertas, pero se sintieron tan pesadas y dolorosas en ese momento, que finalmente, el mejor y único consuelo real que la cazadora pudo ofrecer fue abrazar a Sylvanas desde atrás.
Y allí, bajo la luz de la luna, la Antigua General Forestal de Lunargenta se aferró a la elfa de la noche y, sin soltar el cuerpo de Nathanos, siguió llorando desconsoladamente hasta el amanecer.
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